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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Tommouhi, delante de las cámaras

«Si uno está manchado, el dinero no vale para nada», dice Tommouhi en el vídeo de LaVanguardia.es realizado por Iván Vila. Esta aquí.

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La comisión de deontología del Colegio de Abogados de Barcelona se pronunciará

En el Colegio de Abogados de Barcelona me aseguran que el director de la Comisión de Deontología, Juan Oset, se va a estudiar el tema y me contestará esta misma tarde o mañana por la mañana. No tenían constancia de este asunto, me asegura el portavoz del Colegio, antes de que entienda a qué se refiere: quiere decir que el asunto no está denunciado ante ningún juzgado y por tanto ellos no han recibido comunicación formal que les permita abrir un expediente contra sus dos colegiados. El asunto es que los abogados Jorge Claret y Pedro J. Pardo estafaron a su cliente, Ahmed Tommouhi.

Bien, pero es que el cliente ni sabe leer ni escribir y durante años nadie le explicó lo que la minuta refleja: que Claret y Pardo le facturaron procedimientos que habían llevado de oficio otros abogados, como el asunto de Cornellá (que llevó de oficio Pere Ramells, también colegiado del ICAB), o el de Terrassa (que llevó también de oficio Desiderio Fernández); que le facturaron también un recurso presentado por el fiscal (el colmo de la perversión, porque no sólo le cobraron por el trabajo que hizo otro, es que le cobraron por el trabajo del fiscal cuando lo que éste pretendía con su recurso es que le aumentaran la pena); y que le facturaron, por último, el trabajo que hizo ante el Supremo en Madrid y ante el Tribunal de Derechos Humanos en Estrasburgo, Manuel Ollé, al que por cierto llamaré mañana para ver qué tiene que decir también de todo este asunto. «No cobré ni un duro, cero patatero», me dijo cuando lo entrevisté en su despacho de la calle Goya, en Madrid, en enero de 2009.

Cuando todo esto ocurre, y los periodistas (cosa que no he hecho sólo yo; pero esto se sabrá el jueves) lo ponen en conocimiento del Colegio y le facilitan además la minuta, la prueba de la estafa: ¿tiene algo que decir el Colegio de Abogados de Barcelona o no? ¿Tiene algo que hacer? ¿Estafar sale gratis si el cliente no sabe cómo ni dónde denunciarlo?

Seguiremos informando.

P.D. Por cierto, el tema que publico mañana en el periódico también rescata la fabulosa sentencia de Margarita Robles, Gerard Thomàs y Felipe Soler Ferrer.

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Parece que por fin vamos a saber qué opina el Colegio de Abogados de todo esto

La jefa de prensa está de vacaciones. La persona que la sustituye en estos casos ha salido. Pero tiene que volver enseguida. Mi interés es saber qué opina el Colegio de Abogados de Barcelona sobre el hecho de que dos de sus colegiados, Jorge Claret y Pedro J. Pardo, estafaran a un cliente, Ahmed Tommouhi, aprovechándose de que era analfabeto. Voy a escribir una historia esta semana en el periódico sobre Tommouhi, y me ha parecido que, después de denunciar el silencio, había que darles la oportunidad de romperlo.

Seguiremos informando.

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¿Qué hace falta para condenar a un hombre?

En este caso, parece que sólo hizo falta el tribunal. Porque no parece que reunieran muchas pruebas…

«Ahora, la sentencia absuelve al reo atendiendo a que en su juicio los damnificados -el que recibió la puñalada y otro agredido- no comparecieron, a que en la testificación que hicieron no pudieron identificar al autor de los hechos y a la confesión del menor [que reconoció la autoría] en el otro proceso.»

Elmundo.es, ahora mismo.

