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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La realidad y sus víctimas

La casualidad ha querido, y yo se lo agradezco, que la semana que había empezado con la fiscalía de Barcelona denunciando al director del Festival de Sitges por programar una película, A Serbian Film, en la que un actor violaba un muñeco con forma de niño, terminara ayer con un ciudadano de Hospitalet dando los últimos retoques a un texto que, de no surtir el efecto merecido, servirá al menos (y esto ya es una apuesta personal) para demostrar de nuevo que la fiscalía catalana actúa siempre en el interés superior de los menores, siempre que ese interés no supere el suyo propio: figurar.

A diferencia de esa fiscalía, Manuel Borraz, ciudadano ejemplar, no reclama justicia para ningún arquetipo informativamente relevante, mucho menos para su inencontrable imagen cinematográfica, sino para personas de carne y hueso. Lleva años intentando que se haga justicia con Ahmed Tommouhi, para quien el ex fiscal jefe José María Mena siempre reservó sus mejores recursos literarios, y con quien la justicia no ha hecho nada, salvo condenarlo por error y luego no acertar jamás a reparar el daño.

Pero no se trata de Tommouhi esta vez. Borraz exige ahora resarcir a una mujer a la que violaron cuando tenía 25 20 años, cuya agresión sigue impune y por la que la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña hace más de dieciocho años que no ha movido un dedo. Un cabo suelto que podría servir además para tirar del hilo de otras seis violaciones, algunas de ellas cometidas contra menores, de las cuales sólo uno de los dos autores ha sido condenado.

Pero vayamos por partes, porque de todo hace ya casi veinte años. Antes que nada: me trago con gusto mis palabras. En la página 343 de la edición española de Justicia poética (Seix Barral, 2010) [p. 254 para la edición argentina de Falsos testigos del porvenir] en el capítulo de la entrevista con el ex fiscal Mena, y a cuento de una violación cometida en Blanes en noviembre de 1991 y que seguía impune entonces como hoy, escribí:

«La coincidencia del modus operandi, de las descripciones de las víctimas, así como que se hubieran confundido al señalar a Mounib, como ya había ocurrido en Olesa, indicaba que García Carbonell era, por lo menos, una pista buena. Hoy, las muestras siguen intactas y ese delito ha prescrito».

Las muestras provenían del frotis vaginal que se le practicó a la víctima de Blanes la noche de autos y están conservadas en el Instituto Nacional de Toxicología de Madrid. Antonio García Carbonell esta condenado a más de 250 años de cárcel por seis violaciones cometidas en 1995 y una cometida cuatro años antes: se trata de ese caso de Olesa, donde primero habían sido condenados dos marroquíes injustamente (Abderrazak Mounib es uno de los dos), porque la chica se equivocó al identificarlos. Cuatro años después, gracias a una investigación de la Guardia Civil, el caso se reabrió y se demostró que los culpables eran García Carbonell y un pariente suyo que sigue sin ser identificado.

Pues bien, hace meses que Manuel Borraz me convenció de que seguramente me equivoqué al dar esa violación por prescrita. Por supuesto, no la di por prescrita: hice mis averiguaciones, pregunté a abogados y llegamos a la conclusión de que el delito, en efecto, había prescrito. Esa conclusión, sin embargo, se ha venido abajo desde que Borraz reparó en que puesto que la violación fue doble, esto es, que fue cometida, por turnos, por dos hombres distintos contra la misma víctima, y que además iban armados, podría elevar el plazo de prescripción hasta los veinte años (art. 180.2).

Eso quiere decir que prescribiría en noviembre de 2011 y que se está a tiempo todavía de analizar esas muestras y cotejarlas con el perfil del principal sospechoso que desde hace años, y hace meses también, maneja la Guardia Civil: Antonio García Carbonell, que pronto cumplirá dos tercios de su condena y podría empezar a disfrutar de permisos penintenciarios.

La Fiscalía de Cataluña tiene, pues, la oportunidad de mostrar que además de victimizar la imagen de la justicia, trabaja para que se haga justicia a las víctimas de verdad.

El tiempo corre contra nosotros.

(Mañana más)

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Diferencias entre la pedofilia y la fiscalía de Barcelona

De los expertos que han comentado (en Público y en La Vanguardia de papel)  el delirio de la fiscalía de Barcelona de denunciar al director del Festival de Sitges por permitir la proyección de una película, A Serbian film, en la que un actor viola a un muñeco de trapo con forma de niño, sólo el portavoz de la Asociación Profesional de la Magistratura (APM) da en el clavo: dice Pablo Llanera que el Código Penal «castiga la pornografía virtual, no real, que se simula aunque no se haya realizado». El fiscal respira aliviado.

Es mentira, claro, pero es una mentira práctica: sin ella, la denuncia del fiscal no podría seguir adelante (al contrario de lo que se ha dicho: la fiscalía sí podría haberse abstenido de actuar; no así el juez de Vilanova, que al «imputar» a Ángel Sala lo único que está haciendo es permitirle que se persone como parte en el asunto, lo cual, teniendo en cuenta que podría acabar convirtiéndose en el acusado, es de agradecer). Que resulta práctica se prueba porque hoy el fiscal ve su confusión blanqueada como debate en los periódicos donde se discute sobre los límites de la realidad y la ficción, cosa que no sólo le ayudará a él personalmente, sino que nos relajará un poco a todos cuando veamos que  por fin se hace justicia, o lo que ya es lo mismo, que la justicia hace algo. Que por el camino pueda arruinarse, por poner sólo un ejemplo, la carrera profesional del imputado Ángel Sala es un efecto «colateral», pero habrá merecido la pena. No todos los días podemos presumir de crear «conceptos jurídicos indeterminados», a pesar de que se publiquen periódicos  diariamente y para desgracia de Carl Schmitt, el gran teórico de la justicia «por objetivos».

