ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Edición recreativa (a la manera de Google Docs)

Anoche no encontré la manera de rescatar un párrafo suprimido del borrador del libro, que voy escribiendo en Google Docs.  Sé que lo escribí el martes o el miércoles, quizá el jueves pasado, pero entre las cientos de versiones añadidas no di con la buena. No creo que deba suponer un gran obstáculo técnico el incluir un buscador interno, que permita localizar expresiones o frases de alguna versión suprimida.  Primera decepción: porque quería contar aquí hoy cómo había llegado hasta él y por qué había que descartarlo.

Luego me acordé de que este jueves salió a la venta el primer número de la edición española de Vanity Fair y que traía un articulito mío. Hacía mucho que había mandado la nota (un comentario sobre la inauguración de la nueva California Academy of Sciencies de San Francisco, del arquitecto italiano Renzo Piano, acompañando un bonito reportaje gráfico de la edición americana). Al leerla detecté algunas de las variaciones que los editores habían incluido, aunque también –ahora lo sé– otras me pasaron desapercibidas. Contra las dudas, pensé, Google Docs: una función permite comparar dos versiones de un mismo texto, y lo hace además con una resolución gráfica sencilla, mezclando colores y tachones para distinguir el texto final del inicial. Evidentemente se podrían haber comparado a simple vista, sobre el papel, pero hablamos de precisión: de la diferencia entre vio e imaginó. Tampoco podía ser. Las dos versiones, al introducirlas por separado desde otro archivo, con la función cortar y pegar, desencajaban la estructura del texto y se hacía muy difícil entender los cambios.

Así que tiré por la calle de enmedio, y decidí hacerlo yo mismo: a mano. Abajo está el resultado. En redonda queda el texto de la primera versión (PV) que se mantiene en la versión final de la revista (VF). Tachados (así: redonda) aparecen los fragmentos de la PV suprimidos en la VF, y en cursiva, los añadidos, que no estaban en la PV pero sí aparecen en la VF.

En fin, edición recreativa. Son las cuatro y veintidós de la madrugada: Buenos días por la noche.

Por separado, aquí están la versión enviada y la versión publicada.

 

 

Un museo vivo

Arquitectura-Renzo Piano

 

Poco antes de pasar frente a la comisión para la construcción de la nueva California Academy of Sciences, Renzo Piano, uno de los seis arquitectos que optaban al proyecto, estaba asomado al tejado de uno de los viejos edificios agrietados por el terremoto que sacudió San Francisco en 1989, según contó a VF.  Piano, que este mes cumple 71 años, con barba blanca y pelo canoso, bajó luego y garabateó en su bloc, inspirado por lo que había visto, el boceto que ganó el concurso. Ocho años después, aquella visión proyectada se ha materializado, y cualquiera que visite el museo puede hacerse una idea de lo que Piano vio. Inspirado por lo que había visto, garabateó en su bloc el boceto que ganó el concurso. Ocho años y casi mil millones de dólares (635 millones de euros) después, aquel dibujo se ha convertido en una obra que los críticos califican como la mejor de este arquitecto, premio Pritzker en 1998.

 

El arquitecto italiano  Piano, fiel a su estilo de no tener estilo propio, ha creado un museo natural, transparente y vivo (además de un jardín en el techo, albergará más de mil especies animales), elegantemente fundido con el Golden Gate Park que lo acuna. Las colinas que vio imaginó rodeando la academia ondulan ahora sobre el tejado mismo de la nueva academia del museo: son y forman las cúpulas de las tres instituciones de la ciudad que acoge y que reabren sus puertas en Septiembre este mes: el Steinhart Aquarium, el Morrison Planetarium y el Kimbal Natural History Museum. Hasta ahora el complejo constituía un hito histórico y científico en San Francisco; con la remodelación, se convertirá en un prototipo de museo ecológico. Para empezar, en el interior habrá toda una declaración de intenciones a favor del medio ambiente: una selva tropical en un invernadero, un planetario enorme para observar las estrellas, un hábitat para pingüinos, además de distintas especies de peces, insectos, repitles, pájaros…. y una exposición interactiva sobre el cambio climático y el futuro de la Tierra.

