ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La desnovelización empieza por el autor

«En comparación, las personas reales parecen relativamente faltas de interés porque son mucho más complejas, ambiguas, impredecibles y particulares que los personajes de las novelas. La terapia del psicoanálisis trata de devolver al paciente neurótico la libertad de no ser interesante, libertad que el paciente perdió en algún punto del camino de la vida. El psicoanálisis propone minar las estructuras novelísticas sobre las cuales el paciente construyó su existencia y destruir el tejido de elaboradas y artificiosas configuraciones en que está atrapado. Hay personas (psicoanalistas entre ellas) que piensan que la acción del psicoanálisis consiste, por así decirlo, en transferir al paciente de una novela a otra –digamos, de una novela gótica a una comedia doméstica–, pero la mayor parte de los analistas y de las personas que han sido sometidas a esa terapia saben que esto no es así y que el programa freudiano es mucho más radical. Pacientes sometidos al análisis dicen a veces que les parece que el tratamiento los está volviendo locos. Lo que determina que sientan esta manera es la «desnovelización» de sus vidas y el hecho de vislumbrar los abismos de la individualidad y la idiosincrasia que constituyen el inconsciente freudiano».

Janet Malcom, El periodista y el asesino, pp. 181-182.

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Por fin, en España, un maestro ignorante.

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Contra el colapso

« La formule pour renverser le monde, nous ne l’avons pas cherchée dans les livres, mais en errant. C’était une dérive à grandes journées, où rien ne ressemblait à la veille ; et qui ne s’arrêtait jamais. »

«Yo soy de los que piensan que para escribir un libro hay que pasear mucho.»

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Basado en hechos reales

Antes de entrar a la estación de cercanías de Arc del Triomf, camino de Gavà, me encontré con Taïbi, amigo de Abderrazak Mounib y su familia. Quería quedar con él para que me acompañara a casa de la familia de Mounib durante  la semana y así se lo dije: «Si quieres ver a la Fátima –me contestó– la he dejado ahora mismo tomando un cortado». Fátima es la mujer del señor Mounib.

Estaban ella y una compatriotra y una señora catalana, en un bar de la calle Sant Pere Més Baix. Un pañuleo cubriéndole la cabeza, un abrigo de lana cruda abotonado hasta las rodillas, Fátima sonrió ambablemente apenas me presenté, cuando todavía creo que no le había dicho por qué estaba allí. Imagino que ya sabía que era otro periodista más, que quería hablar de su marido.

Me senté. La conversación no fue muy fluida: mi árabe es nulo y su español justito. Mimouna, su amiga, hizo de intérprete en diversos momentos. Creo que salí con una sola idea reforzada. Tengo bastante claro desde hace tiempo que no se puede vender ficción con el aval de lo real. Pero un comentario de la señora Mounib ayer ejemplificó el mejor argumento,  que es siempre el mismo y como tal debería bastar. Entre los agravios, habló de una serie emitida por TVE:

Otros hicieron una película de mi marido, y lo dejaban vivo y decían que era muy feliz ahora. No la he visto, pero mi hija guarda el recorte del periódico.

El capítulo de Al filo de la ley al que se refería la señora Mounib se emitió en TVE en abril de 2005. Abderrazak Mounib había fallecido cinco años antes, el 26 de abril de 2000.

***

Luego estuve en Gavà. Parece que logré corregir la dirección incorrecta, aunque no había nadie en casa. Volveré a escribirle.

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La carta devuelta de una víctima

La carta que le envié a E., la chica violada en Viladecans (caso Gavà), fue devuelta: «dirección incorrecta», según el acuse de recibo del 16 de enero de 2008. Hoy, de vuelta a Barcelona después de tres semanas, voy a ir a comprobar la dirección personalmente.

Adelanté que, pese al compromiso de la transparencia, no publicaría las cartas enviadas a las víctimas sin haberlas avisado primero. La devolución de ésta me permite invertir los términos: la publico porque la chica ya no la va a leer. Llamaré a su puerta, de acertar con su dirección, y le explicaré por qué esta carta abierta.

En fin, la carta era ésta:

Estimada E. M.:

Me he permitido escribirle, aunque no me conoce, después de muchos meses pensando en hacerlo. Mi nombre está más arriba, tengo 29 años y soy periodista. Le ruego me disculpe si la sorpresa de esta carta le resultara molesta.

