ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Oficio y precaución

«El periodista moderno sólo conoce las aceras del bien. Y es sólo desde allí, y con esa brújula, que examina el mal. Cruzar la calle le aterrorizaría: no es un problema de valor: es que no conoce los códigos. García Márquez, en su último reportaje, pretendía dar la noticia total de un secuestro colombiano. Todas las voces fueron convocadas: menos la de los secuestradores. El fenómeno es vistoso en este caso, porque se trata de un gran maestro. Pero está incrustado en la práctica periodística cotidiana: en raras ocasiones se escribe desde el mal. Y paradójicamente esta ausencia, que los periodistas más honrados detectan, acaba provocando un relativismo compensatorio, reaccionario y banal, donde el mal y el bien se acercan peligrosamente.»  

Espada, Arcadi. Raval: Del amor a los niños. Anagrama, 2000.

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SE REPITE EL JUICIO POR VIOLACIÓN QUE LLEVÓ A LA CÁRCEL A DOS MARROQUÍES INOCENTES

BARCELONA.- Antonio García Carbonell, que cumple una condena de 228 años de
cárcel por numerosas violaciones, aceptó ayer, «por razones prácticas», una
pena de 42 años de cárcel acusado de violar, pegar y robar a una joven en
Olesa de Montserrat en 1991. Esta agresión llevó a prisión a dos marroquíes
inocentes hace siete años.

Ayer se vivieron momentos de tensión que culminaron con la agresión, por
parte de los familiares del acusado, a un cámara de televisión.

El Mundo, 17 de Septiembre de 1999.

Filed under: Epistemología de la vida cotidiana

El carro delante de los caballos

La magistrada Margarita Robles declinó el lunes, por teléfono, volver sobre este caso. [Robles fue la ponente de la sentencia del caso Cornellà]. Ésta es la transcripción de la conversación. El teléfono sonó a las 13:43.

–Hola, sí, ¿Braulio García Jaén?

–Sí.

–Sí, mire. Soy Margarita Robles, que he recibido una carta suya.

–Sí. 

–Pues, mire, es que yo ya no sé: cómo me voy a acordar yo de un caso que ocurrió hace tantos años. A mí me parece muy bien que usted escriba su libro, y que haga un análisis. Pero no me parece serio y sería muy frívola yo, si me pusiese ahora a hablar de algo que pasó hace tanto tiempo. Llevo 28 años en la judicatura, dictando sentencias. ¿Usted sabe en 28 años cuantas sentencias he podido dictar yo? Pues si le digo que 4000 ó 5000… Sabe, es una cuestión también de sanidad mental: no puedo recordarlas todas.

–Ya, pero bueno. Teniendo en cuenta que este es un caso bastante particular, había pensado que quizá…

–Un caso particular para usted, que está escribiendo sobre él. Pero no para mí. ¿Usted sabe con cuántos dramas humanos trabajo yo diariamente?

–¿Ni siquiera repasando la sentencia?

–Ni siquiera. Mire, de verdad, que le felicito por su libro, pero nada más.

–Bueno.

–Buenos días. 

–Gracias.

La conversación no debió durar más de dos minutos. No dió tiempo a que corrigiera su interpretación de lo que signfica caso particular. Lo hago ahora. Cuando hablo de caso  particular no es porque yo esté escribiendo un libro sobre él. Margarita Robles pone el carro delante de  los caballos. Es al revés: yo escribo el libro porque es un caso particular.

El contenido jurídico de la expresión «caso particular», directamente relacionado con la causa que sentenció la señora Robles, es:

a) el Fiscal Jefe pide un indulto para una persona condenada por  violación y robo con violencia;

b) el Tribunal Supremo lo recomienda al Gobierno como la «salida más adecuada»;

c) y el propio Tribunal Juzgador que presidió en su día Margarita Robles, la Sección Novena, informó favorablemente al indulto.

Entre los 4.000 ó 5000 casos que haya podido sentenciar la señora Robles en 28 años de judicatura –los argumentos de autoridad proliferan cuando la autoridad se queda sin argumentos–, el número de casos que cumplen con esas tres condiciones es, que yo sepa, UNO. Este. Un caso que seguiría siendo particular, incluso si la señora Robles nunca hubiera escrito la sentencia que lo juzgó.

