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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Un hombre pide el indulto tras casi tres años preso por un error judicial

Mónica C. Belaza (EL PAíS)/Madrid 18/05/08

Jorge Ortiz, de 36 años, sólo puede ya implorar un indulto al Gobierno, como ha pedido su abogado, para salir de la cárcel. No le quedan vías legales para exigir que se haga justicia y se declare su inocencia. Fue condenado en 2005 a siete años de cárcel por dos atracos a punta de navaja. Una de las víctimas dudaba de que hubiera sido él. La otra, que en un principio lo identificó, se desdijo antes del juicio ante la policía e identificó a otra persona. A la policía se le olvidó unir al sumario de Ortiz esta nueva diligencia y el juez, inexplicablemente, no creyó a la víctima cuando contó en el juicio lo sucedido. Lo condenó con estas pruebas. Ni la Audiencia Provincial ni el Tribunal Supremo enmendaron el error. Su familia, preocupada por su estado psicológico, recaba ahora firmas para el indulto.

En febrero de 2004 se cometieron en Gijón decenas de robos a punta de navaja contra comerciantes, todos parecidos y perpetrados por una persona. La policía comenzó a enseñar fotos a los testigos. Jorge Ortiz aparecía en los álbumes policiales por algún delito -nunca con violencia- por el que había sido detenido. Sólo dos víctimas pensaron, viendo la foto, que podía ser el atracador. Una de ellas dijo, al ver la foto y en el reconocimiento en rueda posterior, que «creía» que era él. La otra, Ana Yolanda E., recuerda que no estaba segura cuando le enseñaron la foto, pero que firmó el papel porque la policía le dijo que había robado en otros sitios. Y asegura que después, en la rueda de reconocimiento, lo identificó «con total seguridad» porque lo recordaba de la fotografía.

Ortiz pasó cuatro meses en prisión preventiva. Durante ese tiempo, los atracos continuaron. Finalmente, la policía detuvo a otro hombre, Miguel Robles, que fue después condenado por 24 atracos. Tras esta detención, la policía fue a buscar a Ana Yolanda para enseñarle la foto de Robles. Ella no dudó. Dijo que estaba segura de que era él quien la había atracado y que se había equivocado al identificar a Ortiz porque ambos tenían marcas de granos en la cara. A la otra víctima no le enseñaron la foto de Robles.

La policía olvidó remitir esta diligencia a la causa seguida contra Ortiz, y fue juzgado. En la sala, la víctima que siempre dudó de la culpabilidad de Ortiz volvió a hacerlo. Y Ana Yolanda contó la historia de la segunda fotografía. Insistió en que el culpable era otro. El juez, Lino Rubio, del Juzgado de lo Penal número 1 de Gijón, no la creyó porque no tenía los papeles. Condenó a Ortiz a siete años de prisión y procesó a Ana Yolanda por falso testimonio. Las pruebas de cargo eran sólo los reconocimientos de las víctimas. La resolución habla también de contradicciones del acusado, pero de hecho casi se le acusa de no probar su inocencia, cuando es su culpabilidad la que debe demostrarse.

La sentencia fue apelada. La Audiencia Provincial de Asturias la confirmó sin entrar a valorar el hecho de que Ana Yolanda lo había exculpado ante la policía y el juez.Y Ortiz volvió a la cárcel.

Ana Yolanda fue después juzgada por falso testimonio. La absolvieron. En el procedimiento salió a la luz lo ocurrido con los policías, que dijeron que efectivamente habían ido a enseñarle la foto de Robles tras la detención, que ella se había desdicho del anterior reconocimiento y que había identificado con absoluta seguridad al nuevo sospechoso. Paradójicamente, este doble reconocimiento exculpó a Robles del robo a Ana Yolanda. Cuando se le juzgó por la veintena de atracos, sobre éste el fiscal no presentó acusación argumentando que si la testigo había reconocido «sin ningún género de dudas» a dos personas, el testimonio no era fiable.

Cuando salió la sentencia absolutoria de Ana Yolanda, el abogado de Ortiz, Guillermo Calvo, pidió un recurso de revisión ante el Supremo. Es un recurso extraordinario y complicado, para el que se exige que existan hechos nuevos que «evidencien la inocencia del condenado». Es decir, se invierte la carga de la prueba. No es suficiente con que haya dudas sobre la culpabilidad, sino que hay que probar que el reo es inocente.

