ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Insiste, malaya

All the doctors

And nurses, too

They came and they asked me

‘Who in the world are you?’

(Skip James) 

Això era un dia dos refugiats de la vida a un bareto i tres birres pel cap baix:

–La causa està preparada, l’obro?– Però, dintre només hi havia http://www.el zurullo de zuloaga.hip-hop –Haurem de tornar a pensar en l’esfínter de Pandora–, ell mateix s’ho va concloure i, fent-se el minguis, sense pensar’s-hi massa i amb una veu més pròpia de nàufrag que de col.lega accidental:

–Ara ja només podrem fer barricades amb les pedres del fetge! Contagiats de desànim ambiental, havien de gratar-se el futur i les seves deliqüescències: puta sequera, vaja.

Moments com aquell eren propicis per entrar en petites i passatgeres depressions que encara que no deixaven rastre (no hi havia on deixar-lo) els permetien ser com qualsevol altre. Un més entre la multitud. Sentir-se massa. Ah, com els agradava el luxe asiàtic! Ser per uns instants consumidors de suculentes ex i incursions al primer Hipercorc que se’ls posés davant.

Podien, llavors, abandonar per unes hores la paciència del comptagotes i el desesper que els produia la ignorància obligatòria i la cruel inutilitat del poc dir que sempre tenien entre mans i mai no sabien com fer-lo sortir, i les certeses totes, tant les històriques com les patafísiques, i els deserts ja plens de profetes i

Sempre queda un “i” dret. Treiem, doncs, els punts de les ies. Per exemple:­

–Per puta torticoli (reduccionisme existencial) estem mirant cap a l’altre cantó i allà tampoc no hi ha res. Cal reconèixer, però, que és un bon punt de partida cap enlloc. Espero que allà ens rebin amb els braços oberts.

Per moments semblava que el bareto es movia pel futur, ara centrifugat. És la força d’atracció del buit. Cap amunt. Agafats al màstil, enfilats a la cofa “Són els meus arbres, nena, que no et deixen veure els boscos”. O cap avall: es pot okupar el temps?

En el sentit fort del terme, volem dir. Perquè de cada vegada n’hi menys, de temps (i no només perquè l’hagin urbanitzat) El temps històric l’estan acabant en el festí neocon, con, conspícua paraula francesa, i s’estan llepant dits i kubotans. Aviat no quedarà història ni pels més menuts.

Distraccions birràtiques a part, el cert és que no sabem què fer. Per més històries que ens muntem, no arribem mai a entrar a la barca, i així no hi ha naufragis ni illes ni res. No sortirem de port (en diuen “salpar”).

Tal vegada hagin acabat les grans narracions; potser perquè ningú ja no piula? El temps històric, com a lloc dels nostres pensaments més íntims i col.lectius, s’ha esmorteït: les dates són commemoracions, mers objectes històrics, etiquetes, curiositats o brocants; la història és només una assignatura a la irrealitat dels estudis oficials i tediosos.

Es pot preveure que la realitat se’ns presentarà, doncs, com un mural cacaòtic en moviment burocràtic reglat. O(h), cosa quieta. Un mural capaç d’incloure qualsevol cosa i tots els moviments i les velocitats totes. Hi ha músiques de sobra per acompanyar. Massa pa i poca salsa. El pa i la xocolata mai no acaben alhora.

L’ordre està en mans de l’Administració, i no és pas el que crèiem. El caos, ordre del més bell dels temps, té raó de ser i moltes amigues. Volem juerga històrica i no pas administrativa/subvencionada. Hauríem de ser capaços de vomitar davant les festes majors i els festivals; la normativa, se la guardin. Ves a saber què hi diu la normativa.

“Por otro lado hay cada vez más gente que va entendiendo que ya nadie les necesita” Crec recordar que això ho vaig llegir a T. Eagleton, però no ho sé del cert.