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Sic

No todo dependió del convencimiento, puramente subjetivo, de las víctimas. En algunos casos, hubo que echarles una mano para que dijesen lo que no estaban diciendo. La mano del que transcribía, y daba fe, de la declaración, por ejemplo. Este del Juzgado número 4 de Gavà es puro contorsionismo lingüístico. Otro de esos ejemplos que de no ser por la posibilidad de enlazar el documento, el lector tendría derecho a desconfiar de la literalidad de lo que transcribe el periodista.  Dice, literalmente, esto:

Comparece E, (…) la cual [manifiesta]:

«Es su voluntad no reclamar en cuanto a responsabilidades civiles siendo su voluntad olvidar los hechos y no ser molestada por ello en lo sucesivo.

Preguntada acerca de las dos ruedas que nos constan en este momento en los autos, si quiera [sic] la segunda sea por vía extraoficial manifiesta, que en ninguna de las dos estaba segura de su reconocimiento  y que dijo en el momento de hacerlas, en ambas que fue una primera impresión la que le llevó a identificar al autor de los hechos, y que una primera impresión contará en algo, aunque nunca estuve segura. Que reconoce en la rueda formada en el Juzgado de Terrassa lo único que dijo es lo que en el acta.

Leída la manifestación de la testigo en el acta de reconocimiento celebrada ante el Juzgado núm. 14 instrucciones de Guardia de Barcelona, donde se expresa: «Que reconoce sin duda al núm. 1 como el inculpado» manifiesta que en ninguna de las dos ruedas por ella celebrada manifestó estar segura del reconocimiento. Leída la copia del acta de Terrassa manifiesta que se ratifica literalmente en su contenido.»

El Juez, tras esta declaración, considerando «digno de imputación» a Ahmed Tommouhi, dictó auto de procesamiento y prisión provisional un mes después. La razón: «La víctima del delito se ratificó a presencia de este Juez Instructor en cuanto a ambas ruedas».

 

El pasado 8 de enero fui a ver al juez  a su despacho. Tenía la cabeza y la frente muy ancha y los hombros estrechos, algo encorbados, lo que le daba un aire abrumado. Llevaba la americana abotonada. Al ver el auto, comentó que desde luego con esas contradicciones, recordaba que lo había dejado en libertad condicional, como mínimo. El Juez Instructor recordaba exactamente lo inverso de lo que ocurrió, en todo. Pero más importante que la comprensible mala memoria, es que fuera incapaz de ver en un texto así, el desorden moral de las actuaciones. Que esta sintaxis no le sublevara.

La chica tuvo que esperar hasta el día del juicio oral para deshacer el malentendido. Aclaró que nunca había dicho estar segura de nada, sino que lo había señalado por

«ser de raza árabe y constitución anatómica parecida  a la de su agresor, pero sin estar segura de que se trate de la misma persona».

Ahmed Tommouhi fue absuelto por esta causa de Gavà el 9 de septiembre de 1993, por la sección 10ª de la Audiencia de Barcelona.

Filed under: Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante

Las cartas boca arriba

La palabra de las víctimas es clave en esta historia. Reúno declaraciones, informes, comentarios, incluso algún escrito que una de ellas hizo circular en su día para oponerse al indulto solicitado por el Fiscal Jefe de Cataluña en 1999. La mayoría de las víctimas, sin embargo, no quiere hablar: He hablado por teléfono con tres de ellas, y con el novio de la chica a la que robaron en Terrassa. De momento.

La sinceridad despeja la conversación: aclara por dónde debes ir, qué decir y que no. Pero en según qué circunstancias puede tener efectos contraproducentes. Desde luego, un teléfono sonando 16 años después, en casos como éste,  con una voz quizá aspera, reúne muchas de esas circunstancias. Una me despachó en minuto y medio: las otras dos aceptaron hablar un cuarto de hora, pero insistiendo en que no querían volver sobre el tema. El cuarto dijo lo mismo: no.

A las que todavía no había llamado por teléfono, he decidido escribirles. Me parece menos brusco, y  permite explicar mejor la historia y mi interés, y da tiempo para rumiar la respuesta. Las cartas van certificadas y con acuse de recibo, así que sabré al menos si las han recibido. (Por cierto, la carta abierta del pasado 7 de enero, dirigida a Margarita Robles, magistrada del Tribunal Supremo, también fue enviada a su despacho, por correo).

