ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Del interés general del caso particular

Más allá de este caso en particular, la errónea identificación por parte de algunas víctimas y testigos oculares configura un problema grave de interés general, ]sobre todo] para los procedimientos penales por delitos graves como violación o asesinato. En España este problema no existe porque las estadísticas no lo recogen,  pero sólo relacionados con nuestro caso, además de Tommouhi y Mounib, hubo al menos otros tres inocentes que pasaron por la cárcel. En estos poco más de dos años que llevo investigando, los periódicos han dado noticias de otros casos muy parecidos

En EE UU, sin embargo, su importancia es innegable. Project Innocent ha demostrado a día de hoy la inocencia de 208  personas encarceladas o ejecutadas desde 1992: Más del 75% de los errores se habían producido por una mala identificación de las víctimas. Y el FBI ha retirado en los últimos años cargos contra 2.000 personas porque el ADN desmentía los “reconocimientos” de los testigos. Dos mil personas que difícilmente podrían haber escapado a una condena injusta.  Así, hay estados norteamericanos que recogen ya, en los protocolos de actuación de la policía, las precauciones resaltadas por las investigaciones de la psicología del testimonio sobre las ruedas de identificación.

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La viga en el (ojo) propio

Antes de entrar en materia y cribar lo más importante de lo que se ha dicho, sobre todo si ha servido para tapar lo que no se ha hecho, sobre esta historia, empiezo señalando la viga en mi propio ojo. Con la mirada limpia, se ve mejor la paja en el ajeno. 

La primera vez que publiqué algo sobre este asunto estaba de prácticas en EL PAÍS, en agosto de 2005. Tommouhi y Mounib entraron, casi con calzador, para ilustrar una historia más grande sobre “Inocentes en la cárcel”, sobre los errores en la identificación por parte de las víctimas. Ellos estaban, en verdad, en el origen del tema. 

A mediados de octubre, ya de vuelta al Master, me hice con el grueso del expediente de Tommouhi. En diciembre, y con la misma compañera que en el periódico, colamos el tema en el proyecto final. Visitamos Barcelona, conocimos al hijo de Ahmed, Khalid, a su tío Omar, a algunos de los que habían sido sus abogados, etc. En Madrid habíamos charlado con Martín Pallín en su despacho del Tribunal Supremo sobre la sentencia que desestimó la revisión general del caso, y de la que él había sido ponente.

La historia salió. El indulto, la única salida legal fue el título del despiece. Dos aprendices de periodistas, con tiempo de sobra y sin miedo al jerarca, porque ellos mismos –junto con sus compañeros—decidían el resultado final, caían así en el mismo error de muchos de los que los habían precedido y que comparten jueces y abogados y políticos en Barcelona y Madrid: que ya no hay salida legal.

«Si se habla de revisar las sentencias de la época de Franco, ¿por qué no se puede hacer lo mismo con las que se dictaron en democracia contra mí?», se ha preguntado Ahmed. Y lleva razón. La famosa “salida legal” sigue abierta por la misma razón que todo el mundo se afana en afirmar que está cerrada: hay que encontrar  “nuevos elementos” que evidencien la inocencia de los condenados. Pero para encontrarlos, hay que buscarlos.

La ventaja práctica que se deduce entonces para los que afirman que las puertas de la ley están cerradas, es que se ahorran buscar la llave. Es comprensible que a ella se hayan acogido algunos abogados, sobre todo los que más han trabajado hasta ahora: trabajar cansa. Es humano que caigan en ello también los periodistas veteranos: pensar en trabajar sin tiempo y sin espacio, cansa.  Es humano, demasiado humano, que la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y la General del Estado, y el propio Ministerio de Justicia, intenten cubrirse así las espaldas: trabajar cansa, pero más cansa trabajar sobre lo que nunca se ha trabajado nada.

