ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La Jonquera, lugar de paso

Anteayer, la alarma del móvil me sacó vibrando del sueño a las seis y media de la mañana. Me vestí, imprimí cuatro folios del documento donde, desguazándolos, voy invententariando los sumarios, y me fui a la estación de Arc del Triomf. El cercanías con dirección a Cerdanyola, donde tenía que reunirme con mi hermano Manolo, entró pasadas las siete de la mañana. Me subí. El aviso de la megafonía, «Propera estació, Cerdanyola Universitat», me despertó de nuevo, y me bajé. Había dormido todo el trayecto.

La estación está junto a la autopista AP-7. Miré en el párking, y como sólo estaban los autobuses de la UAB,  pedí un café con leche, me senté y esperé. En una mesa, sobre los folios y fijándome en un cuaderno de notas, fui relacionando los nombres y apellidos de los hosteleros que, llamados por la defensa de Abderrazak Mounib, declararon en la causa de Olesa, con el restaurante, bar o supermercado correspondientes que frecuentaba Mounib, concretando si eran nombres de dueños o de camareros. «María, dueña del Molí de Vent». Uno, que no pude relacionar, quedó como «vecino de la Jonquera».

Veinte minutos después, y extrañado por la tardanza, pagué el café y salí de nuevo al párking. Quizá porque no había amanecido todavía, resplandecía aún más como una ballena blanca varada en el asfalto. Habría que imaginar ahora que el rótulo «El Majo», lo llevaba la ballena escrito en la frente, así que abandono la metáfora: mi hermano había corrido las cortinas de la cabina, y dormía su noche por entregas, dentro del trailer blanco de 22 toneladas que conduce, entre Alicante y Perpiñán, hasta tres veces por semana. «El Majo» es el dueño del camión.

Dos besos. Descorrer las cortinas fue como si amaneciera en un mundo en miniatura (nunca llego a esa cisterna, pequeña catarata de bolsillo, de Cortázar). A la espalda de los asientos, una litera con dos camas. En medio, una mesita de noche y de día: tabaco, bote de coca-cola vacío (cenicero), dos móviles, las llaves. Yo quepo de pie. Mi hermano no toca el techo ni saltando. Los asientos son reclinables, y con una amortiguación de aire, regulables en altura. Un hueco en la guantera invita al copiloto a estirar las piernas y reposar los pies.  Los ojillos hinchados y el pelo aplastado, de cachorrillo recién nacido, la voz ronca del único habitante: «¿qué dices, chaval?». Apaga la luz de la cabina. Arranca.

El copitolo acepta encantado la invitación y estira las piernas. Saliendo del ralentí, tomamos, pianísimo, la curva para encarar la vía de servicio. Entramos, felices y resignados, en el atasco. La radio,  insoportable murga. El chófer come pipas para no dormirse. Yo, agradecido, lo acompaño. Paramos para desayunar.

Los camiones llevan un limitador de velocidad: 90 kilómetros por hora. Sobre las nueve y media, me bajo en una gasolinera,  y recorro el último kilómetro a pie, hasta el pueblo:  él sigue, bordeándolo, camino a Francia. La Junquera, así la llaman todos los camareros con los que hablo, son unas pocas calles que se alargan junto a un arroyo, que se arrastra junto a una carretera, que corre junto a la autopista. Las casas miran, por encima de todo, a la autopista. Cuesta arriba, las calles, el arroyo, la carretera y la autopista convergen como en un embudo, hacia el paso de la frontera, aunque antes se ensancha de nuevo y ahí se resume lo que, bien mirado, es todo esto:  un gigantesco aparcamiento, con un pueblo a las afueras.

El Restaurante Alegría ha cambiado de nombre: «Mar i Sol». La que fue su dueña, anda por aquí de vacaciones, pero ilocalizable. Su hijo, al que también citaba Mounib, vive en Holanda desde hace diez años. La dueña del Molí de Vent, 50 metros más arriba, falleció en enero del año pasado. El gerente del Bar Norte ha abierto un restaurante frente al Molí de Vent, pero cierra los miércoles. Nadie conoce al que entonces era el camarero del bar del Supermercado Escudero. El Club Valverde, el primero que abrió por aquí, está cerrado a estas horas. Viaje en balde.