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Y con embargo…oh con embargo (Principios de justicia poética III)

Los tribunales han aprobado ejecuciones hipotecarias [en EE.UU] sin exigir que los administradores de las hipotecas presentasen la documentación apropiada; en vez de eso, han confiado en las declaraciones juradas que afirmaban que los papeles estaban en orden. Y estas declaraciones juradas habían sido emitidas en muchos casos por firmantes robot o por empleados de bajo nivel que no tenían ni idea de si sus afirmaciones eran ciertas.

El cenagal de las hipotecas, Paul Krugman, El País, 17/10/2010

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Náufrago de un huracán de rumores

Zeitoun, el nuevo libro de Dave Eggers, analiza los dos traumas de la era Bush, el Katrina y el 11-S, a través de la historia de un sirio encarcelado en Nueva Orleáns

(Abdulrahman Zeitoun, junto a sus hijas, en una playa de Málaga, en 2004.)

«Ahí fuera tenemos gente que lleva cinco días viendo cadáveres, viendo cómo unos vándalos matan gente, violan gente». Tras el paso del Katrina a finales de agosto de 2005, estas palabras del alcalde de Nueva Orleáns pidiendo ayuda en el programa de Oprah Winfrey, uno de los más populares e influyentes de Estados Unidos, se rebotaron en los principales noticiarios del país. La gobernadora del estado de Luisiana había advertido ya de la llegada del ejército: «Estos soldados saben disparar y matar, y están dispuestos a hacerlo si es necesario, y espero que así lo hagan», dijo. Pero la ola de saqueos, asesinatos y violaciones que, según las autoridades y los periodistas, habría devuelto Nueva Orleáns a un «estado casi animal», en expresión del alcalde Ray Nagin, tras la ruptura de los diques del puerto, nunca existió.

Abdulrahman Zeitoun no se movió de la ciudad durante aquellos días y todavía hoy recuerda la distancia entre lo que su mujer Kathy, ella sí evacuada, le contaba que veía por televisión y lo que él veía con sus propios ojos: «En realidad, yo no veía lo que mi mujer me iba diciendo que estaba ocurriendo», cuenta Zeitoun por correo electrónico a Público. Sin embargo, algo sí había de cierto en las palabras de la gobernadora Kathleen Blanco: la presencia militar iba a ser abrumadora.

Espejismo de agua sucia

Zeitoun (Mondadori), el nuevo libro de Dave Eggers (Boston, 1970), uno de los escritores norteamericanos más importantes de su generación, además de una precisa panorámica sobre los daños y las víctimas causados por la tormenta (más de 1.100 muertos en todo el estado de Louisiana), refleja también las consecuencias bien reales de aquel espejismo de agua sucia desencadenado en los despachos. Su protagonista vivió, en el ojo del huracán, ambos desastres.

Abdulrahman Zeitoun, ciudadano sirio, residente americano y dueño de una pequeña empresa de reformas, se dedicó a recorrer las calles inundadas en una vieja canoa que tenía y a rescatar a personas atrapadas por el agua durante los primeros días. Entre ellas, una anciana flotando como un nenúfar por el salón inundado de su casa. También alimentaba a algunos perros abandonados. «Cada día olía peor, a una mezcla espantosa de pescado, barro y productos químicos», escribe Eggers en el libro.

Zeitoun llamaba diariamente a su mujer, acogida con sus cuatro hijos en casa de unos amigos en Phoenix. «Bueno, yo confiaba en lo que él me decía, pero sólo respecto de nuestra zona», explica su esposa, Kathy Zeitoun. «Esos días, yo no sabía si los hechos se estaban exagerando o no. No sabía lo que pasaba», añade él.

Las autoridades acabaron desmintiéndolo. «No tenemos ningún informe oficial que documente ningún asesinato, violación o asalto sexual», declaró el mismo alcalde Nagin a The New York Times días después. Pero el clima de pánico y las reacciones que esa ola de rumores había desatado no se desmienten tan fácilmente.