Pero lo más sorprendente es el exterior. El verde del fondo, Piano lo ha «transplantado»  ha sembrado con  especies vegetales autóctonas (más de mil plantas) sobre en la superficie del techo que servirán, además, para mantenerlo fresco y absorber el agua de las tormentas. Una alfombra de tulipanes, margaritas y pequeños arbustos se extiende suavemente sobre el armazón logrando un perfecto efecto de camuflaje con el entorno. El esbelto rectángulo de muros acristalados que sostiene ese “techo vivo”, así lo llama Piano él, realza la sensación, buscada por el autor, de una conexión inmediata entre edificio y con la naturaleza.

 

 

Piano (Génova, 1937),  debutó en la escena internacional con la construcción junto a Richard Rogers del Centre Pompidou de Paris (1971-1977) El debut de Piano en la escena internacional fue polémico: la construcción del Centre Pompidou de Paris (1971-1977) junto a Richard Rogers. Un edificio estéticamente coherente con el deseo la idea de desacralizar el arte y abrir los museos al gran público, pero con una cierta adecuación original a su función específica de funcionalidad discutible: se le acusaba de tener poca superficie mural para las exposiciones y los fondos bibliográficos, por ejemplo. Esta vez, sin embargo, ha cuidado mucho acoplar estética y función: un edificio verde y sostenible para una institución que estudia la naturaleza. Gran parte del recinto se refrigera con aire natural. Uno de sus aciertos ha sido lograr que casi todo el recinto se refrigere con aire natural y evitar el aire acondicoinado, una obsesión de Piano desde hace años. A eso hay que sumar los paneles solares, el suelo radiante o que el 90% de los materiales que sobraron de la demolición del edificio antiguo se han vuelto a usar en el nuevo. Y un dato muy curioso: el 68% de los elementos usados como aislantes provienen de reciclar pantalones vaqueros (¿quizá un resto del espíritu hippy californiano?)

 

Hay otros detalles, sin embargo, que resultarán familiares al visitante atento a la trayectoria de Piano, autor también de la Terminal del Aeropuerto Internacional de Kansai, en Osaka (Japón), la Maison Hermès, en Tokio, o la reciente sede del Times de New York, el primer rascacielos levantado en la ciudad desde el 11-S. Piano, quien ha escrito que “construir es juntar elementos materiales”, tiende a repetir una parte o incluso una pieza, a menudo de inspiración orgánica, que generan un edificio armónico y equilibrado. conocedor de Piano y que provienen de su inspiración orgánica: el techo de cristal que cubre como una telaraña uno de los patios, las placas solares con forma de alargadas hojas injertadas insertadas en el porche que rodea el edifiio (y que producirán entre un 5 y un 10% de su energía), así como las pequeñas  y las piezas cuadradas y alineadas sobre el techo como escamas, son ejemplos de esa rítmica imitación de la naturaleza la techumbre a modo de escamas. Son rasgos de su estilo que se encuentran en otros edificios como la Maison Hermès en Tokio; el aeropuerto internacional de Kansai, en Osaka, Japón; o el edificio del periódico The New York Times en Nueva York.

 

Por fin, encontramos también la seña de identidad por excelencia del arquitecto italiano: la búsqueda de la transparencia, una obsesión que empezó en la década de los años 80, Renzo cuando Piano formó parte junto a Norman Foster o el propio Richard Rogers de la corriente «high tech», que tenía entre sus símbolos más queridos el Crystal Palace de Londres (1851). La búsqueda de la transparencia sigue siendo uno de los trazos más característicos de la arquitectura de Piano, que para la para la Academy of Sciences de San Francisco se lo impuso además como una obligación dado el entorno de jardines que la enmarca. Piano sólo ha firmado un edificio en España: sobre la fachada de la sede del Luna Rossa Team para la 32 Copa América celebrada en Valencia en 2007, ensambló una serie de paneles translúcidos con materiales de viejos barcos que durante la noche devuelven un efecto linterna desde el interior iluminado. Academy of Sciences de San Francisco es la apoteosis de esa luminosidad porque está situada en medio de un parque y sus muros transparentes permiten ver la naturaleza. “La mayoría de los museos son opacos, un reino de oscuridad. Aquí, sin embargo, puedes ver el parque alrededor”, concluye Piano con satisfacción.