Mi hermano, de vuelta de Perpiñán, me deja a media hora de Barcelona: esta vez en Rubí. De todas formas, pienso, todos habían declarado lo mismo: que a Abderrazak Mounib no lo conocían por su nombre, pero sí que lo reconocieron cuando vieron su foto en los periódicos, que era vendedor ambulante, pero que no sabían si el día 5 de noviembre, a las once de la noche, andaba por allí, como él aseguraba. Luego, como siempre que no volvía a casa, se fue a dormir al coche, añadió. Era su coartada. Tuvo que esperar seis años para que el ADN la confirmara. «Todos los lugares son buenos, para pasar de largo, forastero».

Hoy, Martín me lleva a Gerona.

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Abandonar

La etimología de abandonar remite a la proscripción. De origen germano, y pasada a través del francés, la puesta en bando sobrevenía a quien, durante la Edad Media, escapaba a la acción ordinaria de la justicia: el bando, tras un período en el que el proscrito podía presentarse él mismo para afrontar su deuda, autorizaba a cualquiera que se cruzara con el bandido a quitarle la vida. La ley, allí donde no llegaba con su brazo, se ponía en manos de cualquiera que pudiera ejecutar el castigo. La venganza pública tenía que ejercerse individualmente. Los abandonados quedaban expulsados del espacio de la ley y la comunidad y, en consecuencia, de su protección y de sus derechos, en aras de la eficacia. La condena era ya el anuncio.

*** 

La detención de Abderrazak Mounib levantó  un cierto revuelo en el barrio de Sant Pere, en Barcelona. Taïbi, vendedor ambulante y gran amigo de Mounib,  reunió a unas veinte  personas para acompañar a la familia. Al día siguiente, y junto con la mujer de Mounib, se acercaron hasta los juzgados, que están a menos de cinco minutos de la calle Metges, donde el 14 de noviembre de 1991 Mounib, acompañado de Ahmed Tommouhi,  iba a pasar la primera rueda de reconocimiento.

Taïbi había avisado también a Santi, su abogado. Sin saber muy bien de qué le acusaban todavía, Taïbi quería que un abogado de confianza se hiciera con el caso. El abogado estuvo en los juzgados, pero no quiso defenderlo. Sus razones personales tienen un interés colectivo, pues señalan tres constantes que han marcado este asunto: la prueba diabólica, la gravedad de los delitos junto con la espectacularidad de las acusaciones, y la carga de trabajo que conllevaba el caso. ¿Quién se hubiera hecho cargo de un marrón así?

******

Ni Taïbi ni ninguno de sus compatriotas fueron a ver a Mounib a la cárcel entonces. No asistieron a los juicios. No volvieron a verlo hasta que, cuatro años después, supieron que un equipo de la Guardia Civil defendía su inocencia.

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Presentación oficial

El penúltimo párrafo del lunes se abría así: «El jueves 14 de noviembre, sobre las ocho de la tarde, Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi se conocerían por fin. En la primera rueda de reconocimiento que pasaron juntos.»

Confieso que lo escribí temiendo que fuera una brutalidad. El inconveniente de llevar dos años investigando, para este género que estamos construyendo aquí, es que manejo información que tengo que ir dosificando: no por el suspense, sino sencillamente porque no se puede vomitar todo durante el primer mes, para luego  seguir, ustedes y yo, más o menos de la mano. Contarlo todo siempre es el secreto no sólo del aburrimiento, sino también de la desinformación (por cierto, quizá esto sirva no sólo para este blog, sino también para el flujo continuo de información al que nos exponemos diariamente, y que oculta más que muestra). No se entendería nada.

Pero la conciencia del paso del tiempo histeriza: y el lunes no me pude aguantar.

Era una brutalidad porque faltaba al primer mandamiento de este reportaje abierto: nunca dejarás al lector rumiando su quimera: «¿y esto, cómo lo sabe?» [Y más cuando se trata del nudo de todo este asunto: porque Tommouhi y Mounib fueron condenados como co-autores en dos casos].

