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Las bibliotecas capan los ‘e-books’

El plan de préstamo público de libros electrónicos prioriza el uso de los aparatos de lectura frente al interés por los contenidos digitales

El préstamo de libros electrónicos llega a las bibliotecas españolas, pero no por donde sería de esperar: no está en internet. Sino detrás de los mostradores. El Ministerio de Cultura ha puesto en marcha un servicio de préstamo de libros electrónicos que mantiene la cadena que recorren los libros de papel antes de llegar a manos del lector: el autor, el editor y el bibliotecario. Se prestarán los dispositivos electrónicos, algo que ya hacen las bibliotecas municipales en San Sebastián, por ejemplo, pensando en el interés que suscitan los aparatos, no los contenidos. De momento, electrónico no es sinónimo de digital.

Los lectores tendrán que desplazarse personalmente, dentro de los horarios de cada biblioteca, a recoger los dispositivos lectores para leer su contenido: hasta un millar de libros de dominio público, es decir, que no están sujetos a derechos de autor. Nada que ver, por ejemplo, con el sistema británico, donde los usuarios de las bibliotecas públicas pueden descargarse el contenido desde casa, a cualquier hora y cualquier día de la semana, y el archivo desaparece automáticamente de su ordenador o lector electrónico cuando expira el préstamo.

Prestar cacharros

«El libro electrónico tiene que tener el mismo proceso y la misma dinámica que un libro de papel», responde Rogelio Blanco, director general del Libro, para explicar la filosofía de la iniciativa española. ¿Pero por qué entonces los préstamos no se hacen también digitalmente, a través de internet, ahorrando coste e incomodidades? «Los editores estamos por la labor, pero en cuanto a la negociación, desafortunadamente, no estamos todavía en ese último eslabón», explica Toni Comas, presidente de la Federación del Gremio de Editores. «Nuestra idea es que hay una cadena en el mundo del libro que no debemos romper», añade Blanco.

«De lo que se trata es de que los lectores se familiaricen con los aparatos», resume Carmen Sáez, coordinadora de la Biblioteca Pública de La Rioja, en Logroño. Una evidencia que se prueba además por el hecho de que los libros prestados ya están, libre y legalmente, disponibles en internet a través de la Biblioteca Virtual Cervantes o del catálogo de la Biblioteca Digital Hispánica.

La iniciativa del ministerio no es pionera en España: ya hay otros dos ejemplos de préstamo de dispositivos de lectura, uno público y otro privado, y en los dos reconocen que la utilidad de un programa así, a la espera de que haya una verdadera oferta de contenidos, es familiarizar a los usuarios con los aparatos. «Nuestra filosofía es dar a conocer los aparatos, puesto que oferta de contenidos no tenemos todavía», reconoce Arantza Urkia, directora de la Red de Bibliotecas Municipales de San Sebastián.
¿Un plan de futuro?

«Nosotros no somos partidarios del préstamo de ereaders», sostiene Javier Valbuena, responsable del programa de investigación Territorio ebook de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. «Primero por presupuesto», dice, subrayando el alto coste de los aparatos lectores (en España, ninguno por debajo de los 100 euros todavía). «Pero no sólo: en nuestras investigaciones, el 25% de los dispositivos tuvo algún tipo de fallo: imagínate la circulación de usuarios que eso supondría para las bibliotecas con 5.000 cacharros prestados: ¡necesitaríamos un servicio técnico!», añade.

El programa del ministerio ha costado 130.000 euros, para un total de 750 aparatos repartidos entre las 15 bibliotecas seleccionadas. Rogelio Blanco cree que sí es una estrategia sostenible económicamente: «los aparatos acabarán bajando de precio», argumenta. Más allá de esta iniciativa piloto, «vamos a continuar», asegura Blanco.

«Nosotros no vamos a comprar más», afirma en cambio Urkia, para quien el objetivo en el futuro es «qué haremos con los contenidos». La red de bibliotecas donostiarra está llevando a cabo además una encuesta entre sus usuarios. Los primeros 70 ya han expresado su opinión sobre el programa: «El 91% cree que la biblioteca debe suministrar ereaders. Se lo llevan para conocer el aparato. Los contenidos no son atractivos», recoge una ponencia presentada por Urkia en el Congreso de Bibliotecas Públicas celebrado en Gijón en noviembre pasado.

«El gran handicap es que no podemos trabajar todavía sobre los contenidos», explica Urkia. «Yo incluso me puse en contacto con Blackwell», una plataforma de libros inglesa pero que tiene un distribuidor en España. «El problema es que su oferta no encaja con lo que necesita mi público», añade. Es decir, «libros en castellano o en euskera, en nuestro caso, y libros modernos, novedades y libros infantiles», concluye Urkia.
Prestar contenidos

La clave para que los libros actuales puedan llegar a los usuarios de las bibliotecas digitalmente es que los editores y las administraciones públicas se pongan de acuerdo en cómo prestarlos. «Si hay unos derechos de autor, lo que hay que ver es que sólo pueda prestarse al mismo tiempo a un sólo usuario» para cada licencia, defiende Toni Comas, presidente de los editores.

«De momento, lo que podemos poner sobre la mesa son aparatos, si bien nuestro compromiso es apostar por los contenidos. Pero nuestro sector editorial, que no están apostando por los contenidos», afirma Antonio Gómez, director de la biblioteca de Huelva, otra de las seleccionadas por el ministerio. «Los libros electrónicos son casi tan caros como los de papel», añade.

«No se trata de incorporar dispositivos tecnológicos y lecturas digitales dentro de un esquema rutinario de compra e incremento de servicios», recoge Valbuena en un artículo sobre la investigación de Territorio ebook. «El libro electrónico nos obliga a repensar la misión y la visión de la biblioteca», concluye.

Un horizonte que algunos ya otean por encima de los problemas de la propiedad intelectual. «¿Podemos crear una Biblioteca Nacional Digital?», se preguntaba el director de la biblioteca de Harvard, Robert Darnton, en el último número de la revista Trama y texturas. Y Darnton apuesta: «contribuiremos a fortalecer los lazos de la ciudadanía de nuestro país».