La estrategia de la escritura es siempre la misma: intento compensar el interés general y el particular. Me presento en dos líneas –cuando tenía las dos primeras escritas e impresas, me pareció importante añadir mi edad, 29 años–,  explico por qué les escribo, resumo muy brevemente el caso general, y concreto los aspectos que más me interesan de cada una de ellas. Añado también que el interés se centra en lo que ocurrió después: y no tanto en revivir la noche de autos.

El gran problema, obviamente, es la distancia. El tratamiento es de «estimada»: el cuidado me hizo consultar con dos colegas si no podría tomarse como demasiado cercano. Creo que no, que no hay fórmula en castellano menos alambicada que ésa, y que tampoco nadie lo tomará como un exceso de confianza.

No nombro ni describo lo ocurrido: utilizo el eufemismo de «unos hechos», «el hecho ocurrido en Cornellà el 7 de noviembre de 1991», etc. Detesto los eufemismos. Pero me ha parecido que preservaba mejor su intimidad, en caso de que la carta cayera en otras manos.

Y también he pensado mucho en si publicarlas aquí o no. Y cuándo. Janet Malcom, en El periodista y el asesino, analiza con asombro las cartas que el periodista Joe McGinnis envió al asesino Joe Macdonald para convencerle de que fuera el protagonista de su best seller, Fatal Vision. Las cartas prueban las intenciones del periodista, y el modo en que las disfraza. Por eso pensé, al leer a Malcom, que de escribir yo cartas a alguno de los protagonistas, debería evidentemente publicarlas aquí. Para que conste cuáles son las mías. La carpeta «Correspondencias» se abrió con esa idea.

Pero no pensaba  en las víctimas. Las tres primeras están enviadas. Les hablo del blog, y les animo a consultarlo para que puedan ver en qué me baso para seguir adelante. Pero no les aviso de que su carta  fuera a ser publicada. Así que me veo en cierto modo atrapado entre la obligación de la transparencia, y el respeto hacia las víctimas. Me parece que si las leyeran sabiendo que  están a la vista de todo el mundo, provocaría un efecto de intromisión aún más violento que el del teléfono. Tendrían derecho a sentirse incómodamente observadas.

Así que este comentario es una salida provisional: dejo constancia de que están escritas y enviadas, pero sin hacerlas públicas antes de hablar con ellas.

Después de muchos días, y distintos pareceres, confieso que al empezar a escribir esta entrada creía que era definitiva la decisión de publicarlas.

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Lo peor de 2007

Perdonen que no me haya levantado antes. 

Bases de los premios Bránagan.

Barcelona, 23 de diciembre de 1997

-Los premios Bránagan se otorgan al final de cada año del calendario cristiano, y sirven para determinar lo peor que ha ofrecido el cine internacional a lo largo del año saliente.

-Participan únicamente las películas que el jurado haya visto en una sala de cine durante el año. De éstas sólo se excluyen aquéllas que el jurado ya hubo visto en años anteriores y/o por otros medios.

-El jurado es de carácter democrático. Está organizado como un soviet de libre discusión y cada miembro puede expresar su opinión. No existen jerarquías entre los integrantes del jurado y todas las opiniones tienen el mismo valor.

-El jurado lo forma Lucas Santos.

-Están permitidos los empates entre dos o más candidatos en todas las categorías.

-No se tienen en cuenta la fecha de estreno de cada film ni la fecha de producción.

-La nacionalidad de cada film no está reconocida por el jurado y, por tanto, no se tiene en cuenta en la elección de los premios.

-El realizador británico Kenneth Branagh, así como sus filmes e interpretaciones, quedan exentos de los premios. Dando a éstos su nombre, se obvia [a] un cineastra execrable, por lo que no cometerá el jurado la redundancia de otorgarle más distinciones.

-El premio a toda una trayectoria se otorga a un o unos cineastas cualesquiera escogidos por el jurado sobre la base de que éste o éstos hayan estado de actualidad durante el año saliente tanto por su actividad laboral como por cualquier otro motivo (la defunción, por ejemplo).