Pero, ¿por qué los aprendices de periodistas, con tiempo, etc… se agarran también a esa tabla? Por una razón literaria, obviamente. Porque quedaba más bonito poner la guinda de la única posibilidad, en un caso imposible, que aceptar que había otras posibilidades, porque éstas incumbían directamente a nuestra impotencia: ¿y qué han hecho ustedes, todos esos días en Barcelona, que no las han descubierto?, tendría derecho a preguntarse el lector exigente. 

Quién dice esos días, dice estos dos años. Así que vaya por delante, sin saltarnos la duda metódica, que todo lo que no sea conseguir la revisión del caso será un fracaso. Un puto fracaso. 

No tengo ases en la manga, pero hay baraja.

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En la cocina

La receta:

El principio estilístico de este “reportaje abierto” –por seguir dándole vueltas a la traducción de report in progress—debería ser el montaje, [en el sentido de ensambladura]. Pero no un montaje cualquiera. El verdadero montaje parte del documento. En esta lucha obsesiva por separar definitivamente lo superfluo de la literatura de la función social del periodismo, es a través del montaje [y el documento] que el periodismo se alía con la vida cotidiana. Al montaje [como al collage] nos han pretendido acostumbrar, en sus mejores momentos, las mejores vanguardias artísticas. Ahora que es casi imposible distinguir a pie de calle un hombre entre la muchedumbre de artistas, es hora de que los periodistas den un paso al frente, y que se callen: que la teoría ceda la palabra a los hechos. Se [El documento] proclama así la soberanía absoluta de la autenticidad.

Los papeles son (casi) lo único que importa. Entre paréntesis está, importantísimo, aquello de lo que hablan. El documento es el protagonista.  Los protagonistas, las máscaras de esta farsa tan real, llevarán nombres de personas vivas, pues así ha de ser, porque les corresponde y porque nada es fortuito en estas vidas arruinadas al azar. ¿No querríamos todos saber quién es responsable de qué cosa? Los responsables que todavía no han respondido, no porque no haya una respuesta, sino porque no la encuentran, acostumbrados como están a que de las consecuencias de su irresponsabilidad es de lo único que no pasan factura, porque siempre pagan otros, tendrán su derecho a réplica, si es que aún saben usarla. 

El fabuloso argumento está sacado de los sumarios. La acción, que nos llevará por escenas inverosímiles, nos devolverá las consecuencias verdaderas que desencadenó y las falsas causas que la provocaron. [Entre los personajes] no falta quien escribe para encerrar a un dos hombre[s] a  dos en este caso (aunque [uno] ya no vaya a salir porque se murió antes en la cárcel), el [mismo] que debería hacer de notario representante del Estado, y que resulta un Capote de barrio. Los diálogos más inverosímiles, las manipulaciones más baratas, los escritos más fantásticos, son las citas. Frases, cuyo absurdo deberá grabarse para siempre en el oído de los que no quieran ni puedan seguir haciéndose los sordos –“el gobierno ha decidido que no es un mensaje asumible indultar a una persona condenada por violación”—se estirarán como una goma, la goma con la que aguanta el tipo, no vaya a caérsele la cara de vergüenza.

Y que nadie piense que se trata de un hecho aislado: la experiencia más personal está, en este mundillo del espectáculo por donde se ve a dos hombres arrastrando su condena, gobernada por una época perfectamente sincronizada. El público que imaginan, que casi siempre sirve de excusa para su falta de imaginación, y en cuyo nombre se dicta siempre la trama, podrá verse reflejado en el entramado que, delante de sus narices y con la sirena de la «alarma social» girando de fondo, se le oculta.

Un montaje tan denso que el montador se transparente.

Ingredientes: Arthur Cravan, Karl Kraus, Walter Benjamin, Soledad Gallego-Díaz e Iván Vila.

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12:25: Voy a ser tío, una vez más. Y van catorce.