Fuente: Público

(Foto: El programa ‘Territorio eBook‘, de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, estudia cómo los lectores adoptan los nuevos dispositivos electrónicos. Autor: Eduardo Margareto)

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Lanzmann rescata una entrevista conmovedora

El director de ‘Shoah’ descartó el material que ahora forma ‘Le rapport Karski’

Jan Karski tenía 19 años cuando el Gobierno polaco en el exilio le pidió que, antes de volver a la Polonia ocupada por los nazis, fuera a ver al presidente de EEUU, Franklin Delano Roosevelt. Era el verano de 1943 y Karski, estudiante de Derecho y correo de la resistencia polaca, llevaba un año explicando a las principales autoridades aliadas reunidas en Londres, plana mayor del Gobierno británico incluida, lo que nadie quería oír: que los nazis estaban exterminando a los judíos de Europa. “Yo informé de lo que yo vi”, dice al final de su intervención en Shoah, la película de Claude Lanzmann sobre el exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Nadie, tampoco del otro lado del Atlántico, pareció asumir lo que Karski contaba. Lo que había visto en las calles del gueto de Varsovia en 1942: cadáveres desnudos amontonados, mujeres famélicas y sin pecho amamantando a bebés de ojos desorbitados, niños jugando con harapos. “Yo informé de lo que yo viví”, repetía el jueves Lanzmann en Madrid, durante la presentación de su nuevo documental sobre el hombre que primero informó a los aliados de los campos de exterminio: Treblinka había empezado a funcionar en el mes de julio de ese mismo año. A petición del presidente norteamericano, Karski habló con una larga lista de personalidades estadounidenses, entre ellas un juez del Tribunal Supremo americano, Felix Frankfurter.

“¿Sabe usted que yo soy judío?”, le preguntó Frankfurter, después de que Karski, que había visitado también, disfrazado de guardián ucraniano, el campo de Belzec, le relatara lo que había visto. El juez añadió: “¡Y no le creo!”. Tras la publicación de Story of a Secret State en 1944, unas memorias de las que se vendieron más de 400.000 ejemplares, Karski empezó a dar charlas por tierras americanas para explicar, de nuevo, lo que había visto, pero se convirtió en un personaje incómodo, por lo que acabó guardando silencio. La editorial Acantilado publicará en febrero esas memorias traducidas al castellano como Historia de un estado secreto.

El Jan Karski que encontró Claude Lanzmann en Estados Unidos 30 años después era profesor de Ciencias Políticas en Georgetown, y nunca había hablado a sus estudiantes del “problema judío”. Aceptó hablar a la cámara de Lanzmann porque, según él mismo explica en la segunda parte de Shoah, era consciente de que se trataba de “registrar la historia”. Lanzmann, sin embargo, recogió sólo lo referido a sus visiones del exterminio. La parte sobre sus conversaciones con Roosevelt y las élites norteamericanas siempre le había parecido “anecdótica”, según el mismo Lanzmann, que acaba de publicar La liebre de la Patagonia (Seix Barral), explicó el jueves en el Círculo de Bellas Artes.
Creer y saber

La anécdota se eleva ahora a categoría en Le Rapport Karsk, una cinta de 48 minutos en la que la figura elegante, la voz grave, los gestos precisos y la memoria descomunal de Karski –jamás tomó ninguna nota para sus informes, evitando así que sus informaciones pudieran ser interceptadas por los nazis– reviven de forma conmovedora aquella comprensible incomprensión. Porque una cosa es que oyeran los relatos de Karski y otra, bien distinta, que pudieran saber lo que los relatos decían.

La frase de Raymond Aron con la que la voz en off de Lanzmann acaba su introducción al documental resume también la impotencia del oyente: “Yo lo supe, pero no lo creí, así que no lo supe”, contestó Aron cuando le preguntaron en los años sesenta si supo del exterminio de los judíos cuando se estaba cometiendo. Esa es también la impresión que le quedó a Karski: que no le creían porque nadie podía imaginar lo que él había visto. Jamás en la historia había ocurrido algo así, ¿cómo iban a creerle?

Lanzmann decidió montar este documental para desmentir un “libro malísimo” que se publicó en Francia en 2009, y que se inventaba la vida de Karski. Nunca fue “un mártir” de la causa judía, como sostiene el novelista, precisó el director. “El problema judío no era el único problema”, explica el propio Karski, católico polaco nacionalizado estadounidense. En su entrevista con Lanzmann, afirma: era sólo una más de las tragedias de las que entonces daba cuenta “como una máquina”, “sin venirme emocionalmente abajo, como ahora”. Jan Karski murió el 13 de julio de 2000.

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El secuestro del inconsciente en el ‘caso Moro’

La crónica de Leonardo Sciascia sobre asesinato del político italiano indaga en los motivos ocultos de la Razón de Estado


«La versión de las autoridades italianas, agravada más que enmendada por cien retoques sucesivos y que todos los comentaristas se creyeron obligados a aceptar públicamente, no ha sido creíble ni un sólo instante. Su intención no era ser creída, sino ser la única en el escaparate, para luego ser olvidada, exactamente igual que un mal libro». Este comentario de Guy Debord sobre el secuestro y asesinato del político Aldo Moro, escrito en enero de 1979 y publicado en el prólogo a la cuarta edición italiana de La sociedad del espectáculo, debe corregirse en un punto: hubo un comentarista que no transigió con esa obligación; que esa negativa produjera un libro excelente, sin embargo, respalda el acierto de la comparación de Debord en todo lo demás.

Leonardo Sciascia (Sicilia, 1929-Palermo 1989) no escribió El caso Moro pensando en el escaparate, sino en la verdad que ocultaba, y de ahí que siga siendo recordado: Tusquets acaba de reeditarlo en español. Esa crónica, escrita «en caliente», disecciona las piruetas que esa versión oficial e increíble dio durante tres meses para justificar lo previsible: que Moro, presidente del Consejo Nacional de Democracia Cristiana, iba a ser asesinado y que el gobierno, presidido por el también democristiano Giulio Andreotti, no pensaba ceder un ápice para evitarlo.

