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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Una carpeta para Margarita Robles

Margarita Robles Fernández fue propuesta ayer como nueva vocal del Consejo General del Poder Judicial por el PSOE, confirmando así los beneficios de la gran inversión de la que hablábamos aquí. Quizá llegue a presidenta. 

Por eso, y porque desde que este mes de agosto me zambullí en la redacción del capítulo de Cornellà, vivo asombrado, he decidido abrir una carpeta con su nombre. Los invitados que me siguen en Google Docs ya lo habrán podido ver y leer: pero hoy no me resisto a adelantarlo aquí: Margarita Robles condenó a Ahmed Tommouhi en el caso de Cornellà, no sólo porque privilegiara el señalamiento de la víctima frente a los análisis científicos que lo exculpaban. Es peor todavía. ¡Es que no había entendido el informe!

De la lectura atenta y rigurosa de su sentencia se deduce que el tribunal no sabía que su razonamiento, al entrar en el contenido del informe (al que luego niega validez jurídica por un problema de forma) estaba pringándose con el semen del violador. Aunque no con el del condenado.

La frase clave de la sentencia es ésta:

«la conclusión referida tampoco excluye la comisión de los hechos por el acusado y más si se tiene en cuenta que fueron dos hombres los intervinientes en los hechos».

La conclusión del referido informe, en el que se habían analizado manchas de sangre y esperma en la camisa polo y las bragas de la chica, es ésta:

En virtud  de dichos resultados se llega a las conclusiones siguientes: Los marcadores genéticos obtenidos en la gasa con sangre de Ahmed Tommouhi no coinciden con los marcadores genéticos encontrados en la camisa polo de N.

Volvamos a la sentencia. Subrayo «y más» porque dice, si es que sabe lo que está diciendo, más de lo que parece: dice, para empezar, que aún si sólo hubiera habido un violador, ¡UNO!,  la conclusión referida no excluiría que el acusado, Ahmed Tommouhi, pudiera ser el violador. Watson, la sangre podría ser de la chica. De hecho, ella misma había explicado al tribunal «que tenía sus ropas manchadas de sangre por una herida en el labio». En la conclusión referida, por tanto, el tribunal no ha detectado el semen: ¿cómo si no, se puede sostener que dicha conclusión (el «y más» apunta sólo a la entrada en escena del segundo violador) no excluye la autoría de Ahmed Tommouhi aunque hubiera habido un solo asaltante, si su grupo sanguíneo («A») no coincidía con el del semen del violador («B»)?

Y dice, aunque hay que seguir leyendo hasta el final de ese párrafo de la sentencia, que la sangre, pero sólo la sangre –digo yo–, siempre podía ser, ahora sí («y más»), del otro violador:

«se ignora (…) si a la misma [ropa] tuvo acceso el otro individuo que estaba con el procesado etc.»

El orígen del problema, además de las dificultades que pudieran tener Margarita Robles y sus dos compañeros de Tribunal para entender el informe (difícilmente se puede entender algo que no se lee con atención), es que los peritos en sus conclusiones sólo se referían a los restos hallados en la camisa polo. Los resultados también afectaban, sin embargo, a los hallados en la braga. Pero los jueces, como todo el mundo sabe, sólo se leen las conclusiones de los informes.

Todavía hoy no puedo asegurar si sus dos compañeros de tribunal, Gerard Thomàs y Felipe Soler, tampoco entendieron el informe, o lo que no entendieron fue la propia redacción de la sentencia, que firmaron los tres a la unanimidad.

Un resumen de la sentencia en pdf.

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El estilo de la transparencia y la transparencia del estilo

Lean estos dos párrafos de mitad del libro, por favor.

El movimiento se demuestra andando, así que me eché al monte. Pero sin ánimo anacoreta. Un hombre solo no es un hombre, es paisaje. El 22 de octubre de 2007 abrí al público esta investigación, a través de un blog en internet, en el que he ido colgando entrevistas, audios, recortes de prensa, citas, documentos, declaraciones, notas de lectura, informes periciales, reflexiones, cartas, fotos y vídeos. El material en bruto y bastantes fragmentos con los que está cosido este libro. 

La falta de autonomía de la escritura, su dependencia de la criada que enciende la lumbre, del gato que se calienta junto a la estufa, incluso del pobre viejo que también se calienta, esa necesidad que tanto desesperaba al artista Kafka, para la escritura que quiere establecer un hecho real, contra la época que lo niega, aparece como su única senda y su virtud. El link, ese pozo azul de sabiduría sin fondo, me pareció la forma más apropiada de conjurar  el riesgo que acecha a esta escritura en estos tiempos espectaculares: «el riesgo es aquí que la palabra se separe de aquello que revela y adquiera una consistencia autónoma.» (Giorgio Agamben).

Ahora lean estos otros dos, que son casi los mismos, y precisamente por eso les pido que lo lean con la misma atención, porque sólo así podremos saber si de lo que estoy hablando es de una sensibilidad pulida por el trabajo, y por tanto atenta a la experiencia en común, o sólo de un brote obsesivo.

El movimiento se demuestra andando, así que me eché al monte. Pero sin ánimo anacoreta. Un hombre solo no es un hombre, es paisaje. El 22 de octubre de 2007 abrí al público esta investigación, a través de un blog en internet, en el que he ido colgando entrevistas, audios, recortes de prensa, citas, documentos, declaraciones, notas de lectura, informes periciales, reflexiones, cartas, fotos y vídeos. El material en bruto y bastantes fragmentos con los que está cosido este libro. 