Escribí que no se conocían antes porque, 16 años después, nadie ha demostrado lo contrario. Alejo Noe, hoy fallecido y Juan Manuel Pérez, ambos del Equipo de Policía Judicial de Martorell entonces, se ocuparon a finales de 1992 en investigar qué relaciones tenían, antes de ser detenidos, los dos marroquíes. Pérez me contó cómo batieron los barrios donde residía cada uno, comprobaron sus rutinas de trabajo, mostraron fotografías de uno a los vecinos del otro, y viceversa. Su informe, elevado a la Sección Quinta de la Audiencia de Barcelona y admitido como prueba en la vista oral, concluyó:

«No se ha podido determinar ningún tipo de relación entre ambos». Yo mismo he hablado con decenas de personas del entorno de cada uno. Nadie conocía al otro antes de aquel día. Y es verdad que los agentes, en su informe y como queriéndose lavar las manos, pero con agua hirviendo que cayera sobre los dos pollos que iban a desplumar en la Audiencia (sentencia desmentida luego por el ADN), añadieron esta coletilla:

«Si en otros lugares se han reunido (…) hasta la fecha se desconoce»: Puro vaho. ¿Es que acaso se podría llegar a conocer en alguna fecha los lugares de reunión, cuando esa reunión no ha existido ? Rafael Sánchez Ferlosio explica en algún sitio (¿quién me recuerda dónde?), que demostrar lo negativo es ontológicamente imposible: que sólo se puede demostrar que SÍ ha ocurrido tal cosa, pero nunca que esa misma cosa NO ha ocurrido. De hecho, añade: demostraré que no estaba en el lugar del crimen, en París, si consigo demostrar que a esa hora estaba en Londres, o en Jonolulú.

La fuerza notarial de un inventario reside en que en algún armario están las cosas que  el acta relaciona: así también para nuestro método. Ahora ya saben ustedes qué había debajo de esa frase: este informe completo, y pueden así intentar, además, desmentirla.

Los resultados de esa rueda de reconocimiento, sin embargo, es inútil sacarlos aquí ahora. El enredo es tal, que no sacaríamos nada en claro. Cuando entremos a tirar del hilo de cada caso en particular, empezaremos por ahí: qué declararon las víctimas al reconocerlos. No es que unas víctimas dijeran que no estaban seguras y otras que sí: es que había víctimas que afirmaban «sin ningún género de dudas» lo contrario de lo que otras, con la misma firmeza, aseguraban , con lo que Abderrazak Mounib, por ejemplo, era y no era el violador al mismo tiempo: tanto para los hechos en general, como para uno de los dos casos de Vilafranca (de los que no hemos hablado aquí todavía) en particular. En ese caso, la juez resolvió procesarlo porque en la misma rueda, aunque la chica señalaba a otro como el violador, el novio de la chica  señalaba a Abderrazak Mounib.

Lo más importante de ese día fue la impugnación de la rueda que Pere Ramells, abogado de oficio de Tommouhi, produjo.

Tommouhi era el único que no tenía bigote y era de complexión gruesa. El juez consideró que eso no alteraba la relación seguridad-certeza de las víctimas, y continuó. N., una de las chicas de Cornellà, sin embargo, se expresó así en la vista del juicio oral:

«Que los demás detenidos de la rueda eran de características diferentes«. Gracias a Estupefacto, que nos dejó aquí el artículo 369 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que se refiere a este aspecto, tenemos una cita casi frontal entre lo que marca la ley y lo que por las propias víctimas sabemos. La persona que ha de ser reconcida, dice la Ley, tiene que ser mostrado

«con otras de circunstancias exteriores semejantes»

«Los demás detenidos de la rueda eran de características diferentes»., dijo N.

Mañana veremos qué contaron los periódicos de todo esto.

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Segunda detención

La liebre había saltado en casa del novio de la víctima de La Bisbal, a las nueve de la noche del lunes 11 de noviembre. La chica y su novio señalaron la foto de Abderrazak Mounib: «pero sin bigote«, concretaron. El día siguiente se oficializaron los reconocimientos: se encartó la foto de Mounib de 1987 entre los delincuentes de los álbumes oficiales y el resto de víctimas que lo habían señalado sobre un folio entre otros dos sospechosos, firmaron sobre actas que hablaban de centenares de reseñados. El miércoles 13, pasado el mediodía, la Guardia Civil se presentó en su piso de Barcelona.

