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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Una familia no tan modélica

La casa de la familia de García Carbonell, preso desde 1995 como autor de siete violaciones cometidas entre 1991 y 1995, fue registrada el 27 de Octubre de 2003 por la Policía Nacional de Sabadell. La orden de entrada y registro sucedió a una ola de robos en tiendas y pisos en el centro y norte de la ciudad.

El Diari de Sabadell contó que la actividad delictiva de la familia era «prácticamente de dominio público». En 1995, sin embargo, unos veinte vecinos habían firmado para dar fe ante los tribunales de la buena conducta del entonces detenido. Hoy sé que al menos dos vecinos, durante esos años, habían denunciado a la familia ante la policía local y el ayuntamiento de la ciudad por «daños, insultos y molestias» derivados de los problemas de convivencia, según escrito de la policía local  de 22 de marzo de 2001.

Era lunes. Fueron detenidos Benjamín C.C., de 29 años, Juan G.R., 32 años y dos arrestos anteriores, Francisco Javier G.R.,  29 años y siete detenciones, Esteban G.R.  de 25 y Juan José G.R., de 19 años, además de Juan Antonio P.F., de 55, que ya había sido arrestado doce veces. El supuesto séptimo detenido, que adelanta el titular del Diari de Sabadell, no aparece identificado en el cuerpo de la noticia.

La policía se incautó de una pistola de fogueo, 165 cartuchos de caza sin percutir, documentación bancaria de distintas titularidades, 150 piezas de joyería, 3.740 euros en metálico, armas blancas, medio kilo de plantas de marihuana [sic], un televisor panorámico de 52 pulgadas, tres televisores más, tres videograbadores, y otros aparatos musicales.

Los objetos intervenidos aparecen en las dos fotografías, donde también se aprecia un rifle, al parecer, de balines, pero que no viene reseñado en la nota del periódico.

Fuente: Diari de Sabadell, 30 de octubre de 2003.

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El asco

El motor de mi investigación quizá no sea moralmente ejemplar, pero hay días que lo único que me mueve es el asco.

De remover la hemeroteca y encontrarme de nuevo las palabras de aquel ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, declarando ante los periodistas un 28 de julio de 2005 que el gobierno era muy «riguroso» en la administración de la medida de gracia que es el indulto, y que iba a cumplir

«todos y cada uno de los trámites para que llegue al consejo de ministros» (EFE, 28-7-2005),

de volverlo a leer sabiendo que ya no quedaba ningún trámite pendiente. Los informes a los que vagamente, porque es así como conoce el caso, va-ga-men-te, se refería, los informes preceptivos pero no vinculantes de los tribunales que los habían condenado, hacía seis años que el ministerio los tenía en sus cajones:

«Ya no quedan obstáculos para que el Consejo de Ministros debata la concesión o no del indulto a Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi, los dos presos marroquíes para quien ha solicitado el indulto la fiscalía de Cataluña (…)» (La Vanguardia 19/11/1999)

De ver cómo el entonces Fiscal Jefe de Cataluña, José María Mena, después de solicitar el indulto para los dos marroquíes presos, declaraba:

«Este caso lo estamos siguiendo al milímetro» (La Vanguardia 11/09/1999)

el mismo que en respuesta al abogado de Abderrazak Mounib, con fecha 23 de Marzo de 1999, había reconocido:

«que en esta Fiscalía no se siguen diligencias de investigación sobre las violaciones a que su comunicación se refiere, sin perjuicio de las actuaciones que, en su caso, acuerde practicar la Autoridad Judicial».

De saber que nada había cambiado desde entonces, sólo que Mena manejaba perfectamente el escenario: sabía que a los periodistas les podía contar las milongas que no se podía permitir como respuesta a la petición escrita, puntillosa y legítima, de un abogado. Los periodistas lo repetirían literalmente. El abogado sabía de lo que hablaba. Todavía en 1999 se distinguían así diferentes niveles de compromiso con la verdad: algo que Enrique Anglès Martins, Enriquito, hermano del desaparecido Antonio Anglès, había ya acertado a resumir en una de las sesiones del juicio por el asesinato de las niñas de Alcàsser, cuando el Tribunal le preguntó que por qué declaraba lo contrario de lo que había dicho en la televisión: 

«Es que aquello era la tele y esto es un juisio»[sic]*.

