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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Idiosingracia II

El 24 de mayo de 1995, los dos primeros detenidos como supuestos autores de las violaciones de la primavera de 1995 eran marroquíes: Abderrahmane C. y El Ferjani E. A., de 30 y 39 años respectivamente. Hubo víctimas que los reconocieron. Una chica declaró recordar que uno de los agresores tenía una verruga en el hombro derecho y, según cita del primer abogado de García Carbonell, «una diligencia judicial del encartado Ahderrahmane C. practicada seguidamente a los reconocimientos en rueda del 29.5.1995» confirmaba «que éste tiene una verruga en el hombro derecho». Vaya por dios.

El ADN echaría para atrás tanta perspicacia: los restos de semen no pertenecían a ninguno de los dos marroquíes detenidos. La sección 10ª de la Audiencia desestimó el recurso de la defensa de Carbonell, que pretendía se procesara a los dos marroquíes por dichos reconocimientos, en lugar de a su defendido.  El razonamiento del tribunal:

«los reconocimientos no han de tener el efecto pretendido por el apelante porque el resultado de la prueba pericial de ADN es concluyente, descartando toda posible implicación de los citados [Abderrahmane C. y El Ferjani E. A.] encartados en los hechos».

Luego se sabría que esos restos eran en verdad de García Carbonell y un pariente suyo, que sigue sin ser identificado. Pero lo que me interesa ahora es un párrafo de ese recurso de apelación del primer abogado de García Carbonell. La obligación de la defensa es acogerse a cualquier dato que pueda servir a su argumento. Me pregunto si también vale el racismo. Estos párrafos, por ejemplo:

Mi representado […] siempre manifestó que la persona que le dio las llaves del vehículo en el que fue detenido era un ciudadano de raza magrebí, con circunstancias que sí coinciden con las descritas por las diferentes víctimas, lo que corrobora las señas de los delincuentes de aspecto de raza magrebí, pero jamás pertenecientes a la etnia gitana. Que además, es psicológicamente inverosímil, la comisión por un condenado de raza gitana de un delito de violación, ya que la idiosincracia de dicha etnia interdita taxativamente dicho hecho, dándose la circunstancia que existe una solidaridad gitana institucionalizada, inclusive para todos los demás delitos, pero ello desaparece ante la violación, lo que no ocurre en absoluto, si no más bien al contrario y dicho en términos de defensa, en los norteafricanos, donde dicho delito es considerado como cualquier otro»

El racismo es doble: un racismo simpático hacia los gitanos y uno antipático, dicho sea en términos de defensa, hacia los moros (del latín maurus), también llamados «de aspecto de raza magrebí». Lo que inquieta, obviamente, no es que un abogado pueda ser racista, sino que piense que argumentos de ese tipo pueden ser útiles para convencer a un tribunal.

El párrafo refleja, de paso, los apuros del relativismo cultural al afrontar un conflicto -aunque sólo sea teórico- en el que las dos partes son minorías.

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Una familia no tan modélica

La casa de la familia de García Carbonell, preso desde 1995 como autor de siete violaciones cometidas entre 1991 y 1995, fue registrada el 27 de Octubre de 2003 por la Policía Nacional de Sabadell. La orden de entrada y registro sucedió a una ola de robos en tiendas y pisos en el centro y norte de la ciudad.

El Diari de Sabadell contó que la actividad delictiva de la familia era «prácticamente de dominio público». En 1995, sin embargo, unos veinte vecinos habían firmado para dar fe ante los tribunales de la buena conducta del entonces detenido. Hoy sé que al menos dos vecinos, durante esos años, habían denunciado a la familia ante la policía local y el ayuntamiento de la ciudad por «daños, insultos y molestias» derivados de los problemas de convivencia, según escrito de la policía local  de 22 de marzo de 2001.

Era lunes. Fueron detenidos Benjamín C.C., de 29 años, Juan G.R., 32 años y dos arrestos anteriores, Francisco Javier G.R.,  29 años y siete detenciones, Esteban G.R.  de 25 y Juan José G.R., de 19 años, además de Juan Antonio P.F., de 55, que ya había sido arrestado doce veces. El supuesto séptimo detenido, que adelanta el titular del Diari de Sabadell, no aparece identificado en el cuerpo de la noticia.