Fèlix Balanzó

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Una de la cárcel

Me gusta cómo el señor Tommouhi narra algunas historias. Por supuesto, en el libro sólo aparecerán las que yo haya podido comprobar por otros medios. Pero como hoy es domingo y, muerto dios, los domingos todo está permitido, tómense, si pueden, esta historia sin contrastrar como un pequeño cuento. 

Andábamos por el paseo del Born, y le nombré que la iglesia que teníamos delante era Santa María del Mar. Levantó la cabeza, la miró cerrando un ojo, y  al bajarla se acordó de «ésa que tiene las torres muy altas, sagreda o algo así». ¿La Sagrada Familia?: «Éeeeeeesa». Y empezó así:

Un día comí cerca. Me encontré a uno que había conocido cuando estaba dentro*. Por ahí un poco más arriba. Uno que tenía el pelo largo, despeinado y de punta. No estaba normal-normal. Hombre, qué alegría, me abrazó, todo. Vamos a tomar un café. Vamos, le dije. Tomamos café. Y cuando fue a pagar, le veo que no tiene dinero, que va a pagar con tarjeta. “Tranquilo, hombre, pago yo ”, le dije. Pagué. ¡Que yo no estoy nervioso!, me dice. Bueno, tranquilo. Ahora vamos a ir a comer a un sitio que te voy a llevar yo. No, de verdad, Jordi, se llamaba, de verdad, estoy cansado, quiero irme a casa, tranquilo. Que no, que vamos a ir a comer juntos, que te invito yo, que es un restaurante que no ponen jalufo**, que ponen pescado. De verdad, Jordi. Que tú hoy vienes a comer conmigo. Bueno. Vamos. Vamos a un cajero, mete la tarjeta, porque tiene una pensión, no estaba muy bien, y le dan 500 euros. Sacó dinero y fuimos a comer.

–Y a éste, ¿cómo lo conociste?, pregunté yo. Y él siguió:

En la Modelo. Estaba en una celda con un senegalés, otro marroquí y yo. Una noche, como a las once, vinieron los guardias: vamos a meter aquí a un chico, para que esté tranquilo, con ustedes. Bueno, vale. Llegó, se subió a su cama y se acostó. Se tapó la cabeza con la sábana. Y lloraba. Bueno. Todos los días, bajaba a comer, comía poco, se subía a la cama, se tapaba,  y lloraba. Un día y otro, un día y otro. Hasta que un día le dije: «Chaval, deja ya de llorar, hombre. Que aquí estamos todos  igual. Si lloras tú, vamos a llorar nosotros también, y todos nos vamos a poner peor. Estamos todos en el mismo barco». Luego, en el patio, se acercó y me habló. Bueno, que lloraba, me dice, porque quiero escribirle a mis hermanas y no tengo sobres, ni sellos, ni nada. Tenía una hermana en Inglaterra y otra en Italia, decía.  Bueno, toma sobre, toma sellos, todo. Paseamos. Pero tranquilo. No hay que llorar. No pasa nada. Ya no lloraba. Un día le preguntaron que por qué estaba allí: y a ti qué te importa, le dijo él. Ya me interrogaron bastante en la comisaría. Nosotros, nos mirábamos. Bueno. Yo callado. Un día me pedía dinero para la máquina de coca-cola. Toma. Para un café. Toma. Otro día venía: déjame cinco duros. Yo, toma. En el patio paseábamos. Luego un día vino y me lo contó todo: lloraba porque no sé cómo, pero un día maté a mi mujer, me dijo. Tenía una niña de diez o dieciséis meses, no me acuerdo. Tenía trabajo, su coche, todo. Pero me dijo: dicen que la maté.

*Dentro de la cárcel.

**Cerdo.

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Lo peor de 2007

Perdonen que no me haya levantado antes. 

Bases de los premios Bránagan.

Barcelona, 23 de diciembre de 1997

-Los premios Bránagan se otorgan al final de cada año del calendario cristiano, y sirven para determinar lo peor que ha ofrecido el cine internacional a lo largo del año saliente.

