ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Insiste, malaya

All the doctors

And nurses, too

They came and they asked me

‘Who in the world are you?’

(Skip James) 

Això era un dia dos refugiats de la vida a un bareto i tres birres pel cap baix:

–La causa està preparada, l’obro?– Però, dintre només hi havia http://www.el zurullo de zuloaga.hip-hop –Haurem de tornar a pensar en l’esfínter de Pandora–, ell mateix s’ho va concloure i, fent-se el minguis, sense pensar’s-hi massa i amb una veu més pròpia de nàufrag que de col.lega accidental:

–Ara ja només podrem fer barricades amb les pedres del fetge! Contagiats de desànim ambiental, havien de gratar-se el futur i les seves deliqüescències: puta sequera, vaja.

Moments com aquell eren propicis per entrar en petites i passatgeres depressions que encara que no deixaven rastre (no hi havia on deixar-lo) els permetien ser com qualsevol altre. Un més entre la multitud. Sentir-se massa. Ah, com els agradava el luxe asiàtic! Ser per uns instants consumidors de suculentes ex i incursions al primer Hipercorc que se’ls posés davant.

Podien, llavors, abandonar per unes hores la paciència del comptagotes i el desesper que els produia la ignorància obligatòria i la cruel inutilitat del poc dir que sempre tenien entre mans i mai no sabien com fer-lo sortir, i les certeses totes, tant les històriques com les patafísiques, i els deserts ja plens de profetes i

Sempre queda un “i” dret. Treiem, doncs, els punts de les ies. Per exemple:­

–Per puta torticoli (reduccionisme existencial) estem mirant cap a l’altre cantó i allà tampoc no hi ha res. Cal reconèixer, però, que és un bon punt de partida cap enlloc. Espero que allà ens rebin amb els braços oberts.

Per moments semblava que el bareto es movia pel futur, ara centrifugat. És la força d’atracció del buit. Cap amunt. Agafats al màstil, enfilats a la cofa “Són els meus arbres, nena, que no et deixen veure els boscos”. O cap avall: es pot okupar el temps?

En el sentit fort del terme, volem dir. Perquè de cada vegada n’hi menys, de temps (i no només perquè l’hagin urbanitzat) El temps històric l’estan acabant en el festí neocon, con, conspícua paraula francesa, i s’estan llepant dits i kubotans. Aviat no quedarà història ni pels més menuts.

Distraccions birràtiques a part, el cert és que no sabem què fer. Per més històries que ens muntem, no arribem mai a entrar a la barca, i així no hi ha naufragis ni illes ni res. No sortirem de port (en diuen “salpar”).

Tal vegada hagin acabat les grans narracions; potser perquè ningú ja no piula? El temps històric, com a lloc dels nostres pensaments més íntims i col.lectius, s’ha esmorteït: les dates són commemoracions, mers objectes històrics, etiquetes, curiositats o brocants; la història és només una assignatura a la irrealitat dels estudis oficials i tediosos.

Es pot preveure que la realitat se’ns presentarà, doncs, com un mural cacaòtic en moviment burocràtic reglat. O(h), cosa quieta. Un mural capaç d’incloure qualsevol cosa i tots els moviments i les velocitats totes. Hi ha músiques de sobra per acompanyar. Massa pa i poca salsa. El pa i la xocolata mai no acaben alhora.

L’ordre està en mans de l’Administració, i no és pas el que crèiem. El caos, ordre del més bell dels temps, té raó de ser i moltes amigues. Volem juerga històrica i no pas administrativa/subvencionada. Hauríem de ser capaços de vomitar davant les festes majors i els festivals; la normativa, se la guardin. Ves a saber què hi diu la normativa.

“Por otro lado hay cada vez más gente que va entendiendo que ya nadie les necesita” Crec recordar que això ho vaig llegir a T. Eagleton, però no ho sé del cert.

Fèlix Balanzó

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Lo real y su representación jurídica

«La administración de justicia no es otra cosa que la representación de un drama cuyas consecuencias se prolongan a veces veinte años y un día. Porque el proceso, que es lo propio de la representación judicial, crea realidad, crea acontecimientos.  Eduardo Gil Bera lo explica de este modo:

Así como hay palabras cuya etimología nos revela que tienen transformaciones imprevisibles y paradójicas de su sentido primitivo, la de «estar sometido a proceso (judicial)» mantiene la literalidad de su sentido con ejemplar fidelidad. «Proceso» viene de procedere, que es «avanzar», «ir  a parar». A partir de la Edad Media ya se utiliza en el sentido de escrito que establece una cadena causal y que, por ello, constata algo q1ue produce efectos jurídicos:  puede avanzar a ir a parar a la consecuencia jurídica. Así, proceso es el milagro judicial que crea un acto, le asigna una cadena causal y le otorga, graciosamente, un efecto. En último extremo, sólo un juez puede hacer que un acto tenga efecto, es decir, exista.