«La falta de autonomía de la escritura, su dependencia de la criada que enciende la lumbre, del gato que se calienta junto a la estufa, incluso del pobre viejo que también se calienta», esa necesidad que tanto desesperaba al artista Kafka, para la escritura que quiere establecer un hecho real, contra la época que lo niega, aparece como su única senda y su virtud. El link, ese pozo azul de sabiduría sin fondo, me pareció la forma más apropiada de conjurar  el riesgo que acecha a esta escritura en estos tiempos espectaculares: «el riesgo es aquí que la palabra se separe de aquello que revela y adquiera una consistencia autónoma.» (Giorgio Agamben).

Los párrafos están sacados del segundo capítulo de la segunda parte, donde más o menos (más menos que más) cuento por qué este libro está escrito al margen del periodismo, o lo que viene a ser lo mismo, por qué está escrito en este blog. Esas comillas colgando de la frase de Kafka no aparecen en el primer ejemplo.

La transparencia es un concepto clave a muchos niveles, sobre todo, respecto de la investigación y la escritura,  a nivel metodológico y estilístico. La forma y el contenido, el estilo y el método, para mí, son lo mismo, así que el título de esta entrada no es un juego de palabras. El trabajo por alcanzar un estilo literario a la altura de la transparencia del método exige al mismo tiempo, que el estilo se transparente, esto es, que se haga imperceptible al lector. Todo estilo distrae de la verdad por su propio atractivo.

Eso es, me parece a mí, lo que rompen esas comillas, que están sacando al lector de su lectura para decirle, con un golpecito suave en el cogote: ojo, que mira lo que estás leyendo. Es además una expresión que si me gusta, es precisamente por su naturalidad. Quizá por eso haya sido al transplantarla cuando se me ha despertado esta vieja reacción alérgica a las comillas. Una naturalidad que creo se conserva mucho mejor en el primer párrafo, volcada la cita como quien no quiere la cosa.

La cosa es siempre la autoridad: las citas como argumento de autoridad. Y yo, en muchos casos, no la quiero. Por dos razones: la primera es que muchas de las citas las uso sólo por lo que dicen y cómo lo  dicen, no por quien las haya dicho, y todo lo que sea citar con nombres y apellidos es rebajar su fuerza y su verdad. Y dos: mientras escribo me vienen a la cabeza demasiadas, y si no alcanzo a decirlo yo mejor, me quedo, obviamente, con la cita; a veces me basta con cambiar una palabra para adecuarla a mis objetivos; otras es una frase oída a algún amigo, que ni siquiera sé si es suya o a su vez él citaba sin decirlo (así ésa del hombre solo y el paisaje, de una carta de Matías escrita creo que a la vuelta de Ushuaia); e incluso me cito a mí mismo: del blog al libro y viceversa. Todo esto haría ilegibles muchos párrafos, enredadas las ideas entre referencias de obras y autores. Así que optaré por un rigor cuajado pero sin tropezones, como un yogur: una relación de citas y autores en apéndice final para quien quiera entretenerse esculcando influencias. Lejos de mí la pretensión de parecer original.

Por supuesto, no se agota aquí todo lo que se puede decir de la relación entre una cita y el texto en el que va incrustada. Es sólo que no quería que esa criada encendiendo la lumbre tuviera que pedir disculpas por haber entrado sin llamar, como si fuera una extraña.

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Edición recreativa (a la manera de Google Docs)

Anoche no encontré la manera de rescatar un párrafo suprimido del borrador del libro, que voy escribiendo en Google Docs.  Sé que lo escribí el martes o el miércoles, quizá el jueves pasado, pero entre las cientos de versiones añadidas no di con la buena. No creo que deba suponer un gran obstáculo técnico el incluir un buscador interno, que permita localizar expresiones o frases de alguna versión suprimida.  Primera decepción: porque quería contar aquí hoy cómo había llegado hasta él y por qué había que descartarlo.

Luego me acordé de que este jueves salió a la venta el primer número de la edición española de Vanity Fair y que traía un articulito mío. Hacía mucho que había mandado la nota (un comentario sobre la inauguración de la nueva California Academy of Sciencies de San Francisco, del arquitecto italiano Renzo Piano, acompañando un bonito reportaje gráfico de la edición americana). Al leerla detecté algunas de las variaciones que los editores habían incluido, aunque también –ahora lo sé– otras me pasaron desapercibidas. Contra las dudas, pensé, Google Docs: una función permite comparar dos versiones de un mismo texto, y lo hace además con una resolución gráfica sencilla, mezclando colores y tachones para distinguir el texto final del inicial. Evidentemente se podrían haber comparado a simple vista, sobre el papel, pero hablamos de precisión: de la diferencia entre vio e imaginó. Tampoco podía ser. Las dos versiones, al introducirlas por separado desde otro archivo, con la función cortar y pegar, desencajaban la estructura del texto y se hacía muy difícil entender los cambios.

Así que tiré por la calle de enmedio, y decidí hacerlo yo mismo: a mano. Abajo está el resultado. En redonda queda el texto de la primera versión (PV) que se mantiene en la versión final de la revista (VF). Tachados (así: redonda) aparecen los fragmentos de la PV suprimidos en la VF, y en cursiva, los añadidos, que no estaban en la PV pero sí aparecen en la VF.

En fin, edición recreativa. Son las cuatro y veintidós de la madrugada: Buenos días por la noche.