Que es mentira, sin embargo, se prueba todavía a estas horas por el hecho de que es inútil para cualquier otro supuesto, condición a la que aspira incluso la indeterminación jurídica del nazi Schmitt, que por eso mismo es indeterminada. Porque, ¿acaso todas las violaciones que se han representado en centenares de miles de escenas de miles de películas de la historia del cine no incurrirían en el mismo delito? ¿Acaso no serían también virtualmente delictivas? ¿Por qué es pornografía simular la pornografía; y no es violación simular la violación? Tal y como están las cosas, la única diferencia radica en que todavía a ningún fiscal se le ha pasado por la cabeza tan discutible idea. Porque está claro que daría, y mucho, para que discutiéramos. No puedo garantizar, por tanto, que mañana siga siendo mentira, porque puede que esta tarde reformemos el código penal para darle la razón a estos iluminados.

Una última razón que se me ocurre es que habría gente, e incluso algún director de cine no del todo arrodillado, que saldrían a denunciar al fiscal por imbécil, porque prohibir la representación de una violación supone, de hecho, la imposibilidad de perseguirla penalmente cuando se comete en el mundo real, de cuerpo presente. Seguir el razonamiento del fiscal y de Pablo Llanera, portavoz de APM, de que lo que no debe exisitir no puede representarse, acaba dando por hecho que lo que no se representa, debe de no existir.  Pero todo esto es demasiado complejo para estos acomplejados.

A ver si entienden esto: hasta el más triste pedófilo necesita creer que el niño de la foto que esconde entre sus papeles  es un niño real, y no un muñeco. Es lo que distingue a los pedófilos de los lectores de Lolita y de los fiscales de Barcelona.

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Poesía fiscal: A Serbian Film

Si es verdad que la Fiscalía de Barcelona ha denunciado al director del festival de Sitges, Ángel Sala, por haber programado la película A Serbian film, en la que al parecer uno de los actores simula que viola a un muñeco con forma de niño; y si es verdad que la denuncia se remite al artículo 189.7 del Código Penal, la cuestión no tiene nada que ver con la censura. Es, de nuevo, pura justicia poética, ese simulacro cruel: la fiscalía no distingue entre la ficción y lo real.

Porque el artículo invocado  no tiene nada que ver con la moral, ni el respeto a una supuesta imagen de los menores en general, ni con las buenas maneras: tiene que ver con los delitos de prostitución y corrupción de menores, como indica el título del Capítulo V del Código penal en el que está enmarcado. Y concretamente, en el punto séptimo, con delitos en los que realmente se haya echado mano del cuerpo, la voz o la imagen de algún menor, para usos pornográficos. El art. 189.7 del Código Penal dice textualmente que:

7. Será castigado con la pena de prisión de tres meses a un año o multa de seis meses a dos años el que produjere, vendiere, distribuyere, exhibiere o facilitare por cualquier medio material pornográfico en el que no habiendo sido utilizados directamente menores o incapaces, se emplee su voz o imagen alterada o modificada.

Las negritas son mías. Y la clave está en el posesivo de «su» voz o imagen: es decir, para que la denuncia del fiscal tuviera algún sentido no poético debería existir, en algún sótano de Serbia, el niño cuya imagen haya sido utilizada para la película. Niño de carne y hueso, a cuya estela la redacción del artículo se agarra muy cabalmente con esa sucesión de verbos en subjuntivo estirándose (para que no se le vaya de las manos) sobre su cuerpo, su voz o su imagen: pero siempre relacionándose directamente a UN menor. Parece que el director empleó un muñeco para rodar la escena de la violación.

Pero el fiscal, en el fondo, no actúa movido por la defensa de UN niño, sino de EL niño, esto es, LA imagen-niño, esa metáfora informativa que tanto nos tranquiliza.

A partir de ahí, tanto da que el fsical persiga al director del festival por programarla, al director de la película por dirigirla, o al fabricante de muñecos por hacer su negocio: el objetivo de la acción penal se elige en función de su eficacia retórica: esto es, el que más y mejores titulares dé.

 

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El fantasma de Hitler tropieza con la actualidad

Un periodista francés reconstruye en «Mein Kampf: Historia de un libro» la génesis y pervivencia del panfleto en el que Hitler esbozó su programa político // Las revueltas árabes cuestionan la principal tesis de este ensayo que Anagrama publicará a finales de esta semana

 

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«El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores». Las palabras con las que George Steiner inauguró la Feria del Libro de Turín hace diez años nos ayudan a leer Mein Kampf. Historia de un libro (Anagrama), donde el periodista Antoine Vitkine (Francia, 1977) reconstruye la génesis y ausculta la «venenosa» actualidad del texto escrito por Adolf Hitler en 1924, nueve años antes de llegar al poder en Alemania.

Porque esa indeterminación es la que imposibilita una única respuesta a la primera gran pregunta que Vitkine plantea: ¿debería haber advertido Mein Kampf de la amenaza que representaba Hitler para toda la humanidad? Pero esa indeterminación radical, sin embargo, desmorona la respuesta sobre su actualidad, que el autor francés despliega en la segunda parte de este libro. El próximo jueves llegará a las librerías españolas, con la probable excepción de la única librería alemana de Ibiza, a la que Vitkine señala, sin pruebas, como atajo por el que los teutones seguirían volviendo al libro del Führer.