-El número y naturaleza de las categorías es totalmente [manipulable] en cada edición de los premios y debe adaptarse a  las circunstancias de cada año y al capricho del jurado. Sólo una categoría debe existir irrevocablemente: la de peor película.
 

Acta del Jurado de los Premios Bránagan  a lo peor de 2007.

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¡Me ha invitado!

Obreros, campesinos e intelectuales:  

Con la presente misiva, el abajo firmante quiere invitarles a la gala de presentación -que no de entrega; todo se andará- de los premios Bránagan 2007, unos galardones que llegan a su duodécima edición y que distinguen lo más abyecto del cine estrenado a lo largo del año en el enclave norteafricano de Barcelona. 

Siguiendo la tradición establecida durante los últimos años, la cuchipanda consistirá en una cena de ínfima calidad seguida de la lectura del fallo del jurado y una sobremesa decadente. También en concordancia con la tradición, no se exigirá etiqueta a los invitados ni aportación gastronómica alguna. Sólo se espera de ellos, de ustedes, el acostumbrado derroche de carisma que prestigia esta nuestra cita anual. 

La convocatoria se concreta así: Sábado, 12 de enero del año de Nuestro Señor de 2008,  21.00 h. Residencia Santos-Kandahar (Passatge Forasté […], Barcelona, Marroc du Nord)  

Quienes tengan problemas con la Renfe o faldones que escribir, serán gentilmente recibidos en la cocina por el servicio -Sra. Conchita-, que tendrá a bien servirles las sobras recalentadas de la cena regadas con un excelente vino de mesa y acompañadas de una amena conversación (temas: los beneficios de una dieta rica en productos tradicionales y la vigencia de la quiromancia y el tarot en el siglo XXI).    

Se ruega tengan la amabilidad de confirmar su asistencia o excusar su ausencia. 

Ignominiosamente,  Dr. Bacalado Chumínez 

Flujólogo 

Filed under: Cortocircuitos

Idiosingracia

La detención, el 20 de junio de 1995, de Antonio García Carbonell sorprendió a sus vecinos del barrio . Tenía entonces 56 años, casado y con 11 hijos. Era, al parecer, muy religioso: evangelista. Durante las visitas que recibía en la cárcel, así como los días de juicio, etc, siempre lleva una biblia bajo el brazo. Un hombre respetado.

La familia presentó un escrito con una veintena de firmas de vecinos suyos, en principio, que daban fe de la vida intachable que siempre había llevado García Carbonell. La Asociación Gitana de Sabadell envió además una carta, dirigida al tribunal, en la que expresaba la perplejidad con la que había sido recibida la noticia de su detención e implicación en un caso así.

La carta observaba las costumbres, de la comunidad en general y del señor Antonio en particular. El respeto a los difuntos y la virginidad de las chicas antes del matrimonio son costumbres de sagrado cumplimiento entren nosotros, venía a decir. Y añadía estos trazos sobre su comportamiento:

«El señor Antonio el día de los santos lleva flores a casi todos los gitanos difuntos y en las bodas tira peladillas y da la enhorabuena a los padres de la novia; el señor Antonio y su [esposa] ya son dos hijas las que han casao y las dos por el rito gitano»

Le pedía al tribunal, por tanto, que considerase la posibilidad de que se estuviera cometiendo un error: porque no puede ser, concluía, que este hombre haya hecho una cosa así. 

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El encontronazo con el Otro

Kapuscinski (aquí acentúan la s y la n, pero no sé cómo acentuar consonantes) gustaba de resumir, o más bien de rematar, la definición del periodismo hablando de «el encuentro con el Otro».

En este caso, y con las víctimas especialmente, hay sobre todo encontronazos. No. No ha ocurrido nada grave: lo grave es la levedad. El día a día que dedicas a meterte en la vida de la gente, que casi siempre estaba haciendo otras cosas. Dieciséis años después, suena el teléfono: mire, es que soy periodista y estoy escribiendo un libro. Ya, pero justo yo llevo dieciseis años intentando olvidarlo, y como comprenderás no me voy a poner a hablar de ello ahora. ¿Por qué debo insistir?

