ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Insiste, malaya

All the doctors

And nurses, too

They came and they asked me

‘Who in the world are you?’

(Skip James) 

Això era un dia dos refugiats de la vida a un bareto i tres birres pel cap baix:

–La causa està preparada, l’obro?– Però, dintre només hi havia http://www.el zurullo de zuloaga.hip-hop –Haurem de tornar a pensar en l’esfínter de Pandora–, ell mateix s’ho va concloure i, fent-se el minguis, sense pensar’s-hi massa i amb una veu més pròpia de nàufrag que de col.lega accidental:

–Ara ja només podrem fer barricades amb les pedres del fetge! Contagiats de desànim ambiental, havien de gratar-se el futur i les seves deliqüescències: puta sequera, vaja.

Moments com aquell eren propicis per entrar en petites i passatgeres depressions que encara que no deixaven rastre (no hi havia on deixar-lo) els permetien ser com qualsevol altre. Un més entre la multitud. Sentir-se massa. Ah, com els agradava el luxe asiàtic! Ser per uns instants consumidors de suculentes ex i incursions al primer Hipercorc que se’ls posés davant.

Podien, llavors, abandonar per unes hores la paciència del comptagotes i el desesper que els produia la ignorància obligatòria i la cruel inutilitat del poc dir que sempre tenien entre mans i mai no sabien com fer-lo sortir, i les certeses totes, tant les històriques com les patafísiques, i els deserts ja plens de profetes i

Sempre queda un “i” dret. Treiem, doncs, els punts de les ies. Per exemple:­

–Per puta torticoli (reduccionisme existencial) estem mirant cap a l’altre cantó i allà tampoc no hi ha res. Cal reconèixer, però, que és un bon punt de partida cap enlloc. Espero que allà ens rebin amb els braços oberts.

Per moments semblava que el bareto es movia pel futur, ara centrifugat. És la força d’atracció del buit. Cap amunt. Agafats al màstil, enfilats a la cofa “Són els meus arbres, nena, que no et deixen veure els boscos”. O cap avall: es pot okupar el temps?

En el sentit fort del terme, volem dir. Perquè de cada vegada n’hi menys, de temps (i no només perquè l’hagin urbanitzat) El temps històric l’estan acabant en el festí neocon, con, conspícua paraula francesa, i s’estan llepant dits i kubotans. Aviat no quedarà història ni pels més menuts.

Distraccions birràtiques a part, el cert és que no sabem què fer. Per més històries que ens muntem, no arribem mai a entrar a la barca, i així no hi ha naufragis ni illes ni res. No sortirem de port (en diuen “salpar”).

Tal vegada hagin acabat les grans narracions; potser perquè ningú ja no piula? El temps històric, com a lloc dels nostres pensaments més íntims i col.lectius, s’ha esmorteït: les dates són commemoracions, mers objectes històrics, etiquetes, curiositats o brocants; la història és només una assignatura a la irrealitat dels estudis oficials i tediosos.

Es pot preveure que la realitat se’ns presentarà, doncs, com un mural cacaòtic en moviment burocràtic reglat. O(h), cosa quieta. Un mural capaç d’incloure qualsevol cosa i tots els moviments i les velocitats totes. Hi ha músiques de sobra per acompanyar. Massa pa i poca salsa. El pa i la xocolata mai no acaben alhora.

L’ordre està en mans de l’Administració, i no és pas el que crèiem. El caos, ordre del més bell dels temps, té raó de ser i moltes amigues. Volem juerga històrica i no pas administrativa/subvencionada. Hauríem de ser capaços de vomitar davant les festes majors i els festivals; la normativa, se la guardin. Ves a saber què hi diu la normativa.

“Por otro lado hay cada vez más gente que va entendiendo que ya nadie les necesita” Crec recordar que això ho vaig llegir a T. Eagleton, però no ho sé del cert.