-Participan únicamente las películas que el jurado haya visto en una sala de cine durante el año. De éstas sólo se excluyen aquéllas que el jurado ya hubo visto en años anteriores y/o por otros medios.

-El jurado es de carácter democrático. Está organizado como un soviet de libre discusión y cada miembro puede expresar su opinión. No existen jerarquías entre los integrantes del jurado y todas las opiniones tienen el mismo valor.

-El jurado lo forma Lucas Santos.

-Están permitidos los empates entre dos o más candidatos en todas las categorías.

-No se tienen en cuenta la fecha de estreno de cada film ni la fecha de producción.

-La nacionalidad de cada film no está reconocida por el jurado y, por tanto, no se tiene en cuenta en la elección de los premios.

-El realizador británico Kenneth Branagh, así como sus filmes e interpretaciones, quedan exentos de los premios. Dando a éstos su nombre, se obvia [a] un cineastra execrable, por lo que no cometerá el jurado la redundancia de otorgarle más distinciones.

-El premio a toda una trayectoria se otorga a un o unos cineastas cualesquiera escogidos por el jurado sobre la base de que éste o éstos hayan estado de actualidad durante el año saliente tanto por su actividad laboral como por cualquier otro motivo (la defunción, por ejemplo).

-El número y naturaleza de las categorías es totalmente [manipulable] en cada edición de los premios y debe adaptarse a  las circunstancias de cada año y al capricho del jurado. Sólo una categoría debe existir irrevocablemente: la de peor película.
 

Acta del Jurado de los Premios Bránagan  a lo peor de 2007.

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La verdad y Hafner

Lleva aquí más de medio siglo. Es su paraíso terrenal, dice. El nazi Hafner, Paul, Pablo para los amigos, se instaló en Madrid con sus convicciones immutables en los cincuenta, y allí sigue, en su piso que es su cueva, rodeado de libros que son apologias de Hitler, escuchando en su radiocassette los himnos que aún le hacen vibrar. Por las tardes, acude a reuniones de Fuerza Nueva o visita a los amigos, también nazis, recluidos en una residencia de ancianos. Uno, de 99 años, presume entre sonrisas de ser uno de los aviadores que bombardearon Guernica. 

Hafner niega el holocausto. Con vehemencia. No sabemos si se cree o no lo que dice, pero no cede, ni ante los argumentos de una amiga que trata de convencerlo ni frente a las imágenes del documental sobre el genocidio que le hace ver el director de la película ni ante el testimonio en primera persona de un superviviente de Auschwitz que le visita. Hafner no cede, y sigue instalado en su vehemencia negacionista. 

El paraíso de Hafner, que es también el título de la película que recoge el testimonio de este anciano nazi, es España. Eso dice. No explica por qué, pero es fácil deducirlo. Hafner vino a instalarse en un país sometido a una dictadura fascista, donde él debía sentirse como Adolfo por su casa. Qué diferencia con Francia, donde había intentado instalarse antes: tan pronto puso pie en suelo francés lo metieron en la cárcel. En Madrid, en cambio, no tuvo problemas. Normal, si mandaba Franco, dirán. Pero para Hafner, que ya en España inventó una yogurtera y después montó una granja de cerdos alemanes, el paraíso no acabó con la muerte del caudillo. Dice que se arruinó con los socialistas, pero no por ello corrige su opinión sobre el país donde ha pasado la mayor parte de su vida. En ningún momento habla mal de España, tampoco de la democrática. Total, nunca ha tenido que esconderse. Hafner ha podido, o eso dice, exhibir su ideología y sus mentiras negacionistas sin los problemas que eso le habría comportado en su Austria natal, por ejemplo. Ha podido hacerlo con Franco y sin él.