Por encima de sus lagunas, el libro de Vitkine es una guía útil, si no para entender por qué el libro de Hitler no puso suficientemente en guardia a sus contemporáneos, al menos sí para conocer cómo se gestó y circuló y en parte se leyó, lo que incluyó una veintena de versiones en otras lenguas (algunas traducidas por judíos), en entreguerras. Sin embargo, cuando rastrea su pervivencia en algunos países, la mayoría musulmanes pero también en la propia Alemania, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, Vitkine naufraga en un juego de espejos donde se reflejan, sobre todo, sus propios prejuicios.

01. La génesis: Una Remington

En noviembre de 1923, Adolf Hitler (Brunau, 1889-Berlín, 1945) acaba de fracasar al frente de un intento de golpe de Estado. En una celda de la prisión bávara de Landesberg empieza a redactar su memoria de defensa. Tiene la mejor máquina de escribir de la época, una Remington que le regala el director del Deutsche Bank, Emil Georg, papel y una mesita que un militante del grupuscular Partido Nazi le ha comprado por siete marcos (la primera edición del libro costará 12). «Por primera vez, después de tantos años de trabajo incesante, contaba con la posibilidad de dedicarme a una obra que muchos me instaban a que escribiera y de cuya conveniencia para nuestra causa estaba convencido», escribirá luego en el prefacio a su Mein Kampf. El 20 de diciembre de 1924, sale en libertad condicional con el manuscrito terminado y la idea de llevárselo a un amigo impresor: «Quiere hablar sin demora sobre la publicación de su libro», escribe Vitkine.

02. La expansión: Una voz impresa

La pequeña editorial Eher-Verlag, dirigida por un tal Max Amann y al servicio del Partido Nazi, publica el libro. El término «judío» aparece 373 veces; 323 veces la palabra «raza», 306 «Alemania», 305 «guerra», 194 «marxista» o «marxismo» y 120 veces «Francia», según Vitkine. Utiliza una vez la palabra «exterminio», pero para referirse a las supuestas intenciones de los judíos.

Hitler, que tiene prohibido hablar en público, encuentra en la letra impresa un instrumento propagandístico eficaz. A finales de 1932, las ventas alcanzan los 230.000 ejemplares y sólo en enero de 1933, el mes en que Hitler fue nombrado canciller, vendió 13.000 ejemplares más. A partir de entonces, su distribución se convirtió en un asunto de estado: cientos de miles de alemanes, por ejemplo, lo recibieron el día de su boda enviado por los ayuntamientos. Y fue lectura obligatoria en las escuelas.

Todo lo cual sumó muchos de los 12 millones de ejemplares que Vitkine da como cifra global para Alemania. Max Amman, el editor, abrió por entonces una cuenta secreta en Suiza a nombre de Hitler (que había renunciado públicamente a su sueldo de canciller) para ingresar los royalties derivados de la venta del libro, según publicó The Independent medio siglo después, en 1996.

03. El mensaje: Lo inimaginable

«¿Cómo fue posible difundir este libro en la opinión pública y cómo, pese a ello, fue posible el reinado de Hitler (…): este será siempre para mí el mayor misterio del Tercer Reich». La cita de Victor Klemperer es, también, la pregunta que articula la primera parte del trabajo de Vitkine. A falta de respuesta, hay esbozos que reflejan esa «incalculable indeterminación» de la que habla Steiner.

Pero lejos de afectar sólo a las masas de lectores alemanes, Vitkine subraya que incluso Winston Churchill, atento lector del texto, dudará en 1937 de si lo que Hitler pretende es destruir la civilización o devolver a «su honor y su espíritu de paz a la gran nación alemana».

04. El presente: Metáfora alemana

Vitkine escribe convencido de que los alemanes «han heredado la historia de su país» y de que el olvido del libro pretende también borrar «la prueba del crimen»: el exterminio de seis millones de judíos, aunque también de gitanos y opositores políticos, en los campos de Europa del Este.

Y para demostrarlo, echa mano de los arquetipos y de las metáforas. Así llega a Landsberg, donde Hitler escribió el libro: «En la gran plaza y con Mein Kampf en la mano, abordo a los viandantes. Les pregunto si conocen el libro, si lo han leído, si saben si en su época fue leído. Los más mayores, todos, reaccionan con miedo. La generación siguiente, la del baby-boom, más serena, responde que hay que pasar a otra cosa, que el pasado es pasado’. (…) Cuando explico a una francesa, que vive allí desde hace 20 años, la razón de mi presencia, exclama: Está usted loco, Mein Kampf es tabú aquí. De eso no se habla’. Tal vez para aclarar una cosa con la otra, me explicará también que en otro tiempo los habitantes de la ciudad aprovecharon la situación. Señalando con el dedo a una tienda de zapatos, dice: Aquéllos les robaron la tienda a los judíos que estaban allí antes».

Tan colorido episodio podría tomarse como un respiro narrativo de no ser porque cuatro párrafos más adelante, para fundirlo a negro, esculpe: «En ciertos aspectos, Landsberg es por sí misma una metáfora de toda Alemania».

