La etimología de abandonar remite a la proscripción. De origen germano, y pasada a través del francés, la puesta en bando sobrevenía a quien, durante la Edad Media, escapaba a la acción ordinaria de la justicia: el bando, tras un período en el que el proscrito podía presentarse él mismo para afrontar su deuda, autorizaba a cualquiera que se cruzara con el bandido a quitarle la vida. La ley, allí donde no llegaba con su brazo, se ponía en manos de cualquiera que pudiera ejecutar el castigo. La venganza pública tenía que ejercerse individualmente. Los abandonados quedaban expulsados del espacio de la ley y la comunidad y, en consecuencia, de su protección y de sus derechos, en aras de la eficacia. La condena era ya el anuncio.
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La detención de Abderrazak Mounib levantó un cierto revuelo en el barrio de Sant Pere, en Barcelona. Taïbi, vendedor ambulante y gran amigo de Mounib, reunió a unas veinte personas para acompañar a la familia. Al día siguiente, y junto con la mujer de Mounib, se acercaron hasta los juzgados, que están a menos de cinco minutos de la calle Metges, donde el 14 de noviembre de 1991 Mounib, acompañado de Ahmed Tommouhi, iba a pasar la primera rueda de reconocimiento.
Taïbi había avisado también a Santi, su abogado. Sin saber muy bien de qué le acusaban todavía, Taïbi quería que un abogado de confianza se hiciera con el caso. El abogado estuvo en los juzgados, pero no quiso defenderlo. Sus razones personales tienen un interés colectivo, pues señalan tres constantes que han marcado este asunto: la prueba diabólica, la gravedad de los delitos junto con la espectacularidad de las acusaciones, y la carga de trabajo que conllevaba el caso. ¿Quién se hubiera hecho cargo de un marrón así?
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Ni Taïbi ni ninguno de sus compatriotas fueron a ver a Mounib a la cárcel entonces. No asistieron a los juicios. No volvieron a verlo hasta que, cuatro años después, supieron que un equipo de la Guardia Civil defendía su inocencia.
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