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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

El filósofo de la emancipación

Jacques Rancière es, sin duda, el filósofo francés vivo que más me interesa. Aunque poco conocido y menos citado en España, las mejores librerías  tienen siempre unas cuantas obras suyas: alguna en su lengua original, casi todas las demás traducidas por editoriales sudamericanas. Profesor de Estética en París VIII, nacido en la Argelia francesa (como Derrida) en 1940, se ocupa de la filosofía y las ciencias sociales, las revueltas, el arte y la educación, siempre desde un punto de vista político: ¿en qué medida sirve todo eso a la idea y la práctica de la emancipación; en qué medida sirve a su ocultación? Tiene varias obras imprescindibles, pero si tuviera que recomendar una que sirviera de introducción y al tiempo que resultara útil para leer entre líneas muchos de los más acuciantes debates de nuestra actualidad, sería El odio a la democracia (2005).

De la traducción española, disponible en Scribd.com, sólo he consultado la introducción, que pego aquí abajo. Aunque contiene graves errores, siempre es mejor leerlo mal traducido que no leerlo. Un esfuerzo más si queremos se republicanos.

Una joven que tiene a Francia en vilo por el relato de una agresión imaginaria; adolescentes que se niegan a quitarse el velo en la escuela; la Seguridad Social en déficit; Montesquieu, Voltaire y Baudelaire destronando a Racine y Corneille en los textos propuestos en el bachillerato; asalariados que se manifiestan por el mantenimiento de sus sistemas de jubilación; una gran escuela que crea una red de reclutamiento paralela; el desarrollo de la tele-realidad, el matrimonio homosexual y la procreación artificial. Inútil buscar lo que reúne acontecimientos de naturaleza tan discordante. Ya cien filósofos o sociólogos, politólogos o psicoanalistas, periodistas o escritores, nos han proporcionado, libro tras libro, artículo tras artículo, emisión tras emisión, la respuesta. Todos estos síntomas, dicen, traducen una misma enfermedad, todos los efectos tienen una sola causa. Eso que se llama democracia, es decir, el reino de los deseos ilimitados de los individuos de la sociedad moderna de masas.

Hay que comprender lo que constituye la singularidad de esta denuncia. El odio a la democracia no es ciertamente una novedad. Es tan viejo como la democracia por una simple razón: la palabra misma es la expresión de un odio. En primer lugar, ha sido un insulto inventado, en la Grecia antigua, por los que veían la ruina de todo orden legítimo en el incalificable gobierno de la multitud. Ha sobrevivido como sinónimo de abominación para todos los que pensaban que el poder correspondía por derecho a los que estaban destinados por su nacimiento o llamados por sus competencias. Lo es todavía hoy para los que hacen de la ley divina revelada el único fundamento legítimo de la organización de las comunidades humanas. La violencia de este odio es ciertamente actual. No es, sin embargo, el objeto de este libro, por una simple razón: yo no tengo nada en común con los que la manifiestan, luego nada que discutir con ellos.

Al lado de este odio a la democracia, la historia ha conocido las formas de su crítica. La crítica tiene derecho a una existencia, pero hay que asignarle sus límites. La crítica de la democracia ha conocido dos grandes formas históricas. Hubo el arte de los legisladores aristócratas y eruditos que quisieron pactar con la democracia considerada como hecho incontornable. La redacción de la constitución de los Estados Unidos es el ejemplo clásico de este trabajo de composición de fuerzas y de equilibrio de los mecanismos institucionales, destinado a sacar del hecho democrático el mayor provecho posible, y a la vez contenerlo estrictamente para preservar dos bienes considerados como sinónimos: el gobierno de los mejores y la defensa del orden de la propiedad. El suceso de esta crítica en acto ha nutrido muy naturalmente el suceso de su contrario. El joven Marx no tuvo ningún problema para revelar el reino de la propiedad en el fundamento de la constitución republicana. Los legisladores republicanos no habían ocultado nada. Pero él supo fijar un tipo de pensamiento que no está agotado todavía: las leyes y las instituciones de la democracia formal son las apariencias bajo las cuales, y los instrumentos por los cuales, se ejerce el poder de la burguesía. La lucha contra estas apariencias deviene entonces la vía hacia una democracia «real», una democracia donde la libertad y la igualdad no estarían ya representadas en las instituciones de la ley y del Estado, sino encarnadas en las formas mismas de la vida material y de la experiencia sensible.