Por separado, aquí están la versión enviada y la versión publicada.

 

 

Un museo vivo

Arquitectura-Renzo Piano

 

Poco antes de pasar frente a la comisión para la construcción de la nueva California Academy of Sciences, Renzo Piano, uno de los seis arquitectos que optaban al proyecto, estaba asomado al tejado de uno de los viejos edificios agrietados por el terremoto que sacudió San Francisco en 1989, según contó a VF.  Piano, que este mes cumple 71 años, con barba blanca y pelo canoso, bajó luego y garabateó en su bloc, inspirado por lo que había visto, el boceto que ganó el concurso. Ocho años después, aquella visión proyectada se ha materializado, y cualquiera que visite el museo puede hacerse una idea de lo que Piano vio. Inspirado por lo que había visto, garabateó en su bloc el boceto que ganó el concurso. Ocho años y casi mil millones de dólares (635 millones de euros) después, aquel dibujo se ha convertido en una obra que los críticos califican como la mejor de este arquitecto, premio Pritzker en 1998.

 

El arquitecto italiano  Piano, fiel a su estilo de no tener estilo propio, ha creado un museo natural, transparente y vivo (además de un jardín en el techo, albergará más de mil especies animales), elegantemente fundido con el Golden Gate Park que lo acuna. Las colinas que vio imaginó rodeando la academia ondulan ahora sobre el tejado mismo de la nueva academia del museo: son y forman las cúpulas de las tres instituciones de la ciudad que acoge y que reabren sus puertas en Septiembre este mes: el Steinhart Aquarium, el Morrison Planetarium y el Kimbal Natural History Museum. Hasta ahora el complejo constituía un hito histórico y científico en San Francisco; con la remodelación, se convertirá en un prototipo de museo ecológico. Para empezar, en el interior habrá toda una declaración de intenciones a favor del medio ambiente: una selva tropical en un invernadero, un planetario enorme para observar las estrellas, un hábitat para pingüinos, además de distintas especies de peces, insectos, repitles, pájaros…. y una exposición interactiva sobre el cambio climático y el futuro de la Tierra.

Pero lo más sorprendente es el exterior. El verde del fondo, Piano lo ha «transplantado»  ha sembrado con  especies vegetales autóctonas (más de mil plantas) sobre en la superficie del techo que servirán, además, para mantenerlo fresco y absorber el agua de las tormentas. Una alfombra de tulipanes, margaritas y pequeños arbustos se extiende suavemente sobre el armazón logrando un perfecto efecto de camuflaje con el entorno. El esbelto rectángulo de muros acristalados que sostiene ese “techo vivo”, así lo llama Piano él, realza la sensación, buscada por el autor, de una conexión inmediata entre edificio y con la naturaleza.

 

 

Piano (Génova, 1937),  debutó en la escena internacional con la construcción junto a Richard Rogers del Centre Pompidou de Paris (1971-1977) El debut de Piano en la escena internacional fue polémico: la construcción del Centre Pompidou de Paris (1971-1977) junto a Richard Rogers. Un edificio estéticamente coherente con el deseo la idea de desacralizar el arte y abrir los museos al gran público, pero con una cierta adecuación original a su función específica de funcionalidad discutible: se le acusaba de tener poca superficie mural para las exposiciones y los fondos bibliográficos, por ejemplo. Esta vez, sin embargo, ha cuidado mucho acoplar estética y función: un edificio verde y sostenible para una institución que estudia la naturaleza. Gran parte del recinto se refrigera con aire natural. Uno de sus aciertos ha sido lograr que casi todo el recinto se refrigere con aire natural y evitar el aire acondicoinado, una obsesión de Piano desde hace años. A eso hay que sumar los paneles solares, el suelo radiante o que el 90% de los materiales que sobraron de la demolición del edificio antiguo se han vuelto a usar en el nuevo. Y un dato muy curioso: el 68% de los elementos usados como aislantes provienen de reciclar pantalones vaqueros (¿quizá un resto del espíritu hippy californiano?)

 

Hay otros detalles, sin embargo, que resultarán familiares al visitante atento a la trayectoria de Piano, autor también de la Terminal del Aeropuerto Internacional de Kansai, en Osaka (Japón), la Maison Hermès, en Tokio, o la reciente sede del Times de New York, el primer rascacielos levantado en la ciudad desde el 11-S. Piano, quien ha escrito que “construir es juntar elementos materiales”, tiende a repetir una parte o incluso una pieza, a menudo de inspiración orgánica, que generan un edificio armónico y equilibrado. conocedor de Piano y que provienen de su inspiración orgánica: el techo de cristal que cubre como una telaraña uno de los patios, las placas solares con forma de alargadas hojas injertadas insertadas en el porche que rodea el edifiio (y que producirán entre un 5 y un 10% de su energía), así como las pequeñas  y las piezas cuadradas y alineadas sobre el techo como escamas, son ejemplos de esa rítmica imitación de la naturaleza la techumbre a modo de escamas. Son rasgos de su estilo que se encuentran en otros edificios como la Maison Hermès en Tokio; el aeropuerto internacional de Kansai, en Osaka, Japón; o el edificio del periódico The New York Times en Nueva York.