La mujer de Abderrazak abrió la puerta. Su marido no estaba, pero sabía que había bajado al bar de la plaza. El Bar Joanet está cerca. Los agentes, que esperaban encontrarse a un violador múltiple y posiblemente armado, llegaron y lo encañonaron. Abderrazak llevaba una riñonera con una pulsera, al parecer de oro, y un cordón también dorado. Los agentes se la requisaron  por si pertenecía a alguna víctima. Le quitaron también el anillo de oro que llevaba en un dedo.

Hoy sabemos que nada pertenecía a ninguna víctima. Como Tommouhi, Mounib no tenía ni joyas, ni documentación de las víctimas, ni ninguna de las armas ni vehículos utilizados, ni medias ni guantes parecidos a los usados.

A las 13,35 pasó este reconocimiento médico. El capitán Morales Arrizabalaga, de la Jefatura de Sanidad de la Guardia Civil, constató que no tenía «ningún signo externo de violencia». Al día siguiente G., una de las chicas de Cornellà, que después de tres ruedas señalaría a Ahmed Tommouhi como uno de los violadores, añadiría en su declaración: «Que [le]golpeó con una porra en el ojo al que no reconoció, y que no han detenido, ya que si lo hubiera visto lo hubiera reconocido sin ninguna duda». Al que no reconoció era Abderrazak. (Esta expresión: «al que no reconoció, y que no han detenido» es un diamante en bruto, una flor rarísima: la releo con miedo de que se rompa)

El Bar Joanet sigue abierto. Voy a desayunar un día sí y otro no. El propietario de entonces ha fallecido. Ahora lo atienden su yerno Joan y, creo, su hija, que va y viene de la cocina a la barra. La suegra de Joan, con gafas y la media melena rubia recogida, sentada en una mesa del fondo, le pide que me diga que no recuerda nada. Bueno, sí, corrige: «que yo no vi que sacaran pistolas». Desde entonces, creo que me mira como a una sorpresa extraña.

El jueves 14 de noviembre, sobre las ocho de la tarde, Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi se conocerían por fin. En la primera rueda de reconocimiento que pasaron juntos. Nunca he entendido cómo, sin parecerse físicamente entre ellos,  pudieron compartir rueda. Un día de estos voy a preguntárselo al juez. 

Postscriptum: Por cierto, el día que lo detuvieron, esto es, unas 60 horas después de los hechos de La Bisbal, Abderrazak tenía este bigote:

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Paseo de reconocimiento

El 13 de noviembre de 1991 fue el segundo día de ruedas  de reconocimiento para Ahmed Tommouhi y Mostafa Z. El juzgado número dos de Terrassa está al final de un pasillo. En ese pasillo, de alargados bancos de madera, se reúnen 17 víctimas, entre chicas y acompañantes, de las tres provincias donde se han producido hechos similares: Barcelona, Girona y Tarragona. Las acompañan algunos guardias civiles de los diferentes puestos donde habían ocurrido los hechos.

No están las víctimas que pasaron por la rueda del día 12. Pero es, sobre todo, el día del paseo. Reyes Benítez, que estaba entre los agentes acompañantes, en ese pasillo, lo resumió así en la Cadena  Ser:

Juan Manuel  Pérez, compañero de Reyes en la policía judicial de Martorell, estaba tambiéne en ese pasillo. Lo entrevisté en enero de 2006, en San Andrés de la Barca, y coincidió con Reyes: lo pasaron en las dos direcciones.  El sonido, que en la cinta donde lo grabé es todavía comprensible, al digitalizarlo caseramente, se oye sobre todo el aire arañando los altavoces:

Junto a Tommouhi iba Mostafa Z., al que habían detenido también en la pensión. Tommouhi es el cuarto empezando por la izquierda, Z. el segundo. Hay cinco hombres en total. El balance de las ruedas de reconocimiento quedó así:

Nadie señaló a Mostafa Z.

A Tommouhi: 7 víctimas no lo señalaron; 5, firmaron que parecía o podía ser; y 5 afirmaron «reconocerlo». Entre estas cincos, se cuenta M., la víctima de Olessa que años después el ADN demostró científicamente que se había equivocado al señalarlo. He escrito «firmaron», porque entre las que dudaban estaban E., la víctima de Gavà y su novio, quienes el día del juicio oral sostuvieron que nunca habían dicho que fuera Tommouhi, sino que era el que más se le parecía. Ese caso arrojó la única sentencia absolutoria a favor de Ahmed.