Estoy escribiendo un libro. Supongo que ya se lo imagina. Sí, es sobre los hechos del otoño de 1991 y sobre la vida de las dos personas que fueron condenadas como autores en algunos casos. En el suyo, hubo absolución. En otros, ni siquiera fueron juzgados.

La razón que explica suerte tan dispar, no sé si la conoce: nunca apareció ninguna prueba, más allá de la “identificación” por parte de algunas víctimas, que implicara a los dos ciudadanos marroquíes en los hechos. Así que todo dependió, exclusivamente, de lo que dijeron las víctimas: unas que sí, otras que no.

Si he de confesar, no tengo del todo claro lo que dijo usted. Y no porque no haya leído sus declaraciones una y otra vez, no menos de 20 ó 25 veces, intentando oír sus palabras más allá de lo que transcribían los secretarios judiciales. No crea que juego a las adivinanzas: es que sólo a través de las contradicciones que se reflejan en esos escritos, se puede uno hacer una idea más o menos de lo que en verdad usted decía.

Me quedo con la cita de su declaración del día del juicio oral, donde usted aclaró que lo había señalado

por ser de raza árabe y de constitución anatómica parecida a la de su agresor, pero sin estar segura de que se trate de la misma persona”

El Tribunal lo absolvió: no sé cómo recibió usted esa sentencia, si con rabia, porque temiera usted que el acusado sí que fuera el autor de los hechos, o como un descanso, porque por fin había logrado deshacer un malentendido.

No lo sé, pero por las declaraciones suyas que he leído, ya le digo, creo que usted había intentado dejar eso claro mucho antes. En concreto, en una declaración que prestó ante el juez instructor, ya aclaraba que

en ninguna de las dos [ruedas] estaba segura de su reconocimiento”

El juez, aún así, decidió procesar al señalado y, no sólo eso, un mes después escribió que usted había ratificado el reconocimiento en ambas ruedas y dictó prisión provisional. Ya le adelanto que hoy martes, en un blog que mantengo en Internet sobre esta investigación, me detendré a analizar todo esto. Puede consultarlo aquí: www.ladoblehelice.com.

No sé si sabe que cuatro años después se repitieron unos hechos muy parecidos, también a manos de dos hombres “al parecer norteafricanos”, y que hablaban una lengua “árabe”, y que uno de ellos fue finalmente detenido: era gitano y hablaba caló. Que era físicamente idéntico al marroquí que usted había señalado como de “constitución anatómica parecida”, pero sin estar segura de que él fuera el autor.

La Guardia Civil tampoco estaba tan segura. En cuanto detuvieron al del año 95, uno de sus agentes redactó un informe avisando de que quizá se había producido un error con los condenados en 1991, y que el verdadero autor era el detenido del 95 y la otra persona no identificada. Las pruebas de ADN, que sólo se pudieron practicar en un caso, el de Olesa, confirmaron su hipótesis. Los autores de los hechos de Olesa, cometidos el 5 de noviembre de 1991, eran los mismos autores que los del 95: Los dos marroquíes eran inocentes, y así lo reconoció el Tribunal Supremo en 1997.

Pero hay más. Después de demostrado el error, y por motivos que sería demasiado largo explicar aquí, uno de ellos murió en la cárcel, tres años después, y el acusado que fue en su caso absuelto, ha pasado 15 años preso. Hoy está en libertad condicional, pero, él mismo lo dice: “todavía no soy un hombre libre”. De hecho su condena vence en 2009.

Yo llevo dos años y medio metido en esta historia. El blog que le citaba antes, existe desde hace tres meses. Es un intento por desarrollar este trabajo a la vista de todo el mundo. No por exhibicionismo, sino por transparencia. Ahí contaba el jueves pasado (“El encontronazo con el Otro”) que me llena de curiosidad una frase del acusado, que en un juicio posterior declaró que en el caso en que había sido absuelto, la chica se le acercó y le habló. Que él no había entendido lo que le decía, pero que algo le dijo.

Esa chica sólo puede ser usted, porque en ningún otro caso lo absolvieron. Me he preguntado muchas veces qué es lo que le dijo, y por qué. No sé si usted lo recuerda, y si querría contármelo.

He empezado esta carta diciendo que el libro trata de la vida de dos condenados. Yo querría que el libro tratara de la de ustedes también. Pero eso es algo que sólo de ustedes depende. Yo le animo, sinceramente.

Agradeciéndole por adelantado su atención, reciba un saludo cordial:

 

 

Braulio García Jaén.

