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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

DSK y la camarera: Principios y derivas de la justicia poética (XI)

Pues sí, la verdad. El affaire de Straus-Khan y la camarera del hotel  de Nueva York me ha terminado de convencer: la justicia poética es lo único que importa. Más allá de lo que ocurrió en aquella habitación del Sofitel, lo importante, lo jurídicamente relevante, son las interpretaciones. Si esa justicia consiste básicamente, no ya en la valoración de las pruebas, sino en la construcción de un relato (son palabras del Tribunal Supremo español), entonces lo que hay que ver es, en cada momento y lugar, qué relato es más eficaz. Esto es, cuál es socialmente más apetecible.

Quiero decir con esto que, como ciudadano modélico, me importa un bledo si Dominique Straus-Khan forzó o no a Nafissatou Diallo a hacerle una felación. Yo también tengo mi propia opinión sobre el asunto cuando del ex director del Fondo Monetario Internacional y una camarera africana se trata. Así que si lo que de verdad importa son los antecedentes del superejecutivo y las mentiras de la refugiada a la hora de pedir asilo; si de lo que se trata es de qué versión de los hechos resulta más verosímil; si lo que allí pasó nunca podremos saberlo del todo, puesto que no estábamos allí puestos; y si vivimos en el mundo en el que vivimos actualmente, esto es, en la actualidad: resolvamos este asunto como Dios manda: votemos.  ¿Quién cree  que la violó? ¿Y quién cree que no, que en verdad todo es un montaje de la camarera –según Fidel Castro la CIA podría estar detrás– para sacar pasta?

Yo, que he leído los periódicos, lo tengo clarísimo.

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Una puta en la cuna de la democracia

El texto del juicio contra Neera es el más antiguo que se conserva contra una mujer

El juicio contra Neera, prostituta de Corinto y esposa de Estéfano, ciudadano ateniense, se celebró entre el 343 y el 340 a.C. en Atenas. En verdad era un asunto personal, algo que el denunciante, Teomnesto, reconoció nada más empezar: “No me presento en este juicio como acusador, sino como vengador”, dijo, poco antes de cederle la palabra a Apolodoro, que era su cuñado y el agraviado de verdad. Estéfano lo había denunciado varias veces, y al menos una, en falso. Pero si esas oscuras rencillas personales estaban en el fondo del proceso, en la superficie las cosas estaban mucho más claras, y así lo señaló el propio Apolodoro: “Neera, la misma que veis ahí, estuvo bebiendo y comiendo como si fuera una furcia”.

Lo era, de hecho, aunque no era ese su delito. Pero su oficio sí le da al proceso un brillo especial. Por su condición de excluida entre las excluidas (era mujer, extranjera y puta), el caso desvela sabrosísimas informaciones sobre la constitución jurídica y social de la cuna de la democracia. El texto de Juicio contra una prostituta, de Demóstenes, que acaba de editar Errata Naturae, es además el único discurso forense contra una mujer de la Grecia clásica que conservamos. Cosa muy discutible es que el texto sea en verdad obra de Demóstenes.

Como toda excepción, Neera tendría mucho que decir sobre las reglas de la Ciudad, pero no escuchamos sus palabras. Ni las de su marido. Y tampoco conocemos la sentencia. Nos ha llegado sólo el alegato de la acusación, entonado por Apolodoro (probable autor del texto) mirando de reojo la clepsidra, el reloj de agua que le marcaba el tiempo. Él mismo nos resume lo dicho por sus testigos, Demóstenes entre ellos, y remata: “He acusado a Neera de vivir como mujer de un ciudadano siendo extranjera”.

Esa es la clave: que Estéfano había adoptado como suyos los hijos de Neera y a ella como esposa, lo que les otorgaba derechos políticos a esos ilegítimos descendientes. La ley no contempla la prostitución como delito. Pero pone a cada uno en su sitio: “A las heteras las tenemos por placer, a las concubinas para el cuidado diario de nuestro cuerpo, a las esposas para tener hijos legítimos y contar con una fiel guardiana en el hogar”. De ahí que el adulterio sí lo fuera: los adúlteros perdían sus derechos civiles si seguían viviendo con su esposa y las adúlteras, los suyos como invitadas de piedra.