Aldo Moro fue secuestrado el 16 de marzo de 1978 en Roma por un comando terrorista de las Brigadas Rojas, que asesinó en el acto a sus cinco escoltas. El cadáver de Moro fue hallado el 9 de mayo en el maletero de un Renault 4, en una calle de la misma capital. La familia pidió ese mismo día que se respetara la voluntad expresada por el propio Moro al final de su cautiverio: no quería ni manifestaciones públicas, ni ceremonias, ni discursos, ni luto nacional, ni ceremonias de Estado, ni medallas póstumas. «La historia juzgará la vida y la muerte de Aldo Moro», concluía.

¿Pero por qué Moro, ex primer ministro y padre del «compromiso histórico» con los comunistas, rechazó todos los honores del Estado que había defendido durante décadas?

Nadie ha podido verificar gran cosa sobre los hechos del caso. Sciascia tuvo al menos la intuición y la honestidad de poner a prueba el relato que el poder hizo de su declarada impotencia para salvar a Moro, cuyo «compromiso histórico» fue ratificado, para perplejidad de muchos, el mismo día del secuestro: los comunistas apoyaron el gobierno del democristiano Giulio Andreotti. El libro se pregunta si no fue el Estado también quien lo condenó a muerte.

Sciacia no responde, porque sólo tuvo acceso a los textos, y aunque los lee como reflejo y síntoma de lo que estaba pasando, nunca pierde de vista que no eran lo que, literalmente, pasaba. Mientras los terroristas exigían concesiones a cambio de la vida del líder democristiano y el propio Moro argumentaba que la clemencia no es signo de debilidad del Estado, los compañeros de partido, de gobierno, los grandes periódicos e incluso el papa Pablo VI optaron por darlo por hombre perdido de antemano.

Las cartas de Moro, perfectamente razonables e incluso, según las lee Sciascia, con fórmulas encriptadas para informar a las autoridades sobre el lugar donde lo tenían secuestrados, son descartadas sistemáticamente. Las autoridades no dan razones políticas, sino excusas clínicas: primero dicen que las escribe coaccionado, luego que enajenado y finalmente acaban lamentando que Moro se haya convertido en otra persona. La firmeza inicial, engrasada por una repentina razón de Estado, deriva en una indiferencia de plomo. ¿Por qué un Estado que ha abolido la pena de muerte se cree autorizado, legitimado a dejar morir a un inocente?, se pregunta el autor de Todo modo.

El informe de la comisión parlamentaria de investigación, redactado por el mismo Sciascia, con datos y precisas interrogantes, describe en qué consiste también la política del espectáculo aplicada al terrorismo. Y nada tiene ello que ver, como advierte por lo demás Debord, con que los terroristas busquen salir en los titulares. Tiene que ver con un Estado que, a través de los servicios secretos, esconde más de lo que muestra, despliega miles de policías allí donde es materialmente imposible que esté en ese tiempo el secuestrado y no controla en cambio el barrio donde se ha producido el asalto. Si tiene que ver también con la complicidad en el asesinato, es algo que Sciascia no afirma porque no tiene pruebas.

La historia, en esa sociedad que el caso Moro sanciona, ni se la conoce ni se la espera que responda. Es, de hecho, la misma sociedad del espectáculo que diseccionaba Debord en su libro de 1967: un mundo en el que ya no hay lugar para ninguna verificación. ¿Cómo, entonces, iba a haberlo para el periodismo? ¿Y para la justicia? ¿Y para la política? Todas esas instituciones comparecen ante el tribunal del periodista y diputado del Partido Radical Sciascia. Ya es célebre que el propio Sciascia dijo de Italia que era «un país sin verdad».

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A lomos de un elefante blanco y una litera dorada

Varias reediciones de obras teatrales y narrativas conmemoran los 75 años de la muerte de Valle-Inclán


«Valle escribió para un público que no existía todavía». La frase del académico Darío Villanueva podría resumir la experiencia de unos cuantos genios de la literatura que murieron sin apenas lectores, pero refiriéndose, como lo hizo el martes, a Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936), y a su teatro, traduce una realidad esperpéntica: Divinas palabras se estrenó en Madrid en 1933 y el segundo día no asistió más que una docena de personas a la representación, según escribió Luis Cernuda por entonces. Hoy, Luces de Bohemia, curiosamente el título que inauguró la colección Austral en 1920, además de sus incontables representaciones, es el libro más vendido de ese nutridísimo y casi centenario catálogo.

A 75 años de su muerte, el autor de La corte de los milagros no tiene sólo el favor del público. También el de buena parte de la crítica: «Tanto la narrativa, como el teatro, y algunos artículos de investigaciones históricas que publicó al final de su vida, son de una solidez enorme y sin comparación en el siglo XX», según Miguel Casado, autor de la biografía Ramón del Valle-Inclán (Océano). «Es, de su generación [del 98], el que ha resistido mejor el paso del tiempo y el que está más vivo», dice Villanueva, autor de una edición crítica de Sonata de Invierno (Círculo de Lectores).

Las reediciones de La lámpara maravillosa, Tirano Banderas y Martes de Carnaval en el sello Austral, así como la de su Narrativa completa en Espasa, vienen a conmemorar su fallecimiento, el 5 de enero de 1936. No parece, sin embargo, que su poesía haya aguantado el paso. «Yo creo que su poesía fue más circunstancial, como si la escribiera casi por el gusto de arriesgar y probar con distintos géneros, que por verdadera vocación», explica el poeta Felipe Benítez Reyes.