Fèlix Balanzó

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Diderot y los McCann

La publicación del retrato robot, hecho a mano, de un supuesto sospechoso de secuestrar, suponemos, a Madeleine, y que debe de estar hoy en los periódicos, me recordó anoche una cita de Diderot que me pasaron hace tiempo. La última frase es la que pretendía ilustrar con el retrato aquel que pedía en un anuncio (Wanted), y que el descubrimiento paulatino de que el experimento propuesto estaba demasiado alejado de cómo se confeccionan esos retratos, me ha hecho desistir de publicar los resultados. 

No cabe duda, sin embargo, de que el retrato basado en el testimonio de una turista «que vio varias veces a un hombre que le pareció sospechoso»,  sobre todo si es el de un «hombre siniestro», confeccionado por una «artista especializada», aunque también «formada en el FBI», por encargo de una agencia de detectives que se llama «Método 3» y que, cómo no, tiene sede en Barcelona, todo eso, en efecto, es indudable que supondrá un «sensacional avance» en la investigación. Es el efecto gabardina, cuyo uso comparten detectives y exhibicionistas.

Diderot, por favor: 

«Un español, acuciado por el deseo de poseer un retrato de su amada, que no podía mostrar a ningún pintor, adoptó la decisión que le quedaba de hacer por escrito la descripción más amplia y más exacta; comenzó por determinar la exacta proporción de la cabeza entera; pasó luego a las dimensiones de la frente, de los ojos, de la nariz, de la boca, del mentón, del cuello; luego a cada una de estas partes, y no ahorró nada para que su discurso grabara en el espíritu del pintor la verdadera imagen que tenía bajo sus ojos; no olvidó ni los colores ni las formas, ni nada de lo que correspondía al carácter; cuando más comparó su discurso con el rostro de su amada, más parecido lo encontró, creyó sobre todo que, cuanto más cargase su descripción de pequeños detalles, menos libertad dejaría al pintor, no olvidó nada de lo que pensaba que debía captar el pincel. Cuando su descripción le pareció acabada, hizo cien copias, que envió a cien pintores, encargándoles a cada uno ejecutar exactamente en el lienzo lo que le leyeran en su papel. Los pintores trabajan, y al cabo de cierto tiempo nuestro amante recibe cien retratos que, pareciéndose rigurosamente a su descripción, no tienen ningún parecido entre ellos ni con su amada.»

Diderot, Denis: Reflexiones de las lenguas sacadas del artículo Enciclopedia, según cita verde (Gracias).

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Una de la cárcel

Me gusta cómo el señor Tommouhi narra algunas historias. Por supuesto, en el libro sólo aparecerán las que yo haya podido comprobar por otros medios. Pero como hoy es domingo y, muerto dios, los domingos todo está permitido, tómense, si pueden, esta historia sin contrastrar como un pequeño cuento. 

Andábamos por el paseo del Born, y le nombré que la iglesia que teníamos delante era Santa María del Mar. Levantó la cabeza, la miró cerrando un ojo, y  al bajarla se acordó de «ésa que tiene las torres muy altas, sagreda o algo así». ¿La Sagrada Familia?: «Éeeeeeesa». Y empezó así:

Un día comí cerca. Me encontré a uno que había conocido cuando estaba dentro*. Por ahí un poco más arriba. Uno que tenía el pelo largo, despeinado y de punta. No estaba normal-normal. Hombre, qué alegría, me abrazó, todo. Vamos a tomar un café. Vamos, le dije. Tomamos café. Y cuando fue a pagar, le veo que no tiene dinero, que va a pagar con tarjeta. “Tranquilo, hombre, pago yo ”, le dije. Pagué. ¡Que yo no estoy nervioso!, me dice. Bueno, tranquilo. Ahora vamos a ir a comer a un sitio que te voy a llevar yo. No, de verdad, Jordi, se llamaba, de verdad, estoy cansado, quiero irme a casa, tranquilo. Que no, que vamos a ir a comer juntos, que te invito yo, que es un restaurante que no ponen jalufo**, que ponen pescado. De verdad, Jordi. Que tú hoy vienes a comer conmigo. Bueno. Vamos. Vamos a un cajero, mete la tarjeta, porque tiene una pensión, no estaba muy bien, y le dan 500 euros. Sacó dinero y fuimos a comer.