Así es. Cuando, por ejemplo, un juez dicta sentencia, suele comenzar diciendo «se declara probado» y sigue luego diciendo, por ejemplo, «que en la noche de autos, el acusado violó y luego devoró a su víctima», lo que resulta en ser un acontecimiento real y verdadero, por el que el acusado pagará las consecuencias. El proceso (judicial) y la representación (jurídica) han creado realidad e historia. O por lo menos, un tipo de realidad y de historia, por cierto, muy próximos a las que produce el arte. Aunque con resultados muy distintos.

En EE. UU., donde se ha prescindido de buena parte de la representación, los juicios se llevan a cabo como un negocio: el acusado acepta una pena a cambio de declararse culpable y así todo el mundo se ahorra la representación. A eso lo llaman un deal, es decir, un «acuerdo». Ese acuerdo no es un acuerdo cualquiera: es el acuerdo de suspender la representación, el drama, y al mismo tiempo destruir el sistema judicial. El nihilismo norteamericano es mucho más eficaz que todo el terrorismo de este mundo. En EE. UU. los sucesos «reales», los acontecimientos, se pactan. Y si los pactantes deciden que no ha habido robo, violación o canibalismo, pues no lo ha habido. Aunque lo haya habido.»

«Representación», Félix de Azúa, en Diccionario de las artes, Planeta, 1996, pp. 252-254.

 

De esto hace más de diez años. Hoy no habría hecho falta remitirse al ejemplo de EE. UU.: en España más de la mitad de los procesos penales se pactan.

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El violador y el periodista

La carta de ayer era asquerosamente amable. La dificultad del género carta-al-culpable, que obliga a afinar entre el no ensañamiento y  la impostura, no me excusa. Afiné mal, y acaba siendo impostada.

El equilibrio entre el caso general y cada particular, que creo que resolví bien con las  víctimas, aquí está roto. Es verdad que me interesa él personalmente, pero eso no debería haberme llevado nunca a cerrar tanto el ángulo como para que las víctimas, y aquí incluyo también a Abderrazak Mounib y a Ahmed Tommouhi, no aparezcan enmarcadas. 

Ése me parece que es el problema: que el objetivo está sobredimensionado. Demasiadas ganas de estar delante del malo, sin que en verdad tenga muy claro qué es lo que puede aportar. Quizá yo también sufra ya de deslumbramiento, y esté imaginando personajes, donde me prometí que sólo habría personas de carne y hueso. El tono debería haber sido, pues, mucho más seco y distanciado: es mi trabajo, si usted acepta, bien, si no, también.

Es imperdonable la expresión «el Tribunal Supremo falló que usted era uno de los autores», cuando llevo dos años huyendo como de la peste, de la verdad formal, para buscar y escarbar en las pequeñas, pero incuestionables, verdades materiales: sangre, huellas, semen, entrecomillados, actas, etc. Es evidente que tenía que haber escrito: «pero el ADN demostró que usted era el violador». Un tufillo que se contagia luego, irremisiblemente ya, sobre esa otra del final: «las pruebas de ADN convencieron al Tribunal», verbo descaradamente ambiguo. ¿Desde cuando me importa el convencimiento de nadie?

La media sonrisa con la que siempre me tomo eso del «hombre respetado» y el buen nombre entre sus vecinos, es irreconocible en el párrafo de ayer. La razón seguramente tiene que ver con que ya sabía, al escribirla, que también hay quien no guarda un buen recuerdo del ciudadano modelo, precisamente: García Carbonell fue condenado en 1993 por un delito de amenazas. La expresión «problemas serios» era eso lo que ocultaba.  Y como buen eufemismo, era una deplorable, por más que inconsciente, forma de cubrirme las espaldas. Que no haya podido conocer la versión del amenazado todavía, no me excusa tampoco: debería haber eliminado el párrafo entero.