 

  

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Añado, a la conversación de Kafka con Gustav Janouch, un apunte propio

«La vida es demasiado corta para la forma literaria extensa; demasiado fugaz para que el escritor pueda entretenerse en descripciones y comentarios; demasiado psicópata para que pueda hacerse psicología; demasiado novelesca para una novela….La vida fermenta y se descompone con demasiada rapidez para poder conservarla mucho tiempo en libros vastos y largos».

Franz Kafka, Ante la Ley: Debolsillo, Barcelona, 2005, p. 15.

***

13.50 horas. Traigo 200 folios impresos, y encuadernados. Edding rojo. No es ni siquiera el primer borrador, como mucho el primer emborronado. Me quedan por lo menos otros cien. Pero por fin voy a ponerme a corregir. Y sobre todo, por fin puedo mirar para atrás, y esta intensa calma, esta sensación verdadera de que no me voy a morir, de que esa ansiedad –no toda la culpa la tiene el libro, ni mucho menos– que me devoraba tampoco va a poder ya conmigo, me vuelve y se instala. Más que euforia, una incierta, y poco conveniente, orgullosa rabia. Entre la intimidad y el exhibicionismo, este vértigo inseguro de sólo saber si me equivoco, si me sobrepongo, si exagero, publicándola.

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Ella era así

En 1996, dos periodistas, Pilar Ferrer y Luisa Palma, publicaron «Ellas son así«, una obra con 21 perfiles de mujeres relevantes de la política española de aquellos años. El subítulo aclara que se trató de un «Retrato íntimo de las mujeres del poder«. El libro fue presentado por el entonces ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, el que era portavoz en el congreso del Partido Popular, Rodrigo Rato, y el ya ex jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo. La magistrada Margarita Robles era entonces Secretaria de Estado de Interior, «viceministra», según recogen las autoras. En 1991, había sido la primera mujer en presidir una Audiencia Provincial, la de Barcelona. En 1992, presidía el primer tribunal que condenó a Ahmed Tommouhi por la causa de Cornellà, a pesar de que el semen recogido en la braga de la chica violada no era suyo. El capítulo XV está dedicado a ella. Se titula «La primera de la clase». Copio y pego estos párrafos que trazan los rasgos de su perfil:

 
Es Margarita Robles, viceministra de Interior, una mujer de poca estatura pero atractiva. Piernas sólidas, ademán resuelto, ojos verdes, cabello negro y labios carnosos que aprieta rápidamente para que su interlocutor no tenga ninguna duda. (…)
 
De pocos amigos, pero leales, la mujer que tiene a sus órdenes a la Policía y Guardia Civil no es, sin embargo, ambiciosa. El poder, afirma, «no sirve de nada si no haces algo por los demás, a mí me mueve la fe por cambiar la sociedad, lo peor de la política es alejarte de la realidad y yo procuro no hacerlo. [….] ¿Mandona?, pues sí, es lo que he hecho toda mi vida, no sé si por suerte o por desgracia, profesionalmente siempre he mandado, como juez y ahora aquí me he acostumbrado a decir a los demás lo que tienen que hacer«.
 