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Una década entre comillas

Les cuento una idea que me ronda (mi cabeza es una lavadora): la de poner la conversación de una década entre comillas. El tema de esa conversación es este caso. La década, hoy ya va camino de los once años, sería la comprendida entre 1997 y 2007, que es cuando se me ocurrió. El contenido: citas textuales y fechadas de lo que se ha publicado en prensa y lo que se ha dicho y mostrado en radio y televisión desde que en junio de 1997 se supo que se había condenado a dos inocentes, hasta hoy. Los protagonistas de la farsa, las personas de carne y hueso que las han pronunciado.

Cada vez que vuelvo sobre lo que se ha escrito, dicho y mostrado desde 1997, me sobrecoge no sólo la dimisión del periodismo en un caso que lo tenía todo para que se reivindicara –desde este primer reportaje, no se ha publicado nada verdadero ni nuevo relevante, más allá de las voces de los condenados– sino su contribución radical a la falsificación del mundo del que habla. La condición de esa falsificación es la falta de referente.

La idea sería insertar ese capítulo después de la segunda parte del libro. Tanto ésta como la primera, cuentan ambas el período 1991-1997, así que llegados a ese capítulo el lector ya conocería los hechos verdaderos y podrá entonces contemplar las mentiras que sobre ellos se han dicho en su justa perspectiva, y sobre todo, la  irresponsabilidad con que se han dicho, sin que nadie les haya obligado a rectificar: El fiscal jefe empezó diciendo que iba a seguir el caso «al milímetro», y diez años después el ministerio de Justicia continuaba repitiendo que las pruebas eran «incontestables»: puro vacío que el periodismo, «falso testigo del porvenir», se limitaba a transformar en huecograbado.

La falta de referencias reales del discurso ininterrumpido, circular y machacón que se puede sostener sobre cualquier tema, creo que basta con enfrentarla a esos mismos hechos de los que habla para que se vea el fraude que sostiene: las palabras de Margarita Robles sobre lo mucho que le preocupa la lentitud de la justicia, «porque no hay que olvidar que detrás de cada caso hay un problema humano«, enfrentadas con esas otras explicaciones que me dió cuando le pregunté por este caso en concreto, que ciertamente nadie negará que tiene un problema humano detrás, descubren la radical separación entre palabra y mundo que el periodismo exhibe enmudecido, y sus mundanas consecuencias.

Formalmente, se podría presentar como un drama cuyo tema es conocido ya por el lector (que se ha leído las dos primeras partes), a la manera en que Karl Kraus construyó Los últimos días de la humanidad, pero cuyos diálogos son fielmente atribuitos en su literalidad y en su fecha a quien las pronunció, y ensamblados en escenas (una línea sobre el contexto). Los personajes irían desde el periodista al ministro, pasando por jueces, defensores de pueblos, víctimas, oenegés, escenas de televisión (en un capítulo  de Al filo de la ley, «inspirado» en este caso, Mounib, que en verdad murió en la cárcel, sale absuelto y libre), etc., obviamente con sus nombres y contextos reales (salvo las chicas).

El honor de la ouverture de la farsa correspondería, obviamente, al mensajero, que llega gritando extra, extra, en septiembre de 1999, con una buena nueva sobre el indulto bajo el brazo:

–EL PERIODISTA VANGUARDISTA:  Está al caer, seguro, pero todavía no se sabe la fecha. Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi podrían ser indultados en las próximas semanas.

–EL FISCAL JEFE:  Este caso lo estamos siguiendo al milímetro.

(Etc…)

Bueno, me perdonarán todo este monólogo en voz alta, pero es que es una idea que me trae loco: porque la imagino eficaz, pero sin embargo por debajo siento la inmensa carga de trabajo y tiempo que lleva –contra lo que se pueda pensar, sería seguramente el capítulo más trabajoso, a pesar de estar construido sólo con citas– y la poca seguridad que tengo  de que el resultado funcione.

En fin, todo esto viene hoy porque ayer, después de las notas que publiqué aquí de Gerard Thomàs me encontré con un artículo suyo en EL PAÍS, de enero de 2007, titulado Películas de miedo, y que creo que contiene este párrafo impagable para cerrar la farsa:

GERARD THOMÀS: Da miedo que uno pueda encontrarse ante un tribunal y, sin ninguna garantía y sin suficiente prueba, se vea condenado a ese mundo de la cárcel -que no debe ser, y que muchos se empeñan en que siga siendo, tenebroso-. Nos dio mucho miedo El proceso de Kafka.