 

Por fin, encontramos también la seña de identidad por excelencia del arquitecto italiano: la búsqueda de la transparencia, una obsesión que empezó en la década de los años 80, Renzo cuando Piano formó parte junto a Norman Foster o el propio Richard Rogers de la corriente «high tech», que tenía entre sus símbolos más queridos el Crystal Palace de Londres (1851). La búsqueda de la transparencia sigue siendo uno de los trazos más característicos de la arquitectura de Piano, que para la para la Academy of Sciences de San Francisco se lo impuso además como una obligación dado el entorno de jardines que la enmarca. Piano sólo ha firmado un edificio en España: sobre la fachada de la sede del Luna Rossa Team para la 32 Copa América celebrada en Valencia en 2007, ensambló una serie de paneles translúcidos con materiales de viejos barcos que durante la noche devuelven un efecto linterna desde el interior iluminado. Academy of Sciences de San Francisco es la apoteosis de esa luminosidad porque está situada en medio de un parque y sus muros transparentes permiten ver la naturaleza. “La mayoría de los museos son opacos, un reino de oscuridad. Aquí, sin embargo, puedes ver el parque alrededor”, concluye Piano con satisfacción.

 

  

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Añado, a la conversación de Kafka con Gustav Janouch, un apunte propio

«La vida es demasiado corta para la forma literaria extensa; demasiado fugaz para que el escritor pueda entretenerse en descripciones y comentarios; demasiado psicópata para que pueda hacerse psicología; demasiado novelesca para una novela….La vida fermenta y se descompone con demasiada rapidez para poder conservarla mucho tiempo en libros vastos y largos».

Franz Kafka, Ante la Ley: Debolsillo, Barcelona, 2005, p. 15.

***

13.50 horas. Traigo 200 folios impresos, y encuadernados. Edding rojo. No es ni siquiera el primer borrador, como mucho el primer emborronado. Me quedan por lo menos otros cien. Pero por fin voy a ponerme a corregir. Y sobre todo, por fin puedo mirar para atrás, y esta intensa calma, esta sensación verdadera de que no me voy a morir, de que esa ansiedad –no toda la culpa la tiene el libro, ni mucho menos– que me devoraba tampoco va a poder ya conmigo, me vuelve y se instala. Más que euforia, una incierta, y poco conveniente, orgullosa rabia. Entre la intimidad y el exhibicionismo, este vértigo inseguro de sólo saber si me equivoco, si me sobrepongo, si exagero, publicándola.

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Ella era así

En 1996, dos periodistas, Pilar Ferrer y Luisa Palma, publicaron «Ellas son así«, una obra con 21 perfiles de mujeres relevantes de la política española de aquellos años. El subítulo aclara que se trató de un «Retrato íntimo de las mujeres del poder«. El libro fue presentado por el entonces ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, el que era portavoz en el congreso del Partido Popular, Rodrigo Rato, y el ya ex jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo. La magistrada Margarita Robles era entonces Secretaria de Estado de Interior, «viceministra», según recogen las autoras. En 1991, había sido la primera mujer en presidir una Audiencia Provincial, la de Barcelona. En 1992, presidía el primer tribunal que condenó a Ahmed Tommouhi por la causa de Cornellà, a pesar de que el semen recogido en la braga de la chica violada no era suyo. El capítulo XV está dedicado a ella. Se titula «La primera de la clase». Copio y pego estos párrafos que trazan los rasgos de su perfil:

 
Es Margarita Robles, viceministra de Interior, una mujer de poca estatura pero atractiva. Piernas sólidas, ademán resuelto, ojos verdes, cabello negro y labios carnosos que aprieta rápidamente para que su interlocutor no tenga ninguna duda. (…)
 
De pocos amigos, pero leales, la mujer que tiene a sus órdenes a la Policía y Guardia Civil no es, sin embargo, ambiciosa. El poder, afirma, «no sirve de nada si no haces algo por los demás, a mí me mueve la fe por cambiar la sociedad, lo peor de la política es alejarte de la realidad y yo procuro no hacerlo. [….] ¿Mandona?, pues sí, es lo que he hecho toda mi vida, no sé si por suerte o por desgracia, profesionalmente siempre he mandado, como juez y ahora aquí me he acostumbrado a decir a los demás lo que tienen que hacer«.
 
Sus años estudiantiles, […] los pasó en Barcelona. […] Allí aprendió a hablar catalán y cursó la carrera de Derecho. Las aulas hervían al calor de la transición política y las paredes reclamaban sueños de libertad, pero Robles nunca realizó pintadas en la facultad ni militó en partidos revolucionarios. Ella dedicó aquellos años a estudiar y culminar su sólida biografía de brillante alumna, aventajada y con dotes de mando: «La idea de impartir justicia siempre me fascinó, además de decidir, ser juez es para mí la mejor profesión, la que me mejor representaba  mis ideales de rectitud y seriedad al servicio de los demás
 
Robles necesita sentirse ella misma también en el amor y tiene claro que un tipo determinado de mujer asusta a los hombres: «Estoy convencida de ello como de que las mujeres somos también más inteligentes que los hombres, nuestro cerebro es superior, lo dicen estudios acreditados
 
El instinto es otro de sus puntos fuertes: «Tengo muchísimo olfato, me equivoco bastante poco, por eso he sentido pocas decepciones y desde luego nunca he sido traicionada por nadie, no lo habría tolerado. Sólo me importan las críticas de mis amigos, de los que trabajan, desprecio profundamente a esos criticadores profesionales que lo único que hacen es destructivo, criticar con ignorancia y lápiz rojo
 
«Entré con veintitrés años de juez en un pueblecito de Lleida, era una niña y no me amilané, ahí empezó mi experiencia personal, mandar, ¿quién se atreve con la juez del pueblo?, decía la gente. En fin, mandar es también ser muy exigente contigo misma y tener capacidad organizativa 
 
En ocasiones entra en alguna pequeña iglesia de pueblo y disfruta con la sensación de paz, como creyente le gusta la soledad de los templos y la música de órgano de Bach, no en vano Robles, de niña, le habría gusta irse a las misiones, por aquello de la función social, y ejercer la medicina: «Esa es mi otra vocación, el derecho y la ciencia tienen algo en común, servir a los demás«. La medicina y la ciencia le interesan mucho, así como la física, que ocupa parte de sus lecturas.
  