El otro día, el entonces novio de la chica de Terrassa que fue retenida durante media hora, dentro de una furgoneta, que no fue violada (podría poner «pero que no fue violada», o «aunque», pero eso es ya dar por sentado que tenía que ser violada, es normalizar la violencia: huye de los conectores, de las preposiciones, siempre que puedas: el cadáver no prueba la necesidad del asesinato), lo que en principio haría pensar que el trauma fue menor, y que, por lo menos él,  quizá querría hablar, también se negó en redondo. «Yo de este caso no quiero hablar», me dijo. Y me pidió mis datos –que le facilité encantado– para buscarse un abogado.  Me pareció una reacción de pánico. Bueno. Lo entiendo. «Porque es que parece que los malos aquí son las víctimas, y ellos los buenos», me dijo. Eso, y esto no se lo dije, pero lo digo ahora por si ha llegado hasta aquí, por si con mi nombre anda buscándome por el google, eso, en todo caso, lo ha dicho usted: Yo no.

Luego están las excepciones. Álex, por ejemplo, uno de los cuatro chicos que estaban con las dos menores de La Secuita cuando las violaron. Él no tiene ningún problema en hablar. Es más, creo que el llevaba muchos años queriendo hablar. A él llegué porque, contra lo que decía la chica de La Bisbal en un escrito que envió la Audiencia de Tarragona oponiéndose al indulto solicitado por Mena para los dos marroquíes condenados, él se había mostrado a favor. Él, como víctima, dijo que sí: que no se oponía a que los indultaran. La chica de La Bisbal, por supuesto, lo obvió en su escrito. El Tribunal no lo obvió, porque no puede mentir, pero pasaba de largo, creo que era del único párrafo que, junto a la respuesta, no aparecía ninguna razón que la justificara. Por eso me llamó la atención: un sí pequeñito, solo, arrinconado, casi de rodillas, pero se aguantaba. Era revelador, casi un acto fallido. Así que lo llamé: y dijo sí, otra vez, cuando queráis, yo estoy en Tarragona, dijo como poniéndose por fin en pie, sólo tenéis que llamarme.

Ahmed Tommouhi, el día de la vista oral por el juicio de Olesa, que luego el Supremo revocó, dijo una frase que no me la saco de la cabeza, y que he ido aplazando, el encararla y actuar en consecuencia: 

«Me habían informado que había violado a 17 mujeres. Yo no quiero ocultar al tribunal estas acusaciones. Una chica de otro proceso me habló, no sé lo que decía, y en esa ocasión fui absuelto de aquella acusación».

La última frase es la que me interesa ahora: «una chica de otro proceso me habló». Sólo puede ser la chica de Gavà, porque es el único caso en el que fue absuelto. Lo absolvieron porque el día de la vista oral, la chica aclaró que lo había señalado a él 

“por ser de raza árabe y de constitución anatómica parecida a la de su agresor, pero sin estar segura de que se trate de la misma persona»

Esa chica le habló a Ahmed, y le dijo algo que Ahmed no recuerda. Quizá la chica lleve también todo este tiempo esperando a que alguien le pregunte. Me pongo a escribirle una carta.

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Imágenes y palabras: efectos

Los hechos de Esparraguera ocurrieron el 31 de octubre por la noche. Estas tres tomas, son otra forma de contarlos. Los pies de foto son extractos del relato de los hechos. Las fotografías fueron tomadas durante las pasadas navidades. No soy yo el fotógrafo. Me las enviaron ayer.  Es otra forma de verificación.

UNO: 41º 32′ 40,33″ NORTE/1º 51″ 45,7″ ESTE

I salió sobre las diez y veinte, se subió al Seat Ritmo de su novio, y se pusieron en marcha hacia la antigua carretera nacional II, que debían cruzar por el kilómetro 577, frente al barrio de Can Cumellas, en Esparraguera. En ese cruce hay un stop. El Seat Ritmo estaba haciendo el stop cuando, por la derecha, se detuvo en paralelo un turismo pequeño. Un Renault 5.

DOS: 41º 33′ 01,1″ NORTE/01º 51′ 31,» ESTE

Los dos coches se pusieron en marcha camino de Can Roca, un descampado cercano. Antes de llegar, sin embargo, se desviaron a la altura de una vaquería, atravesando un campo labrado, con olivos, donde se pararon. 