La policía se incautó de una pistola de fogueo, 165 cartuchos de caza sin percutir, documentación bancaria de distintas titularidades, 150 piezas de joyería, 3.740 euros en metálico, armas blancas, medio kilo de plantas de marihuana [sic], un televisor panorámico de 52 pulgadas, tres televisores más, tres videograbadores, y otros aparatos musicales.

Los objetos intervenidos aparecen en las dos fotografías, donde también se aprecia un rifle, al parecer, de balines, pero que no viene reseñado en la nota del periódico.

Fuente: Diari de Sabadell, 30 de octubre de 2003.

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El asco

El motor de mi investigación quizá no sea moralmente ejemplar, pero hay días que lo único que me mueve es el asco.

De remover la hemeroteca y encontrarme de nuevo las palabras de aquel ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, declarando ante los periodistas un 28 de julio de 2005 que el gobierno era muy «riguroso» en la administración de la medida de gracia que es el indulto, y que iba a cumplir

«todos y cada uno de los trámites para que llegue al consejo de ministros» (EFE, 28-7-2005),

de volverlo a leer sabiendo que ya no quedaba ningún trámite pendiente. Los informes a los que vagamente, porque es así como conoce el caso, va-ga-men-te, se refería, los informes preceptivos pero no vinculantes de los tribunales que los habían condenado, hacía seis años que el ministerio los tenía en sus cajones:

«Ya no quedan obstáculos para que el Consejo de Ministros debata la concesión o no del indulto a Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi, los dos presos marroquíes para quien ha solicitado el indulto la fiscalía de Cataluña (…)» (La Vanguardia 19/11/1999)

De ver cómo el entonces Fiscal Jefe de Cataluña, José María Mena, después de solicitar el indulto para los dos marroquíes presos, declaraba:

«Este caso lo estamos siguiendo al milímetro» (La Vanguardia 11/09/1999)

el mismo que en respuesta al abogado de Abderrazak Mounib, con fecha 23 de Marzo de 1999, había reconocido:

«que en esta Fiscalía no se siguen diligencias de investigación sobre las violaciones a que su comunicación se refiere, sin perjuicio de las actuaciones que, en su caso, acuerde practicar la Autoridad Judicial».

De saber que nada había cambiado desde entonces, sólo que Mena manejaba perfectamente el escenario: sabía que a los periodistas les podía contar las milongas que no se podía permitir como respuesta a la petición escrita, puntillosa y legítima, de un abogado. Los periodistas lo repetirían literalmente. El abogado sabía de lo que hablaba. Todavía en 1999 se distinguían así diferentes niveles de compromiso con la verdad: algo que Enrique Anglès Martins, Enriquito, hermano del desaparecido Antonio Anglès, había ya acertado a resumir en una de las sesiones del juicio por el asesinato de las niñas de Alcàsser, cuando el Tribunal le preguntó que por qué declaraba lo contrario de lo que había dicho en la televisión: 

«Es que aquello era la tele y esto es un juisio»[sic]*.

El abogado de Abderrazak Mounib preguntaba por el segundo informe de la Guardia Civil, que daba cuenta de algunos hechos delictivos cometidos con el mismo Renault-5 gris plata, B-7661-FW, con el que también se habían cometido las violaciones de Cornellà y Tarragona. La novedad residía en que esos nuevos delitos se cometieron con los dos marroquíes en prisión. La Fiscalía nunca facilitó ese informe a las defensas, a la de Ahmed Tommouhi tampoco. Un informe que la Fiscalía niega desde hace más de un año también al señor Tommouhi, quien lo solicitó el 11 de enero de 2007, y que ayer seguía sin recibir respuesta. (Y me pregunto por qué, porque todo lo interesante del informe se conoce ya).

Los dos marroquíes siempre se han opuesto al indulto, y desde el primer momento pidieron que se reabriera la investigación. Dado que la petición de indulto del entonces Fiscal Jefe Mena se cursó el 30 de abril de 1999, ya podemos establecer rigurosamente lo que duró la no-investigación de fiscalía sobre los nuevos hechos que reflejaba el segundo informe de la Guardia Civil: 30 días. Un mes justito tardó el Fiscal Jefe en dejar claro que no pensaba aclarar nada y solicitar el indulto, cortándole así el paso a una nueva investigación, y desviando el foco hacia el Gobierno y su medida de gracia, un foco que apenas se enciende, y no siempre, para las efemérides: el 30 de abril cumplirá diez nueve años.