El Supremo no lo admitió a trámite. La fiscalía, que informó desfavorablemente a la admisión del recurso, dijo que los hechos alegados -la retractación de la testigo- ya habían sido planteados ante el juez de lo Penal y que éste había decidido no darles credibilidad. Y asunto resuelto. De lo que no hablaron ni la fiscalía ni el Supremo fue de que el juez de lo Penal se equivocó al pensar que la mujer mentía, como había quedado demostrado por sentencia firme posterior. En cualquier caso, ahí acabaron las vías legales. Ortiz sólo puede confiar en el indulto por parte del Consejo de Ministros mientras sigue en prisión.

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La víctima de este caso, Ana Yolanda E.: «Él no fue quien me robó y nadie lo saca de la cárcel«.

Curiosamente, en este despiece sobre «Falsos Culpables» no aparece el caso de Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi, que  en su día estuvo en el orígen de esa categoría de inocentes condenados por la cara.

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Y sin duda alguna también, todo lo contrario

La madrugada del 3 de noviembre de 1991 tres parejas fueron asaltadas en la provincia de Barcelona: las dos primeras, entre las doce y las doce y media de la noche, en Vilafranca del Penedès; la tercera, entre las dos y las tres, en un polígono en el norte de Terrassa. Las ruedas de reconocimiento que se hicieron, con Tommouhi y Mounib como sospechosos, arrojaron los imposibles resultados, respecto a Mounib sobre todo, que ya registré aquí.

En una de las causas de Vilafranca, Abderrazak Mounib fue condenado el 19 de Octubre de 1995 por un delito de coacciones y daños cometido contra A. y su novio. La sentencia declaró probado que Mounib había sido el hombre que con un una linterna en la mano se acercó primero al coche de la pareja y, dirigiéndose al conductor, les pidió «que se marcharan del lugar porque se estaban cometiendo unos robos». La magistrada-juez destacó que era «lógico que A. no reconociera al acusado, puesto que ya manifestó y así lo ha corroborado en la vista oral, que no vió a la persona que se dirigió [a su novio], sino al que acudió pesteriormente con la cara tapada y esgrimiendo una pistola». La pareja había arrancado el coche y huido a continuación. 

Las ruedas de reconocimientos en las que se basó la condena (cuatro meses de arresto mayor, diez días de arresto menor, y 250.000 pesetas de multa), se celebraron en la cárcel de Tarragona, a dónde la juez de instrucción, Marta Planells i Batalla, había dirigido un escrito para que se reunieran «cuatro personas de las mismas características o semejantes» a Abderrazak Mounib. El 12 de dicimbre de 1991 se celebraron esas ruedas, aunque las cuatro personas reunidas compartieron rueda tanto con Abderrazak Mounib como con Ahmed Tommouhi, a pesar del nulo parecido físico que había entre ambos.

La chica no es que no reconociera a Abderrazak Mounib, como señala la sentencia, sino que señaló «sin ningún género de dudas» a una de esas personas, Kechoui S., y eso es muy distinto y me insipira varias preguntas. La magistrada que condenó a Abderrazak Mounib, Araceli Aiguaviva i Baulies, me recibió en su despacho del juzgado número 17 de lo penal hace ya casi dos meses y amablemente se ofreció a atender a mis preguntas. Visto que no recordaba el caso con suficiente precisión, me sugirió que le enviase las preguntas por mail y que con el sumario a mano, me las respondería. Estas son las preguntas que le envié anoche:

1.- La única prueba de cargo contra el acusado, Abderrazak Mounib, fue la identificación en rueda sostenida por el chico, J. C. Usted consideró «lógico» que la chica, A. S., no hubiera reconocido al acusado, pero la chica no sólo es que no lo reconociera, sino que señaló «sin ningún género de dudas» y por dos veces (folios 85 y 86) a otra persona. Esa otra persona era uno de los cebos reunidos por la prisión, por lo que, en principio, el error era manifiesto. Ella, sin embargo, lo aseguró por dos veces: y si bien declaró que sólo había visto al individuo que portaba la pistola, no quita que lo que ello significaba precisamente era que la de la pistola era la que ella había señalado por dos veces. ¿Qué razón le llevó a considerar que el señalamiento del chico, sin embargo, era certero, si no había ningún indicio objetivo, como tampoco lo había en el caso de la chica, que lo corroborara? 