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Sobre el estilo de este blog

El estilo es el método. Y el método de ladoblehélice consiste en lo que algunos llaman, sin atreverse a embarcarse todavía, la transparencia radical. El material recogido y con el que trabajaré en la construcción del libro-reportaje estará a disposición de los lectores: Las grabaciones de las entrevistas, los reportajes de audio y televisión sobre el caso, cartas de los presos a sus familiares, las declaraciones de las víctimas, las sentencias, las notas de mi cuaderno de campo, las citas de autores y obras consultadas, etc.

Material en bruto que se podrá consultar, descargar e imprimir. Con Internet es técnicamente posible y dado que ahora «que las fuentes de información son rivales, las falsificaciones también lo son» (G.D.), no hacerlo sería seguir dando razones al lector para su desconfianza. En el periodismo de bajorrelieve –por más altas que sean sus barricadas—la exhibición pública de la verdad se ve a menudo lastrada por el derecho que han adquirido las diferentes partes a exponer su mentira (A.E.). Aquí cada palo aguantará su vela. La publicación del material en el que esas partes basan su versión formal –y falsa— del caso servirá para devolverles su justa perspectiva: aquella en la que lo falso es un momento de la verdad, y no al revés. 

Defiendo que la discusión pública, si se vuelca sobre las cosas y no sobre el ombligo de cada uno, ayuda a la claridad y la exactitud de los descubrimientos. Así, deseo que la comunidad de lectores que aquí pueda formarse me ayude a deshacerme de mis caprichos personales. «La lógica se ha formado socialmente en el diálogo» (G.D.) La objetividad está ahí fuera. 

El escrúpulo de la objetividad es, naturalmente, la condición de posibilidad para todo empeño honesto por establecer un hecho real. «Quien no lo tenga no puede siquiera aspirar a ser honrado» (R.S.F.). 

La objetividad y la transparencia, sin embargo, obligan al periodista, no a las fuentes. La verdad a menudo tiene malas compañías, y otras veces necesita del anonimato. Así que las fuentes entrevistadas seguirán siendo anónimas siempre que quieran, y de los documentos que se deba a alguna de ellas en exclusiva se hará el uso máximo que con ella se pacte. 

Más allá del uso mínimo que haga de la información facilitada por una fuente en la construcción de la narración (una frase, una idea, una duda, etc.), no escamotearé la exhibición completa del caudal que de esa fuente mane. Porque que la transparencia no les obligue, no quiere decir que no se puedan acoger a ella: la publicación íntegra de las entrevistas o los documentos aliviará a las fuentes el temor a ser malinterpretadas.  

La transparencia, por supuesto, tampoco obliga a las víctimas. Aunque, como discutiré aquí más adelante, casi nunca comparto la bajada de persianas frente al mundo que muchas víctimas practican, en especial las víctimas de delitos sexuales, obviamente la polémica no señalará al caso personal. Las víctimas no aparecerán citadas por su nombre ni por ningún dato que las identifique, excepto cuando ellas decidan lo contrario.  

Huelga decir que el que más se expone siempre es el que monta el escaparate. Es un yoyeo lamentable, pero no puede ser de otra manera en el periodismo, esa forma de tauromaquia. Los escritores de ficción pueden permitirse afirmar que escriben para ser otro. Los periodistas, snif, no sólo no pueden hacerlo, sino que tienen que responder como si siguieran siendo el mismo una vez se publica lo que han escrito: hay llamadas telefónicas, e-mails a tu buzón, cartas al director, policías y jueces. A las críticas, a las correcciones, a las sugerencias y a los requerimientos, me expongo, pues, personalmente. 

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¿Por qué esta vieja historia nos interroga todavía?

