ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Contraplano (o me estoy quitando)

El estrés y la carga de trabajo acumulados durante los cinco meses que lleva este blog en marcha aconsejan levantar el pie. Les detallaría mis horarios, pero es algo demasiado íntimo. La alarma más importante, sin embargo, es la del reloj. Ha llegado la hora del libro. No toda la culpa la tendrá el tiempo que le he dedicado al blog. Algo tendrán que ver también los viajes y las mudanzas y el vértigo. Pero el contador no engaña: 15,600 palabras. Treinta y cinco páginas, casi todas escritas durante el parón de las navidades. No he vuelto a escribir una línea desde que entregué el adelanto en enero.

La conclusión es que esa dificultad para compaginar la escritura del libro y la del blog  es para mí insalvable. Así lo pensaba antes de empezar, y de hecho el plan inicial era cerrar este experimento al acabar febrero, pero ahora es la experiencia la que obliga a reconocerlo. Aunque ese para mí rebaja su importancia objetiva, señala una correlación de fuerzas.  Hasta finales de abril, por tanto, ni blog diario ni más viajes. Me jode admitirlo: Me estoy quitando.

Los viajes volverán en mayo. Pero no esta cita diaria: Entre dejarlo del todo y seguir como si nada, hay un término medio:  escribiré cada lunes.  No sé muy bien por qué: pienso en el lunes que viene y la semana se me ofrece como un respiro, pero también me anuncia una oportunidad: el lunes que viene podré volver aquí y contarles algo. Porque todo este ejercicio, si bien ha confirmado esa incompatibilidad de escribir con las dos manos, porque la izquierda sigue pensando en lo que hace la derecha (la desnovelización no ha culminado), ha deshecho otras: la aparente repulsión entre el goce y la rutina, un tormento que ni mucho menos es exclusivo de los casados, los funcionarios y los parados.

Es otro de los indiscutibles de Kraus: trabajaba día y noche, y así tenía todo el tiempo libre del mundo. No es que no me haya importado el compromiso con ustedes, pero confieso que ha sido el placer de escribir aquí cada día, lo que me ha hecho volver al día siguiente. Un placer informado: Llegaba después de la tensión, el desayuno y el sudor en las manos, y se iba lento como el recuerdo de un desahogo. Pestañeaba, amanecía de nuevo: Tocaba sacar otra piedra del estómago.

Los días con menos visitas (algún fin de semana de noviembre no despuntó las 50), la verdad es que el público me importaba un carajo. Los días que más, alguno de enero pasó de las 1.500, lo mismo, por exagerado. Lo habitual de los últimos dos meses, muy cerca de las 200 diarias, sí que me llena de sorpresa y asombro, pero mentiría si les dijera que he pensado en el público al escribir. Sólo pienso en ustedes por separado: y algunas pocas cosas quedan por publicar aquí, que sería un fraude reservar para el libro. Por eso voy a volver, cada lunes, a las diez de la mañana.

Feliz semana.

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Basado en hechos reales

Antes de entrar a la estación de cercanías de Arc del Triomf, camino de Gavà, me encontré con Taïbi, amigo de Abderrazak Mounib y su familia. Quería quedar con él para que me acompañara a casa de la familia de Mounib durante  la semana y así se lo dije: «Si quieres ver a la Fátima –me contestó– la he dejado ahora mismo tomando un cortado». Fátima es la mujer del señor Mounib.

Estaban ella y una compatriotra y una señora catalana, en un bar de la calle Sant Pere Més Baix. Un pañuleo cubriéndole la cabeza, un abrigo de lana cruda abotonado hasta las rodillas, Fátima sonrió ambablemente apenas me presenté, cuando todavía creo que no le había dicho por qué estaba allí. Imagino que ya sabía que era otro periodista más, que quería hablar de su marido.

Me senté. La conversación no fue muy fluida: mi árabe es nulo y su español justito. Mimouna, su amiga, hizo de intérprete en diversos momentos. Creo que salí con una sola idea reforzada. Tengo bastante claro desde hace tiempo que no se puede vender ficción con el aval de lo real. Pero un comentario de la señora Mounib ayer ejemplificó el mejor argumento,  que es siempre el mismo y como tal debería bastar. Entre los agravios, habló de una serie emitida por TVE:

Otros hicieron una película de mi marido, y lo dejaban vivo y decían que era muy feliz ahora. No la he visto, pero mi hija guarda el recorte del periódico.