Maestro sin discípulos

Lectura obligada en los institutos durante décadas, lo que sin duda ha contribuido a su amplia difusión, para Miguel Casado ha llegado la hora de leerlo por libre, sin clichés ni categorizaciones. «Quizá ha estado demasiado en manos de los profesores de Literatura (yo soy uno de ellos). Ahora que pronto quedarán libres los derechos [en 2016], quizá llegue verdaderamente a los lectores sin los esquemas y prejuicios con los que le han ido corpartimentando», explica Casado. «De repente el grillo del teléfono se orina en el gran regazo burocrático», se lee en Luces de Bohemia.

«Los grandes talentos no dejan discípulos, dejan otro tipo de huella: su mirada crítica, su posición ante el lenguaje y la realidad ha dejado mucha huella», dice Casado. «Se notaría mucho que lo están imitando», aclara Benítez Reyes respecto de los discípulos, y añade: «Pero acuñar un término, como el de esperpento, que aunque no lo inventó él sí fue quien lo puso en circulación, es uno de los grandes logros de todo escritor». Lo esperpéntico, como lo kafkiano, se ha disuelto en la lengua.

Era demasiado personal como para dejar discípulos. «Ha dejado una herencia extraordinaria: las novelas de dictador, sobre todo hispanoamericanas», precisa Villanueva: Yo, el supremo (Roa Bastos), El otoño del patriarca (García Márquez); aunque también Muertes de Perro (Francisco Ayala). Todas, ramas del mismo tronco: Tirano Banderas. «Así lo reconoció el propio Miguel Ángel Asturias, después de El señor presidente«. Asturias ganó el Nobel en 1967.

«Yo, hasta ahora, jamás he ganado cosa alguna con mis libros. De los primeros he vendido hasta cinco o seis ejemplares», decía el propio Valle en 1904. «Todas mis esperanzas están puestas en un libro que publicaré dentro de algunos días: Sonata de primavera. Seguramente se venderán algunos centenares de miles, y con el dinero que me dejen, pienso restaurar los castillos del Marqués de Bradomín y comprarme un elefante blanco, con una litera dorada, para pasearme por la Castellana…».

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La democracia de Madame Bovary

Jacques Rancière (Argel, 1940) es el filósofo de la emancipación. Pero lejos de emplearse en la elaboración de unas instrucciones de uso, como si hiciera falta explicar a los explotados las leyes de la explotación, Rancière ha recorrido casi siempre el camino inverso: él mismo se ha ocupado de estudiar las prácticas que los explotados desarrollan para emanciparse. De esos viajes, ha vuelto con una idea clara de dónde reside el potencial de la idea de la emancipación: «Si la igualdad tiene algún sentido, debemos pensarla como una igualdad de capacidad. Una especie de esfuerzo, en efecto, para actualizar y desarrollar la capacidad de inteligencia que hay en cada uno de nosotros», dice.

Según este filósofo francés, discípulo inicial de Louis Althusser, su maître à penser en el París de los sesenta, pero contra el que poco después escribió, distanciándose radicalmente, La Leçon d’Althusser, la explotación no funciona por la ignorancia de las masas, como les gusta creer a las vanguardias revolucionarias. «Funciona como una evidencia. La desigualdad se da como algo que está ahí, en la medida en que la gente no siempre se pone de acuerdo para poder pensar y actuar de otro modo», explica Rancière, invitado por el Museo Reina Sofía, la Universidad Complutense y la asociación cultural CRUCE para hablar de cine, estética y política.

Marxismo reciclado

La igualdad no es la meta, según explica en El maestro ignorante, una de sus obras más radicales: es el origen. Luego se trata de crear un escenario político para verificarla, en el que no cabe ninguna fosa entre los sabios y los ignorantes. «Al final, todo se resume en que construiremos mundos y formas de experiencia diferentes, según apostemos por la igualdad o por la desigualdad», explicó a Público tras su intervención en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía. Lo que se había anunciado como una clase magistral, se desarrolló como un coloquio: cerca de 350 profesores y alumnos lanzaron sus preguntas al maestro francés.

Rancière, de quien este año se han publicado en español El destino de las imágenes (Politopias) y El espectador emancipado (Ellago ediciones), no sólo se distanció del marxismo de Althusser por sus premisas, también por el método. Ha rastreado la emancipación en lugares tan dispares como los archivos de las revistas obreras del siglo XIX, la literatura de Gustave Flaubert o el cine del director portugués Pedro Costa, con el que el viernes conversó en el Reina Sofía.

A su juicio, el arte, antes que una ilusión encubridora o una fuente de la falsa conciencia, es una descripción de la experiencia que puede interpretarse políticamente. «Una obra de arte siempre es contemporánea de un cierto régimen de experiencia estética», dice al hilo de un ejemplo central en su obra, el de Madame Bovary. «Flaubert es contemporáneo de un tiempo donde las hijas de los obreros y de los campesinos buscan integrar en su vida los ideales del arte y de la pasión», de ahí que cuando publicó el libro, aunque el autor insistiera en que se trataba sólo de arte, «la gente dijo que Madame Bovary es la democracia en literatura».

El gran enemigo de la emancipación es el mismo de siempre: la necesidad. «Aquellos que hablaban de la necesidad del movimiento histórico hacia el socialismo, hablan ahora del movimiento histórico que lleva necesariamente al triunfo del libre mercado», denuncia. «Y a quienes se oponen a la liberalización del mercado de trabajo o a la destrucción de la seguridad social se les tacha siempre de lo mismo: de que son gente retrógrada, reaccionaria, que se agarra a privilegios del pasado, o sea, que no están en la dirección de la historia. Toda esa retórica ha sido enteramente reciclada en provecho del orden dominante».

Fuente: Público

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El canon que casi nadie paga

La recaudación de la tasa por préstamos bibliotecarios ha caído un 96% cuatro años después de su aprobación

Durante 15 años, España hizo oídos sordos a la directiva europea que obligaba a las bibliotecas públicas a pagar un canon a los autores cuyas obras prestaban. En 2007, después del tirón de orejas de la Comisión Europea y ante la inminencia de una multa que se calculó entonces en 110 millones de euros, el Gobierno la integró en nuestra legislación para empezar a aplicarla. Pero salvo ese primer año, en que el Ministerio de Cultura se hizo cargo del pago, la inmensa mayoría de administraciones autonómicas y municipales ha hecho caso omiso de la ley desde entonces, según un informe al que ha tenido acceso este periódico. El año pasado, de hecho, sólo abonaron el canon Madrid y Navarra. Este año no ha pagado ninguna.