–Y a éste, ¿cómo lo conociste?, pregunté yo. Y él siguió:

En la Modelo. Estaba en una celda con un senegalés, otro marroquí y yo. Una noche, como a las once, vinieron los guardias: vamos a meter aquí a un chico, para que esté tranquilo, con ustedes. Bueno, vale. Llegó, se subió a su cama y se acostó. Se tapó la cabeza con la sábana. Y lloraba. Bueno. Todos los días, bajaba a comer, comía poco, se subía a la cama, se tapaba,  y lloraba. Un día y otro, un día y otro. Hasta que un día le dije: «Chaval, deja ya de llorar, hombre. Que aquí estamos todos  igual. Si lloras tú, vamos a llorar nosotros también, y todos nos vamos a poner peor. Estamos todos en el mismo barco». Luego, en el patio, se acercó y me habló. Bueno, que lloraba, me dice, porque quiero escribirle a mis hermanas y no tengo sobres, ni sellos, ni nada. Tenía una hermana en Inglaterra y otra en Italia, decía.  Bueno, toma sobre, toma sellos, todo. Paseamos. Pero tranquilo. No hay que llorar. No pasa nada. Ya no lloraba. Un día le preguntaron que por qué estaba allí: y a ti qué te importa, le dijo él. Ya me interrogaron bastante en la comisaría. Nosotros, nos mirábamos. Bueno. Yo callado. Un día me pedía dinero para la máquina de coca-cola. Toma. Para un café. Toma. Otro día venía: déjame cinco duros. Yo, toma. En el patio paseábamos. Luego un día vino y me lo contó todo: lloraba porque no sé cómo, pero un día maté a mi mujer, me dijo. Tenía una niña de diez o dieciséis meses, no me acuerdo. Tenía trabajo, su coche, todo. Pero me dijo: dicen que la maté.

*Dentro de la cárcel.

**Cerdo.

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Lo peor de 2007

Perdonen que no me haya levantado antes. 

Bases de los premios Bránagan.

Barcelona, 23 de diciembre de 1997

-Los premios Bránagan se otorgan al final de cada año del calendario cristiano, y sirven para determinar lo peor que ha ofrecido el cine internacional a lo largo del año saliente.

-Participan únicamente las películas que el jurado haya visto en una sala de cine durante el año. De éstas sólo se excluyen aquéllas que el jurado ya hubo visto en años anteriores y/o por otros medios.

-El jurado es de carácter democrático. Está organizado como un soviet de libre discusión y cada miembro puede expresar su opinión. No existen jerarquías entre los integrantes del jurado y todas las opiniones tienen el mismo valor.

-El jurado lo forma Lucas Santos.

-Están permitidos los empates entre dos o más candidatos en todas las categorías.

-No se tienen en cuenta la fecha de estreno de cada film ni la fecha de producción.

-La nacionalidad de cada film no está reconocida por el jurado y, por tanto, no se tiene en cuenta en la elección de los premios.

-El realizador británico Kenneth Branagh, así como sus filmes e interpretaciones, quedan exentos de los premios. Dando a éstos su nombre, se obvia [a] un cineastra execrable, por lo que no cometerá el jurado la redundancia de otorgarle más distinciones.

-El premio a toda una trayectoria se otorga a un o unos cineastas cualesquiera escogidos por el jurado sobre la base de que éste o éstos hayan estado de actualidad durante el año saliente tanto por su actividad laboral como por cualquier otro motivo (la defunción, por ejemplo).