2.-Las actas certifican que las personas que acompañaban a los sospechosos en las cuatro ruedas fueron siempre las mismas: tanto para las dos ruedas celebradas con Ahmed Tommouhi, como para las dos celebradas con Abderrazak Mounib. Esto hizo que, en la tercera rueda (a juzgar por el orden de foliado, tanto de la instrucción como de su juzgado), los testigos tuvieran delante a cuatro personas que ya veían por tercera vez, y una –Abderrazak Mounib– a la que veían por primera vez. ¿Consideró usted la posibilidad de que este hecho, que indudablemente contribuyó a individualizar al imputado, hubiera influido en la percepción del testigo?  

 

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Haciendo pie

No podía avanzar sin escribir esto, y como no estoy seguro de que vaya a mantenerlo finalmente en el libro, lo traigo aquí para que sepan al menos dónde hago pie. La imprecisión del lenguaje no es sólo que sea un problema moral, para mí es también el tapón (¿es posible escribir?) que hay que quitar para empezar a escribir, pero que amenaza siempre con llevarse al niño con el agua sucia. Este fragmento es, pues, a la vez un filtro y una escafandra, sumergido como estoy en la segunda parte del texto.

4.- El semen en tinta se diluye 

La irreductible distancia que hay entre la palabra y el mundo del que habla, lejos de ser un obstáculo para que pueda decirse de una frase que es verdadera, es la condición que permite verificarla. La fuerza notarial de un inventario reside en que en algún armario están las cosas que el acta enumera, no en que las cosas y el acta sean lo mismo. Así también la prosa de las sentencias. Es cierto que una sentencia desencadena/crea acontecimientos que empujan esa literalidad hasta hacerla, en un sentido práctico, incorregible: el tiempo en la cárcel será ya irremplazable por mucho que la sentencia pueda luego, una vez descubierto el error, revocarse y reconocerse injusta. Contra ese problema, sin embargo, tan peligrosa resulta la pretensión de eliminar la distancia ahormando el mundo al pie de la letra, como hablando de él como si fuera una metáfora desgastada.
    Franz Kafka describió, en La colonia penitenciaria, un aparatoso invento, compuesto por una cama sobre la que se tendía y ataba al reo y una rastra de finísimas agujas que descendía hasta rozar imperceptiblemente la piel de éste, que escribía la sentencia sobre el cuerpo mismo del condenado: «En cuanto el hombre está bien atado, la cama es puesta en movimiento. Vibra simultáneamente hacia los lados y de arriba a abajo con sacudidas mínimas y muy rápidas. Seguro que ya ha visto aparatos similares en algunos sanatorios, solo que en nuestra cama los movimientos están todos calculados al milímetro, pues tienen que ajustarse con total precisión a los de la rastra. Es a ésta a la que se encomienda la ejecución real de la sentencia».  La expresión «ejecución real de la sentencia» subraya bien esa confusión entre lenguaje y mundo, entre la frase y su cosa, como si una sentencia que dictara una pena de muerte, por ser una silla eléctrica la que la ejecuta, fuera menos real. La infalible literalidad de la condena, en La colonia penitenciaria, es siempre una condena a muerte, y así el mecanismo provoca en pocos días la muerte del condenado. La representación jurídica (la sentencia) y lo real (la ejecución) se funden en el cuerpo moribundo del reo. No hay verificación posible, y no sólo porque no sepamos qué dice la sentencia: es sobre todo porque la motivación –el protagonista de El Proceso tampoco sabrá nunca de qué se le acusa– se produce en ese plano intermedio en el que dialogan las palabras y los hechos, en el que podemos establecer qué ha ocurrido y las consecuencias que de ello deben derivarse, y que como tal Kafka ha consecuentemente eliminado.
    La condena por la violación de Olesa de Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib comenzó a fraguarse, a realizarse, por un procedimiento inverso, pero igualmente inexorable: consistió también en eliminar esa distancia entre la representación (la sentencia que les atribuía la violación) y lo real (la violación), pero virtualizando las frases con las que se fue tejiendo la instrucción hasta que el mundo real había desaparecido y el contendio del sumario era, técnicamente, inverificable. El rastro de ese despegue del mundo, sin embargo, se distingue en la prosa del sumario desde el mismo 14 de noviembre de 1991 en que ambos pasaron la primera rueda de reconocimiento conjunta. M., la chica, aseguró dos días consecutivos que Ahmed Tommouhi era uno de los violadores. El acta del 13 de noviembre de 1991 transcribe así su afirmación: «Que es el 4º empezando por la izquierda». Y así la del 14: «Que reconoce sin ninguna duda al 1º [A. Tommouhi] y al 3º [A. Mounib] como los inculpados». La posibilidad de verificar el contenido real de su declaración ha sido, formalmente, eliminada en la segunda, puesto que el enunciado –«los inculpados»– está ya desplazando el contenido real de la expresión hacia el interior del sumario, desconectándolo así del mundo exterior. Ahmed Tommouhi no violó a M, con lo que es un error manifiesto que la chica diga que uno de los violadores era «el 4º empezando por la izquierda». Precisamente porque el 4º por la izquierda era Ahmed Tommouhi, la frase es falsa, una falsedad que se corresponde con el hecho real de que, efectivamente, él no la violó, y así lo prueban los restos de semen analizados. «De lo que se trata al fin y al cabo es de que la verdad formal y la verdad material coincidan», me dijo uno de los jueces que condenó a Antonio García Carbonell por las violaciones de la primavera de 1995. Ese fin, sin embargo, empieza a emborronarse desde el momento en que la acusación se enuncia formalmente de manera que no pueda ya corresponderse con la materialidad a la que se refiere. El inconveniente del segundo día reside en que si bien sigue siendo falso que fuera su violador, ahora es cierto, tomada la expresión en su literalidad, que era el «imputado», pues es ésta la exacta situación jurídica en la que se encontraba el señor Tommouhi (y el señor Mounib, señalado como «el 3º» en ese acta). 
         La mano del secretario –la letra redonda y grande parece de mujer– registró con ese ligerísimo desplazamiento semántico en las actas de ese día, un profundo corrimiento de tierras, según el cual las actas podían ser literalmente ciertas al mismo tiempo que materialmente falsas, descoyuntando así la buscada correspondencia entre una verdad y otra. Si el oficial de La colonia penitenciaria trabaja convencido de que la letra con sangre entra, la secretaria del Jugado de Instrucción nº 14 de los de Barcelona en 1991 lo hacía quizá sin saber que, con esa forma típica de hablar y de escribir, el semen en tinta se diluye. 

