ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La Jonquera, lugar de paso

Anteayer, la alarma del móvil me sacó vibrando del sueño a las seis y media de la mañana. Me vestí, imprimí cuatro folios del documento donde, desguazándolos, voy invententariando los sumarios, y me fui a la estación de Arc del Triomf. El cercanías con dirección a Cerdanyola, donde tenía que reunirme con mi hermano Manolo, entró pasadas las siete de la mañana. Me subí. El aviso de la megafonía, «Propera estació, Cerdanyola Universitat», me despertó de nuevo, y me bajé. Había dormido todo el trayecto.

La estación está junto a la autopista AP-7. Miré en el párking, y como sólo estaban los autobuses de la UAB,  pedí un café con leche, me senté y esperé. En una mesa, sobre los folios y fijándome en un cuaderno de notas, fui relacionando los nombres y apellidos de los hosteleros que, llamados por la defensa de Abderrazak Mounib, declararon en la causa de Olesa, con el restaurante, bar o supermercado correspondientes que frecuentaba Mounib, concretando si eran nombres de dueños o de camareros. «María, dueña del Molí de Vent». Uno, que no pude relacionar, quedó como «vecino de la Jonquera».

Veinte minutos después, y extrañado por la tardanza, pagué el café y salí de nuevo al párking. Quizá porque no había amanecido todavía, resplandecía aún más como una ballena blanca varada en el asfalto. Habría que imaginar ahora que el rótulo «El Majo», lo llevaba la ballena escrito en la frente, así que abandono la metáfora: mi hermano había corrido las cortinas de la cabina, y dormía su noche por entregas, dentro del trailer blanco de 22 toneladas que conduce, entre Alicante y Perpiñán, hasta tres veces por semana. «El Majo» es el dueño del camión.

Dos besos. Descorrer las cortinas fue como si amaneciera en un mundo en miniatura (nunca llego a esa cisterna, pequeña catarata de bolsillo, de Cortázar). A la espalda de los asientos, una litera con dos camas. En medio, una mesita de noche y de día: tabaco, bote de coca-cola vacío (cenicero), dos móviles, las llaves. Yo quepo de pie. Mi hermano no toca el techo ni saltando. Los asientos son reclinables, y con una amortiguación de aire, regulables en altura. Un hueco en la guantera invita al copiloto a estirar las piernas y reposar los pies.  Los ojillos hinchados y el pelo aplastado, de cachorrillo recién nacido, la voz ronca del único habitante: «¿qué dices, chaval?». Apaga la luz de la cabina. Arranca.

El copitolo acepta encantado la invitación y estira las piernas. Saliendo del ralentí, tomamos, pianísimo, la curva para encarar la vía de servicio. Entramos, felices y resignados, en el atasco. La radio,  insoportable murga. El chófer come pipas para no dormirse. Yo, agradecido, lo acompaño. Paramos para desayunar.

Los camiones llevan un limitador de velocidad: 90 kilómetros por hora. Sobre las nueve y media, me bajo en una gasolinera,  y recorro el último kilómetro a pie, hasta el pueblo:  él sigue, bordeándolo, camino a Francia. La Junquera, así la llaman todos los camareros con los que hablo, son unas pocas calles que se alargan junto a un arroyo, que se arrastra junto a una carretera, que corre junto a la autopista. Las casas miran, por encima de todo, a la autopista. Cuesta arriba, las calles, el arroyo, la carretera y la autopista convergen como en un embudo, hacia el paso de la frontera, aunque antes se ensancha de nuevo y ahí se resume lo que, bien mirado, es todo esto:  un gigantesco aparcamiento, con un pueblo a las afueras.

El Restaurante Alegría ha cambiado de nombre: «Mar i Sol». La que fue su dueña, anda por aquí de vacaciones, pero ilocalizable. Su hijo, al que también citaba Mounib, vive en Holanda desde hace diez años. La dueña del Molí de Vent, 50 metros más arriba, falleció en enero del año pasado. El gerente del Bar Norte ha abierto un restaurante frente al Molí de Vent, pero cierra los miércoles. Nadie conoce al que entonces era el camarero del bar del Supermercado Escudero. El Club Valverde, el primero que abrió por aquí, está cerrado a estas horas. Viaje en balde.