-El número y naturaleza de las categorías es totalmente [manipulable] en cada edición de los premios y debe adaptarse a  las circunstancias de cada año y al capricho del jurado. Sólo una categoría debe existir irrevocablemente: la de peor película.
 

Acta del Jurado de los Premios Bránagan  a lo peor de 2007.

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¡Me ha invitado!

Obreros, campesinos e intelectuales:  

Con la presente misiva, el abajo firmante quiere invitarles a la gala de presentación -que no de entrega; todo se andará- de los premios Bránagan 2007, unos galardones que llegan a su duodécima edición y que distinguen lo más abyecto del cine estrenado a lo largo del año en el enclave norteafricano de Barcelona. 

Siguiendo la tradición establecida durante los últimos años, la cuchipanda consistirá en una cena de ínfima calidad seguida de la lectura del fallo del jurado y una sobremesa decadente. También en concordancia con la tradición, no se exigirá etiqueta a los invitados ni aportación gastronómica alguna. Sólo se espera de ellos, de ustedes, el acostumbrado derroche de carisma que prestigia esta nuestra cita anual. 

La convocatoria se concreta así: Sábado, 12 de enero del año de Nuestro Señor de 2008,  21.00 h. Residencia Santos-Kandahar (Passatge Forasté […], Barcelona, Marroc du Nord)  

Quienes tengan problemas con la Renfe o faldones que escribir, serán gentilmente recibidos en la cocina por el servicio -Sra. Conchita-, que tendrá a bien servirles las sobras recalentadas de la cena regadas con un excelente vino de mesa y acompañadas de una amena conversación (temas: los beneficios de una dieta rica en productos tradicionales y la vigencia de la quiromancia y el tarot en el siglo XXI).    

Se ruega tengan la amabilidad de confirmar su asistencia o excusar su ausencia. 

Ignominiosamente,  Dr. Bacalado Chumínez 

Flujólogo 

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Fabetos del espectá

Aprendiz de porteño, nacido en Mar del Plata, el caro Matías, escribe, después de leer la doble (hélice), desde Buenos Aires:

(…)

bueno, y nada

te cuento que recién esta semana me puse al día en la doble

y al principio pasó algo gracioso

(y triste)

que pensé que cometías errores de tecleo bastante frecuentemente

(sabes, cuando se teclea rápido y saltan letras)

y resulta que como leía varios días de un saque empecé a ver que los erroes eran siempre los mismos

palabras como «espectáculo» salían como «espectá»

¿lo pillas, no?

con lo cual palabras como vaginal ni siquiera salían:

un dichoso programita que en el cibercafé tenían instalado para guardar la buena moral del lenguaje

y que el mismo programita resumía bien, o así lo quise entender yo, cuando me dejó leer

«el pueblo fabeto»

en fin, una anécdota, a falta de hechos

te mando un gran abrazo y te digo que yo también sueño a veces con ese carnaval de barranquilla

(…)

matías

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Un derecho a la imagen puede tapar otro

La polémica sobre el «derecho a la imagen» que ha estallado  en Francia recientemente, entre el Ministerio de Justicia y las asociaciones de fotógrafos, no concierne únicamente a las relaciones entre el derecho de los periodistas a informar a través de la imagen y los derechos de los particulares al respeto de su propia imagen y de su vida privada. Es la singularidad del estatuto actual de las relaciones entre la imagen, el derecho, la política e incluso el arte lo que aparece aquí en el centro de la escena. 