Pero ir de putas no era adulterio. Otra cosa es que sus hijos pudieran colarse en el cuerpo de la comunidad, violando la ley. Y ese era el caso: los hijos de una de Corinto (“Las Vegas de la antigua Grecia”, según alguno) podían acabar como ciudadanos de Atenas. De ahí la retórica apocalíptica de Apolodoro, que recuerda que si se permite eso, las hijas de los pobres se lanzarán a la calle para ganarse la vida (y el marido) sin esperar a que la ciudad les pagase su dote. “Piense por tanto cada uno que vota a favor de su mujer, su hija, su madre, su ciudad, las leyes y los ritos, para que no parezca que se las tiene en la misma estima que a una furcia”.

Fuente: Público

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«La literatura no es una cuestión de jerarquías, sino de intensidad y misterio»

La escritura después de Borges

Ricardo Piglia (Adogué, 1941) y Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) tienen algunas cosas en común: escritores de muchos registros y géneros distintos, los dos viven y trabajan fuera de Argentina, su país de nacimiento. Piglia en Nueva York, en cuya Universidad de Princeton enseña Literatura Latinoamericana; Manguel, en los alrededores de Poitiers, Francia, donde ha reconstruido una vieja casa y reunido los 30.000 volúmenes de su biblioteca. Y conocen profundamente la obra de Borges. La semana pasada pasaron por Madrid, invitados por la Casa de América, para conmemorar el 25 aniversario de la muerte del autor de El Aleph, que se cumplió el pasado martes: murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, la misma ciudad en la que [H]abía nacido, [en Buenos Aires], casi 87 años antes.

Público: ¿Qué lectura de Borges les parece que predomina hoy: la del autor ‘argentino’ o la del autor ‘universal’, desterritorializado?

Ricardo Piglia: Yo creo que él tiene una recomendación sobre la lectura que siempre me pareció muy productiva: uno tiene que localizar al que lee, no al texto que está leyendo. Es decir, uno tiene que leer desde un lugar específico. No leer en abstracto, desde cualquier lugar. Ese lugar puede ser geográfico o puede ser una posición. Uno puede leer, por ejemplo, como católico. O sea, el que lee también debe reflexionar desde donde lee. Y no tanto preguntarse desde dónde está escrito ese texto.

Alberto Manguel: Sí, además él decía que ser argentino era un acto de fe. Es inevitable, construimos la definición que nos convenga. Pero es cierto: es el texto el que es universal, y el lector es particular.

Público: Como crítico, ¿fue más importante por la nueva forma de abordar los textos que por sus propios aciertos a la hora de ensalzar o desterrar a ciertos autores? Manguel ha escrito en alguna ocasión que se podría construir una historia de la gran literatura sólo a partir de los que él descartó.

Manguel: Sí, porque eso era un juicio de él. No le gusta Balzac, no le gusta Zola, le gusta poco Baudelaire…

Piglia: No le gusta Proust.

Manguel: No le gusta Proust [risas]. Piglia: Ahí hay un problema con Borges. Nosotros mismos teníamos ese problema. Borges tiene un solo modo de ver la literatura. Y, a veces, los discípulos reproducían ese modo. Muchos, un poco idiotas, hacían el mismo gesto de Borges y decían: no, me gusta más Stevenson que Joyce. Eso sólo era cierto para Borges, que por lo demás había leído con mucho cuidado a Joyce.

Manguel: Si tomamos a Borges como el indicador de la forma en que hay que leer la literatura, el 80% de la literatura universal no existiría.

Público: Los dos han subrayado la tensión entre la vida y la literatura para entender a Borges. Pero Ricardo Piglia afirma que Borges siempre mantuvo esa tensión, mientras que según Alberto Manguel para él la vida era sólo la confirmación de lo leído.