En 2007, el ministerio pagó 1.300.000 euros por el préstamo de obras sujetas a derechos de autor en las bibliotecas españolas, que las entidades de gestión repartieron entre escritores, músicos y demás artistas cuyas obras los usuarios se habían llevado a casa. La entidad que desde entonces se encarga de la recaudación, el Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO), calcula reunir este año menos de 80.000 euros. El impago asciende a más de tres millones de euros en los últimos tres años. En España, los autores son los únicos beneficiarios de los derechos generados por el canon.

Los datos están recogidos en un informe técnico elaborado por CEDRO. Su presidenta, Magdalena Vinent, ha confirmado que se trata de un informe interno entregado al ministerio: «Es un informe puramente técnico que describe la situación tal y como está», explicó Vinent a Público. «Hacemos informes técnicos porque estamos tutelados por el ministerio, lo extraño es que haya salido del canal administrativo habitual», añadió.

El director general del libro, Rogelio Blanco, aseguró que su departamento «no lo ha recibido todavía», aunque conoce su contenido: «A nadie le gusta soportar una tasa. Pero en la UE se está para lo bueno y para lo malo, no es un restaurante en el que puedas pedir a la carta», dijo Blanco en referencia al origen comunitario de la norma. El último párrafo del informe advierte: «Nos vemos obligados a poner estos hechos en conocimiento de la Comisión Europea, a fin de que dictamine si la transposición de [la directiva] se ha llevado a cabo correctamente». Vinent, sin embargo, asegura que ese paso no se ha dado todavía.

La razón por la que el Ministerio de Cultura sólo se hizo cargo del pago el primer año, según explica Blanco, es que la ley estipula que el canon deben pagarlo los titulares de las bibliotecas. El ministerio sigue abonando el de sus 52 bibliotecas públicas (de las que es titular, aunque las gestionan las comunidades autónomas). «En 2007, se aceptó como una excepción que lo abonara el ministerio, pero al año siguiente la legislación ya no lo hubiera permitido», aclara.

¿Quién tiene que pagar?

En 2008, sólo Aragón, Madrid, Navarra y Murcia, abonaron la tasa correspondiente a sus bibliotecas. Andalucía y Castilla y León, que en un principio se habían comprometido a pagarla, no lo hicieron, «ya que no consiguieron plasmar jurídicamente esa asunción de un pago que en la práctica no les correspondía», según explica el informe. «En el resto de comunidades, la gestión realizada no dio resultado alguno», recoge el informe.

En la práctica, a Andalucía y a Castilla y León podría no corresponderles el pago del canon, porque en ambas comunidades el Gobierno regional no es el titular de las bibliotecas municipales, sino sus ayuntamientos. Esa es también la razón por la que las comunidades de Aragón y Murcia sólo pagaron en 2008: los titulares de las bibliotecas municipales en esas regiones son los ayuntamientos. Los ayuntamientos no lo han asumido. Los gobiernos de Madrid y Navarra están a tiempo aún de abonar la tasa de 2010.

España es el único país de Europa en el que el pago del canon corresponde en parte a los ayuntamientos, aunque por ley están exentos los municipios de menos de 5.000 habitantes. Es una deficiencia señalada por CEDRO: «Se ha creado un sistema de gestión absolutamente impracticable», según el informe.

El pasado abril, CEDRO se dirigió por carta a los ayuntamientos. Sólo tres contestaron: «El de Salamanca, haciendo pública su protesta ante la prensa local; y los otros dos, Almería y Sevilla, informando de que hasta que no se publique el reglamento previsto en la normativa vigente, no tienen ninguna obligación de pagar este derecho», detalla CEDRO en su escrito remitido al ministerio.

A la espera del reglamento

En efecto, tres años y medio después de haber sido publicada la Ley de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas, que fue la que incluyó la directiva europea, el reglamento que debía concretar la cuantía y la manera de cobrar el canon sigue sin publicarse. «Hay un borrador, aunque no está aprobado. Esperamos que a principios de año pueda estarlo», según Rogelio Blanco. Un borrador que propondrá, según Blanco, liberar a los ayuntamientos del pago, aunque no está claro que sea factible tal y como está redactada la ley. «Aspiramos a liberar a los ayuntamientos del pago del canon, si se puede», explica.

Tras la reticencia de CEDRO a valorar públicamente la situación, a pesar de ser los autores del informe, se intuye un deseo de lograr antes la implicación del ministerio para solucionar el problema, que reclamar la intervención de nuevo de la Comisión Europea: «Hacemos una descripción de la situación para que se tomen las medidas oportunas», admite Vinent. ¿CEDRO va a poner la situación en conocimiento de la Comisión? «No está decidido», añade.

Rogelio Blanco, director general del Libro, Archivos y Bibliotecas desde 2004, recuerda que sólo la presión desde Bruselas logró que España, junto con otros países, como Francia, adoptaran la directiva europea sobre el préstamo bibliotecario aprobada en 1992. «Hasta 2006, algunos países que venían zigzagueando la aplicación de esa directiva, consiguieron eludirla, mientras que los países nórdicos, por ejemplo, la estaban cumpliendo. Así que se llegó a amenazar a esos países: en el caso de España, la multa podía ascender a 110 millones de euros», explica.

El debate sobre la aplicación del canon generó una intensa campaña de rechazo, movilizando a bibliotecarios y bastantes autores, que temían que el canon debilitara aún más los frágiles presupuestos de las bibliotecas. La ley acabó aprobándose en junio de 2007. «La ley está para cumplirla, no podemos seguir instalados en la demagogia», concluye Blanco. Desde entonces, la mayoría de administraciones públicas sigue incumpliéndola.