Además de a Kathy, Zeitoun llamaba a menudo a su hermano Ahmad, un antiguo capitán de barco que vive en España desde hace casi 30 años. El 6 de septiembre, Zeitoun le pidió colgar. «Me dijo: Oye, espera un momento’, como si fuera a ir al baño o algo, no recuerdo. Me quedé esperando. Luego, empecé a llamarlo y no contestaba», cuenta Ahmad por teléfono desde Málaga.

Las tres semanas siguientes, Zeitoun enmudeció como si las aguas se lo hubieran tragado. «Lo habían arrestado a punta de pistola en una casa de su propiedad, lo habían trasladado a una base militar improvisada dentro de una estación de autobuses, lo habían acusado de terrorismo y lo habían encerrado en una jaula exterior», se lee. En efecto, Zeitoun estuvo en prisión incomunicada y sin fianza durante 23 días.

No lo acusaban de terrorismo, sino de «saqueo». Pero eso no lo supo hasta que tuvo abogado. Por lo demás, los insultos de «talibán» y «terrorista» que algunos de los soldados le dirigían y la propia incomunicación le convencieron de que todo se debía a su origen sirio. «No saber dónde estaba, no saber que estaba detenido», recuerda Kathy Zeitoun, fue lo que más les dolió.

Mientras, las imágenes de los enviados especiales seguían dando la vuelta al globo. «El cámara hizo un barrido por toda la prisión, Zeitoun incluido. La cámara llevaba una luz brillante y verse retratado así, bajo el destello de un foco y mostrado al mundo como un criminal enjaulado, enfureció a Zeitoun. Era mentira».

A partir de ahí, Eggers, autor también de Qué es el qué, ha escrito una obra de no ficción que dispara contra los dos grandes traumas de la era Bush: el 11-S y el Katrina. «Si la gobernadora Blanco estaba en lo cierto, si se trataba de veteranos recién llegados de Afganistán e Irak, no pintaba muy bien para su marido», pensaba Kathy Zeitoun por entonces. Pero Zeitoun no es sólo un ejemplo del racismo que genera la guerra contra el terror. El mismo Eggers lo señala: los policías no tenían nada contra sus orígenes. Eso sí, «estaban tensos». Llegaron a Nueva Orleáns habiendo «oído hablar de tiroteos, violaciones y bandas armadas», recoge el libro.

Ley marcial

Zeitoun fue detenido junto a dos norteamericanos que tardaron varios meses más en salir de Camp Greyhound, la cárcel improvisada en la estación de autobuses. Entre los otros detenidos con los que se cruzó, hay una anciana de 73 años, un enfermo mental, un empleado de una empresa de limpieza y un bombero llegado para trabajar en la reconstrucción de la ciudad.

Si algo tenían en común, es que fueron víctimas de un estado de excepción encubierto, no declarado pero practicado en medio del desconcierto general y que Eggers describe sutilmente. Los medios de comunicación ayudaron en la cobertura, al titular que el alcalde Nagin había decretado la «ley marcial» (lo que supone suspender las garantías constitucionales), a pesar de que no tenía potestad para ello. (¡Un portavoz de la Casa Blanca lo confirmó, erróneamente!). Todavía hoy, los Zeitoun siguen creyendo que fue esa ley la que se aplicó. «Lo primero que espero es que cambien la ley marcial», responde Kathy cuando se le pregunta qué puede ayudar a cambiar que se conozca su historia. Aunque formalmente equivocada, no le falta razón práctica: 1.200 detenidos pasaron por Camp Greyhound.

Al principio, los Zeitoun, que aún esperan que la Justicia reconozca los abusos de la Administración, recibieron con nerviosismo la propuesta de Eggers para contar su historia. «Cuanto más hablamos, mejor nos sentimos. Para que se sepa lo que realmente pasó», escribe ahora Kathy Zeitoun desde Nueva Orleáns.