Mi hermano, de vuelta de Perpiñán, me deja a media hora de Barcelona: esta vez en Rubí. De todas formas, pienso, todos habían declarado lo mismo: que a Abderrazak Mounib no lo conocían por su nombre, pero sí que lo reconocieron cuando vieron su foto en los periódicos, que era vendedor ambulante, pero que no sabían si el día 5 de noviembre, a las once de la noche, andaba por allí, como él aseguraba. Luego, como siempre que no volvía a casa, se fue a dormir al coche, añadió. Era su coartada. Tuvo que esperar seis años para que el ADN la confirmara. «Todos los lugares son buenos, para pasar de largo, forastero».

Hoy, Martín me lleva a Gerona.

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Personas y personajes

«Mientras el novelista, al forjar a su héroe o heroína, puede elegir entre todos los aspectos de la naturaleza humana, el periodista, en cambio, debe limitar sus protagonistas  a un pequeño grupo de personas de rara naturaleza, exhibicionistas, imaginativas, que ya han hecho en sí mismas el trabajo que el novelista realiza con sus personajes imaginarios, en suma, personas que se presentan como figuras literarias ya hechas. En el caso MacDonald-MacGinnis tenemos un ejemplo del periodista que aparentemente se dio cuenta demasiado tarde de que el tema de su libro no era adecuado para una obra no ficticia, pues el protagonista no era un miembro de la maravillosa raza de los que hacen ficción sobre sí mismos, como el Joe Gould de Joseph Mitchell y el Perry Smith de Truman Capote, de quienes depende como género vivo el nuevo periodismo y la «novela  no ficcticia». [El condenado por asesinato] MacDonald, era simplemente un muchacho como los demás, sin nada que ofrecer salvo una tediosa e improbable versión sobre su inocencia de un crimen terrible. En el curso normal de las cosas, [el periodista] McGinnis probablemente habría reconocido con rapidez el carácter vulgar de [el asesino] MacDonald, habría abandonado el proyecto de escribir un libro sobre él y se habria puesto a buscar un individuo que trascendiera la vida, elemento tan decisivo para el trabajo de un periodista como es decisiva la rara imagen para el arte del fotógrafo. Pero por varias razones [el periodista] McGinnis decidió no ver lo que saltaba a la vista. Podemos suponer que una de esas razones  fue su vieja debilidad por encontrarse en el «interior de una situación»; indudablemente fue irresistible para él el ofrecimiento de tener acceso a conversaciones que ningún otro extraño podría oír, de tener «acceso a [el asesino] MacDonald», en forma exclusiva. Otra razón puede haber sido la presión del deseo de MacDonald, que quería que se escribiera sobre él. Así como mi lectura de la transcripción de las cintas que grabó MacDonald en la cárcel me mostró las penurias que debía haber pasado el pobre McGinnis tratando de convertir aa un Jeffrey MacDonald en un Raskolnikov, así también mis relaciones con el propio MacDonald me permitieron comprobar algo de la seducción de aquel hombre y comprender por qué McGinnis había sucumbido a la fuerza de esa seducción. En la época en que McGinnis se daba ya cuenta de que MacDonald no resultaría un personaje adecuado […], ya estaba demasiado metido en el proceso en virtud del cual una obra escrita se transforma en una mercancía.»

Malcolm, Janet. El periodista y el asesino. Gedisa, pp. 113-115.

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Sangre y mierda

Una de las mejores lecciones que se derivan de la lectura del libro de Joan M. Oleaque, Desde las tinieblas, es que al borde de un hecho, el periodista no debería convocar a nadie que no tenga algo que aportar. Siempre se acaba entrevistando a alguien que cree en una conspiración mundial. Fue el caso de las chicas de Alcásser y el circo mediático que trajo consigo, conscientemente estudiado por Oleaque: «Los medios hasta entonces pensaban que el suceso interesaba sólo a unos cuantos morbosos. Alcásser les hizo ver que podía interesar a muchísimos morbosos. El suceso, mayoritariamente tratado como una lluvia de sangre y mierda sobre el público. A partir de entonces, el suceso abría telediarios y figuraba en los puestos de honor de las primeras páginas sin ningún tipo de titubeo. A partir de entonces, el suceso se convirtió en información multitudinaria. A la sombra de este concepto de búsqueda de sensación, crecería un periodismo generalista histérico. Un periodismo en el que cualquier noticia podía tratarse con grandes titulares. Un periodismo superficial, de métodos televisivos: la mayoría del periodismo de hoy en día». 