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Lista (provisional) de invitados

Estos lectores han sido invitados al documento de Google Docs sobre el que estoy escribiendo el libro.

Mónica C. Belaza

Eleonora Giovio

Carlos Gómez A.

Tote Henares

B. T.

Iván Vila

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La nueva justicia

El reportaje de ayer de El País escurre el bulto que bloquea el caso del condenado de Cádiz cuya inocencia defiende ahora la policía: ¿en la violación por la que fue condenado Rafael Ricardi –la de Carmen– se ha perfilado la huella genética (ADN) de los dos violadores? Si así fuera, y ninguna de ella correspondiera a Ricardi, todo la supuesta autoridad que se arroga la Audiencia de Cádiz sobre la imposibilidad de revisar el caso quedaría expuesta al ridículo que merece: la venganza de los hechos, pues el recurso de revisión que con toda seguridad presentaría la fiscalía se dirigiría ante el Tribunal Supremo, como corresponde, y no ante la Audiencia.

Jurídicamente, no hay casos cerrados. Hay sentencias firmes. Porque el recurso de revisión, si bien es extraordinario, no tiene limitaciones temporales. Las limitaciones son de otro tipo, entre las más importantes: no se pueden valorar elementos sobre los que ya en su día se pronunció el tribunal juzgador y los motivos que sostengan la solicitud de revisión deben ser indubitables: esto es, deben demostrar la inocencia del condenado, al contrario de lo que se pide durante el proceso ordinario, donde lo que se debe demostrar es la culpabilidad. De haberse probado que el ADN de los dos violadores de Carmen, la chica citada en el reportaje de ayer, no se corresponden con el de Ricardi, el recurso de revisión tendría todas las posibilidades de prosperar. Así ocurrió en el caso de Olesa: los dos perfiles genéticos descifrados en las muestras de semen no correspondían ni a Tommouhi ni a Mounib y, en consecuencia, la sentencia fue revocada. Caso cerrado, pues, sólo tiene sentido policialmente, como el que aquí nos ocupa.