Hace más de tres décadas que la palmó el susodicho, pero quizá uno de sus legados, precisamente como reacción a la verdad , así la llamaban, oficial y absoluta que impusieron durante 40 años los hombres de Paco, sea el éxito de ese relativismo bienintencionado que afirma que la verdad no existe. Y la verdad existe, por supuesto, pero la palabra que la nombra es una palabra violada cada vez que alguien la usa para calificar sus mentiras, jaleadas impúnemente al grito de “es mi verdad” sin que nadie le recuerde que la verdad no es personalizable ni admite adjetivos. Y eso, aquí, pasa cada día. Sin ir más lejos, los últimos tres años y medio, hemos sido bombardeados a diario con mentiras en torno al peor atentado de la historia de Europa, esgrimidas por políticos y periodistas que para justificar su insistencia en la falsedad no se han cansado de agitar espasmódicamente la bandera de la “búsqueda de la verdad”. La sentencia judicial del caso debería haber puesto freno al fin a la diarrea de embustes y especulaciones más o menos fantasiosas, pero el presidente del tribunal -ayer aclamado, por cierto, como paladín de la justicia y hoy lapidado por un libro escrito por su señora: detrás de un gran hombre hay una siempre una gran mujer, dicen el tópico y las feministas- optó por la adjetivación, y dijo que lo que quedaba establecido en la sentencia era “la verdad judicial”. Refiriéndose, eso entiendo yo, a que la sentencia, como todas, solo habla de hechos conocidos y probados. Pero los diarréicos, que, como Hafner, no ceden, entienden otra cosa: entienden que la verdad judicial ésa es sólo un tipo de verdad, y que por tanto se le podrá oponer o superponer otra, así que contraatacan ahora al grito de que aún queda por conocer “la verdad periodística”, y luego ya veremos si ambas se complementan o entran en conflicto. Eso dicen los diarréicos, como Hafner, nada sospechosos de relativistas, y convencidos, como él y como yo, de que la verdad existe. La verdad existe, por supuesto, pero si viniera con libro de instrucciones, en él debería leerse: no confundir con el simple prejuicio o la pura especulación. 

Hay tantos, sin embargo, que parecen no tener esto claro, y tanta benevolencia con ellos por parte de los relativistas del todo vale, que no extraña que el nazi Hafner, defendiendo y aferrándose a sus fantasías negacionistas, mantenga la espalda tan erguida, con 85 años que tiene. Y más ahora que el Tribunal Constitucional, en una sentencia fallada a principios de noviembre, ha decidido que negar el Holocausto ya no es un delito en España. Porque para el TC perseguir el negacionismo, como hacía el Código Penal, sería anticonstitucional. Sigue siendo delito justificar el genocidio nazi, pero negarlo, ya no. Mientras Hafner lo celebra con su amigo el bombardero de Guernica, nosotros podemos lamentarnos. Porque la sentencia del TC es una mala noticia, al menos para los que crean en el tan manoseado adagio periodístico acuñado por Charles P. Scott, editor de The Independent -entonces The Manchester Independent- casi un siglo atrás: aquello de que “las opiniones son libres, los hechos son sagrados”. La sentencia, ahora, dice casi, casi lo contrario.

Y no, no son la verdad judicial y la periodística en conflicto, no se me froten las manos los diarréicos. Hablen con propiedad: lo que entra en conflicto son dos formas de mirar, dos convenciones. O convicciones. Mientras, eso sí, las de Hafner, éstas immutables, las “ verdades” de Hafner, siguen a salvo. Ahora más que nunca. En éste, su paraíso. 

Iván Vila.

