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Saskia Sassen: «La mayoría del dinero del rescate griego no irá a Grecia»

Saskia Sassen, ayer, en Madrid. reyes sedanoLa holandesa Saskia Sassen (La Haya, 1949) tiene el honor del que no muchos sociólogos pueden presumir: uno de sus conceptos ha calado en el lenguaje corriente hasta un punto en que hemos perdido de vista su denominación de origen, como una moneda que pierde su troquelado. Hablar de «ciudades globales» para describir esas megalópolis donde se confunden todos los estilos del mundo y que a su vez irradian su influencia política, económica y cultural a escala planetaria, resulta hoy casi familiar. Cuando Sassen acuñó el término, en 1991, Nueva York, Londres y Tokio volaban muy por encima del resto: ayer, poco antes de la conferencia que impartió en Madrid, Sassen contaba unas cien en todo el mundo, incluidas la capital española y Barcelona, donde charlaráesta tarde.

Pero las ciudades globales constituyen sólo una estación para el viaje de Sassen, que desde hace 30 años trata de entender (y de explicar) cómo se ensambla un mundo ya globalizado, cuando todavía no ha dejado de ser nacional. Los rescates bancarios son un buen ejemplo de esa realidad bisagra: «El rescate de la banca en EEUU se presentó como el retorno del estado nacional fuerte, como una especie de salida del neoliberalismo. Pero si te fijas, se trató básicamente de usar las leyes nacionales, con las que se acceden a los impuestos de los ciudadanos, para rescatar a un sistema financiero global. En el fondo, eso es un ejemplo de desnacionalización», explica la autora de Territorio, autoridad y derechos (Katz).

Sassen, «reclutada» para la Universidad de Columbia de Nueva York por el Premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, sabe que lo que vale para EEUU, vale para el fondo de rescate europeo, con nuevos agujeros que tapar en el horizonte griego: «La mayoría de ese dinero nunca va a ir a Grecia. Eso va directamente desde la banca central europea a las bancas a las cuales Grecia les debe dinero. Y qué puede hacer Grecia a partir de ahora, pues pedir nuevos préstamos». ¿Qué hacer entonces? «No pagar», responde, y recuerda el caso de Islandia, que votó en referéndum suspender el pago de su deuda, contraída mayoritariamente con bancos británicos. «¿Y qué pasó, se acabó el mundo? No». Para la autora de La ciudad global, en el fondo, la pregunta que continúa sin respuesta es: ¿por qué tendrían que asumir los ciudadanos las pérdidas de los bancos?

Más allá de la crisis financiera, Sassen lleva años estudiando esa dislocación entre el circuito global y los escenarios nacionales en otro tipo de flujos: los migratorios. Ahora regresa a una Europa, formalmente unida y donde viven 500 millones de personas , que se plantea suspender la libre circulación por la llegada de unos 30.000 inmigrantes desde el convulso norte de África. «Los grandes estados han terminado dominados por una obsesión en torno a algo que es muy pequeño», dice. La obsesión consiste en que «cada vez que hay una crisis, no importa de qué: de terrorismo, financiera, de desempleo, hay también una crisis con la inmigración», cuenta esta socióloga que al año de nacer se trasladó a Argentina con su familia, y donde vivió hasta los 16 años.

La obsesión, dice Sassen, pasará factura: «A la larga este nivel de violación de derechos humanos básicos de los inmigrantes es una especie de cáncer que no se para en los indocumentados. Luego se traslada al inmigrante legal, pero es que también afecta a los ciudadanos. Eso es algo que ya está pasando.» Sassen, que ayer disertó sobre cómo «Urbanizar la tecnología», dentro de las actividades previas de la Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo que se celebrará en Cádiz el año que viene, charlará hoy en la Casa del Mar Barcelona.

Por mucho que la crisis haya podido ampliar la distancia ideológica (es decir, engañosa) entre el inmigrante y los ciudadanos nacionales, en verdad el sistema económico los asimila cada vez más, como muestra la creciente precarización social. «La desigualdad en EEUU, por ejemplo, ha aumentado terriblemente. Los hijos de la clase media van a tener menos ingresos que sus padres, menos nivel de educación y menos oportunidades de tener una vivienda en propiedad», dice, como ejemplo.

Foto: Saskia Sassen, el lunes en Madrid. REYES SEDANO

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El Reina Sofía premia la poesía secreta de Cuba

El galardón distingue a Fina García Marruz, representante del grupo poético cubano más importante del siglo pasado

La cubana Fina García Marruz (La Habana, 1923), una de las dos últimas supervivientes deOrígenes, el grupo poético cubano más importante del siglo XX, obtuvo ayer el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Tanto el jurado que la premió, como la condecorada, reconocen que el galardón es un homenaje también a sus compañeros de generación. «Es un homenaje para todos nosotros: para Lezama Lima, Eliseo Diego, Cintio [Vitier] y Gastón Baquero, y eso es lo que más me conmueve», decía ella por teléfono a Público desde el Instituto de Estudios Martianos de La Habana donde sigue yendo cada mañana, y ayer también cumplía 88 años, a trabajar. Por la tarde trabaja en casa.