El abogado de Abderrazak Mounib preguntaba por el segundo informe de la Guardia Civil, que daba cuenta de algunos hechos delictivos cometidos con el mismo Renault-5 gris plata, B-7661-FW, con el que también se habían cometido las violaciones de Cornellà y Tarragona. La novedad residía en que esos nuevos delitos se cometieron con los dos marroquíes en prisión. La Fiscalía nunca facilitó ese informe a las defensas, a la de Ahmed Tommouhi tampoco. Un informe que la Fiscalía niega desde hace más de un año también al señor Tommouhi, quien lo solicitó el 11 de enero de 2007, y que ayer seguía sin recibir respuesta. (Y me pregunto por qué, porque todo lo interesante del informe se conoce ya).

Los dos marroquíes siempre se han opuesto al indulto, y desde el primer momento pidieron que se reabriera la investigación. Dado que la petición de indulto del entonces Fiscal Jefe Mena se cursó el 30 de abril de 1999, ya podemos establecer rigurosamente lo que duró la no-investigación de fiscalía sobre los nuevos hechos que reflejaba el segundo informe de la Guardia Civil: 30 días. Un mes justito tardó el Fiscal Jefe en dejar claro que no pensaba aclarar nada y solicitar el indulto, cortándole así el paso a una nueva investigación, y desviando el foco hacia el Gobierno y su medida de gracia, un foco que apenas se enciende, y no siempre, para las efemérides: el 30 de abril cumplirá diez nueve años.

Asco de ver al periodismo reducido a «falso testigo del porvenir».

*Oleaque, Joan M., Desde las tinieblas: Un descenso al caso Alcàsser. Diagonal, 2002: p. 267.

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Atención: ¡Pregunta!

Quizá haya, entre ustedes, quien lo sepa.

En uno de los análisis que se hicieron en 1992 sobre muestras recogidas en el caso de Olesa, el dictamen 17/92 se refería a restos hallados en una manta, un trozo de pantalón, un tubo de ensayo con pelos y un portaobjetos donde se había extendido fluido vaginal.

–Muestras nº1 y nº2: Se han observado espermatozoides en ambas muestras. No se detecta ni la sustancia A ni la B. Se detecta la sustancia H en la determinación del grupo sanguíneo.  En las muestras 1 y 2 no se han encontrado pelos.

La pregunta que me hago es, ¿qué lectura tiene esa H respecto de la determinación del grupo sanguíneo?

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Comentarios sobre el (primer) adelanto

E-mail a mis editores: Thu, 31 Jan 2008 18:44:48 +0100 (CET).

Estimados Sergio y Paula:

Les comento que estoy de acuerdo con casi todas sus correcciones [sobre el primer capítulo que les envié]. Con todas, más bien: ni [la descripción geográfica] del comienzo, ni la forma de exponer las sentencias del final, me convencen. Lo primero distrae al lector y lo segundo lo abruma.

Los casos en batería es verdad que también  cansan. No he vuelto a releerlo, pero es la sensación que me quedó al enviarlo: sobre todo los centrales donde, además,  es un exceso el triple punto de vista, por ejemplo, que hay en uno de los de Vilafranca (chica, conductor francés y chico).

En cuanto a las soluciones que me proponen, discrepo algo. Entre la historia arquetípica y la historia total, por usar los términos de Sergio, contra su recomendación, yo me quedaría con la historia total. Por dos razones: la primera es que no creo en los arquetipos para casos reales: la brutalidad de todo esto es que sucedió sin ninguna explicación causal: simplemente se sucedieron uno detrás de otro. La única razón fue la falta de razones. No solo las violaciones: también las condenas.

Pero la segunda es que el recurso a ese posible caso arquetípico se va a utilizar, pero en la segunda parte y no como un argumento causal: sino como espejo. Los errores no se produjeron porque se parecían mucho. Eso puede explicar el error de las víctimas, aunque ni mucho menos tiene la aparente importancia  que se le ha concedido. Los errores se produjeron por una desconexión absoluta con la realidad, porque nadie buscó correspondencia entre lo que las víctimas decían y el mundo del que hablaban.