Asco de ver al periodismo reducido a «falso testigo del porvenir».

*Oleaque, Joan M., Desde las tinieblas: Un descenso al caso Alcàsser. Diagonal, 2002: p. 267.

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Atención: ¡Pregunta!

Quizá haya, entre ustedes, quien lo sepa.

En uno de los análisis que se hicieron en 1992 sobre muestras recogidas en el caso de Olesa, el dictamen 17/92 se refería a restos hallados en una manta, un trozo de pantalón, un tubo de ensayo con pelos y un portaobjetos donde se había extendido fluido vaginal.

–Muestras nº1 y nº2: Se han observado espermatozoides en ambas muestras. No se detecta ni la sustancia A ni la B. Se detecta la sustancia H en la determinación del grupo sanguíneo.  En las muestras 1 y 2 no se han encontrado pelos.

La pregunta que me hago es, ¿qué lectura tiene esa H respecto de la determinación del grupo sanguíneo?

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Guy Debord, por Martín Elfman

 

I

El sólo hecho de carecer a partir de ahora de réplica ha dado a lo falso una cualidad nueva.  Al mismo tiempo, lo verdadero ha dejado de existir casi en todas partes o se ha visto reducido, en el mejor de los casos, al estado de una hipótesis que jamás puede ser demostrada. La falsedad sin réplica ha acabado por hacer desparecer a la opinión pública, que primero se halló incapaz de hacerse oír, y enseguida, incapaz siquiera de formarse. Eso entraña, evidentemente, importantes consecuencias en la política, las ciencias aplicadas, la justicia y el conocimiento artístico.

II

Con la destrucción de la historia es el propio acontecimiento contemporáneo el que rápidamente se aleja a una distancia fabulosa, entre sus relatos inverificables, sus incontrolables estadísticas y sus razonamientos insostenibles. A todas las majaderías avanzadas espectacularmente, solamente los mediáticos podrían responder con respetuosas rectificicaciones o redemostraciones, pero se muestran ávaros al respecto, además de por su extrema ignorancia, por su solidaridad, de oficio y de corazón, con la autoridad general del espectáculo, y con la sociedad que exterioriza; (…) No hay que olvidar que todo meditático, ya sea por salario ya por otras recompensas o gratificaciones, tiene siempre un amo, a veces varios; y que todo mediático se sabe reemplazable.

III

Una evidencia histórica de la que nada quiere saberse en el espectáculo no es una evidencia.

IV

Actualmente ya no existe juicio, con garantía de relativa independencia, de aquellos que constituían el mundo erudito; de aquellos que en otra época fijaban su valor en una capacidad de verificación, permitiendo la aproximación a lo que se llamaba la historia imparcial de los hechos, la creencia al menos de que ésta merecía ser conocida. (…) Se erraría pensando en lo que fueron hasta hace poco magistrados, médicos, hisotoriadores y en las obligaciones imperativas que éstos reconocían a menudo dentro de los límites de sus competencias: los hombres se parecen más a su época que a su padre.

V

Todo esto no se ha conseguido con la aparición de nuevos argumentos, sino simplemente porque los argumentos se han vuelto inútiles.

VI

Jamás ha estado permitido mentir con una falta de consecuencias tan perfecta.

VII

La total incompetencia tropieza con otra incompetencia comparable, ambas enloquecen y una de ellas derrotará a la otra. Es el caso del abogado que, olvidando que figura en un proceso sólo para defender una causa, se deja influir sinceramente por un razonamiento del abogado contrario, aunque ese razonamiento haya podido ser tan poco riguroso como el suyo propio. Puede suceder también que un sospechoso, inocente, confiese momentáneamente  ese crimen que no ha cometido por la única razón de que ha quedado impresionado por la lógica de la hipótesis de un delator que quería creerlo culpable (caso del doctor Archambeau en Poitiers, 1984).

VIII

La desinformación se despliega en un mundo en el que no queda lugar para ninguna verificación.