Fuente: Público

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El Colegio de Abogados investigará la estafa a Tommouhi

El Colegio de Abogados de Barcelona (ICAB) abrirá diligencias informativas sobre el caso de dos  letrados, Jorge Claret y Pedro J. Pardo, que estafaron a un marroquí condenado por error, aprovechándose de que era analfabeto, según ha confirmado a ‘Público’ el coordinador de la Comisión de Deontología del ICAB, Joan Oset. “En cuanto el interesado ratifique personalmente la información [publicada en este periódico el pasado 11 de noviembre], nos dirigiremos a los letrados para que expliquen su actuación”, declaró Oset, al tiempo que subrayó que, respecto de la normativa interna, los hechos, que datan de 2001, han prescrito. Ahmed Tommouhi se ratificará en los próximos días.

Claret y Pardo –éste último es ahora juez de instrucción— hincharon una minuta de casi seis millones de pesetas con procedimientos que no habían llevado ellos y un recurso presentado en realidad por el Ministerio Fiscal. “Es una barbaridad tan absoluta que me parece hasta tremendamente temerario. Pero bueno, si tenían el convencimiento de que esta persona no iba a decir nada”. Tommouhi, que ya había abonado más de medio millón de pesetas durante la década de los noventa, les entregó la tercera parte de los dieciocho millones de indemnización que cobró por una condena revocada por el Tribunal Supremo en 1997. Los dos abogados han declinado responder a las preguntas de este periódico.

La estafa, penalmente, también ha prescrito. “Lo que le queda a este señor sería impugnar civilmente la minuta. Y ya veríamos si por ahí puede colar algún plazo de prescripción amplio. Ahí estaríamos en al ámbito de los encargos profesionales y a lo mejor podríamos estar en la órbita de los quince años de prescripción”, explica Oset. Ahmed Tommouhi, confundido con un violador confeso, ha cumplido íntegra las otras tres condenas en las que no fue posible analizar el ADN, y que se basaron también en el señalamiento por parte de las víctimas como única prueba de cargo. Ha estado quince años preso.

Fuente: Público

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Ramón Gaya: la reinvindicación de un artista solitario

La vida y la obra del pintor y escritor murciano convoca a escritores, filósofos y galeristas en el centenario de su nacimiento.

(Homenaje a Velázquez,  en la Galería Guillermo de Osma, Madrid)

La figura de Ramón Gaya viene entretejiéndose, cinco años después de su muerte, como una ausencia cada vez más presente. Pintor que escribía, ensayista y poeta, autodidacta desde los 10 años y doctor honoris causa por la Universidad de Murcia, donde nació hace cien años, su obra es ejemplo de lo que él mismo sostenía con su caballete al homenajear la pintura de Velázquez y otros grandes barrocos: su obra vuelve, en palabras de su editor Manuel Borrás, para «recordar el futuro».

La Complutense le abre sus puertas mañana por primera vez con un encuentro internacional de filosofía, pintura y literatura en torno a su obra: «Es un intento de recordar al mundo académico la necesidad de estudiar a nuestras propias figuras», dice Ana María Leyra, profesora de Filosofía y su organizadora. La galería Guillermo de Osma expone una selección de cuadros de sus exilios (México, Francia e Italia) en Madrid. Y la Universidad de Murcia ha inaugurado este fin de semana otra exposición con obra realizada en esa ciudad (donde está también el museo Ramón Gaya), México y Venecia. Su aura, indudablemente, le ha sobrevivido.

Entre el arte y la guerra

En su relación con el aura, precisamente, ese concepto elaborado por Walter Benjamin, contemporáneo de Ramón Gaya (Murcia, 1910-Valencia, 2005), ha fijado su atención Miriam Moreno, autora del reciente El arte como destino (La Veleta), al acercarse, y acercarnos, a este gran desconocido. El aura es eso que, en la obra de arte, se manifestaba como la «irrepetible aparición de una lejanía», y cuya destruccióna través de la reproducción mecánica de imágenes (la fotografía o el cine) Benjamin celebraba. Gaya en cambio defendía la necesidad de que la mano del artista estuviera detrás de cada copia.

La casualidad brinda la posibilidad de volver sobre esa polémica, pues hay abierta tambiénen el Círculo de Bellas Artes de Madrid y la Fundación Seoane de A Coruña, y disponible en internet, una exposición virtual inspirada en la obra del filósofo alemán, con el que Gaya coincidió (no hay noticia de que se conocieran) en el París de las vanguardias que tanto marcó a ambos, aunque en sentido contrario. Como casi nada en la vida de Gaya, esa divergencia no fue para Gaya un pedaleo sin cadena, sino una cuestión a vida o muerte entre el arte y la guerra.

La propia Moreno recoge la discusión que Gaya mantuvo con Josep Renau, en las páginas deHora de España, la revista que un puñado de intelectuales antifascistas fundaron en 1937 en Valencia. El motivo: los carteles de la propaganda republicana. «Él decía que los carteles los tendría que haber hecho [el pintor José Gutiérrez] Solana», resume Leyra para recordar la postura de Gaya: «La pintura para él está mucho más vinculada a la vida, el cartel es más frío». Para encender y levantar la pasión que Gaya creía que habitaba en la mejor parte del pueblo español de entonces, sólo valía «el arte libre, auténtico y espontáneo» de los pintores. «Para Gaya, la tinta no reproducía las emociones», dice Moreno.

Lo curioso es que la idea de reproducción acabó convirtiéndose en uno de los grandes bastidores de su pintura, sobre todo a la vuelta de París, donde estuvo y expuso con gran éxito, con sólo 17 años. Regresó decepcionado y se fue al Prado: «Las Meninas es un cuadro infinitamente más moderno que todo lo que he visto en París», recordará el propio Gaya.