Un periodismo al que, bajo la excusa del deber de informar, lo que le interesa sobre todo es vender ejemplares. Y que ha hecho que la sola pronunciación de la palabra «deontología», se reciba con un deje de compasión. Sorprende revisar los periódicos de la época y comprobar la enorme difusión que se le brindó al caso, en connivencia con los reality-shows y las audiencias que éstos habían contribuido a formar. Algunos titulares de El País dan verdadero miedo, como «Historia de un viernes 13» o «Los misterios de Alcásser». Este último con un subtítulo también escalofriante: «El sumario del triple asesinato, al que ha tenido acceso El País, plantea más dudas que certezas».

Todo un reflejo de a qué precio empezaba a cotizar la sangre y la mierda en aquellos días.

El exceso de información se decantó, sin embargo, por un tipo de fuentes. Desde las tinieblas señala también una constante que habita en el núcleo de la mayoría de errores periodísticos: la pereza de los periodistas. Para disipar las tinieblas, es lo que demuestra Oleaque, a los periodistas les hubiera bastado con realizar unas cuantas visitas incómodas a los amigos, familiares, y compañeros de delitos de Anglés, gente con modos de vida inquietos, y establecer algunos enlaces lógicos. Por el contrario, se prefirió en la mayoría de casos, entrevistar a un padre desgarrado, a un forense ávido de fortuna, y a un criminólogo ante su última oportunidad. Algo mucho más higiénico y masón. Las consecuencias todavía se palpan. Hace unas semanas le pregunté a un policía, como de broma, que cuándo pensaba coger a Anglés. Primero se rió, pero luego me contestó más serio, que en su modesta opinión Anglés no había tenido nada que ver. «Eso está por aclararse», me dijo. Las tinieblas persisten. En Internet, varias páginas siguen alentándolas. Muchos internautas han leído a Oleaque, pero su fe parece impermeable. Prefieren pensar que la verdad sigue en un pozo, aunque no bajen a por ella: está muy oscuro y hay ratas.

El libro de Oleaque está dividido en dos partes: la primera, en la que se da cuenta de la historia de los agresores y del crimen, más narrativa, con algunos destellos de omnisciencia que de persistir hubieran supuesto un error flagrante, como en Capote; y la segunda, centrada en la búsqueda policial y las consecuencias mediáticas, donde Oleaque se muestra mucho más implacable y severo. La mayor parte de responsabilidad en la espectacularidad que sufrió el caso la tiene, of course, el periodismo. Quien sorprendentemente, como señala Oleaque, no ha realizado ninguna revisión seria sobre lo sucedido. A los periodistas, me atrevería a decir, les cuesta mucho admitir sus errores. Es una pena, porque explicar los propios errores, también parece un ejercicio periodístico, de los más difíciles. «Periodista come periodismo», se me ocurre como titular. «Purificados, cerraron la puerta sobre cualquier error propio cometido anteriormente. Cerraron mal y con prisas una puerta de salida de emergencia. Y a través de las grietas que quedaron, se filtran cada día las tinieblas de una profesión».

No se puede decir mejor.

 

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Recortes

Diari de Tarragona, viernes 15 de noviembre de 1991: Dos detenidos por las violaciones de La Secuita y la Bisbal

«Según ha podido saber el Diari, el pasado martes [no: el lunes] era detenido en una pensión de Terrassa Amed [no: Ahmed] T.,  de 40 años, por corresponder con las características físicas que se habían facilitado sobre los violadores. Posteriormente, el miércoles, en Barcelona, hizo lo propio en la casa de Mounib A. [no: en un bar], de 39 años, tras unas investigaciones. Ambos carecen de permiso de trabajo y residencia en nuestro país [no: los dos poseían permisio de residencia y trabajo]».