Y es ahí donde el caso de Olesa, el revisado por el Supremo, juega el papel de espejo. Sabemos que la víctima se equivocó. Eso lo sabrá el lector también desde el final de la primera parte. Pero luego sabremos de las piruetas que tuvo que hacer el Tribunal para cometer ese error: tuvo que saltar por encima de otras víctimas que, llamadas a testificar por la defensa, también los señalaban, pero que habían sido asaltadas [–violada la chica–] cuando ellos ya estaban en la cárcel; por encima de análisis de semen, aunque no de ADN, igualmente exculpatorios [de momento, esto es sólo una hipótesis, a falta de una segunda confirmación], por encima de la imposibilidad física de Mounib (tenía un hidrocele, quiste testicular, de grado II-III), y por encima de un informe de la Guardia Civil que sostenía que no había indicio alguno de que ambos marroquíes se conocieran antes de ser detenidos.

En los otros dos casos que serán la columna del libro (Cornellà y Tarragona,  el resto de condenas son por robo) las piruetas tuvieron que saltar por encima de obstáculos, en el fondo iguales, pero en la superficie mucho más abultados: el resultado fue que las piruetas resultan más increíbles aún. De verdad que no hay que razonar entre un caso y otro: bastará con enfrentarlos para que se multiplique el efecto de arbitrariedad de los tribunales. Es, a cada caso, el más difícil todavía.

La importancia de la confusión con las caras, que ciertamente existió, es un asunto exclusivo de las víctimas: para ello bastará con enfrentar no sólo a M. (Olesa) con el resultado del ADN. También a las víctimas del 95 que fueron señalando, sucesivamente, a Tommouhi y Mounib, a otros dos marroquíes detenidos en 1995, y a tres paquistaníes detenidos días después. Cuando finalmente detuvieron al gitano, ninguna lo reconoció. Pero el ADN sí, en seis casos. Esto se irá repartiendo a largo de todo el libro.

 Les envío un sumario detallado de la primera parte (sólo para entendidos, claro), donde verán:

a) que el comienzo es otro muy distinto: empezarará por el error de las víctimas del 95.

y b) han desaparecido de la primera parte los casos «menores» (Vilafranca y Gavà –absolución–), salvo aquellos que se cometieron con el Renault 5, pues es el hilo que irá apareciendo y desapareciendo durante todo el libro. Así también llegamos mucho antes (aunque no se aprecie en el sumario han desaparecido entre ocho y diez páginas) a los dos condenados, Tommouhi y Mounib.

[…]

Un abrazo.

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Mounib

Mi intención es contar esta historia equilibradamente por lo que a los dos principales protagonistas se refiere. La dificultad obvia es que uno de ellos está muerto: Abderrazak Mounib. Los primeros amigos y vecinos del barrio con los que hablé resaltaron siempre la tenacidad con la que Mounib llamaba a las puertas de las instituciones y medios de comunicación. La correspondencia escrita fue, según me cuenta el propio Tommouhi, su principal medio.

Esa correspondencia debía cubrir en cierta medida su ausencia. Era la forma de recuperar su voz, más allá de lo que sobre su vida, hábitos y declaraciones hay en el sumario. No encuentro esas cartas. Una sola, de momento, dirigida al cónsul de Marruecos en la primavera de 1992 para reclamarle que se ocupara de su caso.

La familia no solía recibirlas, pues se comunicaban a través de las visitas a la cárcel, según me contó su hijo. Alguno de los destinatarios confiesa no encontrarlas. Otros no viven ya en Barcelona. Me resta preguntar a las instituciones, pero dudo de que alguien haya conservado algo.

Quede constancia al menos aquí de la lista de destinatarios (I y II) que en cierto momento manejó:

Estos dos, en el reverso del folio.

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El policía escribe al condenado

El fiscal, obviamente, no estaba.

***

Uno de los comienzos de esta historia. El 13 de septiembre de 1995, el agente de la policía judicial de Martorell, Reyes Benitez, recibió una carta de Ahmed Tommouhi, preso en la cárcel de Can Brians (Barcelona). El mismo Reyes le había hecho llegar su dirección a través de su hermano, Omar Tommouhi. Hacía dos meses que habían detenido a Antonio García Carbonell. Ésta fue la respuesta Reyes:

Martorell, 13 de Septiembre de 1995

Sr. Ahmed Tommouch [sic]:

En el día de la fecha, he recibido su carta en la que me explica cuál es su situación. Quiero decirle que, junto con otros compañeros, pienso que Ud. es inocente de los delitos de los que ha sido acusado y condenado.