El Museo del Pueblo

Las circunstancias históricas le llevaron a poner su visión del arte, a la vez exquisita y popular, manos a la obra. En 1932 empezó a colaborar con las Misiones Pedagógicas de la II República, reproduciendo algunos de los grandes cuadros del Prado (el primero: los Fusilamientos de La Moncloa, de Goya). Nigel Dennis, profesor de la Universidad escocesa de St. Andrews, conoce a fondo ese Museo del Pueblo en el que Gaya pintó durante cuatro años: «Salía de Madrid, acompañado de otros misioneros (María Zambrano, Cernuda, Val del Omar), cada tres o cuatro semanas. Los cuadros iban en cajas de madera en camiones alquilados, y montaban la exposición en el lugar más adecuado, como «el ayuntamiento del pueblo o alguna escuela», explica por correo electrónico desde Escocia. Dennis estará el miércoles en el Paraninfo de la Complutense en Madrid, en la segunda jornada del simposio, donde también participarán José Luis Pardo y Jacobo Muñoz, entre otros.

Tras la «Guerra de España contra ella misma», como se referiría luego, y la muerte de su mujer de entonces en el bombardeo alemán de Figueras, en 1939, Gaya estuvo internado en un campo de refugiados en Francia y acabó exiliándose en México. Allí empezó a pintar detalles de los autores clásicos, con un vaso, una copa de cristal, unas discretas flores delante. «Eran homenajes a los pintores por los que sentía nostalgia», explicó él mismo en una de las entrevistas recogidas en De viva voz (Pre-textos). Algunos de esos homenajes los expone Guillermo de Osma en su galería. «Para él, la nostalgia era algo activo. Ese volver sobre los clásicos era una puesta al día. No es que diga qué pena que esto fue’, sino qué maravilla, esto es», explica el galerista.

Un pintor que escribía

Gaya se sentía, antes que nada, pintor. Al menos desde los 10 años, cuando pidió a sus padres dejar la escuela y dedicarse sólo a pintar. Sus padres (él, maestro litógrafo, ella, ama de casa; catalanes, algo anarquistas), lo aceptaron. Un pintor que escribía. «Su escritura era tan deslumbrante que él mismo temía que si hacía hincapié en ella, la gente se volcara en su literatura y no en su pintura, que es lo que más le gustaba», cuenta Andrés Trapiello, amigo de Gaya y de su segunda mujer, Isabel Verdejo. «Su obra escrita es una obra callada, limpia, inocente, mansa, firme», afirma Manuel Borrás, también amigo y editor de Pre-textos (que en primavera publicó su Obra Completa).

De fama difícil y huraño, según Nigel Dennis, que lo trató durante más de 30 años, Gaya de cerca era «una persona generosa, cariñosa y atenta». Uno de esos intelectuales que Andrés Trapiello ha llamado la «generación de los solitarios»: Zambrano, Bergamín, Cernuda, y pocos más. Los que mejor resisten el paso del tiempo. Un pintor sólo comparable a «Picasso y Solana», según Trapiello, en el siglo XX español. Y según el antiguo director del Museo del Prado y catedrático de Historia del Arte, Alfonso Pérez Sánchez, «el escritor de arte más importante del siglo XX». Pérez Sánchez, que murió en agosto, llegó a ver impreso el volumen de la Obra Completa de Gaya. Lo tocó, hojeó y pidió que se lo pusieran en un atril, junto a la cama, para tenerlo a la vista.

Fe de errores: En la edición de papel del diaro Público que recoge hoy este artículo, hay un error. Al contrario de lo que da a entender el texto, no estuvo en París durante 17 años. Ésa es la edad que tenía cuando estuvo en París: 17 años.

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Walter Benjamin, un faro para la navegación digital

(W.B. en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, en 1939. Foto: Gisèle Freund)

«Hemos intentado hacer lo que habría hecho Benjamin con el Libro de los Pasajes si hubiera tenido ordenador», dice César Rendueles, comisario de la exposición Walter Benjamin. Constelaciones, para resumirla. La muestra se abrió ayer en el Círculo de Bellas Artes de Madrid e internet y hoy en la Fundación Luis Seoane de A Coruña. Luego añadió: «Es también la forma de exponer materiales sin aura».

El gran desafío de esta exposición es explicarla, coincide Rendueles con Ana Useros, también comisaria. El reto refleja la fidelidad al recorrido del filósofo alemán: «Hemos intentado poner en juego su propia metodología al elaborarla». Así, conviene recordar que el Libro de los Pasajes, su proyecto más ambicioso, es un montaje de citas y apuntes, y no porque quedara inconcluso.

Walter Benjamin (1892-1940), que se suicidó en una pensión de Portbou para evitar ser devuelto a la Francia de Vichy por la policía franquista, es uno de los filósofos más fragmentarios y complejos del siglo XX. Y esa extraña ambición de coleccionista era su método. Su obra, además, analiza y desmonta ese aura mágico, casi religioso, que durante siglos ha envuelto a las obras de arte y que su traslado a los museos no ha hecho más que secularizar. «El coleccionista siente aversión por los museos», dice una de las citas de Benjamin.

Nada de objetos, por tanto. ¿Qué materiales se pueden exponer, entonces, para recorrer su obra sin traicionarlo? «Es una exposición estrictamente inmaterial», resuelve Rendueles, que al tiempo que salta de un concepto a otro para no dejar cabo suelto, desvela la gran virtud de esta exposición: es inagotable. Tanto el montaje documental, Constelaciones, que se proyectará ininterrumpidamente en una pequeña sala de cine, como el Atlas Walter Benjamin, un hipertexto para navegar por miles de conceptos y fragmentos clave de su obra, enlazan una lectura casi infinita. Es como si Benjamin hubiera encontrado al fin el medio para producir los efectos que buscaba con su escritura, y que son los que el público busca ahora en la lectura digital.

La muestra gira entorno a la «reproducción», al hilo de una de sus obras más influyentes: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. De ahí que se exhiba simultáneamente en Madrid y A Coruña, y en breve en Alicante, Bilbao, Granada y Buenos Aires. Pero no hace falta salir de casa: el material puede rastrearse en la web del Círculo de Bellas Artes.