Pero esa bolita roja no aparece debajo de ninguno de los párrafos que hablan de las muestras genéticas y que tan armoniosamente se reparten por el texto: «la Comisaría de Policía cientifíca dictaminó que ese mismo ADN [perteneciente a Fernando P.G.] se había encontrado en cuatro violaciones. Entre ellas, la de Carmen, por la que Ricardi se encuentra entre rejas desde 1995.»(párrafo 11). «Los análisis confirmarían que su perfil genético [el de Juan B.] coincide con el encontrado en una de las violaciones en la que también intervino supuestamente su compinche» (párrafo 13). «La policía tiene acreditada, a través del ADN, su [la de ambos] participación en cinco violaciones» (párrafo 16). Lamentablemente para Ricardi, esos cinco perfiles, de momento, sólo son cuatro más uno: y este uno, que corresponde a uno de los dos violadores de la chica que identificó a Ricardi, no es suficiente para descartarlo a él, puesto que después de una sentencia firme él siempre puede seguir siendo el otro violador de Carmen. Aún con todo, será interesante, por lo que respecto del caso de Mounib y Tommouhi pudiera significar, esperar a ver qué decisión toma la fiscalía.

Dicho esto, tanto el razonamiento citado de la Audiencia de  Cádiz como la sentencia de una de las causas de Tommouhi, la de Cornellà, coinciden en que resuelven la dialéctica entre la palabra de la víctima y las pruebas científicas, a favor de la primera. La coherencia del testimonio, que es el primer criterio que los jueces se llevan a la boca a la hora de valorar la certeza de las identificaciones, prevalece sobre la supuesta incoherencia del mundo, cuando éste no alcanza a hacer coincidir el violador y los restos de semen. Luego vienen el convencimiento, la espontaneidad, etc., pero todos comparten el esquema de la coherencia: su efectividad se compara consigo misma, no con el mundo. La coherencia es, a este respecto, lo que la verosimilitud al nuevo periodismo: la coartada técnica que permite dictar sentencia contra la evidencia de los hechos.

El mundo podrá llevarse las manos a la cabeza, pero nadie nos prometió que las consecuencias del efectismo no fueran a ser reales.

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Un apunte sobre la culpa (y unas notas sobre el comienzo)

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Work in progress. El libro empieza, finalmente, en 1995. Ejerzo así un derecho narrativo que traiciona en parte mi impresión de que una crónica fiel debe empezar por respetar el orden cronológico de los hechos, pero por una vez creo que hace justicia a lo que la crónica cuenta: el hilo narrativo de la primera parte (1991-1997) es la investigación de la Guardia Civil que desembocó en la revisión de la condena de Olesa (1997), y esa investigación empezó en 1995, tras la detención de García Carbonell, y no en 1991, durante la ola de violaciones del otoño y la contemporánea detención de Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib, cuando más que reunir vestigios, se dieron palos de ciego.

Es también una manera de permitir al lector desconocido que comparta conmigo la lectura del caso, conociendo desde el principio el mismo vuelco que yo conocía: que las víctimas de 1995 seguían señalando a los dos marroquíes que estaban en la cárcel desde 1991 como sus violadores. A partir de ahí, será responsabilidad del lector reeditar la vigilancia que yo he puesto al escribirla, para que no se le escapen los detalles.

Una primera parte en la que no sé si lograré trasmitir la fascinación que sentía yo al leer las declaraciones, los informes forenses y diligencias policiales del sumario, pero con ello es con lo que intento que el lector me siga. Entiendo que no me entiendas: pero leer esos folios escritos a máquina, con faltas de ortografía, mal puntuados, y con algún eufemismo de risa, me producía una sensación de casi materialidad sobre lo que allí estaba leyendo. Lo cual no tiene sólo que ver, aunque también, con la sensación de tener acceso directo a ese material (y su forma: fotocopias, frases hechas encabezando los escritos, sellos, etc), sino con la impresión que la lectura de esa prosa burocrática, descriptiva, secuencial, y el imaginar los hechos a los que se aplicaba, deparaba. Un cierto vértigo, y la sensación de que no hay trapecio para recorrerlo. Esto es, sin un estilo cuya contemplación distraiga de lo real, que es dar con esos huesos en el suelo.