Quiero hacerle saber también que estamos realizando gestiones para esclarecer la verdad y que Ud. pueda salir de la cárcel.

Sin embargo, no quiero hacerle concebir muchas esperanzas, ni puedo prometerle nada, pero sí quiero que sepa que realizaremos todas las gestiones que legalmente podemos realizar para conseguirlo.

Cuando hablé con su hermano, al cual conocí en la calle, y debido quizás al poco conocimiento  que el mismo tiene del castellano, éste no debió de entenderme bien. Sería necesario que Ud. entregase mi dirección a su abogado, al objeto de poder entrevistarme con él, dado que el mismo puede disponer de información de la cual nosotros no disponermos, dado que su caso sólo lo conozco a nivel policial, desconociendo todo el procedimiento de instrucción judicial seguido.

Sí sabemos que Ud. ha sido condenado por alguno de los delitos, habiendo sido declarado [¿inocente?] en otros, pero desconocemos cuáles son unos y otros.

Igualmente, desconocemos las pruebas que pudieron ser aportadas durante  la instrucción, así como las diligencias que se practicaron.

Como todo esto es muy complicado de tratar mediante cartas, pienso que sería conveniente que Ud. solicitara una entrevista conmigo.

Desconozco los trámites a seguir para poder realizarla, pero Ud. podrá informare en ese Centro de los trámites a seguir.

Una vez los conozca, puede escribirme a la dirección que Ud. tiene y si es autorizada dicha visita, no tengo ningún inconveniente en desplazarme a Brians para realizarla y poder tratar este asunto con Ud.

Firma

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El portazo, en las narices, por favor

No sabía si contestar a la segunda respuesta de la fiscalía, que dejaba una puerta sólo aparentemente abierta a mi requerimiento. La respuesta es que no habrá entrevista para exponer «la postura de la Fiscalía de Cataluña sobre este caso», aunque «cuestión distinta sería solicitar examinar el expediente que sobre el particular pudiera existir en Fiscalía, caso de conservarse».

La puerta está sólo aparentemente abierta, primero, porque «precisaría demostrar mi interés directo en el asunto», y segundo, «constatar que la lectura del expediente no afecta al derecho a la intimidad de terceros».

El portazo está agazapado en el adjetivo «directo» que acompaña a «interés», y que esconde una nueva negativa por no ser parte  en el asunto. Pero ellos solitos se pillan luego los dedos con una segunda exigencia absolutamente imposible de cumplir: ¿cómo voy a constatar yo que «la lectura del expediente no afecta al derecho a la intimidad de terceros»?

Como la cosa va de juegos de manos y palabras, yo voy a hacer también mis pinitos: me voy a ir directamente a la fiscalía para constatarles mi interés.

Mañana les cuento.

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Ruedas del 95

La Guardia Civil detuvo a Antonio García Carbonell el 20 de junio de 1995, como presunto autor de la ola de violaciones que venía cometiéndose en Cataluña durante esa primavera. El ADN confirmaría luego que era uno de los violadores en al menos seis casos. Antes, el día 23, se había montado una rueda de reconocimiento en el Juzgado de 1ª Instancia e Instrucción nº 7 de Terrassa, a la que acudieron nueve víctimas.

La rueda estaba compuesta, de izquierda a derecha, por:

1.-Manuel R. P.; 2-José P. P.;  3.-Antonio García Carbonell;  4.- Teodoro A. G.;  5.-Nicolas G. A.; 6.-Salvador S. B.

Esto es lo que, según las actas, dijeron las víctimas:

1.- Cristina: «que cree que es el número 5»

2.-Juan: «que no reconoce a ninguno»

3.-David: «que no está seguro del todo, pero que por los brazos y la cabeza cree que podría ser el número 4»

4.-Javier: «que no puede reconocer a ninguno»

5.-Marina: «que cree que es el número 4 por las entradas que tiene en el cabello, la papada y la barriga, aunque no lo puede afirmar con seguridad»

6.- José Luis: «que por los ojos y la papada cree que el que más se parece es el número 4»

7.- Antonio: «que no está seguro pero cree que es el número 3»

8.- Yolanda: «Que no les vio la cara, que lo único que observó fue que uno de ellos era muy gordo, que podría ser el 2º o el 4º»

9.-Teresa: «Que cree que es el número 3».