García Marruz, poeta «secreta», que confiesa que ha escrito «muchísimas más cosas» de las que ha publicado, era también la esposa de Cintio Vitier, a cuya sombra siempre se sintió cómoda. Vitier, «uno de los grandes intelectuales del castrismo», según recordó Luis Antonio de Villena, miembro del jurado, murió en 2009. La única obra de García Marruz publicada en España, El instante raro, una antología editada por Pre-Textos en 2010, le costó al editor Manuel Borrás 20 años de insistencias: «De hecho, primero publiqué cuatro libros de su marido», contó a este diario.

«La claridad de su poesía tiene mucho más calado metafísico del que aparentan», según Borras. «Fina es una poeta que ha vivido para adentro», aseguró Villena. «Mi obra está incompleta. Primero porque sigo viva, pero también porque no está todo lo importante. Tengo muchísimas cosas que considero más significativas que lo que he publicado y que me gustaría añadir algún día», dijo la autora de El peso de las cosas en la luz (publicado en Argentina). Para la también poeta cubana y antóloga de El instante raro, Milena Rodríguez, su poesía logra el milagroso equilibrio entre lo pequeño y lo trascendental.

No es cierto, sin embargo, que sea la única superviviente de Orígenes, como decían ayer muchas informaciones. Lorenzo García Vega (Matanzas, 1926), exiliado en Miami, representa el ala disidente del grupo, de la que también formó parte hasta su muerte en 1979 Virgilio Piñera. En el ala comandada por Lezama Lima, de la que sin duda forma parte García Marruz, estarían esos otros recordados ayer.

Paradojas cubanas

«Este premio es también una oportunidad, indirecta si se quiere, para alabar esos cambios que se están produciendo dentro del régimen en Cuba y que merecen nuestro apoyo», aseguró Daniel Hernández, rector de la Universidad de Salamanca, una de las instituciones convocantes junto a Patrimonio Nacional. Villena subrayó que el cristianismo de Marruz, algo que según Milena Rodríguez comparte con sus compañeros de grupo, representa parte de las contradicciones de la Cuba actual. Villena: «Teniendo en cuenta todas esas razones y buscando conciliarlas, se ha querido premiar también a Orígenes».

Desde el Instituto donde sigue entregándose al estudio de una de sus grandes pasiones, la obra de su compatriota José Martí (1853-1895), García Marruz recordó también la figura de Juan Ramón Jiménez, a quien conoció en La Habana cuando tenía 13 años y que fue, para ella y para los que luego serían sus compañeros de grupo, «la revelación de la poesía». En esa conferencia conoció también a su marido: «De no ser por Juan Ramón no tendría la larga y extensa familia que tuvimos», explicó riéndose. Por eso, dijo, y porque «en español he aprendido a hablar y a conocerlo todo», le emociona que el reconocimiento llegue desde la Península. «Ojalá que algo de lo que publiqué ahí en España les sirva».

«Oculto tesoro»

La vigésima edición del premio, dotado con 42.100 euros y cuyos candidatos proponen las academias de la lengua de cada país, se entregará en otoño en Salamanca. «Si me queda alguna gota de salud, que ya la tengo bastante quebrantada, iré sin falta», contaba al teléfono quien, también por motivos de salud, no pudo acudir este año al Festival Cosmopoética celebrado en Córdoba a principios de este mes. La misma ley no escrita que apuntaba que el Cervantes de 2010 iría a un autor español, y lo recogió el pasado miércoles Ana María Matute, se ha cumplido esta vez al premiar con el Reina Sofía a esta autora latinoamericana: la ley dice que los galardones caen cada año a un lado distinto del Atlántico. Aunque como toda ley, ha tenido sus excepciones.

Su editor español tardço 20 años en convencerla de que publicara su obra

No es, sin embargo, el primer gran premio de este calado que recibe García Marruz: en 2007, Chile la distinguió con el prestigioso Pablo Neruda de Poesía Hispanoamericana, con lo que ese «oculto tesoro» que, según el crítico que mejor conoce su obra, Jorge Luis Arcos, suponía todavía su obra fuera de la isla a principios de este siglo, empezó a leerse con otros acentos latinoamericanos. En España, aunque ya había sido nominada al premio Cervantes en 1989, las palabras de Arcos han encontrado por fin su desmentido oficial.

Pie de Foto: La poeta cubana, ayer, en la sede del Insituto de Estudios Martianos. EFE.