«Soy una persona de pocas dudas –dice– porque si tomo una decisión es la mejor que podía tomar y lo demás son tonterías, es saludable para la mente

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De entre el habla y la prosa, sacar la lengua

Transcribiendo conversaciones grabadas con Ahmed Tommouhi, me enfrento con un problema del que ya había oído (leído) hablar a Janet Malcolm en el epílogo de El periodista y el asesino (2ª edición, Gedisa, 2004): la transcripción literal necesita siempre de una traducción al castellano escrito para que se entienda. Parte de la polémica suscitada por esa tesis de Malcolm (la necesidad de traducción), a raíz de una carta de Brenda Maddox, está aquí.

El problema se agrava por las serias dificultades (de forma) que tiene el señor Tommouhi al hablar castellano, pero, al mismo tiempo, se aligera por la sencillez (respecto del contenido) con la que lo hace. El señor Tommouhi habla sin florituras, directo y sincero. El resultado es de una crudeza que, para quien lo escucha y entiende, impresiona. ¿Cómo transcribir esa crudeza, sin adornarla, pero sin que pierda tampoco su fuerza? Ése es el problema.

Un problema, ya digo, que se me ha aparecido ahora que transcribo largas conversaciones. Hasta ahora, muchas de las citas suyas que he utilizado procedían de anotaciones mías tomadas a vuela pluma, por lo general breves, de otras más largas escritas después  de la conversación, al llegar a casa y escribir una nota de diario, y de las actas de las declaraciones del sumario.

Sobre las anotaciones más largas, me extraño al comprobar los matices que han ido adquiriendo, o perdiendo, esas notas según el paso del tiempo. Este párrafo, por ejemplo, es una transcripción casi literal de las notas casi literales que tomé la primera vez que lo visité en la cárcel. Yo le había preguntado si era verdad que habían ido compañeros suyos a declarar al juicio de Cornellà:

–No vino nadie. No llamaron a nadie, en ninguno de los juicios. Sólo en la causa de Terrassa. Pero no les hicieron caso. ¿Qué más hay que demostrar en mi caso?. Todo se ha demostrado, y no lo he demostrado yo. Lo han demostrado otra gente, como la Guardia Civil, trabajando duro, por las noches, qué quieren más. Conmigo se han equivocado dos veces. La primera en el 91, porque las víctimas me señalaron, pero bueno, luego se demostró que se habían equivocado, cuando apareció el gitano y la policía investigó. Me quitaron una, y las otras tres: ¿por qué no quieren investigar? En mi caso, ya todo se demostró, y lo único que ha faltado, y no debería faltar si España es de verdad un país democrático, es un hombre valiente que firme mi libertad. Porque esto es increíble que estemos pagando por lo mismo, el gitano y yo, el culpable y el inocente. ¿Qué pasa? A eso no hay derecho.

Este otro, de una historia que ya publiqué aquí, fue escrito al llegar a casa, con la memoria todavía fresca, a partir de las notas que iba tomando sobre la marcha, esto es, mientras andábamos, y durante los silencios que se producían, a menudo sentados a la mesa en un bar:

Un día comí cerca. Me encontré a uno que había conocido cuando estaba dentro [en la cárcel]. Por ahí un poco más arriba. Uno que tenía el pelo largo, despeinado y de punta. No estaba normal-normal. Hombre, qué alegría, me abrazó, todo. Vamos a tomar un café. Vamos, le dije. Tomamos café. Y cuando fue a pagar, le veo que no tiene dinero, que va a pagar con tarjeta. “Tranquilo, hombre, pago yo ”, le dije. Pagué. ¡Que yo no estoy nervioso!, me dice. Bueno, tranquilo. Ahora vamos a ir a comer a un sitio que te voy a llevar yo. No, de verdad, Jordi, se llamaba, de verdad, estoy cansado, quiero irme a casa, tranquilo. Que no, que vamos a ir a comer juntos, que te invito yo, que es un restaurante que no ponen jalufo [cerdo], que ponen pescado. De verdad, Jordi. Que tú hoy vienes a comer conmigo. Bueno. Vamos. Vamos a un cajero, mete la tarjeta, porque tiene una pensión, no estaba muy bien, y le dan 500 euros. Sacó dinero y fuimos a comer.

Este segundo me parece que suena más real , más oral. El primero, en cambio, es una anotación tomada casi en directo, y con expreso deseo de literalidad, mientras que la otra está hecha horas después. La razón que explica ese resultado paradójico, quiero creer, se debe a que en la segunda yo mismo estaba ya más habituado a oír y entender la lengua que habla Ahmed. Esto es: que como la oigo mejor, la olvido menos, y en consecuencia puedo transcribirla casi literalmente. La primera vez, aunque la entendía igual, todavía no la hablaba, no estaba familiarizado con ella, y por eso al transcribirla la debí ir traduciendo directamente a un castellano más correcto.