El conflicto surgió a raíz de dos disposiciones de un proyecto de ley relativo a la presunción de inocencia y a los derechos de las víctimas. La primera prohíbe publicar fotos de personas esposadas, la segunda, publicar fotos de víctimas de algún crimen en situaciones que atenten contra su dignidad. La una y la otra se inscriben en una misma perspectiva global  que desarrolla los derechos de las personas: protección de la vida privada, de la imagen y de la dignidad de las personas, presunción de inocencia de toda persona en tanto no haya sido declarada culpable. Ya el «inculpado» había cambiado de nombre: desde entonces está sólo «bajo investigación». Ahora se da un paso con la proscripción de toda imagen material de su encarcelamiento. Pero este paso de más tiene consecuencias inquietantes. Ya no se trata sólo de eufemizar el nombre de una situación de hecho. Consiste en hacer invisible su materialidad. La protección de la persona privada tiende a convertirse en una suspensión de la visibilidad del acontecimiento en sí mismo. Lo que no ha sido juzgado no tiene por qué ser mostrado, no debe tener visibilidad. Esta regla implícita oculta otra: que a partir de ahora el único juicio es el de los tribunales. Antes, la imagen del inculpado servía también para atraer el juicio de la opinión pública, independiente del de los jueces, incluso como respuesta al de estos. O servía también para reivindicar la justicia intrínseca de una acción obligada a enfrentarse a la ley existente para denunciar un estado de cosas injusto. Se inscribía así en el combate político clásico que cuestiona la legitimidad de las leyes existentes. Todavía recientemente, en Francia, el líder de las acciones campesinas contra la cadena MacDonald blandía las esposas frente a los periodistas como emblema de la justicia de su combate. Dentro de esta nueva lógica, la presunción de inocencia, en tanto que perteneciente al derecho de todo particular, anula el litigio político sobre ese hiato entre dos justicias y dos juicios cuyos emblemas serían las figuras del culpable inocente o del justo encarcelado.

La protección de la persona y de su imagen produce así una operación indisolublemente política y ontológica. Tiende a sustraer, además de cierto tipo de juicio y de manifestación política, una parte de lo visible. Y no es esa parte de ejemplo contagioso o de horror insoportable que se censuraba antes. En materia de violencia, de indecencia o de horror, apenas queda ya nada que las pantallas censuren. La parte proscrita, es esa parte por decidir, litigiosa, que alimentaba el conflicto político, al poner en cuestión a través de la «culpabilidad» del agente, la naturaleza de la acción misma. La cuestión estriba entonces en saber hasta dónde llega la sustracción; si, con la visibilidad de los hechos, no se logra también la certificación de su existencia.

Ésta es la cuestión que plantea la segunda prohibición, la de mostrar a las víctimas de algún crimen en situaciones que atenten contra su dignidad. La viuda de un prefecto asesinado por terroristas corsos se había manifestado así contra una foto que mostraba a su marido con la cabeza contra el suelo. La imagen de una mujer casi desnuda por la onda expansiva de una explosión terrorista en el metro parisino provocó una escándalo parecido. Estos casos particulares, sin embargo, en el que una persona reivindica su dignidad arrastran consigo la cadena inmensa de esas fotos que nos han hecho ver y continúan haciéndonos ver los horrores que han marcado nuestro siglo. Frente a los legisladores, los periodistas y los fotógrafos han blandido esas fotos de los supervivientes de los campos nazis o el de la niña vietnamita, desnuda y quemada por el napalm, que han pasado a la historia o esas otras  que todavía hoy registran la cosecha diaria de crímenes masivos en Bosnia o en Ruanda, en Timor o en Kosovo. Seguramente la apariencia de las víctimas no se ajusta al ideal de la dignidad humana. El sentido común nos dice que es más bien su situación lo que es indigna y que la imagen  lo que quiere  precisamente es dar testimonio de ello.