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¿El infierno son los otros?

Cuatro filósofos reflexionan en un libro sobre la presencia de la religión en el espacio público y los conflictos con la sociedad

El Tribunal Constitucional ha amparado esta semana a una profesora de religión despedida por casarse con un divorciado. Una juez, sin embargo, ha abierto diligencias por «escarnio religioso» contra diez ciudadanos que habían convocado una «procesión atea» para este jueves santo en Madrid y que el Gobierno decidió prohibir. En Estados Unidos, la ley no se inmutó cuando un pastor protestante quemó un ejemplar del Corán en público hace un mes, porque la libertad de expresión es sagrada. Lo mismo hizo, pero en privado, un miembro del Frente Nacional Británico y acabó detenido en cuanto el vídeo con el libro ardiendo llegó a manos de la Policía inglesa. Y en Francia, donde las alumnas tienen prohibido acudir al instituto con velo, la Policía detuvo hace días a varias mujeres vestidas con un burka, después de que entrara en vigor una ley que lo prohibía, en las calles de París. Una detención que sería ilegal en Londres.

Son ejemplos del roce conflictivo entre los hábitos religiosos y la «desnuda plaza pública», según la expresión con la que un influyente pastor luterano norteamericano ironizaba sobre la separación entre Dios y los ciudadanos. Ejemplos no faltan. Lo que falta es un modelo que resuelva definitivamente tales conflictos. El poder de la religión en la esfera pública, que acaba de publicar en español la editorial Trotta, no colma esa falta, pero ayuda a aclarar por qué ese modelo tardará todavía mucho en llegar. [Tanto, quizás, como el mesías].

El origen del libro está en Jürgen Habermas, Charles Taylor, Judith Butler y Cornell West, cuatro eminentes pensadores de tradiciones y puntos de vista muy distintos, que fueron convocados a repensar la separación de religión y esfera pública. Una separación que, según se acepta comúnmente, articula las democracias occidentales. «Una de las tesis principales del libro es que hemos malentendido la secularización», explica a Público Eduardo Mendieta (Bogotá, 1963), profesor de la Stony Brook University neoyorkina y editor del volumen. Una cosa es la deseable neutralidad del Estado ante la pluralidad de iglesias y confesiones, y otra que religión y sociedad puedan distinguirse como el agua del aceite. «La religión no es ni meramente privada ni puramente irracional. Y la esfera pública tampoco es un ámbito de franca deliberación racional ni un espacio pacífico de acuerdo libre de coacción», precisa en su introducción.

Las cosas son más complicadas. Sobre todo después del renacimiento del fundamentalismo cristiano en Estados Unidos a partir de los años ochenta (de hecho, [el autor de La desnuda plaza pública, Richard John Neuhaus] se convirtió luego al catolicismo y acabó como asesor oficioso del ex presidente norteamericano George W. Bush); del arraigo de la inmigración musulmana en numerosos países europeos, con la consiguiente visibilización social del Islam; y de la acusación de antisemitismo que soportan quienes (y no pocos judíos entre ellos) critican la ocupación de los territorios palestinos por parte del Ejército y colonos israelíes. «Generalmente se habla de religión como si fuera un problema de pueblos y países subdesarrollados, no modernos. Supuestamente, la religión habría sido domesticada en Occidente, pero eso es una caricatura», avanza Mendieta. Véase, por ejemplo, el presidente Sarkozy, nombrado canónigo de honor de la abadía de San Juan de Letrán hace tres años, en Roma, clamando contra «el desierto espiritual de los suburbios».

El filósofo alemán Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929), que en 2005 mantuvo un diálogo público con el entonces cardenal JosephRatzinger (hoy Papa Benedicto XVI), lleva cinco años trabajando en un manuscrito con el título provisional, según Mendieta, de Razón y Fe. Habermas defiende la separación de ambos discursos y la necesidad de una traducción. «El discurso religioso en la esfera pública necesita traducción para que su contenido penetre e influya en la justificación y formulación de decisiones políticamente vinculantes y exigibles por ley», se lee. Es decir, se podría entender que alguien se oponga al aborto porque se lo prohiba su religión, pero no que pretenda imponer su visión sin argumentarla de manera que pueda convencer también a los no creyentes.

El fetichismo de la laicidad

Charles Taylor (Montreal, 1931), canadiense y teórico del multiculturalismo, no cree necesaria tal traducción (¿acaso los conciudadanos de Luther King no lo entendían cuando este exigía en términos bíblicos la abolición de la discriminación racial?, se pregunta) y subraya que quizá la clave resida en superar la obsesión por la religión. Porque no hace falta referirse a la laicidad de la República francesa cuando los alumnos musulmanes reclaman un menú sin cerdo en sus escuelas, [como a nadie se le ocurriría invocar un maridaje sagrado de su ‘cuisine’ cuando se reclaman menús vegetarianos, por más que pueda haber quien lo considere también un rasgo identitario. La analogía no es de Taylor, pero resume su enfoque.]