El capítulo de Al filo de la ley al que se refería la señora Mounib se emitió en TVE en abril de 2005. Abderrazak Mounib había fallecido cinco años antes, el 26 de abril de 2000.

***

Luego estuve en Gavà. Parece que logré corregir la dirección incorrecta, aunque no había nadie en casa. Volveré a escribirle.

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Una década entre comillas

Les cuento una idea que me ronda (mi cabeza es una lavadora): la de poner la conversación de una década entre comillas. El tema de esa conversación es este caso. La década, hoy ya va camino de los once años, sería la comprendida entre 1997 y 2007, que es cuando se me ocurrió. El contenido: citas textuales y fechadas de lo que se ha publicado en prensa y lo que se ha dicho y mostrado en radio y televisión desde que en junio de 1997 se supo que se había condenado a dos inocentes, hasta hoy. Los protagonistas de la farsa, las personas de carne y hueso que las han pronunciado.

Cada vez que vuelvo sobre lo que se ha escrito, dicho y mostrado desde 1997, me sobrecoge no sólo la dimisión del periodismo en un caso que lo tenía todo para que se reivindicara –desde este primer reportaje, no se ha publicado nada verdadero ni nuevo relevante, más allá de las voces de los condenados– sino su contribución radical a la falsificación del mundo del que habla. La condición de esa falsificación es la falta de referente.

La idea sería insertar ese capítulo después de la segunda parte del libro. Tanto ésta como la primera, cuentan ambas el período 1991-1997, así que llegados a ese capítulo el lector ya conocería los hechos verdaderos y podrá entonces contemplar las mentiras que sobre ellos se han dicho en su justa perspectiva, y sobre todo, la  irresponsabilidad con que se han dicho, sin que nadie les haya obligado a rectificar: El fiscal jefe empezó diciendo que iba a seguir el caso «al milímetro», y diez años después el ministerio de Justicia continuaba repitiendo que las pruebas eran «incontestables»: puro vacío que el periodismo, «falso testigo del porvenir», se limitaba a transformar en huecograbado.

La falta de referencias reales del discurso ininterrumpido, circular y machacón que se puede sostener sobre cualquier tema, creo que basta con enfrentarla a esos mismos hechos de los que habla para que se vea el fraude que sostiene: las palabras de Margarita Robles sobre lo mucho que le preocupa la lentitud de la justicia, «porque no hay que olvidar que detrás de cada caso hay un problema humano«, enfrentadas con esas otras explicaciones que me dió cuando le pregunté por este caso en concreto, que ciertamente nadie negará que tiene un problema humano detrás, descubren la radical separación entre palabra y mundo que el periodismo exhibe enmudecido, y sus mundanas consecuencias.

Formalmente, se podría presentar como un drama cuyo tema es conocido ya por el lector (que se ha leído las dos primeras partes), a la manera en que Karl Kraus construyó Los últimos días de la humanidad, pero cuyos diálogos son fielmente atribuitos en su literalidad y en su fecha a quien las pronunció, y ensamblados en escenas (una línea sobre el contexto). Los personajes irían desde el periodista al ministro, pasando por jueces, defensores de pueblos, víctimas, oenegés, escenas de televisión (en un capítulo  de Al filo de la ley, «inspirado» en este caso, Mounib, que en verdad murió en la cárcel, sale absuelto y libre), etc., obviamente con sus nombres y contextos reales (salvo las chicas).

El honor de la ouverture de la farsa correspondería, obviamente, al mensajero, que llega gritando extra, extra, en septiembre de 1999, con una buena nueva sobre el indulto bajo el brazo:

–EL PERIODISTA VANGUARDISTA:  Está al caer, seguro, pero todavía no se sabe la fecha. Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi podrían ser indultados en las próximas semanas.

–EL FISCAL JEFE:  Este caso lo estamos siguiendo al milímetro.

(Etc…)

Bueno, me perdonarán todo este monólogo en voz alta, pero es que es una idea que me trae loco: porque la imagino eficaz, pero sin embargo por debajo siento la inmensa carga de trabajo y tiempo que lleva –contra lo que se pueda pensar, sería seguramente el capítulo más trabajoso, a pesar de estar construido sólo con citas– y la poca seguridad que tengo  de que el resultado funcione.