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Sangre y mierda

Una de las mejores lecciones que se derivan de la lectura del libro de Joan M. Oleaque, Desde las tinieblas, es que al borde de un hecho, el periodista no debería convocar a nadie que no tenga algo que aportar. Siempre se acaba entrevistando a alguien que cree en una conspiración mundial. Fue el caso de las chicas de Alcásser y el circo mediático que trajo consigo, conscientemente estudiado por Oleaque: «Los medios hasta entonces pensaban que el suceso interesaba sólo a unos cuantos morbosos. Alcásser les hizo ver que podía interesar a muchísimos morbosos. El suceso, mayoritariamente tratado como una lluvia de sangre y mierda sobre el público. A partir de entonces, el suceso abría telediarios y figuraba en los puestos de honor de las primeras páginas sin ningún tipo de titubeo. A partir de entonces, el suceso se convirtió en información multitudinaria. A la sombra de este concepto de búsqueda de sensación, crecería un periodismo generalista histérico. Un periodismo en el que cualquier noticia podía tratarse con grandes titulares. Un periodismo superficial, de métodos televisivos: la mayoría del periodismo de hoy en día». 

Un periodismo al que, bajo la excusa del deber de informar, lo que le interesa sobre todo es vender ejemplares. Y que ha hecho que la sola pronunciación de la palabra «deontología», se reciba con un deje de compasión. Sorprende revisar los periódicos de la época y comprobar la enorme difusión que se le brindó al caso, en connivencia con los reality-shows y las audiencias que éstos habían contribuido a formar. Algunos titulares de El País dan verdadero miedo, como «Historia de un viernes 13» o «Los misterios de Alcásser». Este último con un subtítulo también escalofriante: «El sumario del triple asesinato, al que ha tenido acceso El País, plantea más dudas que certezas».

Todo un reflejo de a qué precio empezaba a cotizar la sangre y la mierda en aquellos días.

El exceso de información se decantó, sin embargo, por un tipo de fuentes. Desde las tinieblas señala también una constante que habita en el núcleo de la mayoría de errores periodísticos: la pereza de los periodistas. Para disipar las tinieblas, es lo que demuestra Oleaque, a los periodistas les hubiera bastado con realizar unas cuantas visitas incómodas a los amigos, familiares, y compañeros de delitos de Anglés, gente con modos de vida inquietos, y establecer algunos enlaces lógicos. Por el contrario, se prefirió en la mayoría de casos, entrevistar a un padre desgarrado, a un forense ávido de fortuna, y a un criminólogo ante su última oportunidad. Algo mucho más higiénico y masón. Las consecuencias todavía se palpan. Hace unas semanas le pregunté a un policía, como de broma, que cuándo pensaba coger a Anglés. Primero se rió, pero luego me contestó más serio, que en su modesta opinión Anglés no había tenido nada que ver. «Eso está por aclararse», me dijo. Las tinieblas persisten. En Internet, varias páginas siguen alentándolas. Muchos internautas han leído a Oleaque, pero su fe parece impermeable. Prefieren pensar que la verdad sigue en un pozo, aunque no bajen a por ella: está muy oscuro y hay ratas.

El libro de Oleaque está dividido en dos partes: la primera, en la que se da cuenta de la historia de los agresores y del crimen, más narrativa, con algunos destellos de omnisciencia que de persistir hubieran supuesto un error flagrante, como en Capote; y la segunda, centrada en la búsqueda policial y las consecuencias mediáticas, donde Oleaque se muestra mucho más implacable y severo. La mayor parte de responsabilidad en la espectacularidad que sufrió el caso la tiene, of course, el periodismo. Quien sorprendentemente, como señala Oleaque, no ha realizado ninguna revisión seria sobre lo sucedido. A los periodistas, me atrevería a decir, les cuesta mucho admitir sus errores. Es una pena, porque explicar los propios errores, también parece un ejercicio periodístico, de los más difíciles. «Periodista come periodismo», se me ocurre como titular. «Purificados, cerraron la puerta sobre cualquier error propio cometido anteriormente. Cerraron mal y con prisas una puerta de salida de emergencia. Y a través de las grietas que quedaron, se filtran cada día las tinieblas de una profesión».

No se puede decir mejor.

 

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Artistas invitados

La prensa, víctima de la mafia

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