Por cierto, caigo ahora, que el hecho de elegir el año 1995, en lugar de 1991, como línea divisioria entre un antes y un después de sus problemas con la justicia, se agarra descaradamente al hecho de que no fue hasta entonces cuando lo detuvieron. En verdad mi interés por esa frontera entre el antes y el después, que es sincero, lo es sólo a condición de dejar claro que para mí la frontera está en 1991. Y no lo hice.

Por supuesto, que hay tiempo para corregirse y, si responde, dejar claro todo esto. Pero los errores más vale reconocerlos a tiempo.

Así que agradezco el comentario de Arcadi Espada, que, certeramente, puso el dedo en una llaga, que ya supuraba.

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Carta al preso

Estimado  Antonio García Carbonell:

Me permito escribirle, sin conocerle, porque estoy trabajando en un libro sobre Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib, dos marroquíes que fueron condenados después de una ola de violaciones cometida en Cataluña en el otoño de 1991.

Usted es parte también de su historia. En uno de los casos, el Tribunal Supremo falló que se había cometido un error  y que uno de los autores de la violación de Olesa era usted y otra persona no identificada.  

Que yo sepa, nunca ha hablado usted sobre aquel asunto. O no públicamente, al menos. Lo único que ha dicho al respecto, que fue admitir los hechos de Olesa, ya dejó claro su abogado entonces que se trataba sólo de rebajar la pena.

Pero ese silencio quizá se deba a que nadie le ha preguntado todavía lo que usted piensa de este asunto.  Yo le escribo para eso. Por si en verdad quiere contármelo.

No sé mucho de su vida, la verdad. Que tenía mujer y once hijos, y que antes de las condenas de 1995 no había tenido usted problemas serios con la justicia. Que vivía de la chatarra que vendía y de vender en algún mercadillo, no sé si fruta, si ropa, si qué. 

He sabido que los primeros meses después de su ingreso en prisión fueron duros. Que tuvo problemas con el estómago y que adelgazó 40 kilos. 

La gente con la que he hablado me cuenta que era usted un hombre respetado en su barrio.  Que hubo varios testigos que se presentaron en el juicio para testificar a su favor,  pero que las pruebas de ADN convencieron al Tribunal. Una veintena de vecinos habían firmado un documento acreditando su buena conducta durante los años que había vivido usted en su barrio de Sabadell. No sé si querría contarme cómo se desarrolló el juicio.

Me gustaría tener alguna comunicación con usted. Estoy estos días por Barcelona, y seguiré viniendo con frecuencia. Podría ir a visitarlo a la cárcel cuando prefiera.  

Le dejo una dirección y un teléfono de contacto.  

Le agradezco su atención por adelantado. 

Un saludo.

B. G. J.  

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Mea culpa

El comentario de ayer de Tote me hizo reparar en un desliz. Las sentencias, por imposibilidad técnica, no estaban escaneadas, sino que había copiado la sentencia del 94 sobre un documento word. A su vez, yo mismo copié y pegué el texto, y fui ajustando, sobre el nuevo documento, la redacción de la sentencia de 1999. Pero se me coló una frase del 94 que no es atribuible al Tribunal, y pido por ello disculpas: el segundo de los errores que señala Tote, es de mi trascripción, no de la ponente. 

Las sentencias, ahora sí escaneadas, son estas: 1994 (I y II) y 1999 (I y II).

De la entrada en sí, no hay nada que cambiar: copiaron y pegaron el apartado de hechos probados, y borraron  lo que era evidente que en 1994 sólo adornaba el argumento. Adorno, sin embargo, que servía para lo que se señaló ayer: remarcar las buenas condiciones de visibilidad que explicaban la seguridad de la chica al señalar a los dos marroquíes como culpables. La seguridad, con luz artificial, se convirtió en convicción del Tribunal, y en certeza judicial. El ADN demostró años después que la chica se había equivocado. Así que hubo que  desmotar el alumbrado, como después de la feria.

Filed under: Epistemología de la vida cotidiana

Cortar y pegar

La primera sentencia* del caso Olesa condenaba a Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi en 1994. La misma Sección 5ª de la Audiencia de Barcelona condenó en 1999 a Antonio García Carbonell a 42 años de prisión por los mismos hechos, una vez el ADN había demostrado que él y un familiar suyo eran los violadores. La sentencia de 1999 (I y II) copió y pegó el apartado de hechos probados de la de 1994 (I y II), aunque con el mérito añadido de acertar con uno de los culpables –el otro sigue sin ser identificado—. Los hechos eran, necesariamente, los mismos. Pero la calcada redacción de ese apartado es, por lo que oculta, reveladora.   