En fin, todo esto viene hoy porque ayer, después de las notas que publiqué aquí de Gerard Thomàs me encontré con un artículo suyo en EL PAÍS, de enero de 2007, titulado Películas de miedo, y que creo que contiene este párrafo impagable para cerrar la farsa:

GERARD THOMÀS: Da miedo que uno pueda encontrarse ante un tribunal y, sin ninguna garantía y sin suficiente prueba, se vea condenado a ese mundo de la cárcel -que no debe ser, y que muchos se empeñan en que siga siendo, tenebroso-. Nos dio mucho miedo El proceso de Kafka.

El otro gran problema sería encontrar el modo de asegurar bien todos los diques para que, a pesar de la forma, el contenido no se desborde, arrastrando en su riada el higiénico desbroce con el que intento llegar a los hechos reales, sin el enguaje de la ficción.

Quizá me sobreexcito.

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El nombre y la impunidad (un caso concreto)

Después de lo de ayer, sobre la impunidad que para el periodista suponen los relatos sin nombres, pues los protagonistas pocas veces romperan el anonimato para defenderse de las acusaciones que, sólo veladamente, les señalan, me encontré con la declaración judicial de Jiménez Losantos, glosada en El País. El Sindicato Unificado de Policía presentó una denuncia contra él por injurias graves, como respuesta a las acusaciones que el periodista había lanzado desde su programa La Mañana (Cope) durante la instrucción del sumario por el 11-M. El entrecomillado de las comentarios  de Losantos en su programa, donde no aparece ningún nombre propio de entre esa «banda de chorizos, de delincuentes» que según el periodista estaban ocupando las Fuerzas de Seguridad «al máximo nivel», ni ninguno de entre «todos los policías que han destruido pruebas o creado pruebas falsas», ejemplifican cómo la omisión de los nombres propios permite al periodista acusar a todo un colectivo desde la impunidad, por más que el tiro le pueda salir por la culata, después de la denuncia presentada por el sindicato. De hecho, una de sus alegaciones, según teletipo de Europa Press, fue precisamente  «que ninguno de los particulares a los que supuestamente injurió han presentado denuncia alguna contra él sino que ha sido un sindicato policial». Aunque sí existen dos denuncias de particulares: la del ex jefe de los TEDAX, Juan Jesús Sánchez Manzano, y la del comisario Rodolfo Ruiz, según destacaban ayer varias fuentes.

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El nombre y la impunidad

Antes incluso de decir que iba a escribir este libro, cuando sólo fantaseaba, tenía claro que habría que llamar a cada uno de los protagonistas por su nombre. El que cada uno respondiera al menos con su nombre de su trabajo, y en algunos casos, de lo mal que había hecho su trabajo y de las graves consecuencias que había desencadenado, me parecía de una justicia y una poética mínimas. Es cierto: El afán justiciero me ronronea como ronronea a cualquiera que se ponga la imaginación de lo verosímil, y de nada sirve negarlo: lo importante es evitar que ni uno ni otra permeen el relato de los hechos. Ni venganza personal ni ficción colectiva.

El criterio de relevancia, obviamente, es el primero de los que me servirán para discriminar entre nombrar a alguien o citar sólo su función, por ejemplo. Más allá de eso, la decisión y sus motivos apenas han variado para algunos casos:  jueces, fiscales, funcionarios y ministros, me sigue pareciendo indiscutible que deban aparecer con sus nombres y apellidos, como empleados públicos que son. Estaría bueno ahora que el público, que es el nombre del pueblo fuera del periodo electoral, no tuviera derecho a conocer quién firma las sentencias que se dictan en su nombre. No es sólo que se trate de dinero público, es que se trata de la legitimidad misma de la administración de justicia, uno de cuyos pilares es la «publicidad» con la que actúa.

Enfrente están, obviamente, los casos en los que yo he aceptado respetar el anonimato, cuando éste era una condición para poder entrevistar a alguien, y así se hará.

