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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Dos falsos policías (y VI)

Aviso sobre lo publicado 

6.- El Caso de Tarragona II:  La Bisbal

Los asaltantes debieron continuar viaje, según la reconstrucción policial, por carreteras secundarias hasta enlazar con la C-246, una carretera comarcal que une Valls y El Vendrell, todavía en la provincia de Tarragona. Luego se desviaron por la carretera de Santa Oliva, que va de La Bisbal del Penedès a Llorens. Poco antes del puente de la autopista que cruza esa carretera, rebasaron un camino de tierra que salía a mano derecha: al fondo se podía entrever el chasis de un vehículo. Era el Citroën CX del padre de O, que junto a su novio habían aparcado pocos minutos antes en esa pista sin asfaltar, a unos cinco metros de la carretera, y habían apagado las luces. Sobre la una y cuarto de esa madrugada de domingo, el chico se fijó en un coche que circulando por la carretera de Santa Oliva, en dirección a Llorens, se detuvo apenas rebasado el cruce del camino, dio marcha atrás y entró en la pista donde estaban ellos aparcados. Era un Renault 5 de color claro que se detuvo, sin apagar las luces y bloqueando la salida. La pareja se extrañó. Cuando se quisieron dar cuenta, había dos hombres, con la cara tapada con una media, asomados a la ventana del copiloto. Dos hombres armados con un revólver, una barra de hierro y un palo de madera que encañonándolos y alumbrándoles a la cara con una linterna –“para no ser reconocidos”, según O— les pedían que abrieran el coche. Ellos se negaron. Uno de los asaltantes golpeó entonces el vehículo con la barra de hierro y JC, el chico, bajó un poco la ventanilla y les dio el dinero que tenía, unas mil pesetas. No dejaron de amenazarlos y exigirles que salieran del vehículo hasta que JC entreabrió su puerta, permaneciendo sentado. Los dos hombres lo sacaron y lo tiraron al suelo. Medirían uno setenta, eran robustos y tenían la voz ronca, según JC. Bocabajo, le quitaron el cinturón y le ataron las manos a la espalda. O, que seguía en su asiento, aprovechó para quitarse el reloj y los anillos que le dio tiempo y esconderlos dentro del coche. Le quitaron lo que le quedaba a la vista: un anillo con  un sello de oro, uno de aro de comunión, como una alianza, y otro con un perla blanca y con puntas; y dos cadenas de oro: una de ellas con un escapulario y una cruz. En el escapulario se podía ver la Vírgen de Montserrat por una cara, y el Sagrado Corazón por la otra. En la cruz las iniciales y la fecha de nacimiento de su novio grabadas. JC tenía veintitrés años. O, veintiuno. El más tranquilo de los asaltantes, que a JC le pareció el cabecilla, se metió en el coche y con la mano derecha le volvió a O la cara hacia el cristal. Arrancó y movió el coche unos veinticinco o treinta metros más arriba, alejándose del cruce y del Renault 5 en el que habían llegado. El otro arrastró del cuello a JC hasta llegar de nuevo a la altura del Citroën. Otra vez  bocabajo sobre el suelo, le ataron también los pies con una camiseta y le taparon la cara con su propio jersey. Lo registraron varias veces buscando dinero, pero ya solo le quitaron un reloj Racer con cronómetro. A partir de ahí, JC no veía nada pero sí oía lo que sucedía a su alrededor: por el ruido pensó que era un coche de poca cilindrada. El más tranquilo se volvió a meter en el coche con la chica. Hablaba bastante bien castellano. La chica le preguntó si era marroquí. “Sí”, le respondió, y añadió que hablaban en “saja”. O todavía “consiguió hablar un poco [con él] y [éste] le dijo que llevaban tres o cuatro años en España”. El otro permaneció fuera con su novio golpeándole, no fuerte, pero sí continuamente, dándole patadas y pegándole con la barra. No fueron más de cuatro o cinco minutos, el tiempo que tardó en salir su cómplice del vehículo para relevarlo en su puesto. El segundo que entró, más nervioso y que apenas hablaba, estuvo más tiempo dentro, como unos ocho minutos. La “estuvo besando repetidamente”, por lo que O sostuvo siempre que no tenía bigote. La chica no opuso resistencia por miedo a que le hicieran algo a su novio, por lo que ni ella ni su ropa tenían signos de violencia física, según el parte médico. Para ella, ambos eran de uno sesenta aproximadamente de altos, con voz ronca, pelo corto, oscuro, complexión fuerte, de entre treinta y treinta y cinco años, y llevaban cazadoras de piel. Uno de ellos tenía las faces de la cara muy resaltadas. Cuando terminaron, arrancaron el Renault 5 y después de una maniobra brusca salieron a la carretera, “probablemente”  patinando ruedas, dijo JC. O llegó a ver  tuvo la T de la provincia de Tarragona en la matrícula. (Según averiguó la policía, los asaltantes debieron sustraer esa placa de un turismo rojo –a juzgar por el estado reciente de los remaches—que de camino habían encontrado junto a la cuneta y la sustituyeron por la B-7661-FW que habían lucido en los dos asaltos anteriores y en Cornellà.) Al notar el chico que cuando gritaba ya no le pegaban, se quitó el jersey que le cubría la cabeza y vio que no se habían llevado a su novia. JC se desató las manos lo más rápidamente que pudo y, con los pies atados todavía, se reunió con su novia. Entre ambos terminaron de deshacer los nudos de los pies del chico. A su pregunta, ella le respondió que la habían violado los dos. “Decidimos que ella se quedara en el lugar de los hechos y yo me fui a buscar ayuda a casa de unos familiares, en La Bisbal del Penedés.”, declaró JC. Luego volvieron a recogerla a ella, y se fueron a la Policlínica del Vendrell para ser atendidos y luego a la Guardia Civil para denunciar los hechos. JC volvió dos días después a declarar y, entre otras cosas, añadió: “Que entre ellos hablaban en árabe. Que no puede identificar el dialecto, [pero] que desde luego era árabe y que lo conoce porque lleva diez meses en Melilla haciendo el servicio militar”.