A las ruedas del día siguiente, ya celebradas en Barcelona, viajó sólo Tommouhi. Allí tenía nuevo compañero: sobre las 14,30 de este mismo día 13, la Guardia Civil había detenido en la terraza del Bar Joanet, a tiro de piedra del Arco del Triunfo, a Abderrazak Mounib, que estaba tomando un cortado. Ahora era él el presunto autor de los mismos hechos por los que, dos días antes, habían detenido a Mostafa Z.

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Una foto de 1987

Abderrazak Mounib no recordaba, al declarar como acusado por varias violaciones y robos, en 1991, por qué lo habían detenido en Sentmenat en abril de 1987.  Las fotos de la ficha policial que registró esa detención, sin embargo, están en el origen de su detención cuatro años después y de su condena.

Tanto en Tarragona como en Barcelona se mostraron fotografías de ciudadanos árabes a las víctimas, árabes detenidos durante el verano en Salou,  árabes reseñados en esta otra comisaría, o el álbum oficial de este puesto. Pero sin consecuencias. El 11 de noviembre del 91 por la mañana –ya hemos visto el fax de la Policía Nacional que coordinaba a las comisarías de Barcelona– la Guardia Civil no tiene ningún sospechoso. Tiene estas fotos.

Las fotos se hicieron llegar a las diferentes comandancias, y de ahí a los cuarteles donde habían ocurrido los hechos, para que fueran mostradas a las víctimas. La detención de 1987 nada tenía que ver con agresiones sexuales: así lo indica el que en la casilla de los motivos se lea «actos deshonestos». Actos, que no «abusos», como escribirá muy pronto este instructor de la policía judicial, transformando una desinhibida bajada de pantalones en un bar –eso me cuentan que fue lo que ocurrió, pero tómalo con precaución–, en una metida de mano, por decirlo rápido.  Una diferencia entre acto y abuso  es que en el abuso hay alguien que sufre los abusos, mientras que en los actos deshonestos, normalmente sólo se ofenden los guardianes de la moral, o  los dueños de los bares, ciertamente.

Esas fotos se mostraron a distintas víctimas, y algunas de ellas, las menos, las señalaron. No les voy a volver locos ahora, porque tiempo tendremos de volver sobre este punto. Pero esas fotos fueron encartadas en los álbumes, después de que las víctimas la señalaran sobre un folio con otras dos tiras más. Un folio con las caras de tres detenidos. Una vez encartadas, se les volvieron a mostrar (esto es sólo un voto de confianza), y se les invitó a firmar sobre las actas: es falso, por tanto, que las víctimas señalaran esas fotografías entre otras 500, o con el número 91, como escribe el mismo que transformó los «actos» en «abusos». Falso, por más que lo pretendan las actas.

Es falso porque así lo explicaron las mismas víctimas. Esta de Tarragona, por ejemplo, que admitió «que el álbum sólo contenía  cinco ó seis fotografías» (las tres de la hoja de Mounib, más las de la hoja del otro sospechoso):

 

Y es falso porque esa foto no podía, sencillamente, estar en los álbumes de, por ejemplo, Tarragona: Mounib había sido detenido por el puesto de Castellar del Vallès, Barcelona, y los álbumes de esa época eran provinciales, así que no podía figurar en el de Tarragona, provincia y comandancia distinta. Por supuesto, tampoco estaba en los álbumes de Barcelona.

Esas fotos, después de mucho rastrear archivos y cuarteles, y por más álbumes de centenares de fotos con que luego la abrigaran -y cifras tan redondas como 500 no tendrían que haber, sino levantado sospechas- se distribuyern así: en este folio.

Pronto sabré –espero– por qué fue detenido Abderrazak Mounib en 1987. Mientras tanto, ya sabemos que si hubiera pedido que destruyeran su ficha, porque estaba en su derecho, al menos estas fotos no serían una excusa para su ruina.

Dos días después fueron a buscarlo a su casa.