Taylor pone de ejemplo el velo en las escuelas francesas, que se interpretó como «un signo» de hostilidad contra la République, a pesar de que lo negaran las mujeres que lo llevaban y, segúnTaylor, las investigaciones sociológicas encargadas por la comisión parlamentaria. Lejos de ser un argumento del debate, la invocación de la obligada laïcité del espacio público suele servir para clausurar cualquier discusión. «Lo más pernicioso de este fetichismo es que tiende a ocultar los auténticos dilemas con que nos encontramos», explica Taylor. «Las democracias contemporáneas, a medida que se diversifican, tendrán que experimentar redefiniciones de su identidad histórica […] que pueden ser dolorosas y de largo alcance».

El catolicismo, imposible de integrar

El ejemplo más revelador de los que cita Taylor, sin embargo, se debe a los trabajos del español José Casanova, profesor de Sociología de la Religión en Georgetown: «El catolicismo estadounidense en el siglo XIX estaba considerado imposible de integrar en la vida democrática, caso muy similar al de los actuales recelos hacia el islam», subraya Taylor.»No hay razón alguna escrita en la esencia de las cosas para que en las comunidades musulmanas no pueda darse una evolución parecida», remata.

Judith Butler [Cleaveland, 1956], autora de Vida precaria. Poder del duelo y de la violencia (Paidós), rescata la paradoja de que la secularización de la religión, su separación del Estado, es un mandato del protestantismo, algo que no debemos olvidar ahora que se habla de dejar «fuera» del espacio público a otras religiones, porque quizá estemos olvidando a las que están «dentro». La secularización, para la religión, ha podido ser «una forma fugitiva de sobrevivir», señala. Pero Butler aborda sobre todo un dilema personal y universal: exponerse a la acusación de antisemitismo cada vez que critica la violencia del Estado israelí contra los palestinos de los territorios ocupados. Butler, judía, remarca en cambio que esa crítica es una «obligación» ética para los judíos, religiosos o no, frente al sionismo político del Estado, que además discrimina religiosamente a sus ciudadanos árabes.

La intervención de Cornell West [Ocklahoma, 1953], «un artista del blues», según él mismo se define (también es un filósofo afroamericano, socialista y cristiano), es en cambio una demostración práctica de la dificultad para distinguir nítidamente entre un discurso filosófico o religioso. Su «pragmatismo profético», con el que denuncia la corrupción de Wall Street al tiempo que recuerda «el fondo del océano Atlántico [con sus] millones de cadáveres africanos», coloca en un doble apuro al propio Habermas, que en el coloquio final alaba su «retórica conmovedora». «La única respuesta posible sería ponerse en pie y cambiar de vida», reconoce Habermas, [pero enseguida añade: “la otra parte del doble apuro es que estamos en una institución académica y siguiendo un formato”.]

La institución que acogió el debate fue la Cooper Union de Nueva York, donde unas mil personas siguieron durante cinco horas el acto el 29 de octubre de 2009, aunque, como se ha visto, sigue plenamente vigente. La conclusión es provisional: parece que estamos condenados a entendernos. «O como dice al revés Jean Paul Sartre: el infierno es el otro», recuerda Mendieta, que explica: «Lo que quiere decir con eso es que nos convertimos en nuestros propios torturadores sino aceptamos la libertad del otro y el hecho de que tenemos que vivir juntos».

Fuente: Público

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Isabel Coixet: «En España, cuando alguien curra, concierta las iras de su sector»

La cineasta, que insistió durante meses al juez Baltasar Garzón para que aceptara grabar un documental, ayer, en Barcelona. arnau bach

Isabel Coixet ha producido y dirigido –«pagado de mi bolsillo»–, dice el documental en el que el juez Garzón da «su versión de los hechos» frente a los tres procesos judiciales en los que está inmerso: por autorizar escuchas telefónicas entre algunos de los supuestos cabecillas de la trama Gürtel y sus abogados, por investigar los crímenes del franquismo y por no abstenerse en una querella contra el presidente del Banco Santander, Emilio Botín, al que supuestamente meses antes habría pedido financiación para un seminario que el impartía, organizado por la Universidad de Nueva York. Escuchando al juez Garzón se estrena [mañana] en un cine de Barcelona y otro de Madrid, y luego podrá verse en la web Filmin y en las televisiones de medio mundo. «Pero ninguna española», dice Coixet. «Curiosamente», subraya. La directora catalana duda incluso de que las cartas que Garzón envío a Botín, y que el Banco Santander entregó al Supremo, sean reales.