Sus años estudiantiles, […] los pasó en Barcelona. […] Allí aprendió a hablar catalán y cursó la carrera de Derecho. Las aulas hervían al calor de la transición política y las paredes reclamaban sueños de libertad, pero Robles nunca realizó pintadas en la facultad ni militó en partidos revolucionarios. Ella dedicó aquellos años a estudiar y culminar su sólida biografía de brillante alumna, aventajada y con dotes de mando: «La idea de impartir justicia siempre me fascinó, además de decidir, ser juez es para mí la mejor profesión, la que me mejor representaba  mis ideales de rectitud y seriedad al servicio de los demás
 
Robles necesita sentirse ella misma también en el amor y tiene claro que un tipo determinado de mujer asusta a los hombres: «Estoy convencida de ello como de que las mujeres somos también más inteligentes que los hombres, nuestro cerebro es superior, lo dicen estudios acreditados
 
El instinto es otro de sus puntos fuertes: «Tengo muchísimo olfato, me equivoco bastante poco, por eso he sentido pocas decepciones y desde luego nunca he sido traicionada por nadie, no lo habría tolerado. Sólo me importan las críticas de mis amigos, de los que trabajan, desprecio profundamente a esos criticadores profesionales que lo único que hacen es destructivo, criticar con ignorancia y lápiz rojo
 
«Entré con veintitrés años de juez en un pueblecito de Lleida, era una niña y no me amilané, ahí empezó mi experiencia personal, mandar, ¿quién se atreve con la juez del pueblo?, decía la gente. En fin, mandar es también ser muy exigente contigo misma y tener capacidad organizativa 
 
En ocasiones entra en alguna pequeña iglesia de pueblo y disfruta con la sensación de paz, como creyente le gusta la soledad de los templos y la música de órgano de Bach, no en vano Robles, de niña, le habría gusta irse a las misiones, por aquello de la función social, y ejercer la medicina: «Esa es mi otra vocación, el derecho y la ciencia tienen algo en común, servir a los demás«. La medicina y la ciencia le interesan mucho, así como la física, que ocupa parte de sus lecturas.
  
«Soy una persona de pocas dudas –dice– porque si tomo una decisión es la mejor que podía tomar y lo demás son tonterías, es saludable para la mente

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Dos hombres (hace cuatro años)

ARCADI ESPADA, EL PAÍS, 13-04-2004.

Ahmed Tommouhi y Manuel Borraz se encontraron en las páginas de los periódicos. Para eso sirven. Encontrarse en los periódicos es muy parecido a topar doblando una esquina con otro cuerpo que la dobla en sentido contrario. Depende de un hilo. Es probable que los dos que topan hayan gastado el día en asuntos muy diferentes: pero los dos van a encontrarse con precisión implacable. Habría bastado con demorarse un segundo en la limpieza de los dientes. Como el gordo calvo del poema de Szymborska (Un terrorista: él observa), que vuelve al bar por los «miserables guantes» que dejó olvidados y sólo faltan 10 segundos para la bomba de las trece menos veinte.

Manuel Borraz leía el periódico y se encontró con el nombre de Tommouhi y su historia. No la ha dejado. Es el único ciudadano que no la ha dejado. La honra cautiva de esta ciudad. Es el único, también, que puede explicar la historia de Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib. Este último ya murió. Este 26 de abril hará cuatro años que murió. El último correo que Borraz envía tiene este subject: «¿Qué habría pasado si…?». Y este párrafo: «Hace cuatro años hubo que lamentar que Mounib falleciera sin haber podido solucionar su problema y se calificó de vergonzosa la lentitud de la justicia. Ahora sabemos «qué habría pasado si» hubiera seguido vivo: ¡NADA! Lo certifica Ahmed Tommouhi, compañero de infortunios».

La historia. La explica Borraz. En 1991 Tommouhi y Mounib fueron condenados por violación, gracias a que algunas víctimas dijeron reconocerles. Algunas víctimas deslumbradas en deslumbrantes ruedas de reconocimiento. Gracias a la perseverancia de su Omar Tommouhi y al grosor técnico y ético de un miembro de la Guardia Civil se pudo concluir que varias de las identificaciones fueron erróneas y en uno de los delitos que les achacaban pudo probarse, gracias al ADN, que otro hombre había sido el culpable.