El nuevo odio a la democracia que es el objeto de este libro no depende propiamente de ninguno de estos modelos, incluso si combina elementos tomados a los unos y los otros. Sus portavoces habitan todos en países que declaran ser democracias en sentido estricto. Ninguno de ellos reclama una democracia más real. Nos dicen, por el contrario, que esta ya lo es en demasía. Pero ninguno se compadece de las instituciones que pretenden encarnar el poder del pueblo ni propone medida alguna para restringir este poder. La mecánica de las instituciones, que apasiona a los contemporáneos de Montesquieu, de Madison o Tocqueville, no les interesa. Es del pueblo y de sus costumbres que se compadecen, no de las instituciones de su poder. La democracia no es para ellos una forma de gobierno corrompida, es una crisis de la civilización que afecta a la sociedad y, a través de esta, al Estado. De ahí todas esas contradanzas que, a primera vista, pueden parecer sorprendentes. Los mismos críticos que denuncian sin descanso esa América democrática de donde vendría todo el mal del respeto de las diferencias, del derecho de las minorías y de la affirmative action que minan nuestro universalismo republicano, son los primeros en aplaudir cuando la misma América emprende la propagación de su democracia a través del mundo por la fuerza de las armas.

El doble discurso sobre la democracia no es nuevo, ciertamente. Nos hemos habituados a escuchar que la democracia era el peor de los gobiernos con excepción de todos los demás. Pero el nuevo sentimiento antidemocrático propone una versión más perturbadora de la fórmula. El gobierno democrático es malo, nos dice, cuando se deja corromper por la sociedad democrática, que quiere que todos sean iguales y que todas las diferencias sean respetadas. Es bueno, por el contrario, cuando moviliza a los individuos reblandecidos de la sociedad democrática con la energía de la guerra que defiende los valores de la civilización, que son los de la lucha de civilizaciones. El nuevo odio a la democracia puede entonces resumirse en una tesis simple: no hay más que una democracia buena, la que reprime la catástrofe de la civilización democrática. Las páginas que siguen buscarán analizar la formación y exponer las apuestas de esta tesis. No se trata solamente de describir una forma de ideología contemporánea. Esta tesis nos elucida también sobre el estado de nuestro mundo y sobre lo que en este se entiende por política. Puede así ayudarnos a comprender positivamente el escándalo que pesa sobre la palabra democracia y a redescubrir lo esencial de su idea.

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Lecturas para Sant Jordi: el fiscal José María Mena

El capítulo 30 de Justicia poética habla del papel del ex fiscal jefe José María Mena en el caso Tommouhi-Mounib. Es la historia, básicamente, de una escandalosa dimisión, que incluye violaciones impunes en la cuneta gracias a la inacción de Mena. La violación doble cometida el 25 de noviembre de 1991 en Blanes (Girona), para ser exactos.

Está también el diálogo que algunos lectores de este blog recordarán. El ex fiscal pretendía desmentir la existencia del segundo informe de la Guardia Civil que defendía la inocencia de los dos marroquíes condenados por la cara (el primero había desencadenado la revisión de una de las condenas gracias a una prueba de ADN que demostró que Mounib y Tommouhi no habían violado a la chica  de Olesa que los señalaba). Este capítulo muestra que el fiscal no decía la verdad.

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Garzón, entre el derecho y la política: cuatro notas

1.- Detrás del espectáculo suscitado por el proceso a Garzón y su investigación sobre los crímenes del franquismo, hay que fijarse en el punto ciego que el debate oculta: que técnicamente es inevitable que la política y el derecho acaben encontrándose (el concepto de estado de excepción sigue ahí para recordárnoslo).

2.-La interpretación de la ley que hizo Garzón para abrir su investigación (que puesto que lo que se investigan son «crímenes de lesa humanidad», los tratados internacionales suscritos por España están por encima de la Ley de Amnistía de 1977) se funda en el mismo gesto con el que el juez Varela lo procesa: pone nombre a las cosas. El gesto del juez Garzón es ciertamente original,  pero eso no quiere decir que se deba sólo ni principalmente a su «imaginación creativa», como sostiene Varela. Ahí estaban las desapariciones y los muertos del franquismo, y ahí estaban las definiciones del derecho internacional sobre lo que son crímenes de lesa humanidad: él dice que la cosa encaja en el nombre.  Y para mostrarlo, dedicó sus escritos a describir públicamente los hechos en tanto que crímenes contra la humanidad. El juez Varela, por su parte, dice que esa interpretación es prevaricadora: para decir eso, está diciendo, aunque sin decirlo, que las desapariciones y las muertes no coinciden con la definición de crímenes  de lesa humanidad; y lo dice, además, negando la posibilidad de que en el proceso puedan oírse otras voces que comparten esa interpretación. Esto es, escamotea su gesto fundamental (negar, sin afirmarlo, que pueda haber tal discusión). A partir de ahí, lo único que el juez Varela puede hacer para sostener su auto, es dar por hecho que las intenciones de Garzón nada tenían que ver con la plausibilidad de esa  interpretación. Y para mostrar la prevaricación se dedica principalmente a la introspección psicológica y a la lectura sintomática de Garzón y sus autos, sin que nada pueda verificarse fuera del mundo interior de cada uno.