Más problemas: obviamente, ni se pueden embellecer los hechos ni los personajes, y esto segundo pasa por no embellecer sobre todo su palabra. Mi problema, sin embargo, no viene por derecho: no es que tenga la sensación de que hará falta ese embellecimiento para que suene poderosa la palabra de Ahmed. Es al vesre. La segunda parte de libro se articula, sin decirlo, desde dos planos: el de una palabra sin mundo, y el de un mundo sin palabra. No teman, porque luego todo es mucho más sencillo. La palabra sin mundo es la de la representación producida por el proceso judicial: una representación sin verificación, por lo que habla, y habla y declara probado, sin nada material que la sustente. Prosa revelada: verbo sin carne. El mundo sin palabra, es la voz de varios protagonistas, pruebas y documentos dejados sin efecto por esa misma representación, pero que están ahí: tan reales como usted y como yo, y en pie. La voz del condenado que queda vivo, obviamente, es crucial. El autor, por cierto, encuentra gran satisfacción en darle la palabra a esas voces. El interés, y el problema del revés, están ahí: la expresión de Ahmed Tommouhi es, por momentos, tan seca y sincera, y de tan ejemplar eficacia, como para que el desafío consista precisamente en no embellecerla de modo que acabe pareciéndose al diálogo con un actor. Porque no lo es.

Un último problema tiene que ver con la eficacia del argumento, en una discusión clave: qué nivel de castellano tenía el señor Tommouhi en 1991. Hubo víctimas que declararon que el violador hablaba «perfectamente» castellano. Cuestión dilucidada en algunas sentencias de manera espectacular, y en la que alguna víctima sigue todavía hoy haciendo hincapié, sin ver que mete la pata. Por ello quizá mantenga algún fragmento de esas transcripciones en su literalidad, para que el lector mismo pueda juzgar si habla así, o es que lo hace para disimular. Este fragmento, por ejemplo, en el que resume su caso, desde que vino su hermano con la buena nueva de que la guardia civil se había puesto a investigar hasta hoy:

Mi hermano cuando viene como te digo….Buena notisia, buena notisia. Estar tranquilo, dormir tranquilo. Mira, yo venir a mi un guardia civil me dice cogen gente tú estás pagando de parte de ellos. Y me dise: parese igual que tú. De su cara, de todo. Somos iguales. Igual gemelos, me dise. Me ha dicho que aquel guardia sivil siguiendo trabajando, no te va a dar tardar mucho. Mucho, mucho: tres, cuatro meses te va a salir a la calle. Yo he dicho, vale: me trae buena notisia mi hermano. Bien, he dicho: bien. Esperamos. Cada día llegamos más notisias buenas. Nos animamos. Bien. No pensábamos van a dejar a mí. Van a investigar bien, bien, bien. Van a revisar estas causas. Eso es que he pensado yo siempre. Y mucha gente. No sólo yo. Mucha gente que se entera, eso que piensan. Esa es la primera notisia. Estamos, mu calmao, tranquilo. Ahora va a llegar la verdad y ya está. Ahora investigar de nuevo y ya está. Y cada mes vienen con una noticia nueva: cogen coche, cogen otro. Desde luego revisan este caso: primer caso revisan. Esto va a quedar: luego esto, va a revisar este caso Olesa, luego van a revisar otro. Estamos bien. Con esperanza, má animao, más…como notisia buena. Una notisia buena me viene aquí dentro, por ahí dentro. Pero al final solo me revisan eso caso. Y cada vez, esperando, esperando. Cada vez, falta no sé qué, falta un coche, probas, preguntamos para eso, no sé qué. Al final no puede revisar todo caso. Al final no quiere revisar todo. Y vienen con mala notisia: tiene que pedir indulto, y para indultos quedar yo: sabe que cosa está dormida. Eso, jugar conmigo. Uno tirarme para otro. Y ya está. Si no aguantamos. Aguantamos al final y ya está.

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Dos hombres (hace cuatro años)

ARCADI ESPADA, EL PAÍS, 13-04-2004.

Ahmed Tommouhi y Manuel Borraz se encontraron en las páginas de los periódicos. Para eso sirven. Encontrarse en los periódicos es muy parecido a topar doblando una esquina con otro cuerpo que la dobla en sentido contrario. Depende de un hilo. Es probable que los dos que topan hayan gastado el día en asuntos muy diferentes: pero los dos van a encontrarse con precisión implacable. Habría bastado con demorarse un segundo en la limpieza de los dientes. Como el gordo calvo del poema de Szymborska (Un terrorista: él observa), que vuelve al bar por los «miserables guantes» que dejó olvidados y sólo faltan 10 segundos para la bomba de las trece menos veinte.

Manuel Borraz leía el periódico y se encontró con el nombre de Tommouhi y su historia. No la ha dejado. Es el único ciudadano que no la ha dejado. La honra cautiva de esta ciudad. Es el único, también, que puede explicar la historia de Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib. Este último ya murió. Este 26 de abril hará cuatro años que murió. El último correo que Borraz envía tiene este subject: «¿Qué habría pasado si…?». Y este párrafo: «Hace cuatro años hubo que lamentar que Mounib falleciera sin haber podido solucionar su problema y se calificó de vergonzosa la lentitud de la justicia. Ahora sabemos «qué habría pasado si» hubiera seguido vivo: ¡NADA! Lo certifica Ahmed Tommouhi, compañero de infortunios».