Manguel: Sí, una confirmación o una denegación o una desilusión. Le pasó una experiencia muy concreta al final de su vida. Él siempre había adorado los tigres. La figura del tigre, estética y simbólicamente. Bueno, pues había un millonario que tenía tigres en su estancia. Y lo invitó, y un tigre se le acercó: un verdadero tigre. Y Borges estaba asqueado porque olía a carne podrida.

Piglia: [Risas] Claro, un verdadero tigre no es el tigre platónico… Yo celebro esa posición de Borges, frente a una posición más bien populista, muy común en América Latina, de que el escritor debe vivir, debe ser, no sé, camionero, porque esas cosas parece que ayudan a la literatura. Ayudan a la vida de esa persona, pero luego hay que ver lo que uno escribe, ¿no? Pero, al mismo tiempo, Borges habla de esa nostalgia de la experiencia, en ese sentido yo decía que mantiene siempre los dos puntos. Es un escritor que, cuando está en la biblioteca, dice: qué bueno sería estar en la Pampa cabalgando con un caballo. Y cuando está en la Pampa, dice: me tengo que volver a leer.

Público: Borges tenía un interés profundo por la narración en sí, por la estructura de la historia. Y a menudo la encontraba fuera de la novela. Sobre todo en los cuentos populares, los wésterns, en el cine más comercial de Hollywood.

Piglia: En eso hay cuestiones que él plantea ya en los años treinta, diciendo: a todo el mundo le gusta La pasión de Juana de Arco de Dreyer, pero a mí en cambio me gusta Aleluya, qué se yo, algo más comercial. O sea, siempre tuvo posiciones firmes: en tanto que no le gustaba el cine artístico europeo y sí las películas de género. Le gustaba la narración.

Manguel: Sí, y creía que en la narración, y la narración épica era importante, el cuento servía mucho mejor que la novela. Decía que inventar una historia era fascinante, pero que escribir una novela era una exageración. Y decía, y esto sigue siendo verdad hoy, que uno puede recordar un cuento, pero no puede recordar Madame Bovary.

Piglia: En el género policial, él valoraba sobre todo los cuentos. Decía que las estructuras de género cuando eran llevadas a las novelas perdían en intensidad. Eso es muy contemporáneo.

Público: Él buceaba incluso un paso más allá: en la estructura de la literatura popular, en el sentido de ‘oral’, ¿eso también sigue siendo contemporáneo, o ahora está todo más intelectualizado?

Piglia: No, yo creo que una de las escenas contemporáneas más clásicas es esa idea de que no hay jerarquías, ¿no? Que probablemente sea un poco excesivo. Porque a mí me gusta el Pato Donald, pero me parece mejor Hamlet. Pero no creo que sea una cuestión de jerarquías, sino de intensidad y de misterio, de complejidad. Porque ¿cuál es la diferencia? En el fondo Borges lo entendió bien. Los géneros populares tienen esquemas, repiten módulos de narraciones, y eso es lo único que los diferencia de la alta literatura. La alta literatura quiere innovar, inventar formas nuevas, y el género popular tiende a repetir estereotipos. El detective, que está en todas las novelas negras; el melodrama, en el que siempre hay alguien que es abandonado. Y la gente quiere ver esa repetición.

Manguel: Sólo que la narración, tus novelas, por ejemplo, se tiene que apoyar en esas estructuras. Hay que apoyar lo que uno quiere contar sobre algo. Y esas estructuras populares son muy útiles. Ese eco permite al lector reconocer un esqueleto.

Público: En esos mismos años, en la década de los veinte del siglo pasado, también Walter Benjamin escribía sobre esa tensión. Y no necesariamente se habían leído entre ellos.

Piglia: No, no creo. Tuvieron algún cruce: a Blanqui. Borges lo cita casi en el mismo momento que lo utiliza también Benjamin. Estaban interesados en cosas muy similares. También en la cábala.

Manguel: En la idea de fragmento.

Piglia: Sí, pero la distinción entre novela y narración de Benjamin es muy útil para entender a Borges. Siempre ha habido narración, dice Benjamin, pero no siempre ha habido novela. Como diciendo: hay un río, que viene desde el origen y que seguirá, pero la novela es un momento, no es la única manera de narrar.