05. El desliz: La librería de Ibiza

El dedo de Vitkine alcanza también a Ibiza, donde sin embargo no llega a poner el pie. El periodista francés afirma que «en la librería alemana de Ibiza, centro de vacaciones muy apreciado por los alemanes, se venden todos los veranos considerables cantidades de Mein Kampf en su versión original».

La librería alemana de Ibiza es la librería Azul y su dueño, Joa Nesch, responde al teléfono: «Eso es mentira. Jamás lo he vendido y jamás venderé un libro como Mein Kampf», dijo a Público el jueves pasado. Vitkine reconoció luego, también por teléfono, que no recordaba su fuente: «La verdad es que ya no sé donde lo leí, porque yo no lo constaté personalmente, desde luego. Yo no he puesto el pie en Ibiza, pero sí que lo leí», dijo, después de asegurar que lo había leído «en algún recorte de prensa».

06. La tesis (fallida): Las dictaduras árabes

Vitkine sí estuvo en El Cairo. Un abogado islamista con el que habló, para otro reportaje, acabó mostrándole un pdf de Mein Kampf en inglés. «No es más que el resultado lógico de una historia que comienza en los años treinta del siglo pasado», sostiene Vitkine. Luego, su travelling histórico desemboca en un novelista argelino, cuya teoría se ajusta como un guante a la mano del periodista: «Sansal describe las similitudes entre el nazismo y los regímenes dictatoriales árabes que tienen a su país sometido», anota. Sansal concluye: «Las dictaduras de los países árabes y musulmanes se sostienen bien y son cada vez más fuertes» y Vitkine se pregunta si no será esa «experiencia cotidiana» bajo las dictaduras lo que habría formateado «la mentalidad de los lectores para leer Mein Kampf». Los hechos, en forma de revueltas, llevan tres meses desmintiendo su respuesta.

Fuente: Público

Entrevista con el autor, también en Público.

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Entre Dios y la Policía

Aparentemente sin misterio, la identificación de las personas supone, además de un asunto de vital importancia práctica en nuestra época, un campo cuyo estudio descubre las profundas transformaciones de las mentalidades que han hecho falta para que hoy nos parezca natural, por ejemplo, que nuestro número de DNI nos represente legalmente.

Algunas de las transformaciones más importantes de los últimos diez siglos están recogidas en Historia de la identificación de las personas (Ariel), una excelente síntesis –apenas 150 páginas– de las investigaciones más relevantes de este ámbito escrita por dos historiadores franceses, Ilsen About y Vincent Denis. La mayoría de los trabajos citados han sido escritos en los últimos 20 años a rebufo del fenómeno de lasmigraciones internacionales y de la extensión del control de seguridad.

La síntesis, centrada en el marco europeo, arranca en el año 1000. Las transformaciones de la época medieval son las que mejor revelan las resistencias que los distintos dispositivos han tenido que vencer para evolucionar desde el reconocimiento cara a cara a otros basados en signos que representan a la persona a distancia. El mejor ejemplo, una vez recuperado el sistema de nombre y apellidos en el siglo XI, es el del sello: «Una oblea de cera o una bola de metal presionada por una matriz que imprime su huella», que conoció una rápida extensión con el auge de la escritura y servía, entre otras cosas, para garantizar las transferencias de propiedades.

«El éxito del sello se explica [en parte] por su función de sustituto de la persona, a la que vuelve presente’ en el acto», explican los autores. Una conversión en signo, sin embargo, a la que no dejaban de resistirse las partes contratantes. Quizá temiendo que el mundo se les fuera a ir de las manos, insertaban «cabellos, uñas o una huella del dedo en el reverso de la cera», como si de una «prolongación física de la persona» se tratara.

Por supuesto, nada de este desapego fue posible sin el permiso de Dios, una vez su hijo se hizo pan en la hostia consagrada. «Una mutación tal, que hacía del signo un sustituto de la persona legal, se hizo posible por la transformación del concepto que tenían los teólogos de los signos, mediante los debates sobre la eucaristía y la presencia real’ de Cristo que tuvieron lugar en los siglos XI y XII», se lee.

Esa misma concepción acabó permitiendo también separar al cuerpo de la escritura. Las marcas judiciales, que primero se inscribían directamente sobre la piel del condenado, casi como en La colonia penitenciaria de Franz Kafka, evolucionaron luego hacia el expediente y los archivos donde se describía el aspecto de los fichados: ahora los cuerpos eran captados en los textos, y no a la inversa. La huella digital manchada de tinta nos recuerda todavía ese umbral entre el nombre y el cuerpo.

La nacionalización

Cuando la soberanía dejó de ser un atributo divino de los monarcas y empezó a emanar del cuerpo de la nación, y los estados consolidaron sus fronteras territoriales, surgió también la necesidad de definir y controlar a sus poblaciones. «Bajo el nombre de policía’ los gobiernos ponen en marcha dispositivos para enmarcar la vida de las poblaciones, […]y permitir su coexistencia en el marco urbano», resumen los dos historiadores.

En ese contexto se generalizaron los pasaportes, que fueron obligatorios antes para los ciudadanos que para los extranjeros, y los registros de nacimientos, matrimonios y defunciones, durante siglos anotados por las autoridades eclesiásticas, se convirtieron por fin en un registro civil centralizado por el Estado. El primero, el de Francia, en 1792. Hoy, el documento nacional de identidad es casi un certificado de existencia.