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Ruleta de reconocimiento

Ahmed Tommouhi y Mostafa Z. pasaron a disposición judicial el  12 de noviembre por la mañana. La Policía Nacional de Terrassa se ocupaba del robo con violencia contra Y y su novio., lo que llamo el caso Terrassa, así que ambos acudieron al juzgado número dos de la ciudad. Las víctimas de Cornellà, el otro caso que instruía  la policía nacional (el resto eran demarcaciones de la Guardia Civil), también fueron avisadas y trasladadas a la primera rueda del martes 12.

La primera intención de la policía, sin embargo, había sido montar en la comisaría una rueda la misma noche de la detención. Avisaron a Y, que se presentó, pero finalmente no encontraron a «árabes de características físicas similares a las de los detenidos», según diligencias. Faltaban cebos para acompañar a Tommouhi y su compatriota.

La primera rueda se montó finalmente el martes por la mañana. Muchos creíamos que  en esa primera rueda a los acusados los pasearon esposados por delante de las víctimas antes de entrar al despacho del juez, y que enseguida los pasaron de nuevo  –el juez llevándose las manos a la cabeza, metafóricamente al menos– para devolverlos a los calabozos. No. Ese paseo existió, pero no hoy, y aquí lo contaré mañana.

(Es una de las virtudes que he descubierto en el link: no sólo permite al lector acceder a la fuente, o al documento, y contrastarlo con lo que cuenta el periodista. También, y sobre todo, enseña al periodista a desconfiar de sí mismo. Fechas, detalles, matices que he repetido erróneamente durante dos años, no pasan la criba del link. La exhibición de las cosas obliga a medir las palabras. Incluso algunos textos del principio de este blog, que tenía escritos de antemano, tuve que corregirlos el día que me puse a volcarlos y a usar esta herramienta. No es que sea infalible, y ahí está la «fe de erratas» para probarlo, pero desde luego es mucho más implacable.)

Hoy tenemos a cuatro víctimas: Y., su novio, y las dos menores de Cornellà. En una sala cinco hombres, pegados a la pared. En una anexa, el juez, el secretario, los abogados, y las chicas, que van entrando de una en una. Un cristal ahumado separa la sala de exposiciones de la de mandos, por así decir. Entre los expuestos, que no ven a quienes les miran, están Zaidani y Tommouhi, y 4 árabes más.

N., víctima de Cornellà, entra, mira y señala. El acta recoge:

«Que puede ser el 5º por la izquierda y en los demás no los reconoce».

El 5º por la izquierda es Ahmed Tommouhi. El «puede ser», sin embargo, puede que sea insuficiente. El juez repite la rueda.  Pero los cambian de orden. N, por segunda vez:

«Que reconoce al segundo empezando por la izquierda y a ninguno más».

El segundo vuelve a ser Ahmed Tommouhi.

G., la otra víctima de Cornellà, entra por primera vez, y recoge el acta:

«Que puede ser el 1º por la izquierda, no reconociendo a nadie más».

El primero, han cambiado el orden, es Ahmed Tommouhi.  Es, otra vez, un «puede ser».  Se repite la rueda. G., a la segunda:

«Que reconoce al 2º por la izquierda y a ninguno más»

El segundo vuelve a ser Tommouhi.

La chica de Terrassa, Y., pasó por la sala de identificaciones. Aunque sólo he encontrado un acta. Es extraño, porque el suyo tampoco es un reconocimiento con seguridad. Ahora hay un cebo más: siete hombres en total. El acta dice así:

«Que cree que uno de los imputados es el 5º empezando por la izquierda y que el 3º le parece que puede ser el que pegó a su novio».

El que sí mostró seguridad en el reconocimiento fue el novio de Y, M.V.:

«Que reconoce al 3º por la izquierda con toda rotundidad y además fue el que le apuntó

Por alguna razón que se me escapa todavía, las chicas de Cornellà repitieron rueda esa mañana, mientras que Y. y M.V. volvieron diez días más tarde para lo mismo.  

El resultado de todo esto fue que el juez

ordenó la práctica de las gestiones oportunas para recabar cuantas denuncias existieran sobre hechos de similares características, bien por las señas físicas de los individuos, o por el «modus operandi», donde hubieran podido tener participación los dos detenidos.

Al día siguiente, hubo nuevas ruedas: Entre chicas y acompañantes, diecisiete víctimas estuvieron el miércoles 13 en los Juzgados de Terrassa. Mañana sí que hablaremos del paseo.