Garzón se resistió durante meses a grabar este documental. ¿Por qué cree que finalmente aceptó?

Debo decir que no sé exactamente qué ocurrió. Pero supongo también que la situación quizá había llegado a un punto que ni él mismo esperaba. Pero no me comentó nada. También debo decir que las preguntas no fueron pactadas. Y cuando le enseñamos el documental montado, no cambió absolutamente nada.

Manuel Rivas no parece querer hacer una entrevista crítica. Después de verlo, ¿no cree que podría haber hecho las preguntas que quizá se haga el espectador?

Yo pienso que el espectador lo que quiere saber es qué piensa Garzón. Esa persona a la que ven entrando y saliendo del juzgado, cómo vive esto. Y esta es la intención de este documental. Hay otros documentales sobre él (hace poco TV3 ha pasado uno muy crítico con él). Yo creo que en un país donde se va a juzgar antes al juez que ha investigado un caso que a quienes han metido la mano en la caja, mi documental tiene mucho sentido. La intención del documental no es hacer un retrato de Garzón, sino escuchar qué tiene que decir. ¿Que ha cometido errores? Seguro. ¿Que si pienso que es inocente? Sí, lo pienso.

Garzón sostiene que todo se desencadenó a raíz de la Gürtel’. ¿Usted cree que el tema de la memoria histórica ha podido influir también?

Yo creo que la Gürtel y la memoria histórica, de alguna manera oscura, tienen que ver. Los mismos que defienden que no hay que abrir las tumbas y que todo está prescrito son los que ostentan el poder en muchos sitios de España. Una de las personas que ha sido más furibunda contra él ha sido Manuel Fraga: «Que se vaya Garzón, que se vaya muy lejos». Para mí, de todas maneras, el caso Garzón es significativo porque y esto es algo que he venido observando desde hace años en la sociedad española, cuando hay alguien que realmente se curra su trabajo y se esmera en lo que hace, tiene todos los números para concertar las iras de todo su sector.

¿Por qué eligió hacer un documental en blanco y negro?

Porque no quería que nada distrajera de lo que es lo fundamental, que son sus palabras. Nos dejaron un apartamento que era muy colorido y tal, y distraía. Yo creo que el blanco y negro concentra las cosas. Lo que pasa es que es un blanco y negro con muchos tonos de gris. Pero esos tonos de gris los tiene que sentir también el espectador.

¿Tiene pensado continuar, grabar los juicios, por ejemplo?

Lo he pensado, pero quizá ahora toda esa gente que dice que había que mostrar la otra cara, pues que lo haga, es el momento. Todos tenemos otra cara. Nadie está exento de errores. Pero yo creo que en la balanza de los aciertos y los errores de Garzón para mí pesan mucho más los aciertos. Sólo por la detención de ese dictador chileno [Augusto Pinochet], sólo por eso, yo creo que en la balanza pesan mucho más los aciertos.

Respecto de las cartas que Garzón dirigió a Emilio Botín, ¿cree que tampoco son suficientes para abrir un proceso [por no abstenerse luego ante una querella contra el presidente del Banco Santander?

No, no lo son. Pero sobre todo: ¿son esas cartas reales? Porque tú sabes que en determinadas webs se han publicado cartas falsas en las que él agradecía los fondos destinados y tal, que no son reales. Estamos en un momento en que pagas 80 euros a un hacker y te consigue lo que quieras

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Imágenes arrancadas a la invisibilidad

Tres fotógrafos documentan la doble realidad de la presión policial contra los inmigrantes sin papeles

Los controles se basan en el aspecto extranjero de los identificados. - FRONTERASINVISIBLES.ORG


Dos años después de que documentos policiales probaran que las redadas contra sin papeles (con las que los agentes tenían que cubrir un cupo semanal de detenciones) estaban a la orden del día, el Ministerio del Interior sigue sosteniendo que esas redadas no sólo no existen, sino que además serían inconstitucionales. Que hayan desaparecido del paisaje oficial, sin embargo, no significa que no sigan ocurriendo y, por tanto, puedan ser documentadas. Fronteras invisibles y Salitre, dos proyectos nacidos en el barrio madrileño de Lavapiés, ponen en imágenes las dos caras de esa realidad oficiosa.

Aún así, Edu León, uno de los dos autores de Fronteras Invisibles, sabe que no es fácil fotografiar lo evidente. La Policía, cuyos agentes se resisten a dejarse fotografiar a pesar de que paran a los sin papeles en espacios públicos, ha obtenido este mes, tras cuatro denuncias, una condena contra el fotoperiodista. Razón jurídica: «Falta de respeto y consideración debida a la autoridad». León se niega a seguir borrando fotos.