Hay un tipo de casos, sin embargo, que se ha venido formando según avanzaba en la investigación y que me parece el más interesante. Aquellos en los que el nombre es una  garantía epistemológica. Me explico: los hechos que relata el libro son graves, y no todos van oficial y públicamente garantizados, como es el caso de las sentencias, por ejemplo. Es un lugar común que el anonimato otorga impunidad al responsble de unos hechos e incluso también a las fuentes. En lo que no se repara casi nunca es que esa práctica del relato sin nombres es al periodista al que atribuye mayor impunidad, pues es muy poco probable que alguien salga del anonimato para desmentir unos hechos que, muy veladamente, el perodista le atribuye. Yo puedo atribuir una frase falsa a «El Instructor», y es casi seguro que nadie se dará, públicamente, por aludido. En consecuencia, no habrá desmentido.

Ahora bien, si yo atribuyo una frase, que además está documentalmente respaldada, a ese mismo instructor, pero con nombre y apellidos, la veracidad, respecto del lector, sale merecidamente reforzada. El lector sabe que detrás de unos hechos hay una persona real que, de tener motivos para negar lo que el periodista está diciendo, podrá hacer uso de su derecho a réplica, y llegado el caso, reclamar judicialmente incluso. Y sabe también, o así se lo advierto ya, que esa misma persona ha sido localizada y preguntada para que añadiera lo que creyese conveniente. Luego yo publicaré, de lo conveniente, lo que sepa que no es falso.

Es, en este sentido, que el aparecer con nombre y apellidos se convierte también en un derecho de los protagonistas, y en un cortafuegos para la imaginación literaria de los periodistas.

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Sangre, semen y convicciones, o como decíamos ayer

[Esta nota fue publicada en EL PAIS el 26/09/2006

 

El Tribunal Supremo revocó en 1997 una de las condenas a Ahmed Tommouhi y a su compatriota Abderrazak Mounib, porque los análisis de ADN demostraron científicamente el error de la víctima al identificarlos en 1991. Frente al testimonio subjetivo, el Supremo privilegió la corroboración objetiva. La Audiencia de Barcelona, sin embargo, ya lo había condenado en otra causa. El razonamiento fue inverso: los jueces descartaron las pruebas materiales frente a las «categóricas y terminantes declaraciones» de las dos chicas violadas.

Fue en el caso de Cornellà (Barcelona). N., una de las dos víctimas, de 14 años, entregó en comisaría el pantalón, el suéter y las bragas que llevaba puestos el día de autos. [Lo hizo tras su primera declaración]. La policía lo puso en conocimiento del Juzgado de Instrucción número 1 de Cornellà en el primer atestado. Desde ese momento, Estrella Radio Barciela, titular de aquel juzgado, tuteló el proceso y los restos fueron analizados en el Laboratorio de Analítica Forense de la Policía Científica de Barcelona y cotejados con los marcadores genéticos de Ahmed Tommouhi, que accedió voluntariamente al análisis. Él mismo lo reclamaba cada vez que declaraba ante un juez.

El resultado fue negativo. Ni el semen ni la sangre eran de Ahmed Tommouhi, el único acusado en este caso. Los peritos, sin embargo, no acudieron el día del juicio oral, y el tribunal decidió que no hacía falta, como había pedido la defensa, suspender el juicio. La prueba no habría podido «en modo alguno» desvirtuar la «convicción» del tribunal, según la sentencia, convicción que se había formado exclusivamente por el testimonio de las víctimas, sin corroboración objetiva alguna.

La conclusión del informe no excluía, a ojos del tribunal, que Tommouhi fuera quien violó a N. porque habían sido «dos los intervinientes en los hechos», con lo que los restos podían ser de ese otro. Las chicas, sin embargo, habían declarado que cada uno violó a cada una por separado, y las dos coincidieron en que supuestamente era Tommouhi el que había violado a N.

El contacto, por tanto, se debería haber producido por una salpicadura o un roce entre el violador de la otra chica, de 15 años, y la ropa de N. Pero a ésta última la violaron fuera del coche, «apoyándola de espaldas al agresor», como ella misma contó el día del juicio. A su amiga la violó el copiloto, y recordó «que fue dentro del coche». Ni la sangre ni el semen hallados correspondían a los marcadores genéticos de Ahmed Tommouhi. «Con los datos de ese informe, tengo que decir que ese hombre no ha sido», explica Eugenio O., uno de los autores.