Manguel: Y Borges lo dice en uno de sus ensayos sobre la novela, citando un poco burlonamente a Menéndez Pelayo en Orígenes de la novela, donde dice que lo que hay son narraciones que un día se convertirán en novelas.

Público: De Borges y Benjamin se abusa para construir todo tipo de metáforas sobre el nuevo entorno que supone internet. No sé si están de acuerdo en que la novela es un invento de la imprenta. Si así fuera, ¿internet puede transformar la narración de la misma manera que lo hizo la imprenta?

Piglia: Sí. Si uno maneja el criterio, que es un poco el criterio de Benjamin, de que ciertos medios técnicos producen nuevas formas de escritura, tendría que imaginar que no inmediatamente. Porque todavía estamos en un proceso de cambio. En el futuro quizá aparezcan nuevas formas de escritura que reflejen las posibilidades de esos nuevos medios técnicos. Pero la novela no es solamente la imprenta.

Manguel: Tenemos que remontar la novela a las novelas griegas: el pathos erótico en las novelas de amor griegas, que son obviamente novelas. No necesitan esperar a la imprenta para existir. Las novelas romanas tampoco.

Público: Pero ¿esas novelas podían ser leídas como pudieron serlo a partir de la imprenta: cada uno en su casa, sin importar a qué edad, etc?

Manguel: Bueno, en la medida que se tuviese acceso a ese texto. Obviamente no es como cuando la imprenta empieza a producir cientos de miles de ejemplares. Quizás lo que modifique los distintos géneros por la aparición de la imprenta es la presencia de esa multiplicidad y también del formato. Yo creo que consciente o inconscientemente, a partir de la impresión de libros, el escritor empieza a visualizar el libro objeto. Creo que la nueva tecnología elimina un poco esa concepción, esa encarnación del texto y la jerarquía de esa encarnación. En la red todo se parece. Y eso sí, yo creo, puede dar lugar a otra forma de escribir. Pero que tampoco será absolutamente nueva, porque no existen esas formas absolutamente nuevas. El rollo de [Juan] Benet [sobre el que escribió en 1969 su novela Una meditación, sin saltos de párrafo ni capítulos] corresponde a la electrónica.

Piglia: Porque me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear. Ese es el problema, pero sobre eso no tenemos respuesta.

Fuente: Público

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La política y los imputados: Principios y derivas de la Justicia poética (X)

Estos apuntes escritos hacia adentro. La relación de compensación que cumple la justicia poética respecto del achicamiento de la política, tiene varios nudos importantes. En abstracto, la sustitución del sujeto político por la víctima universal. Más de estar por casa, el ruego de que la imputación suponga la exclusión automática de las listas electorales. Que por mucho que nos parezca democráticamente impecable, en verdad supone sentar a los fiscales en la silla del juez. Esto es, subordinar aún más el poder judicial al poder ejecutivo de lo que ya está. ¿Qué habría pasado con Bildu si hubiera bastado únicamente la opinión de la Fiscalía General del Estado respecto de sus listas e integrantes?

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Una juez reabre una violación archivada hace 20 años

Manuel Borraz, finalmente, tenía razón:  La violación cometida en Blanes el 24 de noviembre de 1991 no ha prescrito. El juzgado de Instrucción  número 1 de esa localidad ha solicitado al Instituto Nacional de Toxicología que analice las muestras, identificadas en el último capítulo de Justicia poética (Seix Barral, 2010), y que se conservan en la sede del instituto en Madrid. Público y El País lo cuentan hoy.