Los dispositivos de identificación hace crecido hasta volverse omnipresentes y por eso mismo imperceptibles. El desarrollo tecnológico multiplica esa capacidad de perfeccionamiento e invisibilización. Pero, como bien subrayan los autores, eso no significa que en la actualidad no quepan otras épocas. En muchas estaciones de metro y autobuses de Madrid, sin ir más lejos, se ha vuelto habitual que la policía, uniformada o de paisano, paren a inmigrantes sospechosos de serlo y no tener papeles. El primer indicio, de nuevo, vuelve a ser la cara.

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Principios (y derivas) de la justicia poética VII: el documental mexicano

Presunto culpable” retrata una tiranía dispersa pero implacable. Es la tiranía del expediente. El papel no es muestra del proceso judicial, es el ídolo al que todos tienen la obligación de rendir tributo. El acusado, los testigos, el acusador están impedidos de expresarse con naturalidad: han de dictar palabras extranjeras para la engorda del Santo Expediente. La policía no pierde el tiempo con investigaciones. Su trabajo es coleccionar hojas de papel. Las preguntas del interrogatorio judicial tienen una muralla infranqueable, lo asentado en el expediente.

El blog de Jesús Silva-Herzog Márquez.

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No torturen a la hija del sospechoso

¿Aprobarías el uso de la tortura contra los sospechosos de terrorismo para salvar la vida de decenas de inocentes? Ese viejo dilema moral, que tras los atentados del 11-Sy la llamada guerra contra el terror renovó su vigencia, suele convocar, más allá de las cuestiones relativas a su eficacia, dos posturas irreconciliables. Quien responde afirmativamente considera que el valor de la vida de esas decenas de personas está por encima de la del terrorista; y quien responde negativamente, lo hace convencido de que la tortura es en sí misma un acto inhumano y que como tal debe rechazarse, incluso al precio de arriesgar la vida de los demás.

Michael J. Sandel (arriba en la imagen), profesor de la Universidad de Harvard y autor de Justicia (Debate), añade una variante para mostrar que, en el fondo, el criterio utilitarista (el que sostiene que sólo los números importan) es insuficiente a la hora de autorizar el uso de la tortura. ¿La autorizarían también en el caso de que, visto que el torturado no canta, se planteara la conveniencia de torturar a una de sus hijas pequeñas? «Seguramente no», responde el propio Sandel a Público: «Incluso los defensores de la tortura no creen realmente, desde un punto de vista moral, que sólo importen los números». El libro, que sistematiza sus cursos durante 30 años, ha vendido un millón de ejemplares en Estados Unidos.

La discusión frente al rampante utilitarismo es el gran eje del libro. Una discusión que se revisa a la luz de algunas de las otras grandes teorías de la justicia con mayor vigencia. El universalismo de Kant, el igualitarismo de JohnRawls, o la búsqueda del bien común de Aristóteles. El ejército profesional u obligatorio, las madres de alquiler y las primas multimillonarias a los ejecutivos de los bancos rescatados con dinero público, además de algunos dilemas sobre la llamada guerra contra el terror, son los ejemplos de los que se sirve Sandel para conducir su reflexión con dialéctica: yendo de los casos concretos a los principios generales y viceversa. No hay, sin embargo, ninguna referencia a Guantánamo: «Mi preocupación fundamental no está relacionada con la paz y la guerra», dice.

La izquierda desmoralizada

Lo que sí es una preocupación fundamental de Sandel es la relación entre la moral y la ley. De hecho, no cree que haya leyes neutrales: «Uno de los argumentos que pretendo mostrar es que no es posible formular leyes sin tintes morales. Sería muy tentador, pero es una actitud inalcanzable y en parte peligrosa, porque impone ciertas opiniones morales sin que haya un debate real sobre sus principios», explica.

El ejemplo favorito de Sandel es el del libre mercado, que defienden a rajatabla los que él llama «libertarios» y que no siempre se sitúan a la derecha en el arco político. «Los partidos de centro izquierda han cometido un gran error escorándose demasiado hacia esas ideas libertarias», advierte el autor.

Tras la hegemonía intelectual de las ideas conservadoras de Margaret Tatcher y Ronald Reagan durante los años ochenta y noventa, la izquierda quiso mantener su defensa del Estado del bienestar sin criticar los fundamentos del libre mercado. «Y creo que fue un error del que no se ha recuperado todavía y que explica en parte la crisis financiera que vivimos», añade. A juicio de Sandel, a los excesos del mercado únicamente se puede hacer frente «reformulando los grandes principios de la comunidad y la solidaridad».

Fuente: Público

Foto: Michael J. Sandel el jueves en la sede de Random H. Mondadori, en Madrid. REYES SEDANO

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La realidad en un click

A primera vista, la fotografía de la derecha es lo menos documental que podría imaginarse y de ahí quizá los signos de exclamación del título de la serie que la enmarca y que desde el jueves puede verse en Madrid: ¡La identidad es el disfraz! Pero lo es. Iata Cannabrava fotografío la Parada Gay durante cuatro años (2003-2007) en la principal avenida de Sao Paulo, Brasil, y los fotografiados participan en esa fiesta popular para, a través del disfraz, reafirmar su derecho a ser lo que son, y no lo que deberían ser.

Ése es el tipo de desafío que afrontan muchos de los fotógrafos reunidos en la exposición Laberinto de Miradas, en el viejo edificio de Tabacalera. “La idea del concepto”, resume el fotógrafo Txema Salvans, “que antes parecía reservada al mundo del arte o de la publicidad, ahora en cualquier escuela se enseña que también forma parte de la fotografía documental: ¿qué quieres demostrar con esas fotos?”, explica el Salvans, cuya propuesta aquí gira en torno a los lugares de ocio. La muestra, abierta hasta el 15 de mayo,  llegará a Barcelona un mes después.