3.- El patetismo del Partido Popular, llamando a las armas para defendernos del supuesto ataque a la democracia que supondría criticar las decisiones del Supremo, y dar a entender de paso que la Justicia es imparcial y ciega, y que nada tiene que ver por tanto con la política, esto es, con la guerra civil, deja traslucir precisamente su concepción contraria: que Garzón sea apartado les ahorra a ellos repetir que los crímenes del franquismo deben quedar impunes en base a una decisión política: la Ley de Amnistía. Enfrente, el reduccionismo de ciertos defensores de Garzón, para los que la Justicia en este caso es sólo política, se cubre señalando la identidad de los querellantes (la Falange, etc…), y subliman así su argumento porque tampoco se atreven a plantearlo directamente: ¿es hora de revisar ese pacto por el olvido?

4.-El asunto Garzón no ha despertado ningún proceso político. El proceso a Garzón, tal y como se nos plantea, sólo puede considerarse político en el sentido profesional y corporativista al que esa palabra se ha visto reducida: esto es, es político porque en él se dirime una lucha de clanes, sobre el ruido de micrófonos y plumas y el brillo de las togas. ¿Nada tienen que decir esos defensores de Garzón de los desvelos de la juez invertida, Margarita Robles, tan progresista, para que la suspensión le  llegue cuanto antes? ¿Nada tienen que decir los juristas Populares del auto nominativo del instructor Varela, escrito con estilo de sentencia? La ultraderecha –que no se acaba de creer que le hayan dado vela en su propio entierro– es la excusa perfecta (como leía el otro día en un blog privado) para que ciertos clanes (que incluye a políticos y jueces, y todos los que les cuelgan) se merienden al juez, o lo que para la nueva justicia es lo mismo, al personaje.

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La brecha mental, por Rosa María Artal

Y, sin embargo, las jornadas de Granada me han descubierto un paisaje esperanzador. Además de los teóricos, ofrecen la novedad –en España, se hace en otros países- de las flash talks y las flash movies. Traduzco: trabajos de jóvenes creadores o periodistas que lo exponen a la audiencia. De entre ellos, me llamó poderosamente la atención Braulio García Jaén, un periodista que tras pasar (en prácticas) por el grupo PRISA, se dedicó a un profundo reportaje de investigación (eso que ya no se hace) que ha logrado el premio crónicas Seix Barral de la fundación nuevo periodismo iberoamericano, presidida por Gabriel García Márquez. Ellos fueron quienes costearon el proyecto, tras ganar su presentación. A lo largo de 3 años colgó en su blog las pesquisas sobre un caso de error judicial producido por una ola de violaciones. El libro se titula “Justicia poética”. Y en este país donde no se educa –a diferencia de otros- en la exposición en público de las ideas, tanto Braulio como los demás, lo hicieron con gran brillantez. No todos tienen trabajo ahora. Son quienes deberían tenerlo. Sólo la imaginación salvará al periodismo encorsetado, pero hace falta un mínimo de financiación para darle salida. En el mundo digital muchos lo hacen contra viento y marea.

El periscopio, por Rosa María Artal, 17 abril de 2010.

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Presentación en sociedad

VII Foro Blogs y Medios de Granada

Las séptimas Jornadas de Blogs y Medios de Granada presentan por segundo año consecutivo sus Charlas-Relámpago, un modelo anglosajón que con el nombre de Flash Talks permite en diez minutos cronometrados presentar una idea, un trabajo, proyecto, una experiencia… También hay otro turno de cinco minutos para las preguntas del público.