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La entrada del Diccionario Biográfico Español sobre Francisco Franco

Si a alguien le interesa consultar la entrada del Diccionario Biográfico Español sobre Francisco Franco, redactada por el presidente de la Hermandad del Valle de los Caídos y miembro de la Real Academia de Historia, Luis Suárez Fernández, y que ha levantado la polémica después de que Jesús Miguel Marcos adelantara su contenido el pasado sábado, en el diario Públicopuede leerla íntegra aquí:

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El fotógrafo que desmaquilló París

Una muestra reúne 30 años de imágenes de Eugène Atget, uno de los padres de la fotografía documental, sobre la capital francesa

El conjunto fotográfico más importante sobre el París de finales del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX, cuya mirada influyó tanto a los surrealistas como a la fotografía documental de Walker Evans, es obra de un actor de provincias que vivió y murió pobre y sin sucesores, que nada quería saber de los movimientos estéticos con los que, instalado en París, se cruzó. El pie de una de las fotografías que tomó de su casa en 1910 y que se exponen ahora en Eugène Atget, París, 1898-1924, inaugurada ayer en la Fundación Mapfre de Madrid, lo deja bien claro: «Interior de la vivienda de un actor dramático».

Eugène Atget (1857-1927) era, en efecto, un actor de teatro francés, «al que una afección de garganta lo retiró», según el comisario de la muestra, Carlos Gollonet. Walter Benjamin, en su Pequeña historia de la fotografía, daba también noticia de este fotógrafo con evocadora precisión: «Atget fue un actor que, asqueado de su oficio, lavó su máscara y se puso luego a desmaquillar también la realidad».

Esta muestra recoge ahora una exquisita selección de las casi 4.000 fotografías que dejó a su muerte: más de 200 imágenes (salvo nueve, todas positivadas por el propio Atget) consagradas a la ciudad en la que vivió los últimos 40 años de su vida. Pero no el París de la Belle Époque, precisamente. Atget fotografió el París en vías de extinción, de ahí que su obra recorra los callejones sin salida de los suburbios, entre en los patios interiores, se detenga ante vendedores de paraguas o de lámparas, organilleros y cantantes ambulantes en mitad de la calle, o refleje los maniquíes y los juguetes de los escaparates.

El largo tiempo de exposición al que Atget sometió París, con múltiples series que se alargan hasta 20 y 30 años, impiden cualquier ordenación cronológica de su obra, de ahí que el comisario haya optado por una ordenación temática, reflejo del deambular del autor: Pequeños oficios, tipos y comercios parisinos, Las calles de París, Ornamentos, Interiores, Los coches, Jardines, El Sena, Las calles de París, Extramuros y Alrededores de París. Que a pesar del título de esos capítulos, tan familiares a cualquier guía turística, ni una sola de sus fotografías parezca una postal de la ciudad de las luces, prueba la sorprendente originalidad de una mirada volcada sobre las cosas.

Documentos para artistas

Hay, además, una sala dedicada en exclusiva a reproducir las 43 fotografías que Man Ray compró a Atget y que completan dos aspectos importantes de su trabajo, apenas representados en los fondos del museo parisino que aporta la mayoría de las obras: imágenes de desnudos y de escaparates. El pope del surrealismo norteamericano y, sobre todo, su asistenta, Berenice Abbot, fueron los primeros en descubrir el talento de Atget, aunque no siempre contaran con su aprobación.

Una fotografía suya, en la que aparece un grupo de parisinos protegiéndose la vista con unas gafas especiales, mientras observan un eclipse, fue publicada en La Révolution Surréaliste bajo el título de Las nuevas conversiones, como si de una contemplación religiosa se tratara: «Ese doble uso de su obra por parte de los surrealistas no le hacía ninguna gracia», explica el comisario. No en vano, Atget había aceptado que se publicaran sin que saliera su nombre.

Desde que abrió su estudio en 1882, siempre se presentó como un productor de «documentos para artistas», en un sentido amplio del término, que incluía desde pintores y escultores hasta decoradores y arquitectos, editores, estudiantes y marmolistas. Pero Atget, fotógrafo ambulante y por encargo, era plenamente consciente de su labor como documentalista y arqueólogo, de ahí que a veces anotara, junto a la fecha y el lugar donde habían sido tomadas, su destino: «Va a desaparecer». Una carta que envió al director de Bellas Artes (algo así como el ministro de Cultura actual) en 1920, para ofrecerle su legado, refleja que era consciente también de su importancia: «Puedo decir que tengo en mi poder todo el viejo París», se lee. La exposición, que viajará a Rotterdam, París y Sidney, podrá verse en Madrid hasta el 27 de agosto.