El párrafo anterior no habría de engañar a nadie a pesar de su discreto tamaño. Porque en él, entre detención, juicio, recursos y condena anulada, caben ocho años. Fueron los que pasaron hasta que en 1999 la Fiscalía de Cataluña pidió el indulto en razón de las dudas fundadas sobre la justicia de la sentencia condenatoria. Era con esta decisión del fiscal José María Mena con la que Manuel Borraz abría otro de sus antológicos correos desesperados. Éste tenía la higiene como tema. La Fiscalía se lavó las manos, porque la ausencia de «una prueba objetiva» de su inocencia le impedía impulsar la revisión del caso. Se limitó a pedir un indulto: que Dios te perdone, Tommouhi. El Tribunal Supremo hizo lo mismo. Tampoco había pruebas «firmes y sólidas» de su inocencia. Que el Gobierno te perdone, sugirió. El Tribunal Constitucional consintió, no sin antes cerrar las puertas a la revisión del caso: que el Gobierno te perdone, Tommouhi. El Defensor del Pueblo se lavó las manos porque no puede opinar sobre asuntos judiciales y sólo le preguntó muy respetuosamente al Gobierno por qué tardaba tanto el indulto. El Rey se lavó las manos porque reina: pero pasó la queja al Gobierno. La Generalitat se lavó las manos, porque no está otro gesto entre sus competencias. Comida y alojamiento no le faltan a Tommouhi, apostilló, sin embargo. Borraz escribía esto en noviembre de 2003. Y remataba: «Así son posibles 12 higiénicos años de cárcel».

Las últimas noticias del correo de Borraz oscilan entre el examen del caso que hará el Tribunal de Estrasburgo y la respuesta que reciba el diputado Pedret, que había preguntado al Gobierno, antes de que el Gobierno cambiara, por qué tardaba tanto en conceder el indulto. ¡Tanto!: casi cinco años desde que lo reclamara la Fiscalía. Casi 13 desde que entraron en la cárcel. Una tarde Mounib dijo a su abogado: «Acepto los errores, pero ¿algo que dura tanto es un error?». Quizá hablara de la muerte.

Tommouhi no conoce a Manuel Borraz. Nunca se han visto. Tal vez sepa algo de él por sus abogados. Tal vez ni eso. Borraz tiene 43 años y es ingeniero. Vive en L’Hospitalet y trabaja en un pequeño taller familiar. No pertenece a nada. Es magnífico. A ningún colectivo con propósitos humanitarios. Incluso debe de ser uno de los pocos barceloneses que no están alistados en la Asociación Protectora de Toros Psíquicos. Tal vez vaya al Fòrum, a verlo, algún domingo por la mañana. Nunca le interesó particularmente el periodismo de sucesos ni las cuestiones judiciales. Sólo es que se fijó en los periódicos. Un día. A la una menos veinte. Un hombre sobre otro hombre. Por nada. Por hombre. Borraz empezó a enviar cartas a ministros, fiscales, concejales, periódicos. En 2002 construyó la web sobre el caso, un claro, conciso y emocionante ejercicio de solidaridad.

Ya he dicho que Mounib murió en prisión. Ahmed Tommouhi obtendrá este año el tercer grado y podrá salir. Llegará antes el tercer grado que el indulto. Han pasado 13 años. No hay pruebas de que violara a nadie. Hay pruebas (milagrosamente obtenidas) de que no violó a una de las víctimas por cuya agresión fue condenado. Trece años en la cárcel. Lo peor no es el error judicial. Lo peor es la burocracia indigna. El desprecio que atesora. Tommouhi dice que rechazará cualquier indulto. Se comprende. Una cosa es morir y otra ser violado.