«Si no defiendo mi derecho a la libertad de prensa, ¿cómo voy a pedir a las personas que retrato que denuncien su situación?», escribía León por correo electrónico desde Estambul hace dos semanas. Días después fue detenido en la frontera con Grecia por fotografiar un camión turco que transportaba a migrantes detenidos a las puertas de Europa. Fronteras invisibles enfoca junto a las redadas en Madrid, los centros de retención y pasos fronterizos en Calais (Francia) y Malta. Después de salir en libertad, siguió trabajando en el lado griego de la frontera con Turquía.

«Cuando empezamos se trataba de dar la noticia. Pero a finales de 2009 hubo una redada enorme en el barrio [de Lavapiés]. Edu estuvo haciendo fotos y a partir de ahí nos planteamos sistematizarlo», explica Olmo Calvo, el otro autor de Fronteras Invisibles, [recordando el origen  del proyecto en el periódico Diagonal]. La exposición, que la policía quiso desmantelar cuando se montó por primera vez, en Madrid, el año pasado, tras pasar por Buenos Aires y Quito, puede verse en Madrid (por distintas asociaciones de vecinos y barrios) y en octubre viajará a Santander. También se muestra on-line (www.fronterasinvisibles.org).

Los controles, basados únicamente en el aspecto extranjero de los identificados, siguen produciéndose. «En algunas unidades, se obliga a los agentes a hacer identificaciones de extranjeros bajo amenaza: O lo haces o te vas de este grupo», reconoce Alfredo Perdiguero, portavoz del sindicato Unión Federal de Policía. «En mucha menor medida que antes, pero sigue pasando», añade Perdiguero, quien subraya que aún así en la mayoría de los casos la expulsión ni siquiera se puede ejecutar. «Pero las estadísticas hinchadas quedan muy bien», afirma. La Defensora del Pueblo se ha hecho eco de las quejas de varias asociaciones al respecto.

La situación explotó hace dos años. En febrero de 2009 se publicó una de las circulares ordenando las detenciones: «Villa Vallecas, objetivo: 35. Si no los hay, se va a buscarlos fuera del distrito». Cuando esa presión policial subía por las calles, el fotógrafo Juan Valbuena, que por entonces estaba trabajando con un grupo de senegaleses en otro de sus proyectos, se dio cuenta de que esa realidad tenía otra cara: los sin papeles no salían en casa. En el piso que vivían una docena de ellos, sin apenas espacio, el tiempo sobraba.

«Los negros del bajo»

Así surgió Salitre, con el que se planteó «darles el espacio vital del que carecían, en forma de libro», explica Valbuena, que no quiso ser el único narrador. «Les preparé un libro en blanco de 16 páginas». El resultado son 12 libros en los que los inmigrantes y el propio Valbuena han contado en imágenes (recortes, fotografías, documentos grapados, dibujos, texto, etc…) la historia que cada uno ha querido. «Es muy chulo como se ha definido cada uno. Antes, para los vecinos, eran sólo los negros del bajo», dice el fotógrafo.

Valbuena, en cambio, mostró la casa. «Ninguno sacaba la casa, porque para ellos es un sitio de vergüenza, así que me di cuenta de que tenía que sacarla yo, para ponerlo en contexto», explica. El proyecto, que se presentó como exposición en Caixa Fórum en enero pasado, se convertirá ahora en libro.

«No sé si tienen valor judicial, pero sí tienen valor moral: son hechos», explica Valbuena respecto del trabajo documental de León y Calvo. «Es un uso de la fotografía muy puro, casi una documentación notarial de la realidad», añade. En una sociedad en la que «todos tenemos móviles con cámaras muy potentes», según León, «la fotografía ha dejado de ser uso exclusivo de los profesionales y es un arma más de la sociedad para denunciar lo que no le gusta».

(Foto: Una detención durante una redada en la Plaza de Tirso de Molina, en Madrid, el 28 de junio de 2010. FRONTERASINVISIBLES.ORG.)

Fuente: Público

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La presunción de culpabilidad: Principios (y derivas) de la Justicia poética (IX)

Hace gracia comprobar hasta qué punto la presunción de inocencia está siendo sustituida por la presunción de culpabilidad, sin que se deje oír el más mínimo quejido. Donde mejor se ve no es en las henchidas declaraciones de principios, sino en las aparentemente menos ideologizadas muletillas de la información diaria. Que esa inversión se exhiba justamente en las noticias que reivindican la inocencia de los perseguidos, es para echarse a temblar.

Es el caso de la noticia que da hoy El País sobre las 331 reclamaciones tramitadas por el Ministerio de Justicia en 2010:

Justicia tramita 29 casos de presos inocentes, otros 288 de personas que acabaron como preventivas entre rejas y luego fueron absueltas y otros 14 de detenidos por órdenes de captura equivocadas

dice la noticia. Lo interesante es la distinción entre presos inocentes y preventivos que fueron absueltos, como cuando dice que quienes reclaman han sido víctimas

de autos de prisión contra sospechosos que, tras meses presos, acaban absueltos; y, los más graves, de errores garrafales que llevan a la cárcel a personas totalmente inocentes.