El tribunal dijo que ignoraba «por completo la cualificación técnica o científica» de los peritos, a los cuales no volvió a citar. Pertenecían a la Policía Científica. Eugenio O., el técnico, era diplomado en Farmacia y especializado en Análisis Clínicos. La facultativa que firmó aquellos informes es la actual inspectora jefa del servicio NBQ de la Policía Científica de Madrid.

El tercer argumento de la sentencia para descartar los hechos objetivos en favor del testimonio subjetivo de las víctimas fue que la recogida de la ropa no se había hecho con las suficientes garantías procesales. «No fue acordada por el juez de instrucción», afirma la sentencia. «Las ropas llegaron con el primer atestado: o sea, que era imposible que el juzgado ordenara nada porque no sabía que había ocurrido eso», explica Estrella Radio Barciela, la juez que instruyó el caso. El garantismo, que se inventó para proteger al reo, sirvió en este caso para condenarlo.

El tribunal sentenciador fue la Sección Novena de la Audiencia de Barcelona, presidida por Margarita Robles. Para revisar la sentencia está el Tribunal Supremo, pero nadie presentó el recurso. El abogado de oficio de Tommouhi en Barcelona, Pere Ramells, lo anunció oportunamente tras el juicio de 1993. Pero correspondía al Colegio de Abogados de Madrid nombrar a un colegiado suyo para que lo cursara ante el Supremo. Los nombrados no lo hicieron. Se quedó sin defensa y sin posibilidad alguna de que se revocara la sentencia.

 

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De los arquetipos y sus inconvenientes

World Press Photo 2006.

GUERRA EN LÍBANO

ELPAIS.COM 09-02-2007

Ésta es la mejor foto del año pasado. La tomó Spencer Platt, un estadounidense de la agencia Getty Images, en Líbano en agosto pasado. Muestra las contradicciones de la guerra: unos jóvenes libaneses ricos paseando en un descapotable por un barrio arrasado en el sur de Beirut. La fotografía ganadora en la categoría Foto del Año del World Press Photo 2006 abrió la sección Internacional del resumen del año publicado a finales de diciembre por el suplemento EPS.– /

La verdadera historia de la foto del año

Los protagonistas de la imagen ganadora del World Press Photo cuentan qué pasó ese día

GERT VAN LANGENDONCK 25/02/2007, ELPAIS.COM

Había sido un día largo para Spencer Platt, fotógrafo de la agencia Getty. Era alrededor de la una de la tarde del 15 de agosto, el segundo día del alto el fuego que acabó con la guerra de 33 días entre Israel y el grupo chií armado Hezbolá. Mientras decenas de miles de refugiados del sur bloqueaban las carreteras de vuelta a sus casas, muchos otros se dirigían al Dahiye (los suburbios del sur de Beirut controlados por Hezbolá). Algunos querían comprobar si sus casas habían sobrevivido a los bombardeos israelíes; otros, simplemente iban por curiosidad.

      Los jóvenes del coche no son turistas, sino vecinos del barrio que querían ver cómo estaba su casa.

      «Estaba levantado desde las siete de la mañana, caminando por el Dahiye, e iba a volverme al hotel cuando, de reojo, vi venir un coche rojo», dice Platt. «Disparé cuatro o cinco fotos, pero sólo una era buena. Me gustó porque mostraba otro lado de la guerra: el Beirut estupendo. Nunca me imaginé que era la foto». Platt la envió a su agencia con otras 25 de ese día… y se olvidó del asunto. Meses después, esta imagen fue galardonada con el premio World Press Photo, la mejor del mundo publicada en prensa. ¿Qué había detrás?

      Jad Maroun (22 años) y sus hermanas Bissan (29) y Tamara (26) no se sentían tan estupendos aquel día soleado de agosto. Aparte de que son cristianos, todos viven en el Dahiye, que originariamente era un área cristiana. Al comenzar la guerra habían huido de los bombardeos y se habían instalado en el hotel Plaza de Hamra, una parte suní de Beirut. Allí conocieron a Noor Nasser, musulmana, de 21 años, y a Liliane Nacouzi, cristiana, de 22. También eran refugiadas de los suburbios.