 

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Google y la mecanografría: malos tiempos para la lírica

El proceso de escritura de este libro está grabándose literalmente en directo a través de Internet. Desde el pasado martes, sólo escribo en Google Docs: un procesador de textos de google, alojado en una url (dirección web) que el sistema te asigna al abrirte una cuenta y sobre el que puedes trabajar, obviamente, desde cualquier ordenador con acceso a Internet. La gran novedad es que una función registra y almacena todas las versiones guardadas del texto (tanto las automáticas como las ordenadas). El sistema, de momento, sólo permite el acceso a 200 invitados.

En 42 páginas ya van 480 versiones (y es un número engañosamente bajo, puesto que hay mucho material volcado directametne desde el primer documento en Word, con lo que se han perdido muchas versiones por el camino). La noticia sobre este artefacto, que me trajo Arcadi Espada, me dejó al principio indiferente. El número de personas a las que podría interesar acceder a las chorrocientas mil versiones que saldrán de este libro probablemente sean, sin temor a exagerar, una o ninguna. Pero las ventajas que esa función me ofrece a mí, sin embargo, son sabrosísimas: se distingue perfectamente la carne y el ensalivado. Y escribir es rumiar.

La primera la descubrí nada más afrontar la  frase inicial: 200 posibles lectores observándote te quitan las ganas de hacer tonterías. Es como creer en Dios y saber que es tu vecino. Para mí, que siempre he preferido escribir a máquina precisamente porque te obliga a tensar mucho más cada frase, cada párrafo, sin esa impunidad que te da el borrón y cuenta nueva de la escritura en pantalla, esto me devuelve al orígen: guárdate la lírica en la cabeza, que aquí todo se sabe.

Una semana de experiencia no deja lugar a dudas: exhibir el proceso de escritura agudiza la conciencia lingüística mucho más de lo que ya la activa el hecho mismo de la publicación final. A lo mejor algún día les traigo aquí  ejemplos de esa vigilancia absolutamente paranoica que se me ha despertado y mantengo sobre lo que escribo. Es, al mismo tiempo, un espectáculo íntimo oír los engranajes del pensamiento, cómo van encajando los dientes de una rueda en otra, casi una forma de memoria instantánea y pirograbada (de forma parecida a como el escribir algo nos facilita luego recordarlo, aquí se graba también lo que no se escribirá). Todavía no hay nadie invitado, pero eso no pospone la amenaza: por muy tarde que lleguen siempre tendrán acceso al historial entero. 

Además de los cariñosos amigos que me adularán con su interés, y dado que espero que el libro me convierta por fin en un indeseado para unos cuantos indeseables, llegado el día estarán  invitados sobre todo los fiscalizadores. (Tengo que comprobar también que los invitados no puedan modificar el texto, claro). Lo verdaderamente importante es que esta posibilidad supone una doble vuelta de tuerca al método de la transparencia. Primero: además del libro de papel, el producto final estará colgado en Internet –otra de las funciones permite hacer pública la dirección de la página (url) donde está alojado, con lo que una vez terminado todo el mundo podrá acceder–y así el material utilizado, al igual que en este blog, podrá ser directamente consultado (aunque, repito, el sistema no permite todavía el acceso libre al historial de versiones definitivo). El aparato crítico y documental que en el papel se recogerá necesariamente seleccionado, y en todo caso  resumido en las notas y aclaraciones sobre las fuentes, en la versión digital estará directa y universalmente accesible. 

Y segundo: el rastro del work in progress de la escritura queda marcado. Ahí se ve en qué sentido va el trabajo del autor, si hacia el secado o hacia la inflamación, las posibilidades que baraja y con cuál de entre ellas se queda, y qué la respalda. El mismo método con el que abordé aquí el cortar y pegar que hizo el tribunal de la sección 5ª con las dos sentencias del caso de Olesa, podrá aplicárseme a mí: puesto que ahí quedarán las huellas de los caminos abandonados.