Los nombres de los marroquíes fueron sustituidos, lógicamente, por el sintagma “Antonio García Carbonell y otra persona no identificada”. El resto de cambios, que no se deducen necesariamente de ese primero, se limita a alguna precisión sobre la relación entre las víctimas –amigos- y al algún rodeo –cantidad de dinero que ascendía– que fueron borrados en la segunda sentencia, pero sobre todo se concentra en esta frase, que también eliminaron:

Los acusados disponían de una linterna, con la cual alumbraban el interior de la nave y vigilaban a M y que asimismo utilizaron en su exterior, que estaba iluminado por una farola, luz de la fábrica y luz de la luna.

El segundo texto está puntuado y es más escueto. Pero si en el libro me quedaré con el párrafo de la sentencia del 94, no es por ensañamiento. Es por método: para seguir el rastro de la mentira. La segunda sentencia soltó el lastre sentimental de la primera, porque no le hacía falta: la prueba del ADN era suficiente. […] Por eso le sobraba este deslumbramiento:

  “el exterior, iluminado por una farola, luz de una fábrica y luz de la luna”.

Esa postal impresionista, nocturna de arrabal, son pinitos del tribunal, que hizo suyo el deslumbramiento, emocional y técnico, de la víctima. […] La policía judicial de Martorell había hecho un informe fotográfico sobre el lugar de los hechos: 9 folios y 10 fotos. Los agentes habían visitado para ello la caseta, con luz del día. La luz de esa fábrica y de esa farola, sin embargo, son detalles con los que los chicos aclararan sus recuerdos y que la sentencia incorpora acríticamente. El tribunal disponía del informe y podría haber preguntado a los agentes que lo hicieron. Pero lo que me importa ahora es la luna. El rapto poético de la ponente, Elena Guindulain Oliveras, eligió mal, descartados los guardias civiles que hicieron el informe fotográfico, el segundo motivo lorquiano. El martes 5 de noviembre de 1991, en Barcelona, la finísima uña de la luna se escondió un cuarto de hora antes de las cinco de la tarde. El miércoles hubo luna nueva.

¿Un detalle sin importancia? Entonces, ¿para qué lo citan? En 1999 ese calorcillo no les hacía falta, ni añadía nada, porque tenían una prueba, al contrario que en la condena a Mounib y Tommouhi. En 1994, la función de los adornos  era abrigar los argumentos, […] porque los hechos en frío no bastaban.

La diferencia clave entre una y otra, sin embargo, está resumida en la fórmula que abre el párrafo de 1999, y de la que no he hablado:

“Ha resultado probado y así se declara”.

Este doble plano reconoce un mundo exterior y una declaración que habla de ese mundo, a diferencia del “se declara probado” –que es el habitual, por otra parte— de la primera sentencia, donde la declaración es ya en sí misma la creación de ese trozo de mundo del que se habla, de la misma forma que el “Hágase la luz” no necesita de interruptores. La justicia poética y la divina se fundan en la misma confusión de verbo y carne, de palabra y mundo. El mismo desprecio olímpico por la verificación.

***

El primero que me hizo reparar en este detalle de la luna fue Manuel Borraz, empecinado en averiguar la verdad.


*Sección Quinta. Audiendia Provincial de Barcelona. Rollo Nº 9262/91. Sumario 1/91. Juzgado de Instrucción Nº 2 de Martorell. Sentencia Núm: Tribunal: D. Modesto Ariñez Lázaro, Dª Elena Guindulain Oliveras (ponente) y Dª Nuria Zamora Pérez. Barcelona, 22-4-94. 

Filed under: Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante

Diderot y los McCann

La publicación del retrato robot, hecho a mano, de un supuesto sospechoso de secuestrar, suponemos, a Madeleine, y que debe de estar hoy en los periódicos, me recordó anoche una cita de Diderot que me pasaron hace tiempo. La última frase es la que pretendía ilustrar con el retrato aquel que pedía en un anuncio (Wanted), y que el descubrimiento paulatino de que el experimento propuesto estaba demasiado alejado de cómo se confeccionan esos retratos, me ha hecho desistir de publicar los resultados. 

No cabe duda, sin embargo, de que el retrato basado en el testimonio de una turista «que vio varias veces a un hombre que le pareció sospechoso»,  sobre todo si es el de un «hombre siniestro», confeccionado por una «artista especializada», aunque también «formada en el FBI», por encargo de una agencia de detectives que se llama «Método 3» y que, cómo no, tiene sede en Barcelona, todo eso, en efecto, es indudable que supondrá un «sensacional avance» en la investigación. Es el efecto gabardina, cuyo uso comparten detectives y exhibicionistas.