Esta cuestión  –política y ontológica– va más allá de la simple oposición entre el respeto de las víctimas y el deber e informar sobre su situación. Pues no se trata simplemente de saber si se podrá dar a conocer o no, para los médicos y los justos, los dolores y las injusticias del mundo. La fotografía certifica dos cosas a la vez: no da cuenta solamente de la evidencia del crimen. Da cuenta también de la naturaleza, al marcar la carga de presencia y de común humanidad de aquellos a los que los exterminadores tratan como chusma infrahumana. Lo que los genocidas y las limpiezas étnicas niegan es, en efecto, un primer «derecho a la imagen», anterior a toda propiedad del individuo sobre «su» imagen: el derecho a ser incluido en la imagen de una humanidad común. La limpieza o el exterminio étnicos son siempre la demostración en acto de sus propios presupuestos: que el exterminado no pertenece a aquello de lo que es excluido, que él no pertenece verdaderamente a la humanidad., no, en todo caso, a aquella que tiene derecho a existir en ese sitio y en ese lugar.  Por esa razón es por lo que la limpieza o exterminio étnicos encuentran su acabamiento lógico en la desaparición de las huellas o en el discurso negacionista.

Alegar contra esas fotografías la dignidad amenazada de las víctimas, ¿no contribuye a sustituir a ese primer derecho negado, el derecho a tener una imagen común, un derecho con el que las víctimas nada tienen que ver: el derecho de propiedad sobre su imagen que ejercen los únicos que tienen medios para hacer de ella moneda de cambio? Parecerá una pregunta de colegio. Nadie se espera todavía, por el momento, encontrarse con que las víctimas kosovares vienen a reclamar indemnizaciones por la publicación de su imagen en la prensa francesa. Y el ministerio ha respondido  a los que se inquietaban por ello afirmando que la ley no concernía a los hechos de guerra. Esta «tranquilizadora» respuesta causa perplejidad.  Porque reenvía el estatuto de la imagen a un reparto de dominios y de géneros que es precisamente lo que se cuestiona. Desde su punto de vista, Hitler estaba en guerra contra el pueblo judío, eliminaba parásitos perjudiciales. De la misma manera, las milicias serbias no estaban en guerra contra el pueblo kosovar. Suprimían a aquellos que no estaban en «su» sitio. Y las operaciones «humanitarias» que responden a la limpieza étnica no pretenden intervenir en una guerra. Si el hecho de la exterminación y el discurso negacionista han  alcanzado en el pensamiento contemporáneo la importancia que sabemos, es porque dan cuenta ellos también de la incertidumbre que golpea hoy en día las líneas de reparto entre las esferas: privado y público, lo político, la policía y la guerra. El derecho del propietario y el derecho de la víctima ilustran en suma el desvanecimiento gradual del mundo político, a favor de una escenario doble: de un lado, el escenario privado de los intereses propietarios; del otro, el de los enfrentamientos étnicos y las intervenciones humanitarias.

Pero no es solamente la imagen en general –y particularmente la imagen fotográfica—la que queda atrapada en esta tormenta. También una cierta idea de la modernidad artística. Lo que ha hecho la doble fortuna –política y artística—de la fotografía en nuestro siglo, es que ella ejemplifica el lazo privilegiado que el arte moderno ha trenzado con la imagen de los anónimos –esos anónimos que en el siglo XIX se apropiaban esa imagen que había estado siempre reservada a los privilegiados, a los que tenían un nombre y hacían la historia. El objetivo de los grandes reporteros registrando los horrores del siglo y el objetivo de los Doisneau o de los Cartier-Bresson sorprendiendo a los niños en la calle o a los enamorados anónimos, eran hermanos. Expresaban ese tiempo en el que cualquiera que se revelaba era susceptible de ser sujeto de la historia y objeto de arte. Es ese anónimo, sujeto común de la política democrática y del arte moderno, quien ve también su imagen borrarse, escindirse en dos. Al mismo tiempo que la ley extiende su protección ambigua sobre los presuntos inocentes y sobre la dignidad de las víctimas, los anónimos de la leyenda fotográfica llegan para pedir a las agencias el precio de mercado de sus imágenes. En un mundo dividido entre propietarios de imagen y propietarios de dignidad, no es solamente la política, sino también el arte el que ve comprometidas sus imágenes.

Octubre 1999.