 

Con Baudelaire, además de su concepción de la fotografía como «criada» de las grandes artes, Atget compartía el método del flaneur, y así hizo de sus paseos por la ciudad un ejercicio de coleccionismo e historia. Los traperos, los chabolistas, los artistas de circo en los descampados son algunos de los pocos personajes que se ven en estas fotografías, habitantes todos de un París condenado a desaparecer bajo el tiralíneas racional y moderno de Haussmann, iniciador de su regeneración urbana. Una elegía que siempre dejó fuera de foco al autor del crimen y sus huellas, de ahí quizá que decidiera, como subraya el catálogo, «no representar jamás los nuevos barrios construidos a raíz de las reformas de Haussmann».

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El desgastado hilo de una vida: Walter Benjamin

(W.B. en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, en 1939. Foto: Gisèle Freund)

La única necrológica publicada tras la muerte de uno de los mayores pensadores del siglo pasado apareció en el periódico de los refugiados judíos de Nueva York. El 11 de octubre de 1940, Aufbau informaba del «trágico suicidio del profesor Walter Benjamin, el famoso psicólogo universitario». Benjamin, sin embargo, nunca fue profesor universitario: su tesis de habilitación fue rechazada en 1925, un revés que marcó su vida y que, sin duda, explica en parte su trágico final, 15 años después. Muerto en una pensión dePortbou, lejos del puerto de Lisboa que debía ponerlo a salvo rumbo a Estados Unidos, fue enterrado en una tumba sin nombre. Jamás fue psicólogo. No sin razón, George Steiner anota sobre esa necrológica en un artículo de Los logócratas: «Hacía falta un Kafka para escribirla».

La lectura de la Correspondencia que Benjamin mantuvo con su amigo Gershom Scholem, filólogo y historiador, durante los últimos siete años de su vida (1933-1940), que acaba de reeditar Trotta, subraya esa impresión kafkiana sobre el destino de este judío alemán cuya influencia se agranda, como un caño de luz en el túnel del tiempo, cuanto más se aleja de su origen. Además de las catastróficas y conmovedoras penurias económicas y de salud personales de Benjamin (1892-1940), estas cartas reflejan también la tragedia que, desde la llegada de Hitler al poder, se puso en marcha para todos los judíos de Europa. No es de extrañar, por tanto, que tras buscar inútilmente refugio en el Instituto de Horkheimer y Adorno, núcleo de la llamada Escuela de Fráncfurt, Benjamin aludiera a una frase de El Proceso de Kafka para expresar el temor por su futuro: «El Instituto de Ginebra, en cuyo desván, como sabes, se pierde el desgastado hilo de mi vida, se ha trasladado a América».

Muchas de sus cartas están escritas en Ibiza, donde Benjamin pasó largas temporadas soportando «el carácter francamente desagradable y triste de los hogareños». El 31 de julio de 1933, con una herida infectada en la pierna, escribe: «Vivo en una habitación de hotel por una peseta diaria (el precio ya indica el aspecto que tiene), y yo mismo me arrastro por la ciudad para solucionar los asuntos más urgentes». Las noticias desde el Berlín nazificado no eran mejores, y así las transmite a su corresponsal: «La Inspección de Obras y Edificaciones quiere expulsarme de mi vivienda berlinesa, lo cual cuadra en perfecta armonía con mis dificultades económicas, por una parte, y por otra, con mi repugnancia a emprender una lucha inútil para conseguir un espacio en la prensa y la radio de Berlín. Por ahora me mantengo con un poco de dinero para cigarrillos que me ha adelantado Speyer y, en cuanto al resto, vivo de créditos».

Una situación material que da forma a su obra literaria, cada vez más fragmentaria y dispersa, a medida que la depuración de los periódicos y revistas va cerrándole las puertas, a él y a todos su seudónimos. Pero incluso en el aparentemente relajado marco de una relación epistolar, deslumbra su penetración crítica : «El mundo de Kafka, frecuentemente jovial y habitado por ángeles, es el complemento exacto de su época, que se dispone a suprimir en una medida considerable a los habitantes de este planeta». Un apunte profético.