Diari de Terrassa, sábado 16 de noviembre 1991: Detenidos en Terrassa los autores de varias violaciones y robos.

«Dos marroquíes han sido detenidos en Terrassa por efectivos de la Policía Nacional como presuntos autores de múltiples violaciones en diversas poblaciones de las provincias de Girona, Barcelona y Tarragona. (…) Los detenidos son Abderrat [no: Abderrazak] Mounib [no: Mounib no fue detenido en Terrassa, sino en Barcelona], de 39 años, y Ahmed Tommouch [no: Tommouhi]. (…) La policía detuvo en Barcelona, el pasado miércoles, a M. A. [no: no hubo ningún otro detenido con esas iniciales], marroquí, de 39 años.»

La Vanguardia, sábado 16 de noviembre de 1991: Detenidos dos falsos policías acusados de cometer al menos trece [no: diez] violaciones.

«Abderrat [no: Abderrazak] Mounib y Ahmed Tommouch [no: Tommouhi], que en ocasiones se hacían pasar por policías y en ocasiones por guardias jurados, han sido identificados sin ningún género de dudas por siete de sus víctimas. (…) Varias de las jóvenes reconocieron en comisaría [no: en sus domicilios y en cuarteles], tras ojear álbumes fotográficos [no: donde primero lo señalaron fue en un folio suelto, con las fotografías de dos sospechosos más], a Abderrat [no: Abderrazak] Mounib, que ya tenía antecedentes [no: había sido detenido y puesto en libertad sin cargos] por unos abusos [no: en el acta reza «actos deshonestos», no «abusos»] cometidos en Castellón [no: la detención se produjo en Castellar, provincia de Barcelona] en 1977 [no: en 1987].  La Guardia Civil montó un dispositivo en el Barrio Gótic de Barcelona, donde se sospechaba [no: era la dirección en la que estaba empadronado] que residía. El pasado día 13, lo detuvieron y dio la pista para llegar al otro acusado [no: los otros dos acusados habían sido detenidos ya], que fue localizado en Terrassa al día siguiente [no: había sido detenido dos días antes: el 11 de noviembre de 1991].»

Los datos están contrastados con la documentación que aparece en Primera detención, y Segunda detención.

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Presentación oficial

El penúltimo párrafo del lunes se abría así: «El jueves 14 de noviembre, sobre las ocho de la tarde, Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi se conocerían por fin. En la primera rueda de reconocimiento que pasaron juntos.»

Confieso que lo escribí temiendo que fuera una brutalidad. El inconveniente de llevar dos años investigando, para este género que estamos construyendo aquí, es que manejo información que tengo que ir dosificando: no por el suspense, sino sencillamente porque no se puede vomitar todo durante el primer mes, para luego  seguir, ustedes y yo, más o menos de la mano. Contarlo todo siempre es el secreto no sólo del aburrimiento, sino también de la desinformación (por cierto, quizá esto sirva no sólo para este blog, sino también para el flujo continuo de información al que nos exponemos diariamente, y que oculta más que muestra). No se entendería nada.

Pero la conciencia del paso del tiempo histeriza: y el lunes no me pude aguantar.

Era una brutalidad porque faltaba al primer mandamiento de este reportaje abierto: nunca dejarás al lector rumiando su quimera: «¿y esto, cómo lo sabe?» [Y más cuando se trata del nudo de todo este asunto: porque Tommouhi y Mounib fueron condenados como co-autores en dos casos].

Escribí que no se conocían antes porque, 16 años después, nadie ha demostrado lo contrario. Alejo Noe, hoy fallecido y Juan Manuel Pérez, ambos del Equipo de Policía Judicial de Martorell entonces, se ocuparon a finales de 1992 en investigar qué relaciones tenían, antes de ser detenidos, los dos marroquíes. Pérez me contó cómo batieron los barrios donde residía cada uno, comprobaron sus rutinas de trabajo, mostraron fotografías de uno a los vecinos del otro, y viceversa. Su informe, elevado a la Sección Quinta de la Audiencia de Barcelona y admitido como prueba en la vista oral, concluyó:

«No se ha podido determinar ningún tipo de relación entre ambos». Yo mismo he hablado con decenas de personas del entorno de cada uno. Nadie conocía al otro antes de aquel día. Y es verdad que los agentes, en su informe y como queriéndose lavar las manos, pero con agua hirviendo que cayera sobre los dos pollos que iban a desplumar en la Audiencia (sentencia desmentida luego por el ADN), añadieron esta coletilla:

«Si en otros lugares se han reunido (…) hasta la fecha se desconoce»: Puro vaho. ¿Es que acaso se podría llegar a conocer en alguna fecha los lugares de reunión, cuando esa reunión no ha existido ? Rafael Sánchez Ferlosio explica en algún sitio (¿quién me recuerda dónde?), que demostrar lo negativo es ontológicamente imposible: que sólo se puede demostrar que SÍ ha ocurrido tal cosa, pero nunca que esa misma cosa NO ha ocurrido. De hecho, añade: demostraré que no estaba en el lugar del crimen, en París, si consigo demostrar que a esa hora estaba en Londres, o en Jonolulú.

La fuerza notarial de un inventario reside en que en algún armario están las cosas que  el acta relaciona: así también para nuestro método. Ahora ya saben ustedes qué había debajo de esa frase: este informe completo, y pueden así intentar, además, desmentirla.

Los resultados de esa rueda de reconocimiento, sin embargo, es inútil sacarlos aquí ahora. El enredo es tal, que no sacaríamos nada en claro. Cuando entremos a tirar del hilo de cada caso en particular, empezaremos por ahí: qué declararon las víctimas al reconocerlos. No es que unas víctimas dijeran que no estaban seguras y otras que sí: es que había víctimas que afirmaban «sin ningún género de dudas» lo contrario de lo que otras, con la misma firmeza, aseguraban , con lo que Abderrazak Mounib, por ejemplo, era y no era el violador al mismo tiempo: tanto para los hechos en general, como para uno de los dos casos de Vilafranca (de los que no hemos hablado aquí todavía) en particular. En ese caso, la juez resolvió procesarlo porque en la misma rueda, aunque la chica señalaba a otro como el violador, el novio de la chica  señalaba a Abderrazak Mounib.

Lo más importante de ese día fue la impugnación de la rueda que Pere Ramells, abogado de oficio de Tommouhi, produjo.

Tommouhi era el único que no tenía bigote y era de complexión gruesa. El juez consideró que eso no alteraba la relación seguridad-certeza de las víctimas, y continuó. N., una de las chicas de Cornellà, sin embargo, se expresó así en la vista del juicio oral:

«Que los demás detenidos de la rueda eran de características diferentes«. Gracias a Estupefacto, que nos dejó aquí el artículo 369 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que se refiere a este aspecto, tenemos una cita casi frontal entre lo que marca la ley y lo que por las propias víctimas sabemos. La persona que ha de ser reconcida, dice la Ley, tiene que ser mostrado

«con otras de circunstancias exteriores semejantes»

«Los demás detenidos de la rueda eran de características diferentes»., dijo N.

Mañana veremos qué contaron los periódicos de todo esto.

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7.636 visitas después

Este blog hace ya más de un mes que se empezó a editar. Más allá de los descubrimientos, las rectificaciones, los cambios de rumbo o  los reconocimientos que la experiencia diaria va impriendo en quien lo edita, sobre lo cual es demasiado pronto para hablar todavía, hay un aspecto que, treinta y cuatro entradas después, conviene tratar.

La voluntad de exponerme a los comentarios, críticas y correcciones en público, aquí anunciada, debe tomarse al pie de la letra. Es una de las tres claves del método que propongo y, hasta donde las fuerzas y las posibilidades técnicas y logísticas me dejan, practico: el reportaje abierto.

Sin eso, la transparencia con respecto a las fuentes y la documentación; y las reflexiones sobre la investigación y la escritura, se quedan en un ejercicio de exhibicionismo, curioso si quieren, pero separado del valor de uso al que este juego está llamando. Descartado el valor de cambio, pues es ésta una idea que brotó a la intemperie y ahora ya sólo quiere seguir en ella, modesta, feliz y libre, nada habríamos ganado si acabara todo reducido a su valor de exposición, que es como acaban estas cosas en esta vida de escaparate.