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Álex

Álex es uno de los chicos agredidos en La Secuita, donde dos menores fueron violadas y sus cuatro amigos, golpeados y maniatados, como se leía aquí ayer. Aquí relata los hechos según los recordaba 14 años después de que ocurrieran: la entrevista se realizó en Tarragona, en diciembre de 2005:

 

Los silencios tapan los nombres de los menores: sólo se oye el nombre de César, que ni era menor, ni tuvo nada que ver con lo sucedido. Es sólo un vecino del pueblo.  Y se oyen dos voces femeninas: una que pregunta, la de Mónica C. Belaza, mi compañera de Máster y reportaje de entonces, y una que ayuda a Álex a recordar la edad que tenía en noviembre de 1991. «Quince» años, apunta. Es su novia

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Dos falsos policías (V)

Aviso sobre lo publicado:  

5.- El Caso de Tarragona I (La Secuita) 

A unos veinticinco kilómetros de Salou está La Secuita.  Desde Tarragona se tarda un cuarto de hora por la carretera de Perafort, una calzada estrecha que se hunde en una rotonda antes de girar a la derecha y empinarse los dos kilómetros finales serpenteando por una cuesta suave hasta el pueblo: un puñadito de casas blancas horadado por las ventanas y una pequeña iglesia románica, sobre una falda de cultivos, almendros y avellanos. La Secuita. A mitad de ese último tramo de subida y a mano izquierda, a la carretera le sale un brazo estrecho y de tierra, un caminito que se mete en un pinar frondoso y rectangular que queda en un recodo. El caminito desemboca en el viejo campo de fútbol del equipo local. Hoy está abandonado. La pared de la única grada lateral está cuarteada por la maleza que, reventándola, asoma; la pintura de los anuncios de empresas locales está descolorida; la cancha, enredada de matojos, y la basura, amontonada de escombros, litronas de cerveza, material de obra y plásticos. Sólo los esqueletos de las porterías mantienen y dibujan el antiguo orden rectangular que imprimía su forma hasta  en el pinar. En 1991, tampoco servía ya de sede para los partidos del Club de Fútbol La Secuita, descolgado de todas las competiciones oficiales. Entonces tenía dos usos principales. Durante el día, los chicos del pueblo iban allí a jugar al fútbol. Por la noche no era raro, sobre todo los fines de semanas, que sirviera para que los chicos y chicas, mejor si en parejas, se buscaran y charlaran a oscuras. A eso fueron A y L, dos quinceañeros del pueblo, con S y R, de quince y catorce años respectivamente, amigas y vecinas de la misma manzana en Barcelona que pasaban el fin de semana en sus casas en La Secuita, la noche del sábado 9 de noviembre. Llegaron en moto desde casa de S., donde las dos chicas habían cenado juntas. De camino habían comprado dos paquetes de tabaco en el bar del centro del pueblo. Aparcaron las motos y se sentaron junto a la portería más alejada de la entrada, al fondo del pinar. Eran alrededor de las once de la noche cuando vieron llegar un coche que se acercó, más o menos,  hasta la mitad del campo, según A recuerda todavía. Las luces largas que traían puestas los deslumbraban. Era un Renault 5 Saga (*) gris metalizado del que bajaron dos hombres armados con un palo de madera, como un bate, y un revólver y dándoles el alto. “Policía”, dice A que gritaron. A veía el perfil de los dos hombres recortados por un hilo de luz contra la oscuridad. Volvieron a dejar el revólver en el coche y les pidieron la documentación (**). Los chicos se habían dado cuenta de que no eran policías cuando los asaltantes empezaron a golpearles con el palo, gritándoles que se tiraran al suelo, bocabajo (***). Les ataron las manos a la espalda y les quitaron las carteras. A las chicas les taparon además los ojos: a S con su propio jersey y a R con un pañuelo, aunque esta última podía ver. Metieron a los cuatro en el asiento trasero. Por el camino de la entrada apareció una luz redonda. Eran J y O, dos amigos del pueblo de A y L, que llegaban en moto. Al ver el Renault 5 lo primero que pensaron fue que era el del Tete, un amigo común de La Secuita, y aparcaron la moto delante del coche. Les llamó la atención que en la aleta frontal tenía un golpe, junto al faro izquierdo. El cristal estaba roto, no así la bombilla, que seguía encendida. Ni J ni O supieron muy bien de donde habían salido los dos hombres que se les plantaron delante, aunque declararon que pensaban que debía haber sido de dentro del coche. Los golpearon y les ataron las manos con la bufanda azul marino y rayas blancas que J llevaba puesta. Los metieron a los dos en el maletero, pero como la puerta no cerraba del todo, desataron a O, lo sacaron y lo metieron delante, a los pies del copiloto. O contó luego que cuando le pusieron la pistola en la nuca sintió que era metálica, y que creía que era de verdad, sin llegar a precisar si tenía el agujero del cañón obstruido o no. Arrancaron, los ocho dentro del Renault 5, salieron por la otra salida que el campo tenía y cogieron de nuevo la carretera, dirección La Secuita. Enseguida se desviaron metiéndose por el camino que lleva al Mas del Hereguet. Circularon unos 50 metros más y detuvieron el vehículo. No habrían andado un  kilómetro desde el campo de fútbol hasta el campo de avellanos donde pararon. Los asaltantes sacaron a los seis chavales del vehículo. Ataron a los cuatro chicos detrás del coche, tumbados sobre el suelo, bocabajo y pierna con pierna: para A y L emplearon las gomas de la bandeja que cubría el maletero; para J y a O, los jirones de una camiseta interior de tirantes blanca, marca San Telmo. Los agresores hablaban entre ellos: Uno le pedía al otro que tuviera cuidado no se le escapara un tiro, al tiempo que amenazaba a los cuatro amigos con pegárselo él mismo si no se estaban quietos. Habían renunciado ya a pasar por policías: en algún momento empezaron a decir que eran “moros”. Les palparon el cuello y las muñecas buscando joyas y relojes. A J le rajaron con una navaja el anorak –12.900 pesetas—para quitarle el reloj Casio que llevaba. Uno se llevó a S entre los avellanos, a través de cuyo enramado –el avellano es un arbusto de hoja caduca, y era otoño—A podía ver cómo el agresor la desnudaba y la manoseaba. Los chicos oyeron que su amiga gritaba, llorando, que le hacía mucho daño. El agresor le tapaba la boca. S se resistió. El violador le dio varias patadas en la vagina. S lo describió como de baja estatura, uno sesenta y cinco aproximadamente, de unos cuarenta años, gordito, piel oscura, barriga, pelo corto y liso. Le pareció que hablaba una lengua extranjera, posiblemente norteafricana. Vestía una cazadora negra y un pantalón de pana. Del otro sólo dijo que tenía bigote.  Ese otro había metido a R dentro del coche. Luego acabó violándola fuera, en la parte de adelante. “Mira cómo la tengo de dura”, oían los chicos, sin ver a R, que le gritaba. La golpeó repetidas veces, más cuanto más repetía R, ante sus insistentes preguntas, que no lo había hecho nunca. Le pegaba y le gritaba mentirosa. Era, según R, de un metro sesenta y cinco de altura, de unos cuarenta años, con el vientre saliente,  pelo negro, ojos oscuros y redondeada la cara. Luego dejó que se vistiera y la echó encima de los cuatro chicos, detrás del Renault 5. Los chicos no miraban para no ver que el otro estaba violando, ahora delante de ellos y analmente, a S.  A memorizó la matrícula: B-7661-FW. Se marcharon poco antes de la una de la madrugada. Les habían dicho que volverían en una hora, y que los esperaran, amenazaron, porque si no los matarían. Los chicos desobedecieron inmediatamente: el primero que consiguió soltarse cortó las ataduras de los demás con un mechero. Al subirse las mallas que llevaba esa noche, S notó cómo un líquido le bajaba, al parecer, de la vagina.  Juntos fueron a avisar a sus padres. Los chicos no pudieron añadir gran cosa a las descripciones que de los agresores habían dado sus dos amigas: apenas A,  que dijo que uno tenía barba, retuvo algún rasgo. Lo que sí añadieron fueron las impresiones que le había dejado la extraña forma de hablar de los asaltantes. Para uno hablaban castellano aunque con acento; para otro hablaban normalmente en español, aunque en algún momento habían hablado un idioma extranjero que no podía precisar. Un tercero insinuó que  podía ser “árabe norteafricano”. A dijo que lo hacían en árabe, y con voz afónica. Los padres de S, que a la mañana siguiente  acompañaron a su hija y a R durante la visita al Hospital Juan XXIII de Tarragona, hicieron constar ante el juez “su protestas por la actuación del ginecólogo [que las atendió], que trataba a las niñas como si fueran unas frescas.” 