(La fotografía está incluida en la edición española del libro, editada por Mondadori. El hermano de Abdulrahman Zeitoun, Ahmad, y su familia viven en Málaga desde hace más de veinte años)

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Fuente: Público

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El arte de trabajar sin contrato

Fragmento de la vídeo-performance, 'Dependencia Mutua', de Eulàlia ValldoseraLa inmigrante sin papeles que limpiaba en casa de la galerista italiana de Eulàlia Valldosera (Vilafranca del Penedès, Barcelona, 1963) no había pisado un museo hasta que la artista catalana le pidió que protagonizara la performance de su última exposición. En el vídeo, la ucraniana Liuba limpia la escultura de un emperador romano en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Los gestos son mecánicos, pero los juegos de luces y los planos de la realizadora buscan despertar la líbido del espectador. Porque Dependencias mutuas reflexiona sobre las relaciones de poder  entre las personas, pero también de estas con sus objetos.

«Nápoles es una sociedad muy clasista y hay toda una serie de formas que me recuerdan a las españolas», explicó Valldosera a Público el miércoles. De ahí que la exposición, producida para una galería napolitana, llegue ahora a España. «Yo también he tenido trabajadoras sin papeles que venían a trabajar a casa», aclaró. La exposición se inauguró el jueves  en La Fábrica Galería de Madrid.

Feminismo ambiguo

«A mí, nadie me ha contratado nunca», dice en un momento la voz de Liuba, en italiano, en una de las piezas de la exposición. Eulalia Valldosera dice que se identifica con esa frase en un sentido literal. «¿Tú sabes lo difícil que es que se nos contrate a los artistas?», pregunta. Pero aunque esa pretendida literalidad tape la diferencia radical que supone la amenaza de la deportación, Valldosera no rehúye la ambigüedad de su propio rol. La artista, al aparecer fugazmente en el plano, no se sabe si se apropia de las palabras de Liuba o le da órdenes: «Es la limpiadora y, al mismo tiempo, su señora», explica en el texto de la exposición.

La ambigüedad es también deliberada respecto del discurso feminista de la emancipación por el trabajo. «La mujer emancipada necesita de la empleada doméstica para llevar a cabo su emancipación», dice. Para Valldosera, «esa es la ambigüedad sobre la que el artista debe trabajar». La muestra, inaugurada ayer, estará abierta hasta el próximo 4 de diciembre.

El artista interior

El vídeo performance de seis minutos sirve de eje de la muestra. También se puede ver una serie de fotografías de la grabación y un vídeo documental en el que Liuba habla de sí misma. «Era como si para ella tuviera la misma importancia su boda que la performance», recuerda Valldosera. En las fotografías, de gran formato, no aparece el rostro del emperador Claudio. «Quizá eso exacerba el erotismo inherente, por la cercanía entre cuerpos. Ese deshacer identidades creo que es lo más bonito».

La dependencia de la que se ocupa la artista catalana, y en esto sigue con el trabajo exhibido el año pasado en el Centro Nacional de Arte Reina Sofía, afecta también a nuestra relación con los objetos. Esa relación que el museo transforma, porque al exponerlo «intensifica» su significado. «Pero es una operación que hacemos continuamente en casa estableciendo relaciones con objetos concretos que transforman su significado. Eso refleja al artista que todos llevamos dentro», dijo. El desprendimiento al que la emigración les obliga, según Valldosera, les permite a los emigrados también establecer «una relación más bella, más libre con los objetos».

Un trapo proyectado sobre un espejo circular, y cuyo reflejo da vueltas por la galería donde se exhibe, hace de hilo de todas las piezas, al tiempo que parece limpiar las paredes. «La galería es también un objeto de poder», señala Valldosera en el texto.

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Foto: Eulàlia Valldosera, 2009.

Fuente: Público

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Principios de Justicia poética (II)

Daniel Verdú. ¿Hay demasiada mala literatura en la redacción jurídica, demasiada imaginación?