El viaje a Palestina

Scholem (1897-1982), en cambio, llevaba una vida mucho más desahogada, aunque modesta, en Palestina, a donde había emigrado a mitad de los años veinte, siguiendo su ideología sionista (el sionismo que entonces prefería un «condominio judeo-árabe» a un Estado propiamente judío, todo sea dicho). El posible viaje a Palestina de Benjamin, ya para su instalación definitiva, ya para una estancia duradera, al que dedican varias cartas, nunca llegó a producirse.

No sólo ese. Y llega a parecer inconcebible que alguien como Benjamin, que tuvo casi 30 domicilios en una década, acabara con tanta obstinación en el lugar equivocado. Todavía en París, con la guerra en marcha, rechazó viajar a Londres donde su ex mujer, Dora Kellner, quiso acogerlo. En lugar de eso, acabaría atravesando la frontera franco-española, camino de Portbou, después de cruzarse en Marsella con varios amigos, entre ellos Hannah Arendt, a la que habló de la posibilidad de su suicidio. Tras su detención en Portbou, y temiendo que la policía franquista lo devolviera la Gestapo, se tragó la morfina con la que viajaba.

La mirada desprendida sobre sí mismo con la que Benjamin expresa su desesperación, resulta conmovedora: «Reflexiona una vez más sobre todo lo que me sucede. Es necesario». La pregunta que se hace Scholem en el prólogo: «¿Por qué yo no extraje una consecuencia directa, patente en este libro, de las manifestaciones de Benjamin, en parte catastróficas y estremecedoras, acerca de su situación económica?», se la harán también los lectores. Scholem contesta: «Puedo responder a esta pregunta, pero no quiero»

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¡Bien por Soledad Gallego-Díaz!

¡Bien por Nueva York!

Primero. Muchas mujeres nos alegramos, mucho, de que la justicia de Nueva York haya escuchado con respeto la denuncia por intento de violación y abuso sexual presentada por una camarera, inmigrante de origen guineano, contra un poderoso funcionario internacional. Nos alegramos de que haya detenido al sospechoso, de que haya abierto una rápida investigación para determinar la solidez de las pruebas en su contra y de que, a la vista de esa investigación, le haya procesado. Se demuestre finalmente su culpabilidad o no, el comportamiento de la policía y de la justicia de Nueva York ha sido, en ese punto, y al margen de cualquier otra circunstancia seguramente censurable, admirable y correcto. Y debe reconocerse así.

Segundo. Muchas mujeres estamos indignadas con la reacción de un grupo de comentaristas, especialmente franceses, que en su defensa de Dominique Strauss-Kahn, han recurrido, sin rubor, al más antiguo y deleznable recurso machista: trasladar la sospecha a la víctima, de manera que pase de ser una mujer posiblemente agredida a una probable prostituta ávida de dinero. DSK se merece la presunción de inocencia. Su posible víctima, no.

Muchas mujeres estamos hartas de ese tipo de comportamiento, analizado en miles de estudios, porque amedrenta a las víctimas y tiene un efecto perverso sobre las denuncias. Ha costado años de trabajo que las mujeres se atrevan a denunciar los abusos sexuales como para que ese grupo de comentaristas no sea consciente de lo ruin de su actitud. Volcar la sospecha sobre la posible víctima es mucho más repugnante que el reprochable hábito de la justicia de Nueva York de exponer ante las cámaras de medio mundo a un sospechoso, sobre todo si es famoso, pese a que debería estar protegido por la presunción de inocencia.

Nos indigna que Bernard-Henri Lévy asegure que en la mayoría de los hoteles de Nueva York las camareras no entran solas en las habitaciones de los huéspedes, lo que cualquier persona que haya viajado a esa ciudad y se haya alojado en ese tipo de hoteles sabe que es absolutamente falso. Nos asombra que Jean Marie Colombani deslice en un artículo la idea de que la acusación puede deberse a diferentes sensibilidades a la hora de encarar una conducta sexual. A Strauss-Kahn no se le ha acusado en Nueva York, en ningún momento, de ser ofensivamente insistente en su propuesta de mantener relaciones sexuales, ni tan siquiera de forzar a una empleada en una posición de clara inferioridad a recibir un beso. Se le acusó de intento de violación y de abusos sexuales, algo que no es cuestión de percepciones culturales, sino un atentado contra los derechos humanos.