La historia. La explica Borraz. En 1991 Tommouhi y Mounib fueron condenados por violación, gracias a que algunas víctimas dijeron reconocerles. Algunas víctimas deslumbradas en deslumbrantes ruedas de reconocimiento. Gracias a la perseverancia de su Omar Tommouhi y al grosor técnico y ético de un miembro de la Guardia Civil se pudo concluir que varias de las identificaciones fueron erróneas y en uno de los delitos que les achacaban pudo probarse, gracias al ADN, que otro hombre había sido el culpable.

El párrafo anterior no habría de engañar a nadie a pesar de su discreto tamaño. Porque en él, entre detención, juicio, recursos y condena anulada, caben ocho años. Fueron los que pasaron hasta que en 1999 la Fiscalía de Cataluña pidió el indulto en razón de las dudas fundadas sobre la justicia de la sentencia condenatoria. Era con esta decisión del fiscal José María Mena con la que Manuel Borraz abría otro de sus antológicos correos desesperados. Éste tenía la higiene como tema. La Fiscalía se lavó las manos, porque la ausencia de «una prueba objetiva» de su inocencia le impedía impulsar la revisión del caso. Se limitó a pedir un indulto: que Dios te perdone, Tommouhi. El Tribunal Supremo hizo lo mismo. Tampoco había pruebas «firmes y sólidas» de su inocencia. Que el Gobierno te perdone, sugirió. El Tribunal Constitucional consintió, no sin antes cerrar las puertas a la revisión del caso: que el Gobierno te perdone, Tommouhi. El Defensor del Pueblo se lavó las manos porque no puede opinar sobre asuntos judiciales y sólo le preguntó muy respetuosamente al Gobierno por qué tardaba tanto el indulto. El Rey se lavó las manos porque reina: pero pasó la queja al Gobierno. La Generalitat se lavó las manos, porque no está otro gesto entre sus competencias. Comida y alojamiento no le faltan a Tommouhi, apostilló, sin embargo. Borraz escribía esto en noviembre de 2003. Y remataba: «Así son posibles 12 higiénicos años de cárcel».

Las últimas noticias del correo de Borraz oscilan entre el examen del caso que hará el Tribunal de Estrasburgo y la respuesta que reciba el diputado Pedret, que había preguntado al Gobierno, antes de que el Gobierno cambiara, por qué tardaba tanto en conceder el indulto. ¡Tanto!: casi cinco años desde que lo reclamara la Fiscalía. Casi 13 desde que entraron en la cárcel. Una tarde Mounib dijo a su abogado: «Acepto los errores, pero ¿algo que dura tanto es un error?». Quizá hablara de la muerte.

Tommouhi no conoce a Manuel Borraz. Nunca se han visto. Tal vez sepa algo de él por sus abogados. Tal vez ni eso. Borraz tiene 43 años y es ingeniero. Vive en L’Hospitalet y trabaja en un pequeño taller familiar. No pertenece a nada. Es magnífico. A ningún colectivo con propósitos humanitarios. Incluso debe de ser uno de los pocos barceloneses que no están alistados en la Asociación Protectora de Toros Psíquicos. Tal vez vaya al Fòrum, a verlo, algún domingo por la mañana. Nunca le interesó particularmente el periodismo de sucesos ni las cuestiones judiciales. Sólo es que se fijó en los periódicos. Un día. A la una menos veinte. Un hombre sobre otro hombre. Por nada. Por hombre. Borraz empezó a enviar cartas a ministros, fiscales, concejales, periódicos. En 2002 construyó la web sobre el caso, un claro, conciso y emocionante ejercicio de solidaridad.

Ya he dicho que Mounib murió en prisión. Ahmed Tommouhi obtendrá este año el tercer grado y podrá salir. Llegará antes el tercer grado que el indulto. Han pasado 13 años. No hay pruebas de que violara a nadie. Hay pruebas (milagrosamente obtenidas) de que no violó a una de las víctimas por cuya agresión fue condenado. Trece años en la cárcel. Lo peor no es el error judicial. Lo peor es la burocracia indigna. El desprecio que atesora. Tommouhi dice que rechazará cualquier indulto. Se comprende. Una cosa es morir y otra ser violado.

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Kilómetro 162: El discurso de la fuerza y la fuerza del discurso

Yo no he visto esa diligencia a la que se remite la ponente sin citar el folio. Tampoco importa. Decía que a simple vista se puede observar quién de los dos miente, porque casualmente conocemos al menos una de las caras que compartía rueda con Ahmed Tommouhi: Abderrazak Mounib. Y esto es lo que se parecían: 
     
A la izquierda Ahmed Tommouhi, el 11 de noviembre de 1991. A la derecha, Abderrazak Mounib, dos días después. Las ruedas de Barcelona se celebraron el 14 de noviembre de 1991.

Ahora bien: de atender a las consecuencias que una y otra frase desencadenaron, habría que convenir que la del tribunal acaba siendo más real que la de Ramells: 15 años de cárcel están ahí para probarlo. ¡Aunque estén equivocados! Todo esto, además de hacerme pensar en la violencia que garantiza la realidad de un discurso y otro, me reconcilia con esa distinción que siempre hace Agustín García Calvo entre la realidad y la verdad. , y que tan mal llevan muchos científicos y periodistas.