[…]

7.-Braulio García Jaén, presenta su blog La Doble Hélice, que básicamente trabaja sobre la idea de un «report in progress»: publicar el proceso de investigación periodística y dar cuenta también del avance en ese proceso. «Lo abrí en octubre de 2007 y en enero de 2010 ha salido publicado en Seix Barral su primer resultado: «Justicia poética», un reportaje sobre un caso judicial en forma de libro. La Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, de García Márquez, premió el proyecto del libro en 2007. Ahora ya no está al servicio de aquella investigación (El caso Tommouhi), si no que voy tanteando nuevos temas, así que para verlo entero hay que pinchar en la imagen del libro, o aquí. El caso es que creo que es interesante lo que he hecho en ese blog. Y me encantaría, no sólo presentarlo, si no recibir un feed back sobre las posibilidades que se abren ahora, cómo reconvertirlo, etc… Expondría también algunas de esas ideas, que me interesa enfrentar a una discusión pública».

[Aquí pueden leer el programa completo]

Fuente: 1001 medios

Las séptimas Jornadas de Blogs y Medios de Granada presentan por segundo año consecutivo sus Charlas-Relámpago, un modelo anglosajón que con el nombre de Flash Talks permite en diez minutos cronometrados presentar una idea, un trabajo, proyecto, una experiencia… También hay otro turno de cinco minutos para las preguntas del público.

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Informe sobre el libro electrónico

El Grupo de Trabajo sobre el libro electrónico del Ministerio de Cultura ha emitido su primer informe. Aquí puede leerse entero.

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Memoria histórica y justicia poética (II)

Los falsos culpables y el libro Juicio a la memoria de Elizabeth Loftus, seguramente la primera experta mundial en psicología del testimonio. El capítulo 9 está dedicado a John Demjanjuk, condenado como «Iván el Terrible», guardián nazi del campo de exterminio de Treblinka, Polonia, durante la II Guerra Mundial; condenado a muerte por un tribunal israelí en 1987. El libro recoge una serie de casos en los que Loftus intervino como forense, siempre a petición de la defensa, para desmontar la infalibilidad de las identificaciones (en fotografías y en ruedas) de víctimas y testigos de horrendos crímenes. Esto es, para advertir de que las víctimas y testigos podían haberse equivocado.

Demjanjuk está siendo juzgado de nuevo en Alemania, acusado esta vez de ser guardián, pero en otro campo polaco, Sobbibor. La razón es que la condena anterior fue finalmente revocada, porque aparecieron documentos, tras la desclasificación de los archivos que siguió a la caída de la URSS (Demjanjuk es ucraniano, en origen), que mostraban que no era el tal Iván el Terrible. Lo contrario habían afirmado ante el tribunal cinco supervivientes del campo. Es curioso, sin embargo, leer el capítulo (escrito hace 20 años, cuando todavía no se sabía del error, pero había muchos indicios que lo sugerían), y comprobar no sólo que las razones por las que Loftus (que es judía) se planteó su participación como forense en ese caso se parecen mucho a las que impiden a las víctimas y sus familiares, de los delitos sexuales, por ejemplo, admitir que se hayan podido equivocar, sino que el acusado sirve para lo mismo: para expiar la culpa colectiva.

Esto es lo que dejo grabado su tío Joe («mi tío ha sido un padre para mí»), de 86 años, en su contestador automático cuando la psicóloga Loftus le pidió consejo sobre si debía aceptar el caso de Demjanjuk (supuesto Iván el Terrible) o no:

Querida, ten presente que no se va a juzgar a una sola persona, sino a todo un mundo, en el que sucedieron esas atrocidades. Se me complican los sentimientos porque todavía me remuerde la conciencia por lo que poco que hice en tiempos del holocausto, como tantos otros millones de judíos…

Elisabeth Loftus no aceptó el caso.

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¿Los escritores cumplen alguna función social?

Los escritores son uno de los grupos humanos más atrasados en el análisis de su experiencia social. Los unos ven en los otros compañeros de profesión exclusivamente; su predisposición a juzgar y defender se dirige mucho más hacia abajo que hacia arriba, tal como sucede en general en todos los gremios.  A veces son capaces de negociar provechosamente con los editores, pero igual que en la mayor parte de los casos no saben explicarse la función social de su trabajo, en su comportamiento frente a la editorial nunca reflexionan sobre la función de la misma. Sin duda que también entre los editores algunos tienen ideas muy ingenuas sobre el negocio al que se dedican, y creen realmente que distinguir los libros buenos de los malos es por cierto su única tarea moral, y que distinguir los libros fáciles de vender e los que son difíciles es su única tarea comercial. Pero, en general, el editor tiene un concepto más claro de las personas para las que edita que el que poseen los escritores de las personas para las que escriben. Por eso, los escritores no están a la altura del editor y, en general, no pueden controlarlo. ¿Quién podría hacerlo? No es el público, sin duda, pues la edición les es desconocida. Así que sólo quedan los libreros. Y no hace falta anotar que su control sería muy problemático, aunque sólo fuera porque sería tan secreto como irresponsable. […]

Walter Benjamin, «Crítica de las editoriales», publicado el 16 de noviembre de 1930 en el Frankfurter Zeitung, y recogido en las Obras Completas de Abada editores.