(*) Comprobar, por su dueño de entonces, que el Renault-5 GTX era, efectivamente, un SAGA. Si no, quitarlo de aquí.

(**)  Nos llama la atención este gesto de esconder el revólver. La policía planteó a menudo la posibilidad de que no fuera una pistola de verdad, y quizá tenga que ver con ello.

(***) Es importante el matiz que se recoge en el “Informe Operativo” firmado por José Martín Vázquez el 10 de noviembre de 1991: “Dijeron eran policías [sic] y piden a los presentes sus documentos, y dicen que se los tenían que llevar”: por la mecánica comitiva de los hechos, se deduce que quiere decir que se “tenían que llevar” a los chicos. Nos importa para que se vea una similitud más con el triángulo que nos interesa: Olesa, Tordera (25-11) y este de Tarragona: el hecho de que se presentan como policías y añaden la excusa de tener que trasladarlos  de lugar…

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Ajustar hora y fecha

“La noche del sábado 9 al domingo 10 de noviembre de 1991 se produjeron tres asaltos en escenarios y horas diferentes, entre las 22.30 y la 02.00 de la madrugada, en la provincia de Tarragona. El primero ocurrió sobre las 22.30 en Salou, una turística localidad costera. Dos hombres, al parecer sin bajarse del coche en el que viajaban, robaron de un tirón un bolso a dos hermanas, Fidela y María Maximina, que no pudieron describir el rostro de sus agresores porque los vieron ya de espaldas. Aun así, debieron [de] declarar que se trataba de dos “individuos norteafricanos”, de entre treinta y tres y cuarenta años, y complexión fuerte, o así al menos lo recogió la guardia civil en una diligencia posterior. El coche era un Renault 5 gris con matrícula B-7661-FW, confirmaron.” 

Los hechos del caso de Tarragona, que incluye este robo en Salou, las dos violaciones de las chicas de La Secuita, y la doble violación de O en El Vendrell, en apenas cinco horas (todas se relatarán aquí), ocurrieron la noche del mismo sábado que Ahmed Tommouhi entró a vivir en la pensión de Terrassa, donde dos días después sería detenido. La ficha de la pensión no detalla la hora, pero sí la fecha: 9-11-91. La dueña de la pensión entregó su ficha, junto con la de otro marroquí llegado también ese fin de semana, en la Comisaría de la Policía Nacional de Terrassa, el lunes por la mañana: 11 de noviembre. 

A partir de ahí, y antes de saber lo que declaró la dueña de la pensión –nos falta la parte del acta del juicio oral que recoge su testimonio–, podemos establecer lo siguiente: Entre la pensión en la que se hospedó Ahmed y Salou, donde se cometió el robo con tirón, hay 118 kilómetros de distancia y la guía Campsa, a día de hoy, calcula que la ruta más corta llevaría 1 hora y 14 minutos [en coche]. 

Esta semana veremos aquí qué fue lo  que hizo a la policía pensar que esos dos marroquíes podían ser los autores de la ola de violaciones que golpeaba Cataluña desde hacía ya más de un mes. Pero podemos ir adelantando trabajo.  Ustedes dirán, pero a mí  me parece que una pregunta clave, a partir de estos hechos, es: ¿a qué hora entró Ahmed y cuándo fue visto por última vez en dicha pensión por los huéspedes y, sobre todo, por la misma dueña que lo recibió, le cobró un mes por adelantado y le preparó la cama?. […]

Una pregunta sencilla con una respuesta concreta: algo al alcance de “cualquier español con reloj”.