Supone también una cierta liberación: un injustificado (de poeta de medio pelo) pudor que he mantenido con el primer adelanto ha desaparecido súbitamente ahora que escribo por fin para terminarlo: desde hace una semana sé que escribo en pelotas, pero ya no me importa. A muchos de ustedes los invitaría desde hoy mismo, pero eso sería como advertirles de que ésta no es su casa. Y sí lo es, así que pónganse cómodos. Se puede fumar.

Nota: En función del interés, estudiaría a quién y bajo qué condiciones (confidencialidad sobre contenidos de la investigación en marcha, exclusividad, filtración de extractos, etc…)  puedo invitar  y se lo cuento.

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Los pies en la tierra

Llegada la hora de la verdad, la verdad aparece impuntual, troceada y enredada. La primera tarea, sentado con regularidad industrial frente a la mesa, es ordenar los vestigios de la investigación (nunca terminada del todo) sin desesperación ni pausa: compruebo ahora hasta qué punto mis intenciones metodológicas deben concretarse en la oración diaria: transcripciones de entrevistas, relectura de notas, selección de citas, datos, frases. Todo lo cual ayuda para no desesperar por la falta de imaginación. 

El objetivo es que cada palabra lleve su cosita dentro, ajustada: palabras que no parezcan un sonajero, pero que tampoco sufran de elefantismo. La precisión en el relato de los hechos no sólo reclama la palabra exacta: la claridad en la formulación de la frase y el orden de sus elementos suponen también un trabajo de fidelidad al tiempo y el espacio en el que ocurrieron según el relato de las víctimas y testigos y otras fuentes documentales. Así, la diferencia entre estos dos párrafos:

Le taparon los ojos y la subieron a una furgoneta que había cerca. Una Mercedes Benz, al parecer, azul metalizado. La puerta lateral, por donde la obligaron a subir a ella, era corredera. Una vez dentro la taparon con una manta y arrancaron.

Tapados los ojos y a bordo ya de la Mercedes Benz azul metalizada de los asaltantes, la chica, cubierta con una manta, viajaba en la parte trasera cuando arrancaron. La puerta lateral de la furgoneta era corredera.

Trabajo convencido de que el primero, aunque provisional, es más verdadero: en el segundo nadie tapa los ojos a la chica, la imprecisión verbal emborrona el tiempo en el que se sucedieron los hechos («viajaba cuando arrancaron»), la furgoneta no está en ningún sitio, la puerta lateral aparece desplazada y la seguridad en cuanto al color y la marca del vehículo es una exageración del narrador, que no respeta la precaución de la propia víctima, y que por inercia rebaja una información valiosa: la seguridad de la chica, esta vez sí, de que era una furgoneta y no un turismo pequeño. 

En esta primera parte (hechos probados del 91 y 95, primera investigación de la Guardia Civil y condena revocada) la verificación obliga sobre todo al contraste de las declaraciones, la selección jerarquizada en base a su importancia, pero sin subrayados, y la absoluta circunspección del narrador, esa tercera persona que soy yo más allá de mis circunstancias. La objetividad, a no borrar los trazos que puedan cuestionar la tesis que va a defender el libro. El descarte sólo es admisible sobre aquello que sea irrelevante para las dos posibilidades: que el convencimiento de las víctimas sea erróneo o acertado. El juez, como en todas las cuestiones morales, es el de siempre: uno mismo. Aunque nada tiene eso que ver con el subjetivismo.  

En el adelanto del proyecto que envié al Premio Crónicas inserté este aviso al lector que sigue estando vigente, y aclara el método para la reconstrucción de los hechos de 1991 en el segundo capítulo:

Éste se compone principalmente de las declaraciones  de las  víctimas en comisaría a las pocas horas de haber ocurrido los hechos, los informes médicos, periciales, el resto de diligencias policiales y una conversación con A., uno de los chicos víctima de la agresión y testigo de las violaciones de La Secuita. He procurado no añadir ni quitar absolutamente nada: siempre que ha sido posible he utilizado incluso, al enlazar las frases, las expresiones de las víctimas, lo cual casi nunca se refleja con el uso de las comillas. Estas sólo se han utilizado para presentar lo muy delicado, lo muy decisivo, y las frases de los agresores que las víctimas citan literalmente en sus declaraciones.