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Para precisar una cita mía que recoge hoy El País, sobre Margarita Robles y la manera en que condenó al inocente Ahmed Tommouhi

<<La Audiencia de Barcelona no tuvo en cuenta en una de las condenas, de la que fue ponente la vocal del Consejo General del Poder Judicial, Margarita Robles, que un análisis de semen excluía la autoría de Ahmed [Tommouhi]. Los jueces no entendieron el informe>>,

«Vidas sentenciadas», en El País, 28.03.2010.

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El 22 de septiembre de 1992, un tribunal presidido por Margarita Robles Fernández condenó a Ahmed Tommouhi por violación. Una chica de 14 años, asaltada nueve meses antes en Cornellà, lo había señalado en una rueda de reconocimiento.

El semen recogido en la zona vaginal de la braga de la chica, sin embargo, no era de Tommouhi, a quien el Tribunal Supremo reconocería cinco años después que había sido condenado por error en otro caso idéntico: otra chica violada dos días antes que la de Cornellà, en otro pueblo de la provincia de Barcelona, lo confundió con Antonio García Carbonell, violador múltiple, confeso y con el que Tommouhi guarda un gran parecido físico. Aún así, Tommouhi ha estado 15 años en la cárcel.

La deficiente redacción del informe de la Policía Científica, pero sobre todo la soberbia ignorancia de los magistrados (Gerard Thomàs Andreu y Felipe Soler Ferrer, además de la ponente de la sentencia, Margarita Robles), que no entendieron que además de la sangre el análisis incluía también restos de semen, condenaron a Tommouhi a 24 años y dos días de prisión. El violador y su cómplice siguen impunes.

El tribunal descartó el informe también por una cuestión formal. La sentencia no fue recurrida en su día y nunca se ha alegado ante el Supremo que el semen descartaba expresamente a Tommouhi.

Eso es lo que cuentan estos tres capítulos de Justicia poética (Seix Barral) que se publican en Scribd.com: PUEDEN LEERLOS, DESCARGARLOS, COPIARLOS Y DISTRIBUIRLOS AQUÍ.

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FOTO: Ahmed Tommouhi, el 11 de febrero de 2010, en Barcelona.

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ESTE BLOG VUELVE  EL MARTES 6 DE ABRIL.

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La apuesta de la prensa por los temas propios

Ayer me compré cuatro diarios. Luego no tuve tiempo de leerlos y ordenarlos como quería, para comentarlos aquí, así que vaya por delante que esta nota llega con un día de retraso. Pero me parece excesivo volverlos a comprar hoy. Los datos no cambiarían sustancialmente.

Quería medir el peso real de los temas propios en cada uno de los periódicos, que es la apuesta que siempre se reivindica como clave a la hora de definir la estrategia editorial.

Las portadas de El País, El Mundo, Abc y Público, traían ayer esta proporción entre historias propias (no accesibles al resto; bien porque se trata de una exclusiva, o de un tema propio) e informaciones:

El País: 0/8
El Mundo: 0/8
Abc: 0/4
Público: 0/6

Sólo en la portada de El País se da una circunstancia curiosa  a la hora de calibrar el peso de los temas propios dentro del periódico. El titular de apertura «El fiscal avisa de que hay suficientes pruebas para sostener el ‘caso Gürtel’, no es un tema propio, aunque la información más importante del Gürtel, según la jerarquización interna de la sección, sí vendría a serlo: la última discusión sobre las deliberaciones del TSJM, donde el periódico va un día por delante del resto.

Más allá de ese particular, pues, no hay ninguna discriminación importante en la selección de los temas de portada. Si analizamos la sección «Nacional», por ejemplo, de los cuatro periódicos, el resultado entre temas exclusivos y comunes, es la siguiente:

El País: 2/16
El Mundo: 1/23
Abc: 1/13
Público: 1/14

Todos los que no eran temas propios ya habían sido publicados antes de que se imprimieran los periódicos.

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