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Dos falsos policías (IV)

Aviso al lector:

El título «Dos falsos policías»  debe entenderse como el paraguas que agrupa los diversos casos de la ola de violaciones del otoño de 1991,  aún cuando, como en este caso de Cornellà, los agresores no se presentaran nunca como tales. Este es también el único caso de esta serie (I, II, y III) en el que los asaltantes encuentran a las víctimas en una zona urbana, iluminada y en el que median entre ellos unos primeros minutos sin violencia.

4.-El caso de Cornellà 

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El 7 de noviembre de 1991 era jueves. N, de 14 años y G, de 15, habían salido del casino de Sant Feliu de Llobregat y esperaban en una parada el autobús para volver a su casa de Cornellà, en el área metropolitana de Barcelona. Eran alrededor de las ocho de la tarde cuando se acercó un coche pequeño, de color gris seguramente, claro en todo caso, ocupado por dos hombres, de unos veinte años el copiloto, el conductor de unos cuarenta, que se ofrecieron a llevarlas hasta Cornellà. Ellas aceptaron. El copiloto abrió su puerta y bajó del coche para que, doblado el asiento delantero, se subieran a la parte de atrás. Era un turismo de dos puertas. Nada más subir, los hombres se presentaron diciendo que eran árabes. No consta que añadieran sus nombres. El vehículo, según contó N a la policía, tenía una bandeja cubriendo el maletero; la tapicería era gris con franjas verticales negras y una franja roja, más estrecha, horizontal, que la bordeaba; y tenía tres relojes no horarios en el cuadro y uno horario en la parte baja, junto al cenicero. “¿Cómo os montáis en un coche con las cosas raras que pueden pasar?”, les preguntó el conductor, ya en camino por la carretera de Sant Joan Despí en dirección a Cornellà. Las chicas, sorprendidas, les pidieron repetidamente que las dejaran bajar, a lo que el conductor se negó. “Vamos a esperar a una cuñada suya”, continuó, refiriéndose al copiloto. N iba sentada detrás del conductor, cuya cara veía reflejada en el espejo retrovisor: Tenía los ojos achinados, pequeños, marrones, oscuros y prolongados y con arrugas por la parte de fuera. De unos cuarenta o cuarenta y cinco años, uno setenta de alto, complexión normal, con entradas, llevaba una chaqueta de cuero  marrón y guantes de lana. N oyó que hablaba español con acento cuando se dirigía a ellas, y árabe o similar cuando hablaba con el copiloto. Añadió que le había visto un reloj con pulsera metálica, de plata o acero, dudó. El acompañante le pareció de unos veinte o veinticinco años, algo más alto que el conductor, de complexión normal, aunque puede que algo gordito, y que tenía la cara ancha, con señales como de haber pasado la viruela; el pelo moreno, corto, liso y caído sobre la  frente, los ojos pequeños –“y muy rojos”, se fijó que los tenía—, cejijunto y muy pobladas las cejas; llevaba guantes de cuero y cazadora negra. No le oyó que hablara español, sino en árabe y sólo entre ellos. A la altura del barrio de la Fuensanta el conductor se desvió adentrándose en él.  N y G vivían más adelante, así que pidieron explicaciones. Callejeando, y sin que mediara respuesta, salieron a un descampado: Tomaron un camino lleno de baches por el que se cruzaron con dos vehículos, antes de desembocar en una calzada donde N recordó haber leído en un cartel: “Carretera de Sant Boi”. Las chicas gritaban pidiendo que las dejaran bajar. “Vamos a hacer algo con vosotras”, oyeron que les decían. Lo primero que pensó G fue que les iban a robar. Después de varias vueltas embocaron un camino: El coche avanzaba rozando con las ramas de algunos árboles. La casa junto a la que, entre huertos, se pararon,  no tenía luz. El conductor paró el motor y apagó las luces. Primero les propusieron “realizar el acto sexual”, según declaró G, a lo que ellas se negaron. N pensó inmediatamente que las iban a violar. El conductor hizo como que desistía en sus amenazas, entregó al copiloto la pistola que había sacado, que a N le pareció pequeña y que tenía un silenciador(*), y salió del coche. “Mátalas si quieres”, le dijo. El copiloto, que ya las estaba amenazando con una navaja, intentó golpear a G con una porra de madera que también portaba, pero su amiga logró evitarlo. Llegaron a quitarle la porra. G le golpeó en un ojo con ella y ambas intentaron escaparse. N llegó a poner un pie en el suelo, pero el conductor, que seguía fuera, le cerró el paso con la puerta. Les pegaron con la porra  y un bate a ambas. N empezó a sangrar por un labio partido. El conductor la sacó del coche. G procuró fijarse todo lo que pudo en los autores y anotar la matrícula: B-7661-FW. Para ella, el hombre de más edad, el conductor, tendría unos cuarenta años; de altura y complexión normales, aunque algo obeso, tenía el pelo negro, aspecto agitanado y vestía una cazadora de piel marrón. El más joven le pareció que tendría unos veinticinco años, y de no mucha estatura, sin poder precisar más: tenía aspecto gitano, el pelo negro y liso, señales en la cara y llevaba una chaqueta de piel marrón también. Éste fue, el copiloto, el que se quedó con ella dentro del coche. La violó vaginalmente. A N, fuera, apoyada contra el coche, y con algo, seguramente su propio jersey, puesto en la cabeza, el conductor intentó penetrarla vaginalmente. N declaró que creía que no lo había conseguido, pero que tampoco podía asegurarlo porque los golpes en la cabeza la habían dejado medio inconsciente y que recordaba lo ocurrido a trozos. Cuando volvió en sí, se vio ensangrentada y andando por una carretera. La esposa del automovilista que las recogió las llevó a casa de G y sus padres, al hospital de Bellvitge, donde N llegó con traumatismo craneoencefálico y vómitos, además del corte en el labio superior y una contusión en el pómulo derecho. G tenía contusiones en la tibia derecha, a media altura, así como en el codo y pómulo derechos. A ninguna se le tomaron muestras esa noche. G declaró de madrugada, a partir de las 03:47, según el acta, y al final de su declaración  pidió remarcar: “que dichos individuos les dijeron que eran árabes, aunque cuando hablaban con ellas lo hacían en castellano correctamente, por lo que ignora si cuando hablaban entre ellos era árabe o lo hacían para disimular.”  Al día siguiente, pasada la  una del mediodía, entregó a la policía las bragas, marca Princesa, y los vaqueros Levi’s que llevaba puestos la noche anterior. N declaró el viernes día 8, poco antes de las tres de la tarde. Entregó tres prendas que llevaba la noche de autos: un polo Adidas de color añil y manchado de sangre, unos vaqueros azules, marca Lee, y unas bragas. En la zona vaginal de su braga, sin marca ni talla, había una gran mancha de semen.