La única razón para discriminar entre unos y otros la concede el ministerio, pero en el último párrafo: «El argumento es que se trata de sospechosos que alcanzan la absolución por falta de pruebas.» Es decir, que salvo resolución judicial expresa que certifique la inocencia del procesado, el ministerio los considera sospechosos con razón y sin derecho a indemnización.

Se trata de un truco legal como otro cualquiera para denegar a los que han sido procesados injustamente el derecho a que se repare su daño. Pero traducir esa falacia oficial como una distinción de hecho en los periódicos, equivale a suponer que quien pasa meses en la cárcel sin que se demuestre su culpabilidad, no es un «preso inocente», sino un presunto culpable a falta de confirmación oficial.

Alguien que no es totalmente culpable. Todavía.

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Principios (y derivas) de la Justicia poética (VIII): Sortu y el Supremo

El voto particular critica que la mayoría haya sustituido la valoración de la prueba por «la construcción de un relato».

«Siete jueces del TS consideran «obligado» inscribir a Sortu«, Público, 1 de abril de 2011.

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Henry Jenkins: «El concepto de copia está en peligro de extinción»

Henry Jenkins (Atlanta, 1958), director durante una década del Programa de Estudios Mediáticos Comparados del Massachusetts Institute of Tech-nology (MIT), es un estudioso de la cultura popular y abogado público de fans, blogueros y videojugadores cuando ha hecho falta: ante el Senado norteamericano, por ejemplo, para desmentir la relación entre violencia juvenil y videojuegos. El Festival de literatura Kosmópolis de Barcelona, que este año ha puesto el foco en las relaciones entre literatura oral y literatura electrónica, uno de los temas que se cruzan en muchas de las reflexiones de Jenkins, lo invitó a impartir una videoconferencia el último día del festival, este pasado sábado. Autor de una decena de libros, entre ellos Convergence Culture y Piratas de textos, ambos en Paidós, actualmente enseña Periodismo, Comunicación y Artes Cinematográficas en la Universidad del Sur de California, y responde a esta entrevista por correo electrónico.

¿Internet está difuminando esa separación, que parecía fundamental para la creación, entre los autores y su público?

Primero conviene identificar el periodo del que hablamos. La separación absoluta entre autor y lector es característica del modelo que ha dominado la cultura de masas en el siglo XX. No estoy seguro de que ese modelo pueda extenderse a periodos anteriores, donde los narradores estaban profundamente moldeados por sus audiencias y respondían ante ellas en tiempo real, y donde mucha más gente intercambiaba historias a través de la cultura popular. Lo que está recuperando la cultura digital es un proceso creativo más abierto, que tiene mucho en común con esa cultura oral. Estamos asistiendo a un proceso en el que el contenido de los media se reescribe, se relee, se remezcla y circula continuamente. Por eso me interesa cada vez más cómo esa circulación del contenido representa un proceso colectivo por el cual el público ayuda a distinguir lo valioso y lo insignificante dentro del flujo infinito mediático que nos rodea a diario.

¿En qué medida eso modifica el concepto de «autor»?

Todo esto cortocircuita, ciertamente, esa concepción romántica del autor como genio solitario del que proviene toda creación. Puede que nos devuelva a esa vieja noción del autor como bardo, esto es, alguien que moviliza los recursos creativos de su comunidad. Cuando Homero recitaba la Odisea, no inventaba la guerra de Troya, ni los dioses griegos, ni siquiera muchos de los giros de sus versos. Él combinaba elementos que tomaba prestados de otros bardos frente a una audiencia específica en un momento determinado. Una noción de autor que me parece muy apropiada para la era digital, ya se trate de un narrador profesional que construye un mundo en el que captura la imaginación de su público o de un amateur que toma elementos de ese mundo y juega con ellos. En ambos casos, la historia no es algo que deba ser fijado, sino que pertenece a la cultura y cualquiera es libre de hacer con ese material lo que desee.

¿Y cómo podría redefinir todo eso las leyes de copyright?