No habría dicho ni mu de todo esto si no fuera porque ese ejercicio se está desarrollando en privado, vía e-mail, o por teléfono. Así que esta entrada no es una declaración de principios, sino un registro contra el alzamiento de bienes. Los mismos RCD, longo, Tote o Verde que en público dejan comentarios elogiosos, o de acompañamiento, y así son la gran mayoría del medio centenar que hay sumados, en privado me tiran de las orejas. Por no hablar del hombre más discreto del mundo, o del Bartleby de Terrassa, de los que, en efecto, no podría hablar aquí sin traicionarlos, mucho menos de sus valiosas precisiones. Forma de proceder tan burguesa, es lo que alimenta a millones de psicoanalistas.

Dado que es gracias a esos tirones que corrijo datos, he añadido páginas como el «Resumen de lo publicado«, o intento ir mejorando distintas funcionalidades para aclarar la comunicación,  lo justo es que se vean también las cañerías por donde han llegado, y por qué no, quiénes dieron el agua.

Para quien comparte que los trapos sucios hay que airearlos en la calle, y que la cama es un buen lugar para la política, la crítica feroz es un pacto entre caballeros (y caballeras, que diría Ibarretxe). La verdadera medida del amor es el insulto. Así que no se corten. La nueva página «Fe de errores» condensa bien la paradoja de la que se alimenta todo esto: los errores garantizan nuestro acierto.

Todo ello, si a ustedes les parece bien, porque en verdad yo estoy encantado de recibir sus mensajes. Que es un soplo la vida. 

Posdata: Es verdad que puede parecer equívoco, conceder esta importancia a los comentarios, y no añadir, como algunos me habéis sugerido, una categoría con los «últimos comentarios», o «comentarios recientes», en la columna de la derecha, al igual que hay una para las entradas, que además facilitaría el debate. Estoy en ello. Es sólo una cuestión técnica la que tengo que solucionar: porque se puede colocar, pero la hoja de estilo de wordpress añade automáticamente los enlaces del hipertexto de mis entradas (que no son comentarios,  sino links que reenvían de una página a otra del blog) a ese apartado de comentarios recientes. Y no quiero tener que elegir entre ese yoyeo lamentable, o eliminar el hipertexto, porque es un recurso de lectura imprescindible. Sigo buscando fórmulas.

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Artistas invitados

La prensa, víctima de la mafia

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Del estilo (del libro)

La fuerza metafórica que tienen las vidas de Tommouhi y Mounib proviene precisamente de que no es una metáfora “literaria, sino experiencial”. Así también la de otros actores clave de esta historia: Reyes Benítez, cuyas investigaciones, a deshoras, rigurosas y solitarias, están en el principio de todo este asunto. O Manuel Borraz y Tote Henares, “ciudadanos ejemplares” que, sin pertenecer a ninguna asociación, ni colectivo ni tener ninguna relación profesional con el caso, ni interés que no fuera desinteresado, lo mantuvieron vivo. Ahí está la página web de Borraz, o los cientos de páginas que entre ambos han escrito: recursos a la fiscalía, ruegos y preguntas a las instituciones, informes para el Ministerio de Justicia, etc. O los jueces que en su día lo condenaron y años más tarde se mostraron a favor del indulto, pero que no quieren volver a oír hablar del tema, “porque hace ya mucho tiempo”. El mismo tiempo que ellos pasaban en la cárcel. O esa intervención del Síndic de Greuges (el Defensor del Pueblo catalán) del año 2000 en el Parlament, con comentarios desabrochados sobre lo muy delincuente que era Abderrazak Mounib, lo que no obviaba, decía, para que se le reconociera inocente en este caso (**). Mounib no tenía antecedentes cuando lo detuvieron. El Síndic hablaba desde el desconocimiento, o sea desde el desprecio compasivo y olímpico de los ignorantes. De modo que sólo con la mayor simplicidad y exactitud científica hay que intentar contar esa cadena objetiva de errores, casualidades, contradicciones, humillaciones, pundonor e impericia que vertebran esta historia. No se puede trufar el relato de estas vidas tan extrañas, tan crudas, tan ejemplares, en un mundo tan indiferente, con un esfuerzo estetizante –“artístico”—añadido y despegado de la verdad. “El resultado sería insoportable”. Y lo que es peor: resultaría increíble. La prosa seca arde mejor (***).