Fronteras sin límites
La exposición llega a España después de tres años recorriendo diversos países lationamericanos. Es el resultado de un viaje de su comisario, Claudi Carreras, por más de 500 trabajos de fotografía documental de toda Iberoamerica. El eje, según Carreras, es “esa dicotomía entre el documentalismo más clásico, ligado al testimonio y denuncia de la realidad, y el de autor, que es una fotografía más metafórica que enfrenta al espectador al juego de las interpretaciones y la reflexión, como hace también el arte contemoporáneo”.

El debate, sin embargo, parece ya un tema más teórico que práctico, pues en el fondo la mayoría de las fotografías salvan esa dicotomía. “Para mí es un tema superado”, sugiere Matías Costa: “lo interesante es que la fotografía mezcle lenguajes, estilos para provocar una emoción y empujar a una reflexión, si no se quedaría en una mera ilustración de lo que ya sabíamos”, añade.

Tanto Costa, cuyo propuesta Extraños se compone de imágenes tomadas en los pasos fronterizos de varios países europeos, como Juan Valbuena, que se centra sobre el espacio casi mítico del Mediterráneo, trabajan la idea de frontera.

Valbuena, en cambio, sí subraya la evolución en la forma de representar. “La fotografía documental ahora es menos directa, más metafórica, está más intelectualizada y exige también la reflexión del espectador, sin que necesariamente esté sujeta a una denuncia directa ni al medio de la prensa”, cuenta Balbuena, que ha titulado su propuesta La frontera ancha. “Para mí basta con que esté basado en lo real, con todas sus reinterpretaciones o poetizaciones, pero que al menos tenga ese click, esa relación con la realidad, para que siga siendo documental”, dice.

Una evolución que se despega cada vez más del formato periodístico tradicional, sin que pueda distinguirse claramente si es la causa o la consecuencia del despegue. “Creo que hay más fotógrafos buenos ahora que nunca, y sin embargo los dominicales y la prensa en general cada vez son menos interesantes fotográficamente”, sostiene Valbuena. “Yo, personalmente, ni me lo planteo”, remarca Salvans, que durante años publicó en los dominicales españoles más importantes. “Yo aún viví los coletazos del encargo: te pagaban el viaje, los gastos y el trabajo hecho: ahora lo quieren todo gratis” dice.

“En los medios es cada vez más difícil que haya proyectos independientes y de raíz social, porque los dominicales cada vez más son publicidad subliminal”, apunta el comisario Carreras. Para Matías Costa, en cambio, el criterio decisivo sigue siendo la calidad y el interés de los temas. “Otra cosa es el valor que se le de al trabajo, pero eso ahora mismo afecta tanto al del fotógrafo como al de los camareros”, resume.

Las exposiciones y las galerías de instituciones públicas o fundaciones privadas, se han convertido en la gran plataforma para este tipo de fotografía, aunque no en exclusiva. La publicación especializada y la web abren también surcos fértiles. Y no es raro, apunta Valbuena, que luego acaben volviendo a las páginas de los dominicales: esta vez dentro de una reseña de la exposición, que sale más barato.

Fuente: Público

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La vida de Truman después del show

“La vida es un continuo Show de Truman”, decía Kelly Gordon, una de las comisarias de la exposición El efecto del cine. Ilusión, realidad e imagen en movimiento, después de recorrer y explicar, al hilo de las diez video instalaciones de esa muestra inaugurada ayer en el CaixaForum madrileño, las numerosas formas en que realidad y representación se funden hoy en la cabeza de todos. Esa sensación, tan familiar, de vivir en una peli. “La pregunta es cuándo podremos salir de ella”, añadió refiriéndose a la protagonizada por Jim Carrey.

Ninguno de los vídeos, sin embargo, se refieren expresamente a ese filme, pero todos giran en torno al mismo problema: la imposibilidad de distinguir, nítidamente, entre lo real y su representación. Un joven que, bajo las indicaciones de un director-artista, el inglés Ian Charlestown, se interpreta a sí mismo en el papel de joven de clase trabajadora de Belfast (Irlanda del Norte); o la norteamericana Kerry Tribe, que contrató a cinco actrices para que la interpretaran a ella delante de su cámara; o la instalación sobre Nueva York, que reconstruye varios rincones de la ciudad con fotografías de otra ciudad, vampirizando la imagen que todos tenemos de Nueva York en la cabeza.

“Se ha creado un nuevo espacio público, donde la realidad se fusiona con la representación”“Existe un efecto cinematográfico en nuestras mentes que yo creo que antes no existía”, avanzaba Gordon en la rueda de prensa: la contemplación de los vídeos lo revela de manera inquietante. “Nuestra consciencia siempre está en una especie de escenario y siempre somos consciente de ello”, añadió Gordon.

La exposición, que es una actualización de la organizada por el Hirshhorn Museum and Sculpture Garden de Whasington, se presenta en España dividida en dos partes: Realismo, que se podrá ver en Madrid hasta el 24 de abril, y Sueño, en el CaixaForum de Barcelona a partir de mayo. Las dos partes encauzan las dos corrientes que, desde el nacimiento del cine, representan los hermanos Lumière, por el lado del realismo documental,  y Georges Meliès, por el del ilusionismo y la fantasía.