      «Fíjate bien en la fotografía», dice Bissan Maroun, empleada de banco. «Te aseguro que no lo estamos pasando bien. La mirada en nuestras caras muestra tristeza por lo que le han hecho a nuestro barrio. Ninguno de la foto pertenecemos a la burguesía cristiana».

      Seis meses después de que fuera tomada la fotografía, los protagonistas se reunieron en el apartamento del prometido de Bissan. Sólo falta Tamara, la chica rubia de la foto, que está ocupada con los preparativos de su boda. También está Lana el Khali (25 años), que es la dueña del Mini Cooper descapotable. El Khali, que se declara atea, era miembro de Samidoun, una ONG libanesa que ayudó a gente desplazada. En los primeros días de bombardeos ayudó a evacuar gente del Dahiye. Después distribuyó comida y material médico por la zona. El coche naranja le vino muy bien. El 15 de agosto, su novio Jad le pidió que se lo prestara para ir con más gente a comprobar el estado de sus casas.

      Jad, que conducía aquel día, admite que tuvo dudas sobre si abrir la capota. «Me preocupaba que la gente se llevara una idea equivocada. Pero hacía calor. Éramos cinco en un coche pequeño y todos queríamos ver bien lo que le había pasado a nuestro barrio».

      ¿En qué estaban pensando para vestirse con camisetas ajustadas y gafas de sol de diseño en un día como ése? «Pues, somos libaneses», dice Noor. «Nos vestimos así todos los días. Cualquier otro día, nadie se habría fijado en nosotros, ni siquiera en el Dahiye». Hay algo que el mundo debe entender sobre Líbano, añade El Khali: «Aquí el glamour es una parte importante de la vida. Va más allá de las clases. Incluso si eres pobre, quieres tener un aspecto glamouroso».

      No niegan que en aquellos tiempos había en Líbano un turismo de guerra -«pero no es este caso»-. Se preguntan por qué se escoge la foto de Platt, «y no, por ejemplo, la foto del niño muerto siendo sacado de los escombros en Qana». El Khali inquiere: «¿Es que la foto del niño muerto muestra la realidad de la guerra y esto incomoda a los occidentales?».

      Spencer Platt nunca supo quiénes eran las personas de la foto. Nunca pretendió juzgarlos. «No hablé con ellos. Podían haber perdido a miembros de su familia. Nadie era inmune al sufrimiento en ese conflicto. Desde luego, yo no quería hacer ningún manifiesto político». Y añade: «Creo que esta foto nos pide a los espectadores que revisemos nuestros estereotipos de las víctimas de la guerra».

      ***

      [Bandeja de entrada: Sergio González]

       

      Braulio,

      Sobre la aplicación de los arquetipos a los casos reales, y sus
      consecuencias, se me ocurre que a lo mejor podrías ilustrarlo con la World
      Press Photo del 2006. Esa mezcla entre un anuncio de Chesterfield y la Balsa de la Medusa. La verdadera historia de la foto la contó Gert Van Langendonck en El País.

      un abrazo

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      De raza negra

      O, la víctima de La Bisbal del Penedès, es la que más ha detallado sus razones para oponerse al indulto de los dos marroquíes condenados tras la ola de violaciones del otoño de 1991. El informe del tribunal que juzgó su caso, la sección 2ª de la Audiencia de Tarragona, negativo a la concesión de ese indulto, incluye una cita literal suya de 65 líneas, mientras que sumadas las que dedica a las explicaciones de otros seis víctimas y testigos de Tarragona (falta la opinión de uno de los chicos de La Secuita, que completaría los ocho implicados), resultan 28 líneas. De entre los citados, Álex se mostró a favor del indulto.

      Una de las quejas de O., según información remitida por su abogado –Sergio Solanas– con el deseo expreso de que su literalidad no fuera transcrita ni parcial ni totalmente, es que en referencia al robo cometido con el Renault 5 gris plata, B-7661-FW, el 16 de noviembre de 1991, cuando los marroquíes ya estaban en prisión, no se suele hacer constar que la víctima de ese hecho describió a uno de los autores como «varón de raza negra», descripción que no coincidiría ni con Tommouhi, ni con Mounib, lo que abundaría en la hipótesis de que los marroquíes formaban parte de un grupo de violadores, ni con García Carbonell. Así es, y yo no lo he ocultado, aunque es verdad que sin destacarlo.