(**)  La intervención está recogida en las actas del diario de sesiones del parlamento catalán.

(***)  “La poesía seca arde mejor”, creo que es una frase de Octavio Paz.

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Ja sóc aquí

Nada más aterrizar,  un amigo me avisa de que no podré coger el tren hasta la estación de Francia. El chófer del aerobus, preguntado por un destino, responde que sí, aunque añade, como curándose en salud, que por lo menos una hora. Tres euros noventa. A través de la emisora de radio frecuencia del bus se oyen las instrucciones de la central, distribuyendo el tráfico. Las colas en las paradas del centro, dirección aeropuerto, son soviéticas. Dieciocho grados. Estoy, por fin, en Barcelona.

Me quedo cuatro meses.  El centro de gravedad será la mitad de un pisito alquilado junto a la Ciudadela. En la otra mitad vive una pareja. Justo detrás del Palau de Justicia. A cinco minutos está el bar y la plaza donde detuvieron a Mounib. Al lado siguen viviendo su mujer y sus hijos, en el barrio de Sant Pere. 

La semana que viene hará dieciséis años. No consta que Mounib y Tommouhi se hubieran visto antes de que los reunieran en los Juzgados de Instrucción del Paseo Lluís Companys. Algunos de los amigos y vecinos de Mounib que acudieron al juzgado aquella tarde, han vuelto a Marruecos. Nouredinne  se ha mudado a Almería. Otros siguen en el barrio. El juez que estaba de guardia es ahora magistrado de la Audiencia. El Bar Joanet ha cambiado de dueño.

Debajo del Arco del Triunfo vi por primera vez a Ahmed en la calle. Como para romper el hielo, no se me ocurrió otra estupidez que preguntarle si recordaba ese edificio afrancesado, con escaleras de mármol en la entrada, de la Audiencia. “Sí, ahí es donde me machacaron”, contestó. 

 Las visitas anteriores solían ser en primavera o verano.  Y breves. Barcelona era una ciudad sin sujetador. Ahora va en serio, abrochada. Yo también. Llega la hora de tocar a las puertas, de visitar a los protagonistas, de rebuscar en los archivos, de pedir entrevistas, de llamar a las víctimas. “Campo abierto para mis botas”. Cuatro meses no son nada.

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Wanted: El Otro

Caso de Gavà.

E: 

El otro le pareció más joven, delgado y de una estatura similar (…). Este último tenía los ojos saltones y oscuros, la tez morena.

Caso de Terrassa.

M:

Le quedó la impresión de que ambos medían uno setenta de altura y eran de complexión fuerte.

Y: 

El otro, el de la porra, también le pareció árabe, de unos treinta años y, aunque de complexión más delgada, era un poquito más alto: uno setenta y tres mediría.

Caso de Olesa.

M:

El otro, “el que obedecía”, no hablaba español: “utilizaba un lenguaje árabe”, era gordo, más moreno que el primero, tenía el pelo negro y la cabeza más redonda.

Caso de Cornellà:

N:

El acompañante le pareció de unos veinte o veinticinco años, algo más alto que el conductor, de complexión normal, aunque puede que algo gordito, y que tenía la cara ancha, con señales como de haber pasado la viruela; el pelo moreno, corto, liso y caído sobre la  frente, los ojos pequeños –“y muy rojos”, se fijó que los tenía—, cejijunto y muy pobladas las cejas.

G:

El más joven le pareció que tendría unos veinticinco años, y de no mucha estatura, sin poder precisar más: tenía aspecto gitano, el pelo negro y liso, y con señales en la cara.

Caso de Tarragona:

S.

Del otro sólo dijo que tenía bigote.

R:

Era, según R., de un metro sesenta y cinco de altura, de unos cuarenta años, con el vientre saliente,  pelo negro, ojos oscuros y redondeada la cara.

O:

Para ella, ambos eran de uno sesenta aproximadamente de altos, con voz ronca, pelo corto, oscuro, complexión fuerte, de entre treinta y treinta y cinco años, (…). Uno de ellos tenía las faces de la cara muy resaltadas.

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