Diderot, por favor: 

«Un español, acuciado por el deseo de poseer un retrato de su amada, que no podía mostrar a ningún pintor, adoptó la decisión que le quedaba de hacer por escrito la descripción más amplia y más exacta; comenzó por determinar la exacta proporción de la cabeza entera; pasó luego a las dimensiones de la frente, de los ojos, de la nariz, de la boca, del mentón, del cuello; luego a cada una de estas partes, y no ahorró nada para que su discurso grabara en el espíritu del pintor la verdadera imagen que tenía bajo sus ojos; no olvidó ni los colores ni las formas, ni nada de lo que correspondía al carácter; cuando más comparó su discurso con el rostro de su amada, más parecido lo encontró, creyó sobre todo que, cuanto más cargase su descripción de pequeños detalles, menos libertad dejaría al pintor, no olvidó nada de lo que pensaba que debía captar el pincel. Cuando su descripción le pareció acabada, hizo cien copias, que envió a cien pintores, encargándoles a cada uno ejecutar exactamente en el lienzo lo que le leyeran en su papel. Los pintores trabajan, y al cabo de cierto tiempo nuestro amante recibe cien retratos que, pareciéndose rigurosamente a su descripción, no tienen ningún parecido entre ellos ni con su amada.»

Diderot, Denis: Reflexiones de las lenguas sacadas del artículo Enciclopedia, según cita verde (Gracias).

Filed under: Cortocircuitos, Epistemología de la vida cotidiana

Una de la cárcel

Me gusta cómo el señor Tommouhi narra algunas historias. Por supuesto, en el libro sólo aparecerán las que yo haya podido comprobar por otros medios. Pero como hoy es domingo y, muerto dios, los domingos todo está permitido, tómense, si pueden, esta historia sin contrastrar como un pequeño cuento. 

Andábamos por el paseo del Born, y le nombré que la iglesia que teníamos delante era Santa María del Mar. Levantó la cabeza, la miró cerrando un ojo, y  al bajarla se acordó de «ésa que tiene las torres muy altas, sagreda o algo así». ¿La Sagrada Familia?: «Éeeeeeesa». Y empezó así:

Un día comí cerca. Me encontré a uno que había conocido cuando estaba dentro*. Por ahí un poco más arriba. Uno que tenía el pelo largo, despeinado y de punta. No estaba normal-normal. Hombre, qué alegría, me abrazó, todo. Vamos a tomar un café. Vamos, le dije. Tomamos café. Y cuando fue a pagar, le veo que no tiene dinero, que va a pagar con tarjeta. “Tranquilo, hombre, pago yo ”, le dije. Pagué. ¡Que yo no estoy nervioso!, me dice. Bueno, tranquilo. Ahora vamos a ir a comer a un sitio que te voy a llevar yo. No, de verdad, Jordi, se llamaba, de verdad, estoy cansado, quiero irme a casa, tranquilo. Que no, que vamos a ir a comer juntos, que te invito yo, que es un restaurante que no ponen jalufo**, que ponen pescado. De verdad, Jordi. Que tú hoy vienes a comer conmigo. Bueno. Vamos. Vamos a un cajero, mete la tarjeta, porque tiene una pensión, no estaba muy bien, y le dan 500 euros. Sacó dinero y fuimos a comer.

–Y a éste, ¿cómo lo conociste?, pregunté yo. Y él siguió:

En la Modelo. Estaba en una celda con un senegalés, otro marroquí y yo. Una noche, como a las once, vinieron los guardias: vamos a meter aquí a un chico, para que esté tranquilo, con ustedes. Bueno, vale. Llegó, se subió a su cama y se acostó. Se tapó la cabeza con la sábana. Y lloraba. Bueno. Todos los días, bajaba a comer, comía poco, se subía a la cama, se tapaba,  y lloraba. Un día y otro, un día y otro. Hasta que un día le dije: «Chaval, deja ya de llorar, hombre. Que aquí estamos todos  igual. Si lloras tú, vamos a llorar nosotros también, y todos nos vamos a poner peor. Estamos todos en el mismo barco». Luego, en el patio, se acercó y me habló. Bueno, que lloraba, me dice, porque quiero escribirle a mis hermanas y no tengo sobres, ni sellos, ni nada. Tenía una hermana en Inglaterra y otra en Italia, decía.  Bueno, toma sobre, toma sellos, todo. Paseamos. Pero tranquilo. No hay que llorar. No pasa nada. Ya no lloraba. Un día le preguntaron que por qué estaba allí: y a ti qué te importa, le dijo él. Ya me interrogaron bastante en la comisaría. Nosotros, nos mirábamos. Bueno. Yo callado. Un día me pedía dinero para la máquina de coca-cola. Toma. Para un café. Toma. Otro día venía: déjame cinco duros. Yo, toma. En el patio paseábamos. Luego un día vino y me lo contó todo: lloraba porque no sé cómo, pero un día maté a mi mujer, me dijo. Tenía una niña de diez o dieciséis meses, no me acuerdo. Tenía trabajo, su coche, todo. Pero me dijo: dicen que la maté.

*Dentro de la cárcel.

**Cerdo.

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Madame Bobary

Los numerosos autos, diligencias, sentencias, oficios y demás que obran en el expediente de este caso, rara vez se refieren a Ahmed Tommouhi. Lo habitual son las variaciones: Tommouch, Tommouh, Tommuch, Tommout, Tomout, etc.

«La primera vez que Flaubert vio su nombre anunciado –como el del autor de Madame Bovary, novela que sería publicada próximamente por entregas en la Revue de Paris– estaba escrito Faubert. «Si algún día hago acto de aparición, será armado de los pies a la cabeza», había afirmado jactanciosamente; pero incluso con una armadura completa, las axilas y la ingle jamás quedan cubiertas del todo. Tal como el propio Flaubert le indicó a Bouilhet, la versión que de su nombre dio la Revue se quedó corta, por una sola letra, de ser un juego de palabras involuntario: Faubet era el nombre de una tienda de ultramarinos situada en la rue Richelieu, justo enfrente de la Comédie Française. «Antes de haber aparecido, ya me están despellejando vivo.»

Barnes, Julian. El loro de Flaubert. Anagrama, Compactos, 2005.

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Tientos

Hombre, para qué engañarnos. El valor también cuenta. Lo digo por lo de ayer. No sé si conozco los códigos o no, lo que sé es que ayer por la tarde no pensaba en los códigos, precisamente. O sí, pero no delante de la puerta. Delante de la puerta me sentía como un árbitro en el vestuario equivocado: once contra mí. Once hijos tiene. Pasé de largo. La calle es corta. Lo primero que se ve,  al girar la esquina, en la acera de enfrente, es el taller del número 4. Un concesionario citroën. Lo recuerdo porque vi la firma de su dueño, su firma y su cuño de vecino indignado, entre atestados y diligencias. Luego, una mujer, delantal y vestido negros, cincuentaitantos años, más negro el pelo, y más largo, arrojando un cubo de agua a la calle. Joder, parece hecho a posta: Pero no, gracias a dios, los guionistas están en huelga. En la puerta de su casa, pienso. Que es La Casa. Es el número 25. Cruzo la acera. En este caso en dirección al bien, me digo. Enfrente hay un colegio de infantil y primaria. Hay un seat 124 rojo, impecable, brillante a pesar de los años, aparcado delante del vado, así que debe ser de la familia. Es una casa de dos alturas y una azotea que tiene un enrejado, con forma  de media gota  de perfil , de rojas  rejas  y altas. Lo nunca visto: La fachada está  alicatada desde el marco de las puertas hasta la azotea: azulejos granates.  Un balcón en la primera planta. No digo ni mú. La señora entra en casa con el cubo vacío. La espuma del agua en la calle. Continúo hasta el final de la calle y me voy a buscar otros puntos que sé que frecuentaba. Sólo por pasear. Café con leche y donut de chocolate. Leo y tomo notas. Luego vuelvo por la calle perpendicular, para encararla de frente. Recorro el lateral del colegio de primaria e infantil. Enfrente. Hay dos mujeres que llegan, una con un niño en brazos. Una niña, asomada a la azotea, por entre las rejas, pregunta que quién es. Ya han entrado. La niña insiste. Porque no las ve. Llamaré primero por telófono, me digo. Bajo por una avenida: otro edificio entero alicatado por fuera, este de azulejos azules. Parece un inmenso cuarto de baño. Paralela a su calle está esta avenida, que sale por el norte de Sabadell, dirección Matadepera y Terrassa, y que a mí me da por pensar: una lanzadera.

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