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En portada

[ÚLTIMAS NOTICIAS SOBRE RICARDI:

La fiscalía pedirá la liberación inmediata de Rafael Ricardi]

 

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Está en Italia. Pero volverá. Le pedí que fuera pensando en una ilustración para la portada del libro. Y me lo prometió. Conoce la historia y este blog, así que es el talentoso ideal. El único problema es que es mi amigo, aunque cosas peores se han visto. Aquí en ladoble ya han colgado algunos de sus regalitos. Mañana, si mis fuentes no me engañan (1), debuta en EL PAÍS. Pero es aquí, desde hace casi tres meses, donde va esbozando su anecdotario caricato: Martín Elfman.

(1) Me engañaban: finalmente debutó el viernes, 18 de julio.

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El libro, en pocas palabras

Wordle genera nubes de etiquetas a partir de un texto introducido. Las palabras más repetidas resaltan  con un tamaño proporcional a su frecuencia. Yo he metido las 118 páginas del libro que llevo escritas y sale esto:

 

Aquí, a un tamaño legible.

Entre las más frecuentes aparecen «ya» y «pues». La una denota cierta desesperación y la otra insiste en lo evidente. Así que me aplicaré a afeitarlas.

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Un documental sobre el caso

Ayer hablé con Ahmed Tommouhi. Ya sabe que el gobierno ha denegado el indulto que solicitó en su favor, y en el de Abderrazak Mounib, el fiscal jefe de Cataluña: «Ellos mandan. Hacen de nosotros lo que quieren. Qué vamos a hacer», me dijo. Yo no sé qué añadir.

Esta noche pasan un documental en La 2, a las 22:45, que tratará, entre otros, su caso. Este es el trailer del documental, obra de La Marea Producciones.

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Notas de la semana

Lunes 2 de junio:

Empiezo a escribir el capítulo sobre los contradictorios señalamientos, fácticamente insostenibles, contra Abderrazak Mounib sobre los tres asaltos del 3 de noviembre de 1991. Casi al final, encuentro la conexión entre eso y lo último que escribí y publiqué aquí: Haciendo Pie. Toda la disertación sobre la inconveniencia de utilizar la expresión el «inculpado» cuando de transcribir la declaración de una víctima se trata, tiene aquí –¡la encuentro!– su demostración práctica. Creo que no entraré en el tema –pura filosofía procesal– de por qué estos hechos no se juzgaron conjuntamente: sólo podría especular, aunque confío en que los hechos, por sí solos, lo evidencien: habría sido imposible condenarlo.  La escritura es todo menos lineal: avanzo un párrafo, dos, y luego vuelvo sobre ellos, los abro, me meto dentro y voy ampliando. Termino sobre las siete y cuarto.

Miércoles 4 de junio:

Ayer olvidé escribir esta nota. Hoy, el capítulo ya tiene un rostro humano, aunque sólo ligeramente humano. Ayudan mucho las palabras de la abogada de Mounib en los dos casos de Vilafranca: «no creo en la justicia: el abogado es muy hipócrita y los jueces dejan mucho que desear». Sólo queda el final: el descarte expreso de Y., la chica de Terrassa, asaltada esa misma noche y que, al contrario que las de Vilafranca, sostuvo que Mounib no había tenido nada que ver.

Me gusta Google Docs: puedo ir insertando documentos e imágenes sobre la marcha. Algunas páginas del libro  se van a parecer, visualmente, bastante a algunas de este blog. Este es un borrador, por ejemplo, de una de ellas.

Jueves 5 de junio:

Bueno, el capítulo está más o menos esbozado. No me convence nada el comienzo, y no estoy tampoco seguro del final. Los problemas de encadenamiento del texto en sí no serán difíciles de solucionar. Pero no encuentro el comienzo: Vilafranca son casos sin grandes escenas, sin grandes frases, es sólo un puro absurdo que cuesta atrapar de manera absurda. Es difícil no contagiarse.

 

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¿Por qué soy tan cabezón?

LLevo tres semanas sin avanzar una línea del libro. Después de lo que publiqué aquí hace un mes (Haciendo pie), apenas si esbocé, con trazo voluntarioso pero sin convencimiento, una crónica sobre la primera visita a Ahmed Tommouhi en la cárcel, en junio de 2006. La he releído semanas después y solo se aguantan las citas del señor Tommouhi. El resto es eso: voluntad de pedalear, aunque sea sin cadena.