El otro gran problema sería encontrar el modo de asegurar bien todos los diques para que, a pesar de la forma, el contenido no se desborde, arrastrando en su riada el higiénico desbroce con el que intento llegar a los hechos reales, sin el enguaje de la ficción.

Quizá me sobreexcito.

Filed under: Epistemología de la vida cotidiana

La convicción y la certeza y el punto de vista

El magistrado Gerard Thomàs estuvo en el tribunal que condenó a Ahmed Tommouhi por el caso de Cornellà. La particularidad de este caso es que el semen hallado en la zona vaginal de la braga de la chica a la que supuestamente habría violado Ahmed Tommouhi, no era del señor Tommouhi. Según la sentencia, sin embargo, el resultado de esos análisis no podrían haber «en modo alguno» desvirtuado el convencimiento de las víctimas. Margarita Robles, hoy magistrada del Supremo y ex Secretaria de Estado de Interior, fue la ponente de aquella sentencia.

Después de demostrarse el error de la víctima en otro de los casos, el de Olesa, y cursada la petición de indulto por parte del Fiscal Jefe de Cataluña, José María Mena, la misma sección novena que lo había condenado por violación, robo y lesiones, informó favorablemente al indulto del señor Tommouhi, siendo entonces Thomàs el presidente de la sección. En junio de 2006 fui a preguntarle sobre si había cambiado en algo su apreciación sobre los hechos. Hablamos un cuarto de hora en los pasillos del Palacio de Justicia. Estas son las notas que tomé de sus respuestas.

Había llegado en 1989, a la Audiencia. No recuerda el «caso concreto», ni tiene tiempo para recordarlo:

«si yo tuviera tiempo libre, pues lo podría perder contigo revisando un sumario de hace 14 años, pero ya te digo que no. Pregunta en el Ministerio [de Justicia], porque allí lo enviamos [el informe favorable al indulto].»

Sobre el por qué no consideraron los resultados del análisis de sangre y semen.

«Si no procedió admitir la prueba, es porque no procedía. El que se admita o no depende de la convicción que tuviera el tribunal en su momento. Por eso la ley no habla de certeza, habla de convicción.»

El convencimiento de las víctimas. 

«Hombre, ponte en el caso contrario, que un señor un día te ponga un cuchillo en la garganta, a ver si tú te vas a olvidar de su cara.»

Los motivos del informe favorable al indulto y la apreciación sobre los hechos.

«Si informamos a favor del indulto, que no es para nada vinculante, fue porque bueno: si lo había pedido el fiscal, que coordina también la investigación sobre los otros casos, pues será por algo; en todo caso, es al gobierno a quien le corresponde resolver, no a mí, ni a mi tribunal; ahí tenga el gobierno su patata caliente.»

Sobre los diferentes puntos de vista.

«Tú me hablas desde un punto de vista periodístico, y yo desde un punto de vista jurídico.»

Filed under: La pistola humeante, Margarita Robles Fernández

El nombre y la impunidad (un caso concreto)

Después de lo de ayer, sobre la impunidad que para el periodista suponen los relatos sin nombres, pues los protagonistas pocas veces romperan el anonimato para defenderse de las acusaciones que, sólo veladamente, les señalan, me encontré con la declaración judicial de Jiménez Losantos, glosada en El País. El Sindicato Unificado de Policía presentó una denuncia contra él por injurias graves, como respuesta a las acusaciones que el periodista había lanzado desde su programa La Mañana (Cope) durante la instrucción del sumario por el 11-M. El entrecomillado de las comentarios  de Losantos en su programa, donde no aparece ningún nombre propio de entre esa «banda de chorizos, de delincuentes» que según el periodista estaban ocupando las Fuerzas de Seguridad «al máximo nivel», ni ninguno de entre «todos los policías que han destruido pruebas o creado pruebas falsas», ejemplifican cómo la omisión de los nombres propios permite al periodista acusar a todo un colectivo desde la impunidad, por más que el tiro le pueda salir por la culata, después de la denuncia presentada por el sindicato. De hecho, una de sus alegaciones, según teletipo de Europa Press, fue precisamente  «que ninguno de los particulares a los que supuestamente injurió han presentado denuncia alguna contra él sino que ha sido un sindicato policial». Aunque sí existen dos denuncias de particulares: la del ex jefe de los TEDAX, Juan Jesús Sánchez Manzano, y la del comisario Rodolfo Ruiz, según destacaban ayer varias fuentes.