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La gran inversión

El caso de Cornellà es, por varias razones, el centro sobre el que pivotarán las demás condenas. La más importante es que Ahmed Tommouhi fue condenado a pesar de que el semen hallado en la zona vaginal de la braga de N. no era suyo. El condenado por violación y el semen del violador no coincidían, y ante la incoherencia del mundo, el tribunal se quedó con la coherencia incomparable del testimonio. Incomparable con el mundo. La ignorancia y las falsedades que la sentencia expone para justificar su condena paliceden ante el razonamiento analfabeto, aunque mágico, de Margarita Robles: los análisis biológicos «no podrían en modo alguno» desvirtuar el señalamiento de las víctimas, escribió la ponente. La segunda razón es que el coche que conducían los violadores esa noche fue el mismo, identificado por marca, modelo, color y matrícula, que el utilizado dos noches después en Tarragona, que es la otra condena por violación que resta a Tommouhi y Mounib. ¿Los habrían podido condenar en Tarragona de haberse declarado probado que Tommouhi no era el violador del Renault 5 gris B-7661-FW? La condena de Cornellà, y ésta es una tercera razón, fue la primera de todas.

El libro iba a acabar, muy probablemente, en Blanes. Pero veo ahora que quizá haya que añadir un epílogo de última hora: Margarita Robles suena como vocal socialista para el Consejo General del Poder Judicial que se cerrará, al parecer, en septiembre. Incluso para presidirlo. En 1991, tras convertirse en la primera mujer en presidir una Audiencia, Robles explicó una de las claves, aunque todavía no lo sabíamos,  de su filosofía jurídica sobre las agresiones sexuales:

«Como jurista pienso que lo que no se puede hacer es invertir el enjuiciamiento y exigir a la víctima que demuestre su inocencia.» («Margarita Robles», EL PAÍS, 23/03/91)

A alguien que, a la hora de dictar sentencia, se guía antes por la impresión de una víctima, golpeada hasta quedar inconsciente, que por los resultados de un análisis de semen, no seré yo quien le discuta lo que aquí implica, jurídicamente, el verbo invertir. Para que haya discusión tiene que haber algo en común, y el razonamiento de Robles es incomunicable. Pero ustedes solos podrán deducir que lo que el resultado de la inversión establecía era que fuera el acusado el que tenía que demostrar su inocencia. La inversión, a la magistrada Robles al menos, le ha salido muy rentable.

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La fiscalía pide la excarcelación de Rafael Ricardi

Pedro Espinosa, EL PAÍS

Un hallazgo casual. La Fiscalía de Cádiz atribuye prácticamente a la suerte la inminente puesta en libertad de Rafael Ricardi, un reo que lleva 13 años en prisión que el Ministerio Público ahora piensa que no cometió. Y lo argumenta con una prueba fundamental conseguida casi milagrosamente: un descarte de ropa de la víctima no examinada entonces que permanecía almacenada desde hace una década en los almacenes del Instituto Nacional de Toxicología.

La petición de la fiscal Ángeles Ayuso permitió encontrar esa prenda, realizar un análisis y descubrir restos no hallados hasta ahora. Pertenecen a dos hombres distintos ya identificados. Ninguno es Ricardi. Ahora la Fiscalía pide su excarcelación inmediata.

Ricardi lleva encerrado desde 1995 por aquella violación. Fue condenado con el testimonio de la víctima como principal prueba inculpatoria. La mujer le identificó por la voz y un defecto en la vista. Fue sentenciado a 36 años de prisión. En 2000 la policía empezó a sospechar que era inocente, cuando un informe del Instituto Nacional de Toxicología concluyó a través del análisis de una gasa que los restos de ADN no eran de Ricardi, aunque ni fiscalía ni defensa reclamaron la revisión de la condena porque no se hallaron restos del segundo agresor y porque la principal prueba contra él había sido el testimonio de la víctima.

Esos restos de ADN pertenecían a Fernando Plaza, como pudo descubrir la Policía cuando detuvo a este hombre por otro delito en junio de 2007. También fue arrestado Juan Baños, al que la investigación apunta como presunto compañero de fechorías. Eso se supo en abril de este año. Fue entonces cuando la Fiscalía ordenó reabrir la causa. Después de 10 reconocimientos, 13 declaraciones de testigos, varias de imputados, localizaciones de fichas policiales de Ricardi y Plaza y seis tomas complementarias de ADN la Fiscalía seguía manteniendo su postura inicial de que no había motivos para revisar la condena.

Sólo hasta que la fiscal jefe de Cádiz, Ángeles Ayuso, no tuvo en su poder los resultados de las nuevas pruebas toxicológicas, que descartan a Ricardi, el Ministerio Público no ha tomado su decisión de reclamar la excarcelación del reo, a través de la libertad condicional y un tercer grado, y de pedir la revisión del caso ante el Tribunal Supremo. Una medida en la que ha intervenido directamente la Fiscalía General del Estado.

El Ministerio Público tiene por delante investigar la cadena de errores que han mantenido a un inocente tantos años en la cárcel. Entre ellos, el que se permitiera a la víctima lavarse las manos en comisaría en la noche del suceso, que no se analizara el casco y la moto en la que viajaba la mujer cuando fue agredida o que en las fotos que vio para identificar al violador sólo en una apareciera un hombre con un defecto en la vista. Él era Rafael Ricardi. La familia ya anunció que reclamará indemnizaciones y responsabilidades por estos fallos. La Fiscalía investiga una decena de violaciones ocurridas en la bahía de Cádiz durante aquella época, en la que podrían estar implicados Plaza y Baños.

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