Me voy corriendo a Martorell.

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La dueña de la pensión no es Funes

No sólo el nuestro de ayer.  Ninguno de los policías que detuvieron a Tommouhi y Zaidani en la pensión Agut de Terrassa preguntaron a la dueña de la pensión dónde estaban ambos marroquíes «el día de autos, es decir el día de la violación«.

«La violación» sobre la que le preguntaban en la vista oral del juicio de Tarragona, a finales de 1994, era las dos violaciones de La Secuita y la doble de La Bisbal,  ocurridas entre las 22:30 del día 9 y las 2:00 del 10 de noviembre del 91. Ese día había entrado Tommouhi en la pensión de Terrassa, y según él, a esa hora estaba en su habitación. No sé, todavía, si la defensa de Tommouhi, o el fiscal, o el propio tribunal, le preguntaron eso mismo a la dueña de la pensión el día del juicio. ¿A qué hora vio usted por última vez al señor Tommouhi esa noche?  Y «no sé» quiere decir que no tengo esa parte del acta oral donde debería estar recogido. La pregunta y la respuesta. Sé lo que me han contado, pero es demasiado vago todavía.

Así que en abril pasado me planté yo mismo en la pensión. En la antigua pensión, porque hoy ya es sólo la vivienda habitual de su dueña (¿tiene marido, hijos?). Me perdonarán que no les hable aquí del lugar, pero es que no encuentro las notas que tomé aquel día, y describir de cabeza y en frío se me da mal. Muy mal. Vida es olvido.

Como muchas veces, tiré de amigos. Ellos tienen coche y saben conducir, y siempre están dispuestos a comer fuera de casa. Comimos en Bellaterra: Más que un pueblo, digamos que es una carretera, un jardín y una farmacia. Del nombre del restaurante no me acuerdo, pero sí de cómo lo imaginábamos: seguro que Cambó y sus colegas reuniría a la ejecutiva de la Lliga aquí, soltó alguno.

Luego fuimos a Terrassa. A un bar que, con luminoso amarillo, seguro se llamaba «Oasis». Tomamos café. Los dejé pidiendo el pacharán, salí a la calle, subí la cuesta y atravesé el pasaje Agut. Frente a la puerta, tomé las notas que no encuentro. Y toqué al timbre. A través del interfono, hablamos:

«La pensión cerró y ya está». […] Insití. Quería saber si al menos se lo habían preguntado alguna vez: «si me vuelves a molestar, nos veremos en otro lado», terminó.

La mujer, dieciséis años después, no recordaba nada.

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Primera detención

El lunes 11 de noviembre, además del fax con las descripciones de los presuntos violadores, en la comisaría de Terrassa entró la ficha de registro de la pensión Agut. Lo habitual es que los hosteleros entreguen las fichas cada mañana: esta vez era lunes, y la dueña de la pensión entregaba las del fin de semana. Los nuevos huéspedes registrados eran dos marroquíes: Ahmed Tommouhi, desde el sábado, y Abdeslam Hammani, desde esa misma mañana del lunes, día 11. 

La coincidencia fue tan sofisticada como explicó uno de los policías el día del juicio oral en la Audiencia de Tarragona: 

“Que detuvieron al señor Ahmed Tommouch en Terrassa, a causa de la llegada [de] un telex (…) y en ese momento llegó una señora de una pensión [con los] datos de un marroquí, que coincidían con los datos del telex, por lo que se fueron a la Pensión y al ver a los [ocupa]ntes de la vivienda, (…) [los] detuvieron y se los llevaron a Comisaría, y allí [lo] puso en contacto con el Juzgado de Guardia y este ordenó [la de]tención.” 

El mismo agente explicó también que 

“el parecido de las características del telex, con los huéspedes de la pensión eran grandes, sobre todo con el de 40 años aproximadamente. Que en el telex se decía que uno de los autores tenía grandes entradas.” 

En efecto, Ahmed Tommouhi tenía 40 años y grandes entradas. Cuando volvió a la pensión, andando desde la obra en la que trabajaba, encontró a la  policía en la pensión, junto a uno de sus compañeros de habitación, Mostafa Zaidani, recién duchado. Este último vivía en la pensión desde hacía un mes. Nada tenía que ver con el Hammani de la ficha de registro. Pero era marroquí y tenía bigote. La policía se llevó a los dos detenidos. 