(*) No olvidar que Reyes nos contó que era un revólver de plástico al que habían añadido un cañón de hierro.

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Dos falsos policías (III)

3.-El caso de Olesa 

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A las 20,30 horas del martes 5 de noviembre de 1991, M y su amiga E estaban en el taller de la calle Trasera, en Olesa de Montserrat (Barcelona), donde trabajaba su amigo JJ, esperando a que éste engrasara la cadena de la moto de M. El trabajo le llevó menos de media hora. Luego, JJ y  M acompañaron a E a la calle Colón, donde ésta había aparcado su coche. E se fue para Esparraguera, un pueblo cercano, sobre las nueve de la noche. M y JJ se dirigieron al gimnasio de la carretera de Manresa. Estaba cerrado, así que se quedaron charlando con Ma, una prima de M, durante una hora. La prima de M se marchó sobre las diez. JJ y  M, cada uno en su moto, decidieron dar una vuelta por Olesa y comprobar de paso cómo había quedado la cadena recién engrasada. El recorrido empezó por la zona de las Casas Baratas, subieron por Las Planas, bajaron  por el centro de Formación Profesional, giraron a la izquierda y, recto, llegaron hasta Can Vicentó, al final del pueblo. Luego, por la carretera de Calisá, se acercaron hasta los alrededores del Instituto de Bachillerato de Olesa. Aparcaron en un camino que lleva a la vieja fábrica de Can Vila Pou, y se pusieron a hablar. Ella tenía veintiún años, él diecisiete. Sobre las 22,30 pasó de largo, hacia la fábrica, un Peugeot 205, blanco, con un alerón doble a media altura de la luna trasera y matrícula de Barcelona, letras KJ. Enseguida giró a la izquierda y se fue a aparcar junto a un almacén que había más abajo. Al chico, que era mecánico, el ruido le pareció el de un motor diesel, aunque, pensando que se trataba de una pareja de novios, no le prestó mayor atención. Los dos amigos siguieron charlando hasta que dos hombres los sorprendieron abordándolos por la espalda. “Éstos son”, llegaron diciendo, como acusándolos de haber  roto o destrozado algo. Nosotros no hemos hecho nada, comentó JJ: uno de los individuos le golpeó en la cabeza y el cuerpo con uno de los  palos de madera, largos y muy gruesos, que traían.  M les pidió que se identificasen. Ellos insistieron en que eran “policías o guardias jurado”, dudó M al declarar. Uno de los individuos llevaba la voz cantante, y el otro obedecía. Les dijeron que les tenían que acompañar porque se había cometido un robo en un almacén agrícola cercano y querían comprobar algunas cosas. Los dos jóvenes, que no se creyeron que fueran policías, se resistieron. JJ estaba sangrando y M le pidió al que llevaba la iniciativa que llamara a un médico si de verdad eran policías, lo que al parecer “puso nervioso” al agresor, que empezó a insultarla. El “mandado” obligó a JJ a ponerse en marcha camino de la nave, mientras el otro vigilaba, amenazante, que M acabara de ponerle los candados a las motos. Acabaron llevándoselos a palos y empujones por caminos de campo hasta la caseta. El que obedecía se mordía el cuello del jersey –de cuello alto y color “crudo o blanco”, según M— al hablar, como para que no se le viera la cara. Los asaltantes, que mantuvieron una pequeña discusión antes de entrar a la caseta, hablaban árabe entre ellos, según los chicos. El “más activo” le pidió a M las llaves de su moto: fue a recogerla y la aparcó dentro de la nave.  El “Jefe” era grueso, con entradas, tenía el pelo corto, la cara redonda, los labios grandes y la barriga prominente, y mediría un metro sesenta y cinco de estatura. Vestía pantalón gris de tergal, camisa clara y chaqueta marrón oscura. El chico se fijó que calzaba unas zapatillas de estar por casa. El otro, “el que obedecía”, no hablaba español: “utilizaba un lenguaje árabe”, era gordo, más moreno que el primero, tenía el pelo negro y la cabeza más redonda, aunque las “características generales eran similares al primero”, dijo la chica. El que mandaba hablaba con ellos en castellano, pero con dificultades. Al menos dos de los golpes le cayeron a JJ en la cabeza, lo que le dejó aturdido durante un rato y le provocó dos cortes de cinco y un centímetro. Antes de entrar a la nave, JJ pudo ver la silueta y el aspecto que tenían, pero, a pesar de que dijo recordar(*) que había luz suficiente, explicó que entre que lo deslumbraban con la linterna y los nervios, no pudo ver bien la cara de los asaltantes. La “nave” era una hilera de pequeñas casetas sin enlucir unidas por un mismo techo de uralita y acuñada(**) : era más alto el muro trasero que el de la fachada. Una vez en el interior, el mandado ató a JJ con las cuerdas de una carretilla que había dentro. Primero le ató las manos. Una vez en el suelo, le ató los pies. Las cuerdas lo amarraban a su vez al bastidor de la carretilla. JJ estaba “atontado”.  El Jefe registró a M y le quitó las cuatro mil pesetas que llevaba. “El subordinado” le ató a ella también las manos a la espalda. Colocaron una manta en el suelo. El que mandaba obligó a la chica a tenderse sobre ella y a quitarse la cazadora, el pantalón y las bragas. La resistencia que opuso M, el agresor la venció apaleándola en la barriga. El otro, cumpliendo órdenes, esperaba vigilante fuera de la nave, por si acaso se acercaba alguien. Utilizaban la linterna para deslumbrar y controlar a la chica y a su amigo dentro de la caseta, aunque al parecer también la utilizaron fuera. Cuando terminó el que estaba dentro, se turnaron. Los dos eyacularon dentro del cuerpo de la chica. JJ presenció las violaciones. Habían empleado una violencia brutal. El informe médico recoge que M presentaba numerosas marcas amoratadas en los pechos, en las muñecas, junto a la columna. En la parte de atrás del muslo derecho tenía un cardenal de 15×4 centímetros. En el pie tenía (***) además dos cicatrices, aunque antiguas, de un accidente de tráfico que había sufrido unos meses antes. Los agresores recogieron parte del dinero que se les había caído al suelo, desataron a la chica, le ayudaron, con la linterna que llevaban, a buscar las llaves de su moto, y se marcharon. Una vez solos, la chica, con una navaja llavero, desató a su amigo. Se subieron juntos a la moto de M y fueron a buscar la de JJ. La encontraron tirada en un huerto cercano. Subidos cada uno en la suya, se marcharon. En la huída, JJ tuvo un pequeño accidente, aunque sin graves consecuencias. Llegaron a casa alrededor de la medianoche. Antes de ir al hospital, M se duchó y se cambió de ropa.  