La razón me resulta familiar y aunque con cierto rubor, porque sé que a estas alturas esto es como descubrir el mediterráneo, intentaré fijarla aquí. Cuando la tesina –no he escrito nada más– me pasó más o menos lo mismo: me lancé a escribir sin red, esto es, sin esquema ni índice ni capítulos bien definidos. Todo, creía yo, lo tengo en la cabeza. Pero la cabeza ella sola se defiende, y contra el aliento que le falta, le sobran todas las preguntas: éste que diga lo que quiera, que yo lo que quiero es que se estrelle ya y que me deje, pareciera que diga (sin decirlo). El resultado es que llegas a tener perfectamente claro lo que luego, una vez escrito, no hay quien lo entienda ni sostenga.

La primera (Hechos Probados) estaba ya muy trabajada y bien ahormada, y la tercera (Hechos Nuevos) es demasiado evidente como para que pueda ser otra cosa: pero es en esta segunda parte (Deshechos) donde está verdaderamente la historia y el proceso de este libro. Y esta segunda me empeñé en escribirla a partir de la estructura que tenía ya hace un año en mente, sin que el roce ni el tiempo la hubieran modificado. Las estructuras que no son cajas vacías, sin embargo, hay que ponerlas a andar por la calle y con lo que en la calle pasa deben conformarse.

Una estructura que era un montaje en el obsesivo sentido que ya expliqué aquí (un ensamblado de documentos, citas y recortes). Ahora no se diluirá del todo, ni mucho menos, pero deberá ajustarse a lo que la claridad y la exposición aconsejen. Todo esto ya lo sabía muy bien un colega, hombre práctico, que la noche que llegué a su casa como quien ha vivido una revelación, me cortó en seco:

–Iván, lo que voy a hacer es un montaje de citas, documentos, cartas, informes. (…)

–Bueno, vale, utilízalo cuando te venga bien, pero no te encierres con eso, porque habrá veces que tendrás que explicar tú las cosas.

Así que, algo jodido (¿Por qué soy tan cabezón, señor?), dejo la ultravanguardia y me agarro a lo clásico, que son, para empezar, estos capítulos: Cortar y pegar; Tres en uno; «No he tenido nunca niguna duda»; Terrassa; Gavà; García Carbonell; Cornellà; Esparraguera ; Segunda investigación; Olesa (hidrocele y Tordera: dos moros «que vestían en plan gitano»); Los abogados; Tarragona.

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Un hombre pide el indulto tras casi tres años preso por un error judicial

Mónica C. Belaza (EL PAíS)/Madrid 18/05/08

Jorge Ortiz, de 36 años, sólo puede ya implorar un indulto al Gobierno, como ha pedido su abogado, para salir de la cárcel. No le quedan vías legales para exigir que se haga justicia y se declare su inocencia. Fue condenado en 2005 a siete años de cárcel por dos atracos a punta de navaja. Una de las víctimas dudaba de que hubiera sido él. La otra, que en un principio lo identificó, se desdijo antes del juicio ante la policía e identificó a otra persona. A la policía se le olvidó unir al sumario de Ortiz esta nueva diligencia y el juez, inexplicablemente, no creyó a la víctima cuando contó en el juicio lo sucedido. Lo condenó con estas pruebas. Ni la Audiencia Provincial ni el Tribunal Supremo enmendaron el error. Su familia, preocupada por su estado psicológico, recaba ahora firmas para el indulto.