Hoy más que nunca, Lumière y  Méliès van de la mano”, según los organizadores. Realismo, desde luego, así lo refleja: “Se ha creado un nuevo espacio público, donde la realidad se fusiona con la representación”, explicaba ayer Gordon, Aunque en Washington se pudieron ver ambas partes en el mismo edificio, CaixaForum ha decidido separarlas: “Nos parecía sugerente el que haya que viajar entre ambas ciudades”, quiso sugerir una de las organizadoras.

La muestra deja, sin embargo, un territorio sin explorar:  las consecuencias reales de todo ese efectismo.  ¿Qué pasa si, en la vida real, un juicio, por ejemplo, se conduce como si fuera una ficción? Gordon, que en verdad ha trabajado sobre todo en la parte Sueño, admitió la pertinencia del interrogante: “Ésa es la clave”, dijo. “Quizá la respuesta sea que ni hay realidad en la justicia, ni justicia en la realidad”, después de recordar que, en los títulos de crédito de la película Judgment at Nuremberg (1961), se decía que ninguno de los protagonistas reales estuvo más de cinco años en prisión.

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La poderosa atracción de ‘Snookie’

Una de las obligaciones de Kelly Gordon, comisaria de la exposición ‘El efecto del cine’, es el análisis de la cultura popular. Sobre la proliferación de los ‘reality shows’ en televisión, tiene clara su posición teórica. “Hay dos causas principales: que son muy baratos de producir; y que hay mucha gente dispuesta a protagonizarlos, con verdadero entusiasmo además, porque, entre otras cosas, sirve para mejorar su situación económica”. Pero Gordon misma admite que a veces esos programas le acaban seduciendo más allá de su obligación de crítica,  y cita a ‘Snookie’, la poco ejemplar estrella ( 452.600 amigos en Facebook) de varios realities americanos, demasiado presente en su vida. “Yo, que creo que lo único real es el paso del tiempo, me pregunto porque lo pierdo viendo a Snookie”, admite.

Fuente: Público

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Filósofos para una nueva democracia

Ocho pensadores occidentales reflexionan sobre el arrinconamiento de la soberanía popular en los regímenes parlamentarios actuales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Tiene algún sentido hoy en día considerarse demócrata? La editorial francesa La Fabrique decidió plantear esa pregunta a ocho filósofos europeos y norteamericanos, dando por supuesto que la democracia era una de esas palabras (una realidad, por tanto) que goza hoy de un amplio consenso, al menos en Occidente. El resultado es un libro, recién traducido al español bajo el título Democracia en suspenso (Casus Belli), que desmiente radicalmente ese presupuesto: no sólo prueba que no está claro qué es eso que llamamos «democracia», sino que sus mejores páginas aclaran también que ese desacuerdo, precisamente, es lo más democrático que hay. «No creo que exista consenso alguno, salvo el que pasa por dividir la noción misma», responde el francés Jacques Rancière.

El mismo Rancière ya publicó hace cinco años un libro, El odio a la democracia (Amorrortu), para señalar que buena parte del discurso dominante, al contrario de lo que ocurría antes de la caída del muro de Berlín, «donde había claramente democracia por un lado y totalitarismo por el otro», desconfía ahora de la misma democracia de la que se reclama. Para muchos intelectuales, «en todo el arco político, desde la derecha hasta la extrema izquierda», insiste Rancière ahora, la democracia es sólo «el reino del individuo formateado como consumidor».

Una palabra y dos cosas

Democracia en suspenso sirve para enfocar (¡para sospechar!) mejor algunos debates actuales: de la Constitución Europea a las relaciones entre las democracias occidentales y el capitalismo chino. Pero además recuerda que esa costumbre de desacreditar a una de las partes del conflicto acusándola de populista, cuando no directamente de delincuente, y de no atender a la razón y a la ley, sino a la ilimitada satisfacción de sus deseos (¿os suena, internautas?), es un reproche tan viejo como la democracia misma. Tan viejo como Platón, al menos, que el también francés Alain Badiou repite aquí: «El sujeto democrático se constituye únicamente en relación con el goce», escribe. ¿Por qué, sin embargo, esos reproches se hacen a su vez en nombre de la democracia?

«Quienes hoy debaten acerca de la democracia designan cosas distintas con esa palabra», apunta el filósofo italiano Giorgio Agamben, en un breve texto que sirve de introducción al volumen. Democracia, desde su origen ateniense, designa tanto «una técnica de gobierno» como «una forma de constitución del Estado», de ahí que cada vez que se plantea un debate de fondo el malentendido parezca inevitable. Porque cada vez más el Estado, y sus portavoces gubernamentales, sólo aceptan la discusión respecto del funcionamiento y ejercicio del poder, no de su constitución. La soberanía popular, que en sus orígenes atenienses se presentaba directa y permanentemente, se representa ahora través de las urnas, cada cuatro años.

Constitución sin pueblo

Uno de los ejemplos de ese malentendido que mejor abordan algunos de los autores es el del Tratado de Lisboa de 2007, que sirvió para reformular la Constitución Europea rechazada por franceses y holandeses dos años antes. El nuevo Tratado cambió para seguir siendo lo mismo, pero luego ya sólo fue sometido a referéndum en Irlanda. «Los instrumentos son exactamente los mismos. El orden es la única variación introducida en esa caja de herramientas», declaró por entonces uno de sus artífices, el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing.