Fuentes: Estoy en plena mudanza, así que hasta la semana que viene no podré enlazar aquí los documentos en los que se basa este relato.


(*) Mejor: “dijo recordar”

(**) Mejor “forma de cuña”

(***) Añadir : “también”; [mejor aún: «además»]

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Dos falsos policías (II)

2.- Caso Terrassa (*)

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La madrugada del domingo 3 de noviembre de 1991, Y y su novio M estaban dentro del coche de él, un SEAT 131, aparcados junto a un almacén de butano que hay entre la carretera de Matadepera y el Polígono Norte de Terrassa, en la provincia de Barcelona. Eran entre las dos y las tres de la madrugada cuando aparecieron dos hombres. Tendrían unos treinta o treinta y cinco años, según los chicos. Los habían abordado por uno de los laterales del coche, armados uno con una pistola y con una porra de madera, parecida a un bate, el otro. Los asaltantes golpearon los cristales de las puertas diciendo que eran policías y pidiéndoles que abrieran las ventanillas y la documentación. M creyó, en efecto, que se trataba de policías y, bajando un poco su ventanilla, les entregó sus papeles, aunque enseguida uno de ellos le pidió, con tono imperativo, que saliese también del vehículo. A Y la obligaron a bajar por la puerta del copiloto. A M lo pusieron de cara contra su coche, con las manos apoyadas en el mismo. Quisieron atárselas a la espalda y vendarle los ojos, pero él, convencido ya de que en verdad no eran policías, se resistió. El de la porra le golpeó en la cabeza, en un costado y en el pecho. Mientras, el otro encañonaba a su novia: al notar la pistola en la sien, Y la sintió metálica: y pensó que era de verdad. M cayó sangrando al suelo. Su novia declaró que creía que los agresores pensaron que “se lo habían cargado”. Quizá por eso, aprovechándose de la confusión, M pudo escapar corriendo en dirección al Polígono Norte. Le quedó la impresión de que ambos medían uno setenta de altura y eran de complexión fuerte; que el de la porra hablaba en un idioma extranjero, al parecer árabe, y que el otro, el que empuñaba la pistola, hablaba español, aunque con acento árabe. Este segundo, al que recordaba vistiendo una cazadora azul, fue el que le robó la cartera de piel, con el carné y el carné de conducir militares y cinco mil pesetas; antes le habían quitado el reloj de pulsera, analógico, con la correa de piel marrón y la corona dorada, marca Festina, que llevaba. La oscuridad del lugar no le permitió mayores precisiones. La chica se había quedado sola con los asaltantes. Le taparon los ojos y la subieron a una furgoneta que había cerca. Una Mercedes Benz, dijo Y que le había parecido, y entrevió que era de un color azul metalizado. La puerta lateral, por donde la obligaron a subir a ella, era corredera. Una vez dentro la taparon con una manta y arrancaron. La furgoneta estuvo dando vueltas una media hora apestosa: en el cajón de carga donde iba ella se respiraba un intenso olor como de oveja, según le dijo días después a un guardia civil (**). La soltaron junto a la Avenida del Vallés, a la altura del Club Penedés. Antes le habían amenazado con matarla cuando la vieran por la calle si contaba algo a la policía. El de la pistola, de complexión fuerte y unos treinta y cinco años, de raza árabe y uno setenta de estatura, según ella, hablaba perfectamente castellano. El otro, el de la porra, también le pareció árabe, de unos treinta años y, aunque de complexión más delgada, era un poquito más alto: uno setenta y tres mediría; con ella hablaba castellano con dificultades y árabe con su cómplice. Unos jóvenes que circulaban por la Avenida del Vallés, a los que Y les contó lo sucedido, la recogieron y la llevaron hasta el lugar de los hechos. La policía, alertada por su novio, había llegado antes, y había  también una ambulancia que la trasladó a la Mutua de Terrassa. Y no necesitó atención médica. En Urgencias se reencontró con su novio, que tenía contusiones en la cabeza, el costado derecho y el pecho, según el parte médico. M tenía diecinueve años; su prometida (***) Y, diecisiete recién cumplidos. Los dos vivían en Terrassa. A  ella le habían robado un anillo de oro con una esmeralda y nueve circonitas, grabados con las iniciales de su nombre y sus dos apellidos y la fecha 14-02 de 1988 ó 1989, no recordaba, y setecientas pesetas en metálico. El catorce de febrero es el día de San Valentín.

Continuará. 

Fuentes: en breve estarán disponibles aquí mismo. 


(*) Antes, la noche del 31 de Octubre, habían ocurrido otros 3 hechos . El relato está todavía incompleto. Hay también otro hecho en Tordera (Girona), ocurrido o este mismo domingo o la madrugada  anterior al de Terrassa.

(**) Reyes Benítez, al que había conocido, poco después de que la violaran, en el cuartel de Manresa/Ole[s]a/Martorell?.

(***) Volver a comprobar que, efectivamente, fue ella quien habló de su “prometido” en alguna de la declaración.