Filed under: Epistemología de la vida cotidiana

El nombre y la impunidad

Antes incluso de decir que iba a escribir este libro, cuando sólo fantaseaba, tenía claro que habría que llamar a cada uno de los protagonistas por su nombre. El que cada uno respondiera al menos con su nombre de su trabajo, y en algunos casos, de lo mal que había hecho su trabajo y de las graves consecuencias que había desencadenado, me parecía de una justicia y una poética mínimas. Es cierto: El afán justiciero me ronronea como ronronea a cualquiera que se ponga la imaginación de lo verosímil, y de nada sirve negarlo: lo importante es evitar que ni uno ni otra permeen el relato de los hechos. Ni venganza personal ni ficción colectiva.

El criterio de relevancia, obviamente, es el primero de los que me servirán para discriminar entre nombrar a alguien o citar sólo su función, por ejemplo. Más allá de eso, la decisión y sus motivos apenas han variado para algunos casos:  jueces, fiscales, funcionarios y ministros, me sigue pareciendo indiscutible que deban aparecer con sus nombres y apellidos, como empleados públicos que son. Estaría bueno ahora que el público, que es el nombre del pueblo fuera del periodo electoral, no tuviera derecho a conocer quién firma las sentencias que se dictan en su nombre. No es sólo que se trate de dinero público, es que se trata de la legitimidad misma de la administración de justicia, uno de cuyos pilares es la «publicidad» con la que actúa.

Enfrente están, obviamente, los casos en los que yo he aceptado respetar el anonimato, cuando éste era una condición para poder entrevistar a alguien, y así se hará.

Hay un tipo de casos, sin embargo, que se ha venido formando según avanzaba en la investigación y que me parece el más interesante. Aquellos en los que el nombre es una  garantía epistemológica. Me explico: los hechos que relata el libro son graves, y no todos van oficial y públicamente garantizados, como es el caso de las sentencias, por ejemplo. Es un lugar común que el anonimato otorga impunidad al responsble de unos hechos e incluso también a las fuentes. En lo que no se repara casi nunca es que esa práctica del relato sin nombres es al periodista al que atribuye mayor impunidad, pues es muy poco probable que alguien salga del anonimato para desmentir unos hechos que, muy veladamente, el perodista le atribuye. Yo puedo atribuir una frase falsa a «El Instructor», y es casi seguro que nadie se dará, públicamente, por aludido. En consecuencia, no habrá desmentido.

Ahora bien, si yo atribuyo una frase, que además está documentalmente respaldada, a ese mismo instructor, pero con nombre y apellidos, la veracidad, respecto del lector, sale merecidamente reforzada. El lector sabe que detrás de unos hechos hay una persona real que, de tener motivos para negar lo que el periodista está diciendo, podrá hacer uso de su derecho a réplica, y llegado el caso, reclamar judicialmente incluso. Y sabe también, o así se lo advierto ya, que esa misma persona ha sido localizada y preguntada para que añadiera lo que creyese conveniente. Luego yo publicaré, de lo conveniente, lo que sepa que no es falso.

Es, en este sentido, que el aparecer con nombre y apellidos se convierte también en un derecho de los protagonistas, y en un cortafuegos para la imaginación literaria de los periodistas.

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El distinto retorno del mismo

El hoy teniente R. era entonces otro de los miembros del equipo de policía judicial de Martorell, que llevó la investigación de dos violaciones de 1991 (Esparraguera y Olesa). El viernes, en Almería, insistió en lo que ya otro compañero suyo me había dicho: que el famoso folio en el que aparecía pegada la foto de Mounib, este folio, y sobre el que las víctimas de La Bisbal lo señalaron, no había sido confeccionado con ese objetivo: es decir, no se hizo para que se le mostrara a las víctimas.

De hecho, fue después de mostrar las fotografías a algunas víctimas, cuando se confeccionó: «las víctimas nos iban marcando: se parece a éste, pero no es; a éste; pero tampoco. Era cómo si estuviéramos haciendo un retrato robot, pero con varias fotografías: Así íbamos cerrando el círculo del aspecto que podían tener los autores», me explicó el teniente R. Y fue más claro todavía: «es que si a mí me señalan a un tío, yo no pego su foto en un papel: yo voy y lo detengo. Si se hizo así fue para que los compañeros tuvieran una idea de a quién se podían parecer los autores que estábamos buscando».