Scott Turow. El truco de la ley siempre ha sido separarse a través de la lengua. Porque solo es eso, palabras. Piensas en la mecánica, las cárceles… Pero es una construcción verbal. Por eso siempre se escribe de esa forma, para crear una cierta hermandad en la que nadie de fuera entiende nada. Luego, sí, también hay muchas suposiciones. Es cierto que hay mucha ficción escrita en nombre de la ley.

«Se ha escrito mucha ficción en nombre de la ley»,

Entrevista a Scott Turow, autor de ‘Presunto Inocente’, en El País, hoy.

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Esto no es una noticia, es sólo una estafa

Ahmed Tommouhi, en febrero de 2010 en Barcelona.

Que ninguno de los periodistas que durante años se han ocupado del caso Tommouhi haya dicho ni mú respecto de las novedades que aporta Justicia poética es perfectamente comprensible: una de las más importantes los deja en evidencia. Me refiero al trabajo sucio de los abogados de Ahmed Tommouhi, Pedro J. Pardo y Jorge Claret. Si el periodismo barcelonés no considera noticioso que dos abogados de la ciudad engañen a un cliente analfabeto, condenado injustamente y que ha pasado casi quince años en la cárcel, seguramente se debe a que durante diez años los estafadores han sido una fuente muy importante para su relato. El roce hace el cariño.

Si señalo ahora ese silencio, sin embargo, es porque consiente otro más inquietante y más escandaloso. El del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona: ¿tampoco el ICAB tiene nada que decir sobre el modus operandi de sus colegiados Pardo y Claret, que facturaron a Tommouhi procedimientos que no habían llevado ellos y que le hicieron firmar en blanco la reclamación de la indemnización por la sentencia errónea (a la que tenía derecho, pero a la que él había decidido renunciar hasta que no se reabrieran los demás casos por los que había sido condenado), aprovechándose de que Tommouhi no sabía leer?

Este escalofrío impune recorre una vértebra más. Porque si los periodistas y los abogados son figuras pensadas entre otras cosas para defendernos de la arbitrariedad del poder, la de los jueces es mucho más delicada y ambigua:  su cometido es vigilar que el poder se ejerza de acuerdo a la ley, pero ellos mismos pueden ejercerlo arbitrariamente.

En efecto, ahora que Pedro J. Pardo es  juez de instrucción, cabe preguntarse con qué confianza deben acudir al juzgado los acusados a los que este ex abogado procese. La última vez que nos vimos, Pardo tenía muy claro por qué había decidido dejar la abogacía: «Porque me gustaría aplicar justicia, pero desde el punto de vista efectivo: que es el de los jueces», dijo.

En resumen, ésta es la enmudecida historia que cuenta «Los abogados», el capítulo 29 de Justicia poética. Ahora pueden leerlo, descargarlo e imprimirlo libremente  a través de Scribd.com. También pueden correr la voz.

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Factual: El juicio y sus lectores

Factual, diario efímero por excelencia, fue el primero en hacer algunas cosas. Lamentablemente, no todas memorables, lo que no quiere decir que algunas de ellas deban olvidarse.

Factual firmó un contrato con sus lectores antes que con sus periodistas. Hace tiempo que incumplió ambos contratos.

El contrato con los lectores se distribuyó el 19 de noviembre de 2009 y cuando salimos al aire, el 30 de noviembre, al menos 600 de ellos habían pagado los 50 euros que costaba la suscripción anual. Yo firmé mi contrato laboral un día después del estreno.

La parte que me toca tiene muy poco interés público: un juez ha visto esta mañana el asunto y decidirá de parte de quién está la ley. Sí lo tiene el hecho de que, al contrario de lo que prometió, Factual Canal Digital S.A. no ha devuelto el dinero a ninguno de sus suscriptores. Tampoco nadie ha dado al respecto ninguna explicación que no sea falsa.

Así que, por lo menos, que conste en acta.

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