TRES: 41º 33′ 01,1″ NORTE/01º 51′ 31,» ESTE

Los violadores, antes de subirse al Renault 5, advirtieron a la chica que no arrancara el coche ni hiciera nada hasta que ellos hubieran traspuesto por detrás del bloque de pisos que le señalaron a lo lejos. El alto le devolvió la chaqueta de su novio. Luego le chocó la mano para despedirse. 

Hoy, delante de aquel bloque de entonces, la ciudad ha seguido comiéndole terreno al campo: en 1991, esos adosados no se habían construido todavía.

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Una pistola (verdaderamente) humeante

El teléfono sonó a las 22:22. Dijo su nombre y apellidos, con acento andaluz, pero con un acento viajado, nada racial,  y preguntó:

–«¿Que en qué puedo ayudarle?».

Yo lo había llamado muchas veces, y ayer por fin dejé un mensaje en el contestador. El cielo abierto. Me hablaba el tercer hombre: el tercer guardia civil que participó en la recuperación del Renault-5, el 2 de diciembre de 1991. El coche que, curiosamente, siguió su itinerario criminal después de que los dos marroquíes hubieran ingresado en prisión, acusados de haber cometido varios robos y violaciones en 1991, según la policía y la guardia civil, al volante de ese Renault 5. No sé si me explico.

El tercer hombre al teléfono. La voz campechana, de esas que te están diciendo: pues, mire usté por dónde, y ya no se paran. Así que le conté por qué lo llamaba y que me podía ayudar,  sobre todo, acordándose y contándomelo. Lo que pasó aquel día. Y me lo contó, con tó su arte. Así.

–Pues mire ustééé, yo me encontraba enfermo, pero como era el año que venían los juegos, y no había personal, pues me tuve que dar de alta. Y me puse a trabajar.

Era a finales de 1991. Los juegos, son los Olímpicos de Barcelona 92

–Yo me encontraba enfermo. Tenía una cardiopatía crónica. Enfermo del corazón. Pero bueno, allí estaba: en un apostadero que habíamos montado enfrente del coche.  Y yo lo ví llegar, al moro. Venía de la estación de renfe de Mollet [del Vallès], la estación de Santa Rosa. Venía solo, mirando para todas partes. Yo lo seguí con la vista. Hasta que se acercó al Renault 5, al que nosotros previamente le habíamos aflojado dos ruedas. Yo salí del 124. Él abrió la puerta y se agachó a buscar los cables del arranque, como para hacer un puente, sin llegar a sentarse. Yo me precipité o lo que fuera. Y le dí el alto. Y el tío echó a correr calle abajo, dirección Mollet. Y yo qué iba a hacer, si estaba enfermo del corazón y no podía correr. Pues déjalo correr. Y disparé al aire. Los dos tiros los pegué al aire, porque así nos lo enseñaron: si no hay peligro para nosotros, es mejor que el tío se escape. Al aire, nunca al suelo: porque puede rebotar, y la metralla entra por todas partes, por la ventanas, por tos sitios. Así nos los enseñaban en la academia. Y así fue. Se escapó.

Luego, don Juan, que así se llama nuestro hombre, me contó también que pronto tuvo que dejarlo definitivamente. «Yo estaba cada día peor, al final ya no me entraba ni el traje: estaba muy hinchado».  Y los últimos minutos, yo no podía colgar, y él tampoco parecía querer:

–Aquí estoy más bien que ná. Aquí ya ve, a 22 grados que llegaron los reyes. Y no sudaron ná los reyes magos. Hasta los camellos se quejaban. Allí llegó un momento en que ingresé en el hospital, y me dijeron que no estaba bien.  Cataluña no me sentaba bien.  En Cataluña me daban siete años de vida. Y en Andalucía diez. Así que me vine para acá, y aquí estoy, más bien que tó. He estado tres veces muerto, eso sí, pero al final me operé, hace tres años, y desde entonces estoy estupendamente, la verdad. Ahora ya sólo espero a que llegue el AVE a Almería, que decían que iba a llegar antes de los Juegos [del Mediterráneo, verano de 2005], y vamos para tres años y no ha llegao. Estoy esperando al AVE a ver si me atropella, porque si no a mí no hay forma de matarme.

Por supuesto, no le dije que, finalmente, a día de hoy, nadie ha demostrado todavía que aquel que salió huyendo, frente a la estación de Mollet del Vallès, fuera «moro».

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