Nos desconcierta que una conocida comentarista de Le Point, Anna Cabana, haya descrito en estos términos la comparecencia de DSK ante la justicia norteamericana: «Estaba transfigurado por una cólera sombría y orgullosa. (…) Si me atrevo a escribir esta paradoja, les diría que este hombre, desembarazado de su dandismo por la gravedad de las circunstancias, no ha estado nunca tan hermoso».

Nos asombra que los medios de comunicación, franceses e internacionales, hayan permanecido tan pasivos ante los repetidos comentarios sobre la «adicción al sexo» del director del FMI. La vida sexual de los políticos es asunto privado, siempre que no cometan delitos ni pregonen públicamente lo contrario de lo que practican. Pero la hipersexualidad, un término médico, define a una persona que busca saciar el deseo sexual de una manera compulsiva y obsesiva, una alteración seria que influye en el comportamiento de quien lo sufre. Si hubieran existido repetidos comentarios sobre cualquier otra alteración de comportamiento en DSK (consumiera cocaína o fuera simplemente cleptómano), es muy probable que esos medios se lo hubieran tomado mucho más en serio. Pero parece que incidentes relacionados con la eventual adicción sexual de Dominique Strauss-Kahn solo provocaron sonrisas entre sus colegas a este lado del océano. –

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ, El País, 22/5/2011

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El ejército español se empotra entre los fotoperiodistas

Turner y el Ministerio de Defensa compilan siglo y medio de fotoperiodismo de guerra español

Una calle de Mogadiscio, Somalia, en 2007. JOsé cendón

La historia del corresponsal empotrado en un ejército en guerra es tan vieja, al menos, como la guerra de Crimea: William Howard Russell fue enviado por The Times en 1854, aunque sus crónicas no despertaron precisamente el fervor patriótico entre el Ejército británico. Desde entonces, se repite el tira y afloja entre la propaganda oficial y la información periodística, y a veces se firman treguas. Fotoperiodistas de guerra españoles, que reúne la obra de 25 autores entre 1860 y 2011 (entre la guerra española contra los rifeños marroquíes y la revolución libia), se diría que resulta de una de ellas: el Ministerio de Defensa colabora en la publicación, que edita Turner. Alfonso Bauluz y Rafael Moreno son los compiladores.

Ni Bauluz ni Moreno, sin embargo, creen que esa colaboración, que a nivel internacional el Gobierno de EEUU impuso como obligación desde la invasión de Irak en 2003, influya de forma relevante en su labor informativa: «Yo no creo que haya ninguna diferencia porque los empotrados tengan que firmar un papelito», dijo Bauluz en referencia al acuerdo contractual entre el Ejército americano y los periodistas.

Sea producto de la casualidad o del espíritu de la época, el caso es que en el siglo y medio largo que recorre esta selección, una evidencia se impone: los muertos, después de la guerra de los Balcanes, han desaparecido de la representación. Ni en Irak ni en Afganistán parece que muera nadie. [Vale la pena recordar que, para contrarrestar las crónicas de Howard Russell en The Times y resaltar la propaganda oficial, fue enviado a Crimea también el fotógrafo Robert Fenton, con una premisa clara: «Nada de cadáveres».]

El único muerto de este siglo que aparece, en cambio, no es un cadáver de guerra. Es el inmigrante que murió en una playa de Tarifa y que Javier Bauluz, hermano del compilador, fotografió junto a una pareja de bañistas en 2007. La imagen, que se usó como metáfora de «la indiferencia occidental» frente al drama de la inmigración, aparece ahora con otro uso metafórico. «El final del camino», se titula, aunque no se sepa entre qué frentes.

Foto: Una calle de Mogadiscio, Somalia, en 2007. JOSÉ CENDÓN

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