Aún así, el referéndum tuvo que repetirse, porque los irlandeses tuvieron la ocurrencia (¡tan poco democrática!) de rechazarlo. «Los irlandeses se lo deben todo a Europa, y no son conscientes de ello», advirtió por entonces Daniel Cohn-Bendit, verde y europeísta. Los irlandeses, que ahora deben a Europa, además de «todo», un préstamo bancario de 80.000 millones de euros, lo entendieron a la segunda. Y ganó el sí.

La Constitución europea no volvió a someterse a referéndum. «Existe, por tanto, una gran desconfianza que afecta incluso a esa misma votación, pese a que ella forme parte de la definición oficial de la democracia», explica Rancière, que es el único que no responde a la pregunta de La Fabrique por escrito, sino entrevistado personalmente por el editor y escritor Eric Hazan. Y añade: «Hemos asistido asimismo al resurgir de los viejos discursos, hemos visto cómo Cohn-Bendit, en primera línea, decía que fue la democracia quien aupó a Hitler, etc…».

Aún así, Kristin Ross, una de las dos filósofas estadounidenses reunidas, extrae conclusiones positivas del proceso: «Si los votantes deciden tomarse en serio un rito anticuado en una época en que ya nadie lo hace, como Giscard se encargó de dejar claro, incluso la propia concurrencia a las urnas puede convertirse, como en este caso, en un ejemplo de ‘democracia fugitiva’: la que expresa las potencialidades políticas de la gente corriente», escribe. Wendy Brown, la otra americana, subraya más bien que la elección entre un partido u otro ha acabado siendo lo mismo que comprar una marca o la de la competencia.

Para Agamben, el que ya nadie repare en ese doble sentido de la democracia, deriva en el «dominio aplastante del gobierno y de la economía sobre una soberanía popular progresivamente vaciada de sentido», al que asistimos hoy. Daniel Bensaïd, fallecido ahora hace un año en París, identifica el descarrilamiento de esa confusión con los años que siguieron a la caída del muro de Berlín. «Un ataque en toda regla lanzado contra las solidaridades y los derechos sociales, unido a una ofensiva de privatización del mundo sin precedentes, redujeron como una piel de zapa el espacio público», explica. Lo cual confirmaba el temor que ya Hannah Arendt, según Bensaïd, se había adelantado a expresar: «Que la política misma, en tanto que pluralismo conflictivo, quedara completamente borrada de la faz de la tierra en beneficio de una prosaica gestión de las cosas y los seres».

Capitalismo chino

El vínculo entre democracia y capitalismo es otro de los vectores que articulan estas reflexiones, y que a su manera interrogan también esa dualidad entre la administración de las cosas (la economía) y la discusión común (la política). Slavoj Žižek se pregunta si el ejemplo chino no desmiente la idea liberal de que el desarrollo capitalista provoca necesariamente el despegue democrático. Y lanza la hipótesis, parafraseando a Trosky, de que quizá lo que estemos viendo es que «la viciosa combinación del látigo asiático con el mercado bursátil» se está mostrando más eficaz que nuestro capitalismo liberal.

«¿Qué sucedería si dicha combinación viniera a señalar que la democracia, según la entendemos los occidentales, ha dejado ya de ser la condición y el motivo de desarrollo económico para convertirse en su obstáculo?», se cuestiona el filósofo esloveno. «¿Cómo negocias duro con tu banquero?», se preguntaba la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, en un cable de Wikileaks, hablando de las relaciones de su país con la dictadura China.

Žižek y Badiou son quienes mejor representan, de entre los autores reunidos por Hazan, esa desconfianza de cierta izquierda hacia la democracia. De hecho, ambos defienden que la única verdadera democracia, concebida como la facultad de los pueblos de gobernarse a sí mismos, sería el (verdadero) comunismo. Y comparten además una descripción del porqué las masas siguen sin decidirse a dar el paso al frente: porque no lo saben.

«El hombre democrático no vive sino en el presente, no admite más ley que la del deseo que le pasa por la cabeza», escribe Badiou, parafraseando a Platón. «Se precisa un líder para desencadenar el entusiasmo por una causa», afirma Žižek. En medio de ambos, Rancière ironiza respecto de este tipo de planteamientos, aunque al paso del ejemplo italiano: «Fíjese en la cantidad de estrategas políticos que hay en Italia, ¿y qué? Quien está gobernando es Berlusconi».

Minúsculas de la historia

Rancière tiene otra visión de en qué consiste el movimiento obrero y sus conquistas, a partir de su buceo en los archivos del siglo XIX: «Nunca he dejado de luchar contra la idea de necesidad histórica. […] Lo que llamamos historia es algo tramado por unas personas que construyen una temporalidad a partir de su propia vida, de su propia experiencia», dice. La historia, con mayúsculas, no hace ni dice nada.

De ahí también que la palabra «democracia» signifique cosas distintas en función de su contexto: «Para el intelectual medio francés, significa el reino del cliente de supermercado hundido en su sillón», denuncia Rancière, pero en Corea del Sur, donde hace 20 años existía una dictadura, la democracia «se traduce en una serie de formas espectaculares de ocupación de la calle por la gente», recuerda.

«El poder del demos no es el poder de la población ni el de su mayoría, es más bien el poder de cualquiera», sostiene Kristin Ross. Y ese es el sentido más iluminador que rescatan aquí Nancy o Rancière: «La democracia, entendida como el poder del pueblo, como el poder de aquellos que no tienen ninguna cualificación particular para ejercerlo, es la base misma sobre la que se asienta la política».

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Fuente: Público

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