RANCIÈRE, Jacques: «Un droit à l’image peut en chasser un autre», en Chroniques des temps consensuels, Seuil, pp. 79-83.

Traducción (muy urgente) de B.G.J.

*****

Este colega, hiperactivo  y barbudo eco de Rancière.

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Subir las persianas

Las víctimas en general, y las víctimas de delitos sexuales, muy en particular, reclaman el anonimato. Los juicios a puerta cerrada son una consecuencia directa de esa idea tan extendida de que respetando su derecho a la intimidad, estamos poniéndonos de su parte. Más allá de las cuestiones que plantea esa desaparición del público como juez de los que administran justicia, que es un problema político de graves consecuencias jurídicas, no estoy ni siquiera seguro de que ese sagrado anonimato sirva a su pretendida intención de proteger a las víctimas.

El crimen es una forma de negación. No sólo física. Estos que violan, parece una obviedad que necesitan primero reducir al otro a lo que ellos imaginan que es.  Esta idea está presente en la mayoría de las declaraciones de las víctimas que he leído. El insulto es una forma de facilitarse el crimen, o por lo menos lo precede a menudo. En consecuencia, la réplica de las víctimas, redobla los insultos y los golpes que reciben. Los violadores pedían sobre todo dos cosas: que las chicas se callaran, o que repitieran lo que ellos querían oír: que eran «unas guarras», por ejemplo. Las dos redundan en lo mismo: en negarlas. 

La violación sigue siendo, en gran medida, un tabú. Por supuesto que entiendo que las  víctimas no quieran mostrarse en público. Nadie en su sano juicio puede pretender que no sea compresible. El dolor no puede ponerse en común. Lo que no tengo tan claro es que se trate de una decisión estrictamente personal. Un tabú es un silencio generalizado.  El trauma sufre el tabú en carne propia.

Un silencio generalizado, pero también una forma de estar de acuerdo, solo que secretamente compartida. Que no es lo mismo. Sólo quiero reiterar con esto que comprendo el trauma, pero que no moveré un dedo por el tabú. Apuesto a que nadie aplaudiría con tanta firmeza ese tabú como el médico aquel que trató a las chicas de La Secuita «como si fueran unas frescas», según contó uno de los padres al juez. Quien más allá de comprenderlo, defiende ese silencio como un acto de reparación con las víctimas, en el fondo comparte el mismo fetichismo impotente que el violador: que las chicas tuvieron su parte de culpa.

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Vivan las caenas (de televisión)

Fragmentos  

Ha ocurrido un asesinato y la humanidad querría pedir auxilio. No puede. (…) La boca del mundo se queda abierta, y en sus ojos se hiela el vislumbre de que lo peor ha pasado. (…) La mano ahogó ese grito que no podía dar. La mano nos tiene a todos por el cuello y no nos deja escapar. ¿Será esto el fin de una moral que lleva las cadenas como alhajas?  

(…) 

Aquí se ha vuelto problemático todo lo que desde hace dos milenios se caía de su peso. Hemos construido nuestras chozas sobre un cráter que juzgábamos extinto, hemos hablado con la naturaleza en un lenguaje humano, y porque no entendíamos el suyo, hemos creído que ya no rebullía. Pero ella ha seguido todo el tiempo celebrando sus ardientes ceremonias y arrimando su ascua terrena a nuestra divina confianza en el cielo.  

(…) 

Los príncipes de la vida no podían entenderlo, pero las princesas yacían con los cocheros, porque eran cocheros, y porque los príncipes  no podían entenderlo.

(…)

La ética cristiana se restriega las manos, desesperada de que no le sea dado poder conservar la belleza en la justa medida en que sea imprescindible para la vida con fórmulas de consuelo espiritual. La gran cuestión, que permanece abierta desde el día en que se vino a parar en la renuncia al gusto, nos advierte como nos advierte la tierra cuando la creemos adormecida gracias a juegos técnicos: ¿Cómo se las va a arreglar el mundo con las mujeres?   