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Huellas sin rostro

[Esta nota se publica hoy en EL PAÍS

Evidencias de un agresor desconocido

La nueva base de datos puede ayudar a esclarecer el caso de Ahmed Tommouhi 

BRAULIO GARCÍA JAÉN Madrid31/10/2007  

Emilia M. volvía a casa el [8] de abril de 1995 cuando un chico se le cruzó en la carretera y empezó a golpear el capó de su coche. Era medianoche, estaba descalzo y le pedía ayuda. Sentada en el arcén estaba Alfonsa, su novia. Dos hombres la acababan de violar. «¿Es que no me conoces?», preguntó Alfonsa. «La tenía vista», dice Emilia. Porque ambas vivían en Esparraguera, un pueblo de Barcelona. La reconoció y los acercó al cuartel de la Guardia Civil. Emilia tenía 19 años. Cuatro años antes, y a menos de un kilómetro de allí, dos hombres habían violado también a su hermana Isabel.

La violación de Isabel de 1991 continúa impune. Por la de Alfonsa sólo ha sido condenado uno de los autores. Los restos de semen recogidos en seis violaciones cometidas en 1995, la de Alfonsa entre ellas, sirvieron para condenar a Antonio García Carbonell a 228 años de cárcel. El perfil genético del otro violador era siempre el mismo, pero éste no ha sido detenido todavía. El archivo centralizado que prevé crear la nueva Ley sobre identificadores de ADN permitirá saber si ese perfil genético anónimo es compatible con el de alguno de los condenados, dispersos en los distintos registros policiales.

Pero Emilia no es el único nexo vivo entre las agresiones cometidas en 1995 y las ocurridas en 1991. Reyes Benítez, guardia civil, participó en ambas investigaciones. Un informe suyo de 1996 trazó un puente inesperado entre las dos olas de violaciones: García Carbonell era también el autor de una de las violaciones de 1991 por la que habían sido condenados, injustamente, los marroquíes Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi -muy parecido físicamente a García Carbonell-. El ADN demostró que la víctima se había equivocado al identificarlos.

El desconocido que acompañó a García Carbonell es un familiar cercano suyo, como muestra su perfil genético. La Ley de Enjuiciamiento Criminal establece desde 2003 que ningún sospechoso puede negarse a dar una muestra de ADN si lo ordena un juez. Fiscales y policía podrían emplearse ahora en obtener perfiles que permitan tanto hallar culpables como reparar los casos de inocentes condenados.

 

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Dos falsos policías (I)

[BORRADORES]

[…] 1.- El caso de Gavà

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El primero de los asaltos del otoño de 1991 ocurrió sobre las dos de la madrugada del 5 de Octubre, en una riera paralela a la carretera de Sant Climent de Llobregat, a las afueras de Viladecans, en la provincia de Barcelona. Un lugar apartado y sin iluminación donde E y su novio pasaban el rato dentro del Seat Ibiza de él. El atestado dice que “en actitud amorosa”. El chico vio llegar un coche, un Ford Orion o Escort oscuro con [un alerón trasero y]  matrícula de Barcelona, que, despacio, los rebasó y se paró unos cinco metros por delante del suyo. Enseguida, sin embargo, dio marcha atrás, pasó de nuevo junto a ellos, se detuvo unos metros por detrás y apagó las luces. El novio de E no le prestó mayor atención. Aunque sí observó cómo, a continuación, dos hombres se bajaban del coche, uno de ellos con una linterna en la mano, y llegaban hasta ellos. El que traía la linterna alumbró el interior del coche de la pareja.  Fue entonces cuando la chica, que no se había percatado de nada, los vio: declaró que uno era un hombre mayor, de unos 45 años, de uno setenta y cinco de estatura, algo obeso, que vestía una camisa y un pantalón de tergal. No pudo precisar los colores. El otro le pareció más joven, delgado y de una estatura similar, pudiendo vestir pantalón tejano, camisa blanca y un gorro blanco** también, en la cabeza. Este último tenía los ojos saltones y oscuros, la tez morena. Su novio intentó arrancar el coche, aunque sin tiempo: uno de ellos golpeó con un objeto contundente la ventanilla del conductor, rompiendo el cristal y encañonándolo con un revólver. Les pidieron el carné, les preguntaron por el “otro chico” –no había nadie más y era evidente—y hablaron de que si los iban a llevar a comisaría. Los chicos declararon primero y por separado, que el acento les sonó sudamericano.  Casi un mes después añadieron que cuando los asaltantes hablaban entre ellos les pareció que lo hacían en “una lengua árabe”. A la chica, en un primer momento, sí que le dieron la impresión de ser policías. Acto seguido los dos asaltantes le ataron al chico las manos a la espalda y le vendaron los ojos con un trapo, aunque por un claro veía cómo uno le golpeaba con la mano que asía el revólver. Le obligaron a pasarse al asiento del copiloto. El del revólver arrancó el coche del chico, con él y su novia dentro; el otro se subió al que traían ellos y se trasladaron a unos huertos cercanos. Una vez allí, el chico pudo ver desde el asiento trasero, donde permaneció bajo amenazas el resto del tiempo, cómo sacaban a su novia del coche y de pie, apoyada sobre la puerta lateral izquierda, la tocaban. Tras vendarle los ojos, según E contó luego, uno de los asaltantes se la llevó.  El otro empezó a registrar el vehículo. Mientras, JM, que así se llamaba el novio, oía los gritos de su compañera. Luego se turnaron. El segundo volvió con E [como] desmayada, -y- arrastrándola por las axilas. La chica dijo en comisaría, ya amaneciendo, que tras apartarla del vehículo la habían desnudado y violado vaginalmente, eyaculando, los dos, en su interior; y que luego ella había simulado desmayarse, por lo que los asaltantes, asustados, la llevaron de nuevo al coche y le pidieron a su novio que se marchara de allí inmediatamente después que ellos. Les robaron mil setecientas pesetas que llevaba él, dejando anillos y esclavas que había en el coche. E tenía entonces diecinueve años; su novio veintiuno. Al llegar a casa contó que dos hombres los habían atracado.  

Continuará 

FUENTES: Declaración policial de E, 5-10-1991; declaración policial JM, 5-10-1991; declaración conjunta ante Juzgado de Instrucción nº 4 de Gavá, 16-10-1991; declaración JM, Juzgado Inst. nº 4 Gavá, 28-10-1991; y declaración E, Juzgado Instr. nº 14, 14-11-1991.