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El violador y el periodista

La carta de ayer era asquerosamente amable. La dificultad del género carta-al-culpable, que obliga a afinar entre el no ensañamiento y  la impostura, no me excusa. Afiné mal, y acaba siendo impostada.

El equilibrio entre el caso general y cada particular, que creo que resolví bien con las  víctimas, aquí está roto. Es verdad que me interesa él personalmente, pero eso no debería haberme llevado nunca a cerrar tanto el ángulo como para que las víctimas, y aquí incluyo también a Abderrazak Mounib y a Ahmed Tommouhi, no aparezcan enmarcadas. 

Ése me parece que es el problema: que el objetivo está sobredimensionado. Demasiadas ganas de estar delante del malo, sin que en verdad tenga muy claro qué es lo que puede aportar. Quizá yo también sufra ya de deslumbramiento, y esté imaginando personajes, donde me prometí que sólo habría personas de carne y hueso. El tono debería haber sido, pues, mucho más seco y distanciado: es mi trabajo, si usted acepta, bien, si no, también.

Es imperdonable la expresión «el Tribunal Supremo falló que usted era uno de los autores», cuando llevo dos años huyendo como de la peste, de la verdad formal, para buscar y escarbar en las pequeñas, pero incuestionables, verdades materiales: sangre, huellas, semen, entrecomillados, actas, etc. Es evidente que tenía que haber escrito: «pero el ADN demostró que usted era el violador». Un tufillo que se contagia luego, irremisiblemente ya, sobre esa otra del final: «las pruebas de ADN convencieron al Tribunal», verbo descaradamente ambiguo. ¿Desde cuando me importa el convencimiento de nadie?

La media sonrisa con la que siempre me tomo eso del «hombre respetado» y el buen nombre entre sus vecinos, es irreconocible en el párrafo de ayer. La razón seguramente tiene que ver con que ya sabía, al escribirla, que también hay quien no guarda un buen recuerdo del ciudadano modelo, precisamente: García Carbonell fue condenado en 1993 por un delito de amenazas. La expresión «problemas serios» era eso lo que ocultaba.  Y como buen eufemismo, era una deplorable, por más que inconsciente, forma de cubrirme las espaldas. Que no haya podido conocer la versión del amenazado todavía, no me excusa tampoco: debería haber eliminado el párrafo entero.

Por cierto, caigo ahora, que el hecho de elegir el año 1995, en lugar de 1991, como línea divisioria entre un antes y un después de sus problemas con la justicia, se agarra descaradamente al hecho de que no fue hasta entonces cuando lo detuvieron. En verdad mi interés por esa frontera entre el antes y el después, que es sincero, lo es sólo a condición de dejar claro que para mí la frontera está en 1991. Y no lo hice.

Por supuesto, que hay tiempo para corregirse y, si responde, dejar claro todo esto. Pero los errores más vale reconocerlos a tiempo.

Así que agradezco el comentario de Arcadi Espada, que, certeramente, puso el dedo en una llaga, que ya supuraba.

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Mea culpa

El comentario de ayer de Tote me hizo reparar en un desliz. Las sentencias, por imposibilidad técnica, no estaban escaneadas, sino que había copiado la sentencia del 94 sobre un documento word. A su vez, yo mismo copié y pegué el texto, y fui ajustando, sobre el nuevo documento, la redacción de la sentencia de 1999. Pero se me coló una frase del 94 que no es atribuible al Tribunal, y pido por ello disculpas: el segundo de los errores que señala Tote, es de mi trascripción, no de la ponente. 

Las sentencias, ahora sí escaneadas, son estas: 1994 (I y II) y 1999 (I y II).

De la entrada en sí, no hay nada que cambiar: copiaron y pegaron el apartado de hechos probados, y borraron  lo que era evidente que en 1994 sólo adornaba el argumento. Adorno, sin embargo, que servía para lo que se señaló ayer: remarcar las buenas condiciones de visibilidad que explicaban la seguridad de la chica al señalar a los dos marroquíes como culpables. La seguridad, con luz artificial, se convirtió en convicción del Tribunal, y en certeza judicial. El ADN demostró años después que la chica se había equivocado. Así que hubo que  desmotar el alumbrado, como después de la feria.

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