IX

Para intentar explicar accidentalmente este nuevo tipo de misterios se han dicho muchas cosas: incompetencia de la policía, estupidez de los jueces de instrucción, revelaciones inoportunas de la prensa (…).  Edgar Allan Poe encontró sin embargo el camino de la verdad con su célebre razonamiento en Los asesinatos de la calle Morgue:

Tengo la impresión de que se considera irresoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus características. (…) En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto qué ha ocurrido, como qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente.

Debord, Guy: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988). Anagrama.

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Al Capone y las fotocopias o el canon de Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio publicó el 17 de julio de 1988, en Diario 16, un artículo dirigido al entonces recién nombrado  ministro de Cultura, Jorge Semprún, que no conviene olvidar ahora que de tantos cánones se discute. Entonces se acababa de presentar CEDRO, que por más que signifique Centro Español de Derechos Reprográficos,  y por más que también, como explica el artículo, se presentara en los cursos de verano de la Menéndez Pelayo, era y es una cooperativa privada. No conviene olvidarlo, el artículo, ahora que parece imparable incluso el cánon por préstamo bibliotecario, que gravará cada vez que alguien tome prestado un libro de una biblioteca, sea pública o privada. Todo esto ocurre al mismo tiempo que cualquier matao reclama para sí el derecho a la excepción cultural, esto es, a vivir subvencionado con dinero público porque sus empastes, también llamados película e incluso obra cinematográfica,  no hay dios que se los trague, pero tienen, al parecer, algún oculto interés, y que no sería, por cierto, el interés que salta a la vista y a la visa. Quien de  verdad no entienda que no se pueden apoyar las dos cosas al mismo tiempo, el canon a las bibliotecas y la excepción cultural, como hacen muchos señores del progreso, debe saber que su enfermedad se llama socialismo mágico, cuyo principio único se reduce a su único fin y que sincroniza perfectamente con el espíritu de nuestro tiempo: «Todo por la pasta, pero sin la pasta».

En fin, les dejo con el artículo.

Versión pdf.

 «En aquestos escalones»

(A la atención del nuevo ministro de Cultura)

 

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO 

 

El nuevo ministro de Cultura, Jorge Semprún, tiene ante sus ojos –y si no las tiene, se las voy a poner yo– dos magníficas ocasiones para entrar con buen pie en el ministerio y demostrar que vale para algo. La primera de ellas es deshacer el más funesto y execrable entuerto cometido por su inmediato antecesor: suprimir la Editora Nacional. Y digo “execrable” porque esa supresión se decidió, según tengo entendido, para no interferir, ni aun en el grado mínimo en que pueda hacerlo una editora estatal, los intereses particulares de los magnates capitalistas de la industria cultural. Una editora estatal está para acoger a fondo perdido todas las publicaciones, sobre todo de obras viejas y antiguas, que, por no ser el dernier cri del último filósofo francés, el furor del lucro del industrial particular de la cultura vacila en publicar. Aún así, parece que fue la industria privada del libro la que, tal vez a la vista de algún éxito de la Editora Nacional, presionó para ayudar a que ésta desapareciese, cosa que acaso el propio ministerio de Cultura secretamente deseaba, para poder invertir en cosas de más escaparate y mayor rentabilidad publicitaria para el Gobierno del PSOE los fondos perdidos en publicar filósofos medievales olvidados. Verdaderamente, aunque fuese verdad que un cierto dirigismo es inevitable cuando el Estado se encarga de estas cosas, prefiero cien veces el dirigismo del Estado al de la mano invisible del furor del lucro del magnate de la industria cultural. Aparte de que el peor dirigismo ha sido el que ha sugerido la supresión de la Editora Nacional, para gastarse el dinero rescatado en espectáculos de “luz y sonido” tan incultos como corruptores, pero propagandísticamente eficaces, o tenidos por tales.