(*)Estaría bien saber en qué casos estuvo Reyes presente durante las declaraciones, e introducir algo de impresionismo. Y así entrelazar ya a Reyes y la historia.

(**) En el Renault-5 gris recuperado el 2 de Diciembre de 1991 había “una capucha de tela blanca”

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El indulto de Damocles

El 18 de septiembre de 2006 salía en libertad condicional, después de casi 15 años, 5.424 días preso, Ahmed Tommouhi: «Estoy en la calle, pero todavía no soy un hombre libre», dijo en su primera entrevista. Tommouhi (Nador, 1951) y otro marroquí, Abderrazak Mounib (Fez, 1952), habían sido condenados por una ola de robos y violaciones cometidos en Cataluña en 1991. Una decena de víctimas los señalaron como los asaltantes. Pero las muestras de ADN de una de esas violaciones analizadas en 1997 desvelaron el error: los autores eran un español, detenido en 1995, y otra persona no identificada. Los reconocimientos por parte de las víctimas habían sido la única prueba de cargo en todos los casos.

El Fiscal Jefe de Cataluña, dado que las otras condenas no habían podido revisarse por falta de muestras analizables, solicitó el indulto para ambos en 1999. El Tribunal Supremo, un año después, lo recomendó como la «salida adecuada» a la situación.  El Gobierno, ocho años y medio después, no lo había resuelto. [Ahora sí]. «Acepto los errores: ¿pero algo que dura tanto es un error?», dejó dicho Abderrazak Mounib antes de morirse en la cárcel en 2000. Ahmed Tommouhi, si el Gobierno no lo indulta antes, será hombre libre en 2009. Él dice que no lo será hasta que se reconozca su inocencia. 

Cuatro años después 

Aunque detenidos en 1991, el caso Mounib-Tommouhi no existió como tal hasta cuatro años después. En la primavera de 1995 dos hombres repitieron una ola de violaciones muy parecida a la del otoño de 1991. Hubo víctimas que los volvieron a señalar como los dos hombres que, hablando árabe, las habían violado. Mounib y Tommouhi, sin embargo, no habían salido de la cárcel desde 1991.

El 20 de junio de 1995, la Guardia Civil detuvo al español Antonio García Carbonell. Al verlo en comisaría, al agente Reyes Benítez se le vino a la cabeza la cara de Tommouhi, a quien había visto cuatro años antes durante la instrucción. García Carbonell y Tommouhi se parecen muchísimo. Reyes Benítez: «En la foto que llevaba García Carbonell en el carné de conducir y en la de la detención de Tommouhi son idénticos.» García Carbonell, aunque «de aspecto norteafricano», según sus víctimas, es gitano. Pero sobre todo habla caló, lo que hizo pensar a Reyes Benítez que quizá las chicas, a oscuras, apaleadas y muertas de miedo, hubieran confundido no sólo la cara, sino también el habla de los gitanos con el árabe. 

Esa sospecha desencadenó en 1996 una nueva investigación. Los dos informes policiales elaborados por Reyes Benítez y elevados a la Fiscalía de Cataluña sostenían que Mounib y Tommouhi eran inocentes, y que uno de los autores de las violaciones por las que ellos habían sido condenados injustamente era Antonio García Carbonell, el detenido de 1995. El Fiscal Jefe ordenó rastrear los restos biológicos que aún pudieran conservarse, y en 1997 el ADN de la única muestra analizable lo demostró científicamente: eran García Carbonell y otra persona no identificada quienes habían violado a la chica de Olesa en 1991. El primero fue condenado a más de 250 años de cárcel por esa violación y las de 1995. El otro sigue sin ser localizado. 

El Tribunal Supremo  revocó en 1997 esa condena por el caso Olesa y el Estado fue condenado a pagar más de 18 millones de pesetas (unos 108.000 euros) a cada uno de los dos marroquíes. ¿Por qué, entonces, Mounib siguió preso hasta morir y Tommouhi sigue aún cumpliendo condena? La explicación técnica es que quedaron atrapados en una falla del ordenamiento jurídico español. Una vez que las sentencias son firmes, como lo eran en este caso, el recurso de revisión sólo es viable si aparecen «nuevos elementos que evidencien» la inocencia de los condenados. Una vez condenado, es el reo quien debe demostrar su inocencia. 

Tras los informes elevados a la Fiscalía, seis años después de los hechos, sólo se recuperaron restos biológicos de la violación de Olesa. Las otras condenas son jurídicamente independientes. El propio Tribunal Supremo explicó el corsé que le imponía la literalidad del recurso de revisión y que le obligó a desestimar la revisión de esas otras causas. Y por eso mismo recomendó el indulto como «salida adecuada» a la situación creada. El Fiscal Jefe de Cataluña, José María Mena, lo solicitó formalmente el 30 de abril de 1999. 

Ni el anterior Ejecutivo del Partido Popular ni el actual del Partido Socialista lo han resuelto. Que el Gobierno no lo ha resuelto significa exactamente eso, que ni lo concede ni lo deniega. «El Gobierno ha decidido que no es un mensaje asumible indultar a una persona condenada por violación», se justificó el entonces ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar. El periodista que lo entrevistaba obvió la pregunta que, desde hace ya más de ocho años, justifica este proyecto: ¿por qué, entonces, tampoco se lo deniegan, como hacen con la mayoría de los miles de presos que piden el indulto cada año? La respuesta es la tesis que quiero demostrar aquí: porque ellos –a diferencia de la mayoría de esos otros miles—fueron condenados injustamente. 

Mientras tanto, la dama con la venda en los ojos, encantada de conocerse y gorda como una estatua de Botero, se divierte jugando al sol con su cada vez más raquítica y minúscula balanza de maqueta: «Es la esencial e irreductible ambigüedad de la justicia misma, incluso sujeta a forma en el derecho, que si la hizo, ciertamente, menos cruel que la venganza, también la reificó y la consagró como infalible e inexorable», (R.S.F.) se lee en el pie de foto.

EL INDULTO FUE FINALMENTE DENEGADO EL 30 DE ABRIL DE 2008. 

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