      Removiendo papeles me he encontrado con esa objeción y quiero aquí dejar constancia de ello. 

      Pero hay que añadir: Según tres denuncias recogidas en los folios 1579, 1585 y 1594 del sumario del año 95 seguido contra García Carbonell, las víctimas habían descrito a los autores «como de raza negra y de 40 años», según un escrito del primer abogado de Carbonell, Julio García Gutiérrez, que también obra en dicho sumario.

      Tres descripciones cromáticamente corregidas por  las pruebas de ADN que confirmaron la autoría de García Carbonell, que no es negro.

      Filed under: Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante

      Un polimorfismo muy tonto

      La pregunta por el significado de la sustancia H en un informe sobre restos de semen recuperados en el caso de Olesa reconozco que es puro ensañamiento metodológico, pues el resultado ya se conoce por otros medios: el ADN demostró que el semen no era ni Abderrazak Mounib ni Ahmed Tommouhi. Pero allá voy.
      Los recortes de Chema Pascual empezaron a abrir un cierto camino, aunque la mala puntuación de la cita a veces hacía difícil comprender el texto. Laura llevó mis dudas hasta el laboratorio en el que trabaja, y volvió con las cosas muy claras: sus anotaciones (resumidas en el cuadro de abajo) coinciden además con unos apuntes que yo tenía de una entrevista antigua a una bióloga. Así que la incógnita H, esa vieja cuenta pendiente, cuya liebre levantó, ésta también, Manuel Borraz,  está solucionada.
      La sustancia o antígeno H define el grupo sanguíneo O (léase cero), siempre que no haya antígenos A ni B, en cuyo caso serían estos a su vez definitorios del grupo (A, B ó AB). En ese caso, la presencia o ausencia de la sustancia H únicamente determinaría si el individuo es secretor o no de esa misma sustancia (que también puede expresarse como rh positivo o negativo). Secretor significa sencillamente eso: que en sus fluidos (sangre, semen, saliva, etc) se expresa dicha sustancia.
      Para nuestro caso, el informe hacía constar que en las dos muestras en las que se habían encontrado espermatozoides no se había hallado ni la sustancia A ni la B, y sí la H. Así pues, se puede afirmar que ese semen en ningún caso podría provenir de un sujeto cuyo grupo sanguíneo fuera distinto de O. No habiendo sustancia A ni B, el grupo, necesariamente, es O.
      Los violadores eran dos: uno de ellos, necesariamente, era secretor de la sustancia H. Pero también podían ser los dos.  
      El caso de Olesa es el que, seis años después de los hechos, pudo ser revisado gracias a una nueva prueba de ADN.  No parece –aunque me falta algún folio suelto– que nadie se preguntara durante la instrucción por las consecuencias que tenía para los «reconocimientos» de la víctima esa sustancia H. Un dato que en el Instituto de Toxicología me definieron, con cierta gracia, como «un polimorfismo muy tonto», porque es una variante que se expresa en la población, pero sólo en dos sentidos, o sí o no. 
      Pero con los polimorfismos, por muy tontos que sean, no conviene pasarse de listo. Sus conclusiones son modestas, pero indiscutibles. Ésta, por ejemplo: El semen de las muestras no podía ser de un hombre que no fuera del grupo sanguíneo O.
      El grupo sanguíneo de Ahmed Tommouhi no es O. Queda la incógnita de saber cuál era el de Abderrazak Mounib.
      Si cuento todo esto antes de tener la respuesta, es porque lo que quiero que se vea, para este caso concreto, no es la verdad material, que ya se conoce gracias al ADN, sino el rigor del método empleado para hallarla, y por contraste, la obstinada convicción con la que se la esquivó.
      Si Mounib tampoco fuera O,  eso querría decir que el tribunal tuvo delante una prueba científica indubitable de que ninguno de los dos acusados había aportado el semen de la muestra, y que, por tanto, la insistencia de la víctima en que eran ellos dos, y sólo ellos, los autores de la violación, se habría demostrado errónea mucho tiempo antes: el semen pertenecía, necesariamente, a un tercer hombre. El resultado habría sido, lógicamente, absolutorio para ambos, ante la imposibilidad de demostrar quién de los dos no podía ser ese tercer hombre.
      Pero ya digo, todo esto no es más que una hipótesis de trabajo, de cuyo acierto o error daré oportuna cuenta.
      ****
      Las aclaraciones de Laura: 
      «He hablado con un chico de ADN y me ha dicho lo siguiente:
      De las muestras Nº 1 y 2, el trozo de manta y pantalón se encuentran espermatozoides en ambas y como no se detecta la sustancia A ni B se deduce que es el grupo «O». Al detectarse la sustancia H quiere decir que es rh positivo. No se han encontrado pelos.
      El significado del grupo ABH, corroborado por un experto en ADN del laboratorio […] es:
             A                  B                        rh (H)            grupo sanguíneo
        negativo            negativo           negativo                O negativo
        negativo            negativo           positivo                 O positivo
        positivo             negativo           negativo                A negativo
        positivo             negativo           positivo                 A positivo
        negativo            positivo            negativo                B negativo
        negativo            positivo            positivo                 B positivo
        positivo             positivo            negativo                AB negativo
        positivo             positivo            positivo                 AB positivo
      Es decir que en las dos muestras se ha encontrado un grupo sanguíneo «O POSITIVO» (O +) porque ha dado negativo el A y el B pero positivo el antígeno H.
      Espero que te sirva, si necesitas algo más, pregunta!»