Los puntos de inflexión de esta historia están ya en las hemerotecas, pero dispersos. Y esa dispersión ha dado alas, por lo general, a dos interpretaciones. La transmitida por los medios: la tragedia de un inocente –uno, porque al otro, muerto, lo remató el olvido—que ha pasado 15 años en la cárcel por un parecido fatal; y la que sostienen desde la judicatura y el Ministerio: que no se ha demostrado que sean inocentes en las otras condenas. En el fondo, comparten la misma explicación: que todo se sostiene en el convencimiento, puramente subjetivo, de las víctimas. Los primeros no han explicado cómo pudo formarse ese convencimiento –más allá del gran parecido físico— y los segundos dan por sobreentendido que ese convencimiento equivale a certeza, pues, dicen, se trata de una prueba “incontestable”.  

El hecho mismo de cómo pudieron ser condenados dos inocentes se pierde así en la distancia, difuminado tras las versiones inverificables, las decisiones indiscutibles y los argumentos incontrastables. La única verdad indiscutible de esta historia, sin embargo, sigue en pie: que el nexo original entre las dos personas que fueron condenadas por las violaciones de 1991 y las propias violaciones –la autoría—no ha sido nunca verificado. Ese origen es mi meta (K.K.).  

La desconexión entre lo real y su representación ha alcanzado en este caso una perfección envidiable, aunque descorazonadora. La tesis que sostiene la instrucción policial y judicial del caso Mounib-Tommouhi  es un enorme hipertexto que se enrosca sobre sí mismo sin ninguna conexión exterior con la realidad y del que nada puede verificarse fuera. Así también los argumentos de las sentencias. Los hechos se declararon “formalmente probados”, pero no se aportó una sola prueba material que sostuviera dicha declaración. Esa capacidad de verificación, sin embargo, es la obligación de los distintos ámbitos de representación de lo real a los que ha acompañado el periodismo en este asunto: la policía, la justicia y la política.  

Ni la justicia ni la política han cumplido con ella, tampoco después de conocerse los resultados del ADN que obligaron a revocar una de las sentencias. Los jueces en persona siguen echando mano hoy del cortafuego de los diferentes puntos de vista formales para sofocar la verdad material de los hechos, quizá porque los abrasa. Y el Gobierno, a la hora del indulto, se acoge al argumento de que siguen formalmente condenados en otras causas para no concederlo, aunque todos los datos objetivos apuntan a que realmente fueron condenados sin pruebas.  

¿Y el periodismo, qué ha hecho para verificar la inocencia que, de una forma u otra, proclama? Nada. Todo lo más, hemos aprovechado el trabajo hercúleo de un guardia civil que sí cumplió con esa obligación epistemológica –la verificación—que  permite sustanciar materialmente el relato formal de unos hechos, también aquel suyo sobre la inocencia de Tommouhi y Mounib: si exprimimos sus informes, quedan los restos biológicos pertenecientes a García Carbonell y a la otra persona no identificada. El verbo está hecho de carne.  

Por lo demás, el periodismo se ha limitado a poner la voz de Tommouhi al frente del coro de versiones: “soy inocente”; pero el horror de los crímenes, el convencimiento sincero –aunque erróneo—de las víctimas, el prestigio oficial de jueces y gobierno, y sobre todo su higiénica exposición como una suma de versiones, como un montoncito de voces, ha hecho que  la verdad se haya visto reducida, en el mejor de los casos, a su estatuto espectacular: el de “una hipótesis que jamás puede ser demostrada”. 

Es hora de mostrar aquí que estos dos hombres no siguen condenados sólo por error –lo que guardaría todavía una relación, aunque desviada, con ellos y con la verdad de los hechos y la responsabilidad—sino que ahora la condena se mantiene, en verdad, por pura cobardía electoralista. Tommouhi y Mounib han sido condenados no sólo siendo inocentes, sino también siendo ignorantes. Ignoran que l’air du temps conlleva que si pueden dictarse efectos prácticos como la prisión sin que ninguna razón verdadera los motive, lo razonable es que la verdad tampoco tenga ya ninguna consecuencia. Ignoran, en este tiempo de metáforas, su importancia simbólica: que no son un mensaje asumible, en esta época que todo lo asume.  

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