Benjamin celebró el horizonte que abría la reproductibilidad técnica del arte, aunque también señaló sus peligros. El principal, el de la «estetización de la política», gracias a la posibilidad de exhibir y diseminar la imagen del poder en una sola dirección. «La reproducción en masa favorece la reproducción de masa», escribió. Huyendo del nazismo de masas, a través de los Pirineros, había llegado a Portbou, donde murió el 26 de septiembre de 1940.

Fuente: Público

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Ahmed Tommouhi, el punto ciego de la justicia española

Este marroquí, tras ser condenado por error, fue estafado por sus abogados

(Ahmed Tommouhi, en Martorell, 2010. Foto: Manu Fernández)

Ahmed Tommouhi es un albañil marroquí al que justo hoy hace 19 años detuvieron por casualidad en una pensión de Terrassa (Barcelona). No ha vuelto a coger una paleta. Tampoco ha vuelto a Marruecos ni volverá nunca a Nador, dice, donde nació en 1951. “Cuando me vine era joven, estaba sano y tenía trabajo; no voy a volver ahora viejo, enfermo y vacío”, añade este hombre que no sabe el día en que nació, pero no olvida el que empezó a vivir como si estuviera muerto. “Era lunes, seguro, del mismo mes en que estamos ahora”. El 11 de noviembre de 1991 lo detuvieron porque era marroquí, regordete y tenía entradas.

“Mi juventud, mi vida, mi futuro, todo me lo arruinaron ese día”, relata. Desde entonces, Tommouhi ha pasado 15 años preso por varias violaciones y un robo ocurridos en Catalunya en 1991. Más de la mitad, sin embargo, los pasó a la sombra después de que el Tribunal Supremo reconociera que había sido condenado por error y recomendara su indulto. En 1999, el entonces fiscal jefe de Catalunya, José María Mena, lo había solicitado para él y para el otro marroquí junto al que fue condenado, Abderrazak Mounib, porque tenía la “profunda convicción” de que eran inocentes, no sólo en la sentencia desmentida por el ADN y revocada por el Supremo en 1997, sino en todos los casos.

El Gobierno, primero del PP y luego socialista, congeló el indulto durante nueve años. Mientras, Mounib murió en una celda de Can Brians y Tommouhi cumplió íntegra su condena, después de que los abogados a los que pagó casi siete millones de pesetas, Jorge Claret y Pedro J. Pardo, también lo engañaran. Le facturaron procedimientos que no habían llevado ellos aprovechándose de que es analfabeto. “Soy un hombre cero, mi vida no vale nada”, cuenta por teléfono desde casa de su hijo Khalid, en un pueblo de la provincia de Barcelona.

De los poderes que contribuyeron a arruinar la vida de Tommouhi (Abderrazak Mounib murió el 26 de abril de 2000 de un infarto), sólo la Guardia Civil y el periodismo han rectificado. Los guardias civiles (desde el agente que abrió la investigación que dio el vuelco a este caso en 1996, Reyes Benítez, hasta su jefe, el comandante Pedro Pizarro, que firmó con él el informe) lo hicieron a sabiendas de que tiraban piedras contra su tejado. Los periodistas atribuyeron los errores a fuentes anónimas y al hecho de que Tommouhi es físicamente muy parecido a un violador confeso.

Los políticos y los jueces hacen mutis por el foro. Margarita Robles, vocal del Consejo General del Poder Judicial, redactó una de las condenas que sigue vigente: el informe descartado de la Policía Científica exculpaba a Tommouhi, pero ni Robles ni sus compañeros de tribunal entendieron que el semen analizado era de otro hombre. “Si lo condené, será porque se ajustaba a derecho”, afirma Margarita Robles cuando se le ha preguntado por este caso. Cuando se ha preguntado al compañero de tribunal de Robles, Gerard Thomàs, por qué apoyaba el indulto del hombre al que ellos mismos habían condenado, soltó: “Ahí tenga el Gobierno su patata caliente”. El Gobierno enfrió la patata denegando el indulto a Tommouhi en abril de 2008.

Los huéspedes y la pensión

Tommouhi fue detenido en aquella pensión porque la dueña había entregado la ficha de los huéspedes, como cada lunes, en la comisaría de Terrassa, y la policía quiso comprobar si se trataba de uno de los dos “marroquíes” que las víctimas de una ola de violaciones describían como sus agresores. El huésped tenía 40 años, entradas y papada, como uno de los violadores. Lo detuvieron y lo pasearon esposado por delante de las víctimas antes de la rueda de reconocimiento. La mitad lo señalaron. Los jueces no preguntaron por ninguna otra prueba: tres condenas por violación y una por robo.

Cuando, cuatro años después, la Guardia Civil detuvo a uno de los dos violadores que seguían asaltando a parejas en los mismos descampados, se descubrió el gran parecido entre Antonio García Carbonell y Tommouhi. La investigación abierta por Reyes Benítez sólo pudo demostrar la confusión en la única muestra de semen que, analizada en 1996, dio resultado. García Carbonell es gitano y habla caló, lo que añadió al parecido físico la confusión lingüística. Las demás sentencias, que no pueden revisarse si no aparecen evidencias científicas de su inocencia, siguen vigentes. Esos antecedentes han impedido que Tommouhi recupere los permisos de trabajo y residencia que tenía en 1991. Vive sin papeles desde hace año y medio.

“El poder ya no quiere saber nada: nadie me llama”, señala. Uno puede preguntarse entonces de qué sirve seguir leyendo su historia en los periódicos. “¿Dónde voy a reclamar si no? No he encontrado un sitio donde ir a hablar y a reclamar, si lo hubiera, iría y no hablaría con cualquiera que me llame, pero, como no lo hay, pues hablo”, asegura con calma y sin pose. A su mujer y a su hija mayor, que siguen en Maruecos, no las ha vuelto a ver desde hace casi 20 años. En España viven sus cinco nietos.

Fuente: Público

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