(…) 

Una y otra vez el mismo asombro ante una naturaleza que no ha medido a los dos sexos con el mismo rasero de carencia; que ha creado a la mujer, para la que el placer es sólo un aperitivo del placer, y al hombre, a quien deja exhausto. Este lo siente y  no quiere saber nada. Mil veces ha luchado con el Otro, que quizás no existe, pero cuya victoria sobre él está asegurada. No porque tenga mejores cualidades sino porque es el Otro. El que Viene Después, el que le brinda a la mujer el placer de la serie, el que, por Último, triunfará. Pero ellos se lo sacuden de la cabeza como un mal sueño; y quieren ser el Primero. 

(…) 

El asesinato es una irregularidad; nos señala el estado de las cosas y no prueba nada en su contra. La muerte llama al mundo moral a las armas, pero lo que desvela le obliga a enfundarlas. Tendría que apuntarlas contra sus propias mujeres para ser dueño y señor por siempre de todos los desengaños.  

(…) 

La tragedia de la gracia femenina, perseguida y eternamente malentendida, a la que un mundo miserable no le deja otra sino  la posibilidad desnuda de meterse en el lecho de Procusto de sus conceptos morales. Un baqueteo de la mujer, que la voluntad del creador no destinó al egoísmo del propietario, que sólo en libertad puede alzar el vuelo hacia sus más altos  valores.  (…) Pero la realidad debe convertirla en su sierva, como ama de casa o como amante, porque la necesidad de honorabilidad social va más lejos para él que un hermoso sueño. (…) En este deseo y nada más que en él ha de verse la fuente de toda tragedia de amor. Querer ser el elegido sin concederle a la mujer el derecho de elegir. Y los Obrones no quieren entender jamás que Titania pueda perfectamente acariciar también a un asno, porque ellos, como corresponde a su mayor capacidad de reflexión y a su menor sexualidad, no estarían nunca en disposición de acariciar a una mula. Por eso se vuelven unos asnos incluso en el amor. No pueden vivir sin colmar su medida de honorabilidad social; ¡y de ahí tanto bandido y tanto asesino!   

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Profanas confesiones de domingo

La imposibilidad, la impotencia para poner en común nuestros deseos es la verdadera medida de nuestro aislamiento.

Hace dos veranos recuperé de un mercadillo de libros uno de los últimos de Giorgio Agamben: Profanaciones.  Allí, bajo el título “Desear”, se lee esto:

            Desear es lo más simple y humano que existe. ¿Por qué, entonces, nuestros deseos nos resultan inconfesables? ¿Por qué es tan difícil ponerlos en palabras? Tan difícil que terminamos por esconderlos; construimos para ellos una cripta en alguna parte de nosotros, donde permanecen embalsamados, a la espera.   

       No podemos trasladar al lenguaje nuestros deseos porque los hemos imaginado. En realidad la cripta sólo contiene imágenes, como un libro de figuras para niños que todavía no saben leer, como las images d’Epinal de un pueblo analfabeto. El cuerpo de los deseos es una imagen. Lo inconfesable del deseo es la imagen que nos hemos hecho de él.          

              Comunicar a alguien los propios deseos sin las imágenes sería brutal. Comunicarles las propias imágenes sin las los deseos, un aburrimiento (como contar los sueños o los viajes). Pero, en ambos casos, resulta fácil. Comunicar los deseos imaginados y las imágenes deseadas es la tarea más ardua. Por eso la postergamos. Hasta el momento en que comenzamos a comprender que el asunto quedará para siempre sin despachar. Que nosotros mismos somos deseos inconfesados, para siempre prisioneros en la cripta. (pp. 67-68) 

         Como casi todo lo que escribe Agamben, una de las mejores cabezas de Europa, no sé si está de actualidad porque nos es contemporáneo, o porque es una epifanía de la eternidad, y él es sólo el último mensajero.

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