La segunda prueba que espero del ministro de Cultura es bastante más fácil que recrear la Editora Nacional, porque no es un acto de construcción, sino de destrucción, un trabajo de hacha: Talar un cedro. Es sólo una metáfora: Cedro quiere decir Centro Español de Derechos Reprográficos. Por lo visto, en este repelente escaparate publicitario esta vez no del ministerio de Cultura, sino del de Educación, que es la Menéndez Pelayo, han perdido la vergüenza hasta tal punto que no tienen empacho en aprovechar cursos sedicentemente universitarios para presentar cooperativas de intereses privados, como la mencionada sociedad llamada Cedro, en la que 130 magnates capitalistas de la industria cultural del libro, que han conseguido asociar a su iniciativa a más de cuatrocientos escritores, se han arrejuntado para controlar, al modo en que la banda de Al Capone controlaba las máquinas tragaperras, todas las máquinas fotocopiadoras del país, para cobrar un canon de protección por cada fotocopia que se saque de cualquiera de los libros publicados por sus 130 casas editoras. Realmente, lo primero que en esto resulta tan incomprensible como deplorable es el hecho de que más de cuatrocientos escritores ignoren lo que son hasta el punto de apoyar la iniciativa de un grupo de potentados de la industria privada. ¿No saben los escritores que ellos no se deben a sí mismos y a sus propios intereses, como los industriales, sino al público y a los intereses públicos, que su deber no es el de ganar dinero, sino el de procurar que tenga la mayor difusión posible lo que han discurrido y han escrito por creerlo verdadero y dingo de ser conocido por todos los demás? ¿No saben que ser escritor y ejercer la suprema libertad de determinar tú mismo la naturaleza, el sentido y el designio de tu propio trabajo es un privilegio del que no goza ni remotamente ningún otro trabajador pobre ni rico, comer tu pan en paz, sin la constante inquietud y sobresalto por el destino de sus inversiones en que viven los desdichados capitostes de la industria incluso cultural?¿No saben que escribir no es trabajar? ¿Cómo pueden asociarse los editores, cuyo tristísmo deber es el de ganar dinero, y cuya índole es, por tanto, la determinada por el interés privado, ellos, que más aún que los políticos, son hombres públicos por definición? ¿Qué clase de contubernio es, pues, éste de la cooperativa Cedro, donde se asocian aquellos cuyo interés fundamental no puede ser sino el de que lo que han escrito, por creerlo verdadero o beneficioso para todos, alcance el mayor grado de difusión posible, aunque tenga que ser a través de fotocopias que no les dan un céntimo, con aquellos cuyo interés está en exprimir hasta la última perra chica lo que editan? No; en todo esto hay un grave malentendido y un error capital, o, mejor aún, capitalista. Y a la universidad de verano Ménendez y Pelayo debería caérsele la cara de vergüenza por haber permitido que semejante cooperativa de interés privado haya aprovechado un curso público para presentarse. Don Enric Ruiz, el presidente de Cedro, ha declardo, por lo visto, según cita entrecomillada del diario Ya, lo siguiente: “La fotocopia ha pasado de ser un adelanto técnico maravilloso a ser algo destructor”. ¡Qué asco el pollo, ¿verdad?, desde que pueden comerlo hasta los gitanos, frente a lo bien que sabía cuando sólo los ricos, y en domingo, podían permitírselo! Desde que el último estudiantucho con 70 duros en el bolsillo puede permitirse fotocopiar un libro científico de 4.500 pesetas también la máquina fotocopiadora se ha degradado de maravilla técnica en instrumento de destrucción, sobre todo teniendo en cuenta que los editores gravan con un 50 por 100 los derechos de autor de las reproducciones secundarias de las obras que han editado. Estos señores del progreso reniegan justamente de lo único bueno que el progreso puede ofrecer: abaratar lo escaso, haciéndolo abundante.

¿Adónde vamos a llegar con el neoliberalismo, protegiendo los intereses privados de los editores, frente al común interés público de la inseparable pareja escritor-lector? El ministerio de Cultura está absolutamente obligado a defender el interés público de los estudiantes, los aficionados y los espontáneos, no permitiendo a los editores –y a los escritores que se han equivocado de carrera– gravar las formas baratas de reproducción, así como recreando la Editora Nacional de la forma más prepotente posible, enterrando dinero a fondo perdido tanto en la edición de olvidados filósofos medievales como en obras que puedan ser rentables, sin miramiento alguno para el interés privado de los industriales de la imprenta. Ahí tiene tarea el nuevo ministro de Cultura, si todavía se acuerda, sin demasiada repungancia, de otros tiempos que desde luego yo no he olvidado.