No podría hablar de la ley española, que no conozco lo suficiente. Pero la ley americana, que ha influido en la de otros muchos países, consagra algunos supuestos sobre la autoría. Básicamente, asume el supuesto de una autoría corporativa. Por mucho que se hable de los derechos morales de los autores, estos no tienen derechos morales, según el copyright americano. Sus historias son propiedad de las compañías que las producen y distribuyen, y son empujadas fuera del proceso generativo de la cultura al que me refería antes. La ley asume, por tanto, algo así como una alquimia en la que algo emerge de la nada, en un acto de prístina creación, y que todo uso de ese trabajo supone una degradación y un daño. Por lo demás, esa ley da por hecho también un mundo en el que la mayoría de nosotros somos meros consumidores y no productores de historias. Incluso cuando se refiere al «uso justo» por terceros, se refiere sobre todo al derecho de otros profesionales como críticos, académicos o periodistas, antes que al derecho del público a comentar esos productos culturales. El mundo que yo describo, por tanto, supone una reconceptualización total de esas leyes. Mientras, la Ley del Copyright actual nos lleva a una situación parecida a la que vivió Estados Unidos bajo la Ley Seca en la década de 1930.

¿A quién deberían pertenecer, entonces, los derechos de autor de una película montada exclusivamente con imágenes de archivo?

Cuestiones como esa en torno a los remixes y la autoría/propiedad intelectual son muy reales, pero nuestro sistema de copyright actual no está preparado para afrontarlas. Uno podría imaginar cómo gestionar esos asuntos a través de algo parecido a una licencia creative commons, por ejemplo, en las que la recompensa podría darse en forma de atribución y reconocimiento. Pero ahora mismo, todo el mundo con intereses dentro del actual sistema se está empleando a fondo para oscurecer el potencial de nuevas opciones que podrían satisfacer las necesidades de los artistas y al mismo tiempo mantener un modelo de creación cultural mucho más participativo.

¿El concepto de copia ha perdido por tanto todo sentido?

El concepto de copia está en peligro de extinción en varios sentidos. Primero, las copias son ahora tan baratas de producir que han perdido todo su valor económico. Segundo, los textos son tan fáciles de personalizar que la idea de una copia exacta puede dejar paso a diferentes interpretaciones del mismo trabajo. Y tercero, la integridad de los textos se ha desplomado y el poder cultural real vendrá de la posibilidad de citar, extractar, reescribir y compartir fragmentos significativos de un trabajo más extenso. Todas estas fuerzas pueden ayudar a reconfigurar el modo en que la cultura se produce y se consume por caminos que ahora sólo empezamos a entender.

Fuente: Público

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Un ciudadano contra la impunidad

La petición de Manuel Borraz para que la Fiscalía de Cataluña analice los restos de la violación de Blanes está hoy en los periódicos. Mónica Ceberio Belaza lo recoge así en El País, y yo mismo, así en Público.

ElPais.com recoge además un breve análisis de Borraz donde explica con una claridad meridiana cómo la fiscalía podría intentar resolver esa violación impune desde casi veinte años. Este es su artículo:

Quizá aún se esté a tiempo

Aunque lo que concierne a la petición enviada a la Fiscalía Superior de Cataluña sobre el caso de Blanes de 1991 pueda parecer farragoso, en el fondo todo es bien simple. Hay unos delitos que no han prescrito, hay un sospechoso y hay medios para comprobar quien fue uno de los dos autores.

En principio, una violación cometida hace casi 20 años ya no es perseguible. Pero el plazo de prescripción puede alargarse hasta los 20 años bajo ciertas circunstancias que contempla la «letra pequeña» de la ley. En este caso: el hecho de que fueran dos los agresores y que estuvieran armados.

Dos asaltantes que hablan en «árabe» entre ellos, sin que uno de los dos hable español. Que abordan a las víctimas -una joven pareja- en despoblado, acusándolas de haber roto algo en las inmediaciones. Que agreden, maniatan y roban, armados con pistola y objetos contundentes. Que violan a la chica por turnos… Todo esto ocurre en Blanes en 1991.

Pero también en Olesa de Montserrat, veinte días antes. Uno de los agresores de Olesa pudo ser identificado y condenado: Antonio García Carbonell. A los desconocidos atacantes de Blanes se les oye decir «no matar» y repetir «Jeber, Jeber». En episodios similares que tendrán lugar en 1995, García Carbonell y su acompañante no identificado usarán expresiones como «harva» y «jara no matar».

Unos delitos no prescritos, un sospechoso y una prueba material que podría servir para acabar con la impunidad: los restos biológicos conservados en el Instituto Nacional de Toxicología. En su momento, la causa de Blanes fue archivada a falta de sospechosos. El ADN de la muestra no fue analizado, ni siquiera tras las condenas de Antonio García. Quizás aún se esté a tiempo.

Manuel Borraz es ingeniero y mantiene una web sobre el caso.

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Instrucciones para que la Fiscalía de Cataluña resuelva una violación impune

Manuel Borraz ha presentado esta mañana ante la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña una petición urgente para que se analicen las muestras de una violación cometida el 25 de noviembre de 1991, en Blanes, Gerona. (Para  información previa: La Realidad y sus víctimas)

 

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