Los hechos de 1991, las detenciones que les sucedieron y los detenidos que pasaban por allí, no pueden aparecer aquí bajo ninguna luz artificial que los relacione, más allá de la sucesión en el tiempo. (Las metáforas de la policía, periodistas, fiscales y jueces son material para la segunda parte, donde aparecen sincronizados con las impresiones de las víctimas). No hay conectores, no hay argumento, no hay explicación. Hay parejas, coches, caminos apartados, violaciones, secuelas, detenidos, fotografías, comas, puntos,  párrafos y páginas.

 

Tampoco puede haber indignación, porque me parece que es el mejor modo de no expropiar a las víctimas (chicas y condenados por la cara) su dolor.

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Contraplano (o me estoy quitando)

El estrés y la carga de trabajo acumulados durante los cinco meses que lleva este blog en marcha aconsejan levantar el pie. Les detallaría mis horarios, pero es algo demasiado íntimo. La alarma más importante, sin embargo, es la del reloj. Ha llegado la hora del libro. No toda la culpa la tendrá el tiempo que le he dedicado al blog. Algo tendrán que ver también los viajes y las mudanzas y el vértigo. Pero el contador no engaña: 15,600 palabras. Treinta y cinco páginas, casi todas escritas durante el parón de las navidades. No he vuelto a escribir una línea desde que entregué el adelanto en enero.

La conclusión es que esa dificultad para compaginar la escritura del libro y la del blog  es para mí insalvable. Así lo pensaba antes de empezar, y de hecho el plan inicial era cerrar este experimento al acabar febrero, pero ahora es la experiencia la que obliga a reconocerlo. Aunque ese para mí rebaja su importancia objetiva, señala una correlación de fuerzas.  Hasta finales de abril, por tanto, ni blog diario ni más viajes. Me jode admitirlo: Me estoy quitando.

Los viajes volverán en mayo. Pero no esta cita diaria: Entre dejarlo del todo y seguir como si nada, hay un término medio:  escribiré cada lunes.  No sé muy bien por qué: pienso en el lunes que viene y la semana se me ofrece como un respiro, pero también me anuncia una oportunidad: el lunes que viene podré volver aquí y contarles algo. Porque todo este ejercicio, si bien ha confirmado esa incompatibilidad de escribir con las dos manos, porque la izquierda sigue pensando en lo que hace la derecha (la desnovelización no ha culminado), ha deshecho otras: la aparente repulsión entre el goce y la rutina, un tormento que ni mucho menos es exclusivo de los casados, los funcionarios y los parados.

Es otro de los indiscutibles de Kraus: trabajaba día y noche, y así tenía todo el tiempo libre del mundo. No es que no me haya importado el compromiso con ustedes, pero confieso que ha sido el placer de escribir aquí cada día, lo que me ha hecho volver al día siguiente. Un placer informado: Llegaba después de la tensión, el desayuno y el sudor en las manos, y se iba lento como el recuerdo de un desahogo. Pestañeaba, amanecía de nuevo: Tocaba sacar otra piedra del estómago.

Los días con menos visitas (algún fin de semana de noviembre no despuntó las 50), la verdad es que el público me importaba un carajo. Los días que más, alguno de enero pasó de las 1.500, lo mismo, por exagerado. Lo habitual de los últimos dos meses, muy cerca de las 200 diarias, sí que me llena de sorpresa y asombro, pero mentiría si les dijera que he pensado en el público al escribir. Sólo pienso en ustedes por separado: y algunas pocas cosas quedan por publicar aquí, que sería un fraude reservar para el libro. Por eso voy a volver, cada lunes, a las diez de la mañana.

Feliz semana.

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No se vayan

En el AVE, camino de  Madrid, sin batería, anunciarles sólo que les dejo hasta después de Semana Santa. El lunes 24 de marzo estaré de vuelta, para encarar el tramo final de este blog, o al menos el de su reinvención. Será la única manera de que me ponga a escribir el libro. No se lo pierdan.

Filed under: Cortocircuitos

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