La conversación entre la Policía y la dueña de la pensión debió ser escueta. El policía admitió el día del juicio de Tarragona “que no preguntó a la dueña de la Pensión donde estaban los árabes el día de autos, es decir el día de la violación”.  

A la mañana siguiente, ambos pasaron la primera rueda de reconocimiento. Hasta dos días después no sería detenido Abderrazak Mounib, a quien finalmente algunas de las víctimas señalaron, junto a Tommouhi, como el otro violador del otoño de 1991.

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El fax

Es lunes, 11 de noviembre de 1991. Ni la policía nacional ni la guardia civil tienen a ningún sospechoso. La última violación de la serie de la que luego serían acusados y en algunos casos condenados Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib había ocurrido en La Bisbal,  la madrugada del sábado al domingo. La policía nacional empieza a coordinar sus actuaciones.  Este escrito, pasado por fax a todas  las comisarías de Barcelona a las 15,40 horas de la tarde de ese lunes, es uno de los dos cables que llevó a la detención de Ahmed Tommouhi.  

El texto –todo en mayúsculas—resume, aunque con imprecisiones, los hechos objeto de la investigación. Añade las descripciones de los presuntos autores, basadas sobre todo en los testimonios de Cornellà, y fija la atención en el Renault 5 empleado en las últimas agresiones. Entre corchetes van algunas precisiones mías. Dice así: 

 “Entre las 20h y las 22h. del día siete de los corrientes, G y N, ambas domiciliadas en Cornellà de Ll., han sido víctimas de violación por parte de dos individuos de raza marroquí o similar [no sabemos a qué similitud se refiere exactamente, pero en todo caso G. había declarado que eran “gitano” o de “aspecto agitanado”] que utilizaban un vehículo de marca Renault-5 color gris plateado, matrícula B-7661-FW. (Est)a matrícula es falsa, correspondiendo a un turismo Seat 131. El mismo vehículo y los mismos autores, en la noche del 9 al 10, (ta)mbién del presente mes realizaron sendas [exactamente dos violaciones en La Secuita y  una violación doble en La Bisbal]  violaciones en  Tarragona y La Bisbal. 

 Los mismos individuos son presuntos autores de múltiples violaciones (en) distintas poblaciones de la provincia de Barcelona, entre los días 31-10-91 y el actual, utilizando siempre vehículos de tamaño pequeño de distintas marcas y con diferentes matrículas –sopechamos que siempre falsas–.  

Siempre llevan consigo una pistola, un bate de béisbol y una porra (co)mo la utilizada por la policía, causando siempre lesiones a las víctimas.  

Los autores son:  

1)     de 40-45 años de edad, 1,65 a 1,70 m. de estatura, complexión normal, (…) puede que algo obeso, pelo castaño oscuro –puede tener entradas manifiestas–, liso y corto, ojos achinados, pequeños, color marrón (o)scuro, habla español con acento. 

 2)     De 20-25 años de edad, de 1,70-1,73 de estatura, complexión normal, pelo negro, liso y corto, cara redonda –al  igual que el anterior–,  cicatrices en la cara de haber sufrido la viruela o similar, ojos pequeños, cejijunto y pobladas, no habla español, al parecer   

Ambos son morenos si bien el joven lo es en particular. 

 Interesa 

 La detención de dichos individuos, y de ser habido [sic] el vehículo sin los ocupantes, realizar la espera, dando inmediata cuenta  a esta comisaría –Grupo P. Judicial–. 

El vehículo puede llevar un golpe en su parte delantera izquiera, a la altura del faro.”  

Hasta aquí el fax.   

Entre las comisarías que lo recibieron estuvo la de Terrassa, que en 1991 tenía 158.063  habitantes, según el INE. Ahmed Tommouhi, un marroquí que había llegado a esa ciudad una semana antes para trabajar como albañil, vivía en una habitación de la pensión Agut, en el pasaje del mismo nombre, desde hacía dos días.  Desde el sábado 9 de noviembre por la tarde. Tenía 40 años.  El lunes por la noche durmió en comisaría.  

Filed under: La pistola humeante

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