      Filed under: Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante

      Idiosingracia II

      El 24 de mayo de 1995, los dos primeros detenidos como supuestos autores de las violaciones de la primavera de 1995 eran marroquíes: Abderrahmane C. y El Ferjani E. A., de 30 y 39 años respectivamente. Hubo víctimas que los reconocieron. Una chica declaró recordar que uno de los agresores tenía una verruga en el hombro derecho y, según cita del primer abogado de García Carbonell, «una diligencia judicial del encartado Ahderrahmane C. practicada seguidamente a los reconocimientos en rueda del 29.5.1995» confirmaba «que éste tiene una verruga en el hombro derecho». Vaya por dios.

      El ADN echaría para atrás tanta perspicacia: los restos de semen no pertenecían a ninguno de los dos marroquíes detenidos. La sección 10ª de la Audiencia desestimó el recurso de la defensa de Carbonell, que pretendía se procesara a los dos marroquíes por dichos reconocimientos, en lugar de a su defendido.  El razonamiento del tribunal:

      «los reconocimientos no han de tener el efecto pretendido por el apelante porque el resultado de la prueba pericial de ADN es concluyente, descartando toda posible implicación de los citados [Abderrahmane C. y El Ferjani E. A.] encartados en los hechos».

      Luego se sabría que esos restos eran en verdad de García Carbonell y un pariente suyo, que sigue sin ser identificado. Pero lo que me interesa ahora es un párrafo de ese recurso de apelación del primer abogado de García Carbonell. La obligación de la defensa es acogerse a cualquier dato que pueda servir a su argumento. Me pregunto si también vale el racismo. Estos párrafos, por ejemplo:

      Mi representado […] siempre manifestó que la persona que le dio las llaves del vehículo en el que fue detenido era un ciudadano de raza magrebí, con circunstancias que sí coinciden con las descritas por las diferentes víctimas, lo que corrobora las señas de los delincuentes de aspecto de raza magrebí, pero jamás pertenecientes a la etnia gitana. Que además, es psicológicamente inverosímil, la comisión por un condenado de raza gitana de un delito de violación, ya que la idiosincracia de dicha etnia interdita taxativamente dicho hecho, dándose la circunstancia que existe una solidaridad gitana institucionalizada, inclusive para todos los demás delitos, pero ello desaparece ante la violación, lo que no ocurre en absoluto, si no más bien al contrario y dicho en términos de defensa, en los norteafricanos, donde dicho delito es considerado como cualquier otro»

      El racismo es doble: un racismo simpático hacia los gitanos y uno antipático, dicho sea en términos de defensa, hacia los moros (del latín maurus), también llamados «de aspecto de raza magrebí». Lo que inquieta, obviamente, no es que un abogado pueda ser racista, sino que piense que argumentos de ese tipo pueden ser útiles para convencer a un tribunal.

      El párrafo refleja, de paso, los apuros del relativismo cultural al afrontar un conflicto -aunque sólo sea teórico- en el que las dos partes son minorías.

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