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Comentarios sobre el (primer) adelanto

E-mail a mis editores: Thu, 31 Jan 2008 18:44:48 +0100 (CET).

Estimados Sergio y Paula:

Les comento que estoy de acuerdo con casi todas sus correcciones [sobre el primer capítulo que les envié]. Con todas, más bien: ni [la descripción geográfica] del comienzo, ni la forma de exponer las sentencias del final, me convencen. Lo primero distrae al lector y lo segundo lo abruma.

Los casos en batería es verdad que también  cansan. No he vuelto a releerlo, pero es la sensación que me quedó al enviarlo: sobre todo los centrales donde, además,  es un exceso el triple punto de vista, por ejemplo, que hay en uno de los de Vilafranca (chica, conductor francés y chico).

En cuanto a las soluciones que me proponen, discrepo algo. Entre la historia arquetípica y la historia total, por usar los términos de Sergio, contra su recomendación, yo me quedaría con la historia total. Por dos razones: la primera es que no creo en los arquetipos para casos reales: la brutalidad de todo esto es que sucedió sin ninguna explicación causal: simplemente se sucedieron uno detrás de otro. La única razón fue la falta de razones. No solo las violaciones: también las condenas.

Pero la segunda es que el recurso a ese posible caso arquetípico se va a utilizar, pero en la segunda parte y no como un argumento causal: sino como espejo. Los errores no se produjeron porque se parecían mucho. Eso puede explicar el error de las víctimas, aunque ni mucho menos tiene la aparente importancia  que se le ha concedido. Los errores se produjeron por una desconexión absoluta con la realidad, porque nadie buscó correspondencia entre lo que las víctimas decían y el mundo del que hablaban.

Y es ahí donde el caso de Olesa, el revisado por el Supremo, juega el papel de espejo. Sabemos que la víctima se equivocó. Eso lo sabrá el lector también desde el final de la primera parte. Pero luego sabremos de las piruetas que tuvo que hacer el Tribunal para cometer ese error: tuvo que saltar por encima de otras víctimas que, llamadas a testificar por la defensa, también los señalaban, pero que habían sido asaltadas [–violada la chica–] cuando ellos ya estaban en la cárcel; por encima de análisis de semen, aunque no de ADN, igualmente exculpatorios [de momento, esto es sólo una hipótesis, a falta de una segunda confirmación], por encima de la imposibilidad física de Mounib (tenía un hidrocele, quiste testicular, de grado II-III), y por encima de un informe de la Guardia Civil que sostenía que no había indicio alguno de que ambos marroquíes se conocieran antes de ser detenidos.

En los otros dos casos que serán la columna del libro (Cornellà y Tarragona,  el resto de condenas son por robo) las piruetas tuvieron que saltar por encima de obstáculos, en el fondo iguales, pero en la superficie mucho más abultados: el resultado fue que las piruetas resultan más increíbles aún. De verdad que no hay que razonar entre un caso y otro: bastará con enfrentarlos para que se multiplique el efecto de arbitrariedad de los tribunales. Es, a cada caso, el más difícil todavía.

La importancia de la confusión con las caras, que ciertamente existió, es un asunto exclusivo de las víctimas: para ello bastará con enfrentar no sólo a M. (Olesa) con el resultado del ADN. También a las víctimas del 95 que fueron señalando, sucesivamente, a Tommouhi y Mounib, a otros dos marroquíes detenidos en 1995, y a tres paquistaníes detenidos días después. Cuando finalmente detuvieron al gitano, ninguna lo reconoció. Pero el ADN sí, en seis casos. Esto se irá repartiendo a largo de todo el libro.

 Les envío un sumario detallado de la primera parte (sólo para entendidos, claro), donde verán:

a) que el comienzo es otro muy distinto: empezarará por el error de las víctimas del 95.

y b) han desaparecido de la primera parte los casos «menores» (Vilafranca y Gavà –absolución–), salvo aquellos que se cometieron con el Renault 5, pues es el hilo que irá apareciendo y desapareciendo durante todo el libro. Así también llegamos mucho antes (aunque no se aprecie en el sumario han desaparecido entre ocho y diez páginas) a los dos condenados, Tommouhi y Mounib.

[…]

Un abrazo.

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