Así que las víctimas de Esparraguera y Olesa –«ese folio se hizo en Martorell»– marcaron los parecidos de los autores entre diversas fotografías. El famoso folio no es sólo ese folio: iba acompañado de otro en el que aparecen fotografías de individuos que se parecían mucho más al otro autor, que al que se parecería Mounib. El teniente R.: «En el documento eso se decía clarísimo: de rasgos similares. Similares.» La frase literal del folio, compruebo ahora, es:

Fotografías de individuos con características similares a las descritas por las víctimas de los hechos.

El folio, sin embargo, fue mostrado a las víctimas de Tarragona: y tanto la chica como su novio señalaron a Abderrazak Mounib. Lo más curioso de todo es que, una vez había saltado esa liebre, y de nuevo en Martorell, la víctima de Olesa ahora sí creyó reconocer, y lo señaló sin ninguna duda al parecer, a Abderrazak Mounib como uno de sus violadores. El ADN demostraría, cinco años después, que se estaba equivocando.

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Transbordos

El cabo V. participó sobre todo en los comienzos de la investigación de 1995, que finalmente llevaría a la detención de García Carbonell. En 1991, sin embargo, estaba en un cursillo en Madrid cuando ocurrieron los hechos: Lo que puede recordar nunca lo supo de primera mano.

El folio-portada que llevaba su nombre, del atestado sobre la recuperación del Renault 5, me explicó ayer en una cafetería de El Ejido, no podría asegurar si lo había recibido en Martorell o en Manresa, los dos equipos de policía judicial en los que trabajó esos años,  ni en qué fecha concreta. Esto último es fácilmente comprobable y así lo haré: en todo caso, su relación con ese atestado parece puramente jerárquica: el que en verdad lo habría pedido sería el guardia Reyes Benítez. «Desde que detuvimos al gitano, Reyes empezó a dar la brasa con lo mucho que se parecía al moro», me explicó V.

En 1995, el cabo V.  sí se encargó de hacer una primera recopilación de diligencias, y puestas sobre la mesa, recuerda que comentó con un superior una hipótesis que, aunque errónea, daría finalmente en el clavo: «éstos tíos viven en Terrassa»,  pensó. El Teniente Pizarro, hoy comandante, ordenó peinar la ciudad: el objetivo era encontrar el Volkswagen Golf negro que habían descrito las últimas chicas violadas, no muy lejos de donde en 1991 había sido violada la chica de La Bisbal, en L’Arborç del Penedès. Apareció el coche, y luego aparecería Carbonell a recuperarlo y fue cuando lo detuvieron.

Pero, como ya saben, no era en Terrassa donde vivía Carbonell. En este sentido, parece más plausible la tesis de Godwin en El rastreador, que sostiene que los violadores y asesinos en serie trazan, aunque sea inconscientemente, una zona neutra entorno a su domicilio libre de asaltos. La hipótesis concuerda con este caso, pues ninguno de los hechos se cometió en Sabadell ni en sus más inmediatos alrededores.

Por eso, aunque no era su lugar de residencia, Terrassa resultó decisiva para la detención: era la estación elegida para los transbordos. Allí abandonaban los coches quemados. Los investigadores habían localizado ya varios vehículos de los utilizados en los asaltos cuando encontraron el Golf negro. Y allí se subían a los turismos pequeños con los que cometían los asaltos. García Carbonell llegó en una furgoneta, sobre las ocho de la noche, y maniobró para dejarla aparcada donde estaba el Golf, con el que, según costumbre, saldría a delinquir.

Un movimiento, por cierto, exactamente inverso al que hicieron los asaltantes la madrugada del 3 de noviembre de 1991. Las víctimas de los dos primeros asaltos, cometidos en Vilafranca del Penedès sobre la medianoche, con apenas un cuarto de hora de diferencia, describieron que el vehículo era un turismo pequeño. La pareja de novios asaltada en Terrassa, sobre una hora y media más tarde, identificaron que el vehículo era una furgoneta. La chica precisó que la puerta lateral, por donde la metieron a ella, era corredera. Terrassa está entre Vilafranca y Sabadell, en la dirección de sur a norte que se deduce por la hora y la localización de los diversos hechos: primero los situados más al sur, luego los de más al norte.

Todo esto lo digo porque uno de los argumentos utilizados por la fiscalía del Supremo para dudar de que los vehículos utilizados en diversas violaciones cometidas antes y después de que los marroquíes estuvieran en prisión fuera el mismo Renault 5, fue precisamente que el asalto de Terrassa había sido cometido con una furgoneta.

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