En febrero de 2004 se cometieron en Gijón decenas de robos a punta de navaja contra comerciantes, todos parecidos y perpetrados por una persona. La policía comenzó a enseñar fotos a los testigos. Jorge Ortiz aparecía en los álbumes policiales por algún delito -nunca con violencia- por el que había sido detenido. Sólo dos víctimas pensaron, viendo la foto, que podía ser el atracador. Una de ellas dijo, al ver la foto y en el reconocimiento en rueda posterior, que «creía» que era él. La otra, Ana Yolanda E., recuerda que no estaba segura cuando le enseñaron la foto, pero que firmó el papel porque la policía le dijo que había robado en otros sitios. Y asegura que después, en la rueda de reconocimiento, lo identificó «con total seguridad» porque lo recordaba de la fotografía.

Ortiz pasó cuatro meses en prisión preventiva. Durante ese tiempo, los atracos continuaron. Finalmente, la policía detuvo a otro hombre, Miguel Robles, que fue después condenado por 24 atracos. Tras esta detención, la policía fue a buscar a Ana Yolanda para enseñarle la foto de Robles. Ella no dudó. Dijo que estaba segura de que era él quien la había atracado y que se había equivocado al identificar a Ortiz porque ambos tenían marcas de granos en la cara. A la otra víctima no le enseñaron la foto de Robles.

La policía olvidó remitir esta diligencia a la causa seguida contra Ortiz, y fue juzgado. En la sala, la víctima que siempre dudó de la culpabilidad de Ortiz volvió a hacerlo. Y Ana Yolanda contó la historia de la segunda fotografía. Insistió en que el culpable era otro. El juez, Lino Rubio, del Juzgado de lo Penal número 1 de Gijón, no la creyó porque no tenía los papeles. Condenó a Ortiz a siete años de prisión y procesó a Ana Yolanda por falso testimonio. Las pruebas de cargo eran sólo los reconocimientos de las víctimas. La resolución habla también de contradicciones del acusado, pero de hecho casi se le acusa de no probar su inocencia, cuando es su culpabilidad la que debe demostrarse.

La sentencia fue apelada. La Audiencia Provincial de Asturias la confirmó sin entrar a valorar el hecho de que Ana Yolanda lo había exculpado ante la policía y el juez.Y Ortiz volvió a la cárcel.

Ana Yolanda fue después juzgada por falso testimonio. La absolvieron. En el procedimiento salió a la luz lo ocurrido con los policías, que dijeron que efectivamente habían ido a enseñarle la foto de Robles tras la detención, que ella se había desdicho del anterior reconocimiento y que había identificado con absoluta seguridad al nuevo sospechoso. Paradójicamente, este doble reconocimiento exculpó a Robles del robo a Ana Yolanda. Cuando se le juzgó por la veintena de atracos, sobre éste el fiscal no presentó acusación argumentando que si la testigo había reconocido «sin ningún género de dudas» a dos personas, el testimonio no era fiable.

Cuando salió la sentencia absolutoria de Ana Yolanda, el abogado de Ortiz, Guillermo Calvo, pidió un recurso de revisión ante el Supremo. Es un recurso extraordinario y complicado, para el que se exige que existan hechos nuevos que «evidencien la inocencia del condenado». Es decir, se invierte la carga de la prueba. No es suficiente con que haya dudas sobre la culpabilidad, sino que hay que probar que el reo es inocente.

El Supremo no lo admitió a trámite. La fiscalía, que informó desfavorablemente a la admisión del recurso, dijo que los hechos alegados -la retractación de la testigo- ya habían sido planteados ante el juez de lo Penal y que éste había decidido no darles credibilidad. Y asunto resuelto. De lo que no hablaron ni la fiscalía ni el Supremo fue de que el juez de lo Penal se equivocó al pensar que la mujer mentía, como había quedado demostrado por sentencia firme posterior. En cualquier caso, ahí acabaron las vías legales. Ortiz sólo puede confiar en el indulto por parte del Consejo de Ministros mientras sigue en prisión.

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La víctima de este caso, Ana Yolanda E.: «Él no fue quien me robó y nadie lo saca de la cárcel«.

Curiosamente, en este despiece sobre «Falsos Culpables» no aparece el caso de Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi, que  en su día estuvo en el orígen de